El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #8
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Jueves #8

—Inspector, debe usted saber que no hay dos autistas iguales.

Tienen cosas en común, eso sí, a todos les cuesta mucho relacionarse, se manejan muy mal con los sentimientos, se suelen apartar de los demás, a veces se automarginan.

Apenas entienden las reacciones de los otros y tienen que aprender todo lo que nosotros entendemos muy pronto.

Por otra parte, las suyas, sus reacciones, a veces resultan muy extrañas, incomprensibles, difíciles de explicar.

Los autistas son muy desconcertantes, si reaccionan no lo hacen como cabría esperar.

Pueden parecer indiferentes, como ajenos a todo, herméticos, habitantes de otro planeta.

Solo si los conoces muy bien compruebas que no lo son.

Pero aun así… Es difícil llegar a conocer a un autista.

La chica se detiene unos instantes. Parece pensar lo que debe decir y cómo hacerlo.

—En el caso de Daniel, y en muchos otros, se detecta también un problema de aprendizaje.

Es muy frecuente, ¿sabe?, muchos autistas tienen deficiencias intelectuales.

A Daniel le cuesta aprender cosas, necesita mucho esfuerzo.

Su ritmo de aprendizaje es particular, no responde al de otros niños de su edad, no puede esperar que actúe como lo hace cualquier niño de siete años.

Daniel presenta además síntomas de ansiedad y, en ocasiones, aunque cada vez menos, ligeras convulsiones, como espasmos un poco aparatosos.

Pero ya le digo, cada vez menos y duran muy poco.

Además, tiene capacidad de aprender, está empezando a leer.

He conseguido que no me rechace, me escucha y, poco a poco… , no sé, creo que…

—¿Daniel podría pedir ayuda a un extraño? ¿Sabría hacerlo?

—Mire, es difícil de decir. Daniel es capaz de pedir todo lo que necesita.

Te coge de la mano y señala lo que quiere, o lo coge directamente.

Sabe lo que desea y lo pide o tira de ti hasta enseñarte lo que quiere.

A veces pronuncia las palabras: «lápiz», «hoja», «leche», «papel»…

Tiene recursos, podría hacerlo, desde luego.

Daniel habla, conoce los nombres de las cosas que utiliza cada día, los de sus padres, el mío…

Los nombres abstractos son para él mucho más difíciles, pero las cosas concretas es capaz de nombrarlas, de pedirlas.

Puede hacer frases sencillas, incluso algunas frases más complejas.

Pero lo de pedir ayuda a un extraño, a alguien que no conoce…

No podría decirle. Podría hacerlo, seguro, pero… Quizás si estuviera muy apurado…

Sabe que debe ser concreta, tan exacta como sea posible, pero no es fácil. Hay concentración en sus palabras, las mide, las valora, las corrige o las matiza según convenga. Tedesco reconoce en ellas buenas dosis de ternura y de paciencia.

—Un niño que sabe hablar… —continúa el policía—, podría…

—Sí, dice usted bien, un niño de su edad que sabe hablar pide ayuda, pero un autista… —La maestra se lleva de nuevo el vaso de plástico a los labios y tras acabar su contenido apoya los codos sobre la mesa y se aproxima así al policía.

Tiene unos ojos grandes, quizás demasiado grandes y excesivamente avanzados respecto al rostro, pero el color, avivado por la luz que entra por el ventanal, es un color bellísimo. Dos grandes círculos que ahora le recuerdan la resina fresca.

—Un autista raras veces hace lo que se espera de él, no siempre habla cuando debiera, ni dice lo que parece lógico.

Sus pensamientos siguen otros caminos, se alejan de la lógica.

De nuestra lógica. Daniel a veces habla en diferido, imita conductas, aprende muchas cosas, ya le he dicho que tiene capacidad para aprender, yo diría que le gusta que le enseñen, no rechaza que le enseñen.

Pero le preguntas una cosa, algo fácil, y si la responde probablemente lo haga al cabo de un rato y sin mirarte, hablando como para sí mismo.

Si insistes, si presionas, se paraliza. Se queda como una piedra, inerte, no reacciona.

Daniel no soporta la presión, les ocurre a algunos autistas, se sienten agredidos fácilmente, se bloquean y pueden permanecer como ausentes durante horas.

Fíjese que digo como ausentes, porque, en definitiva, tampoco lo sé con certeza. Ni yo ni nadie.

La muchacha se interrumpe, piensa, parece rebuscar entre sus conocimientos, entre sus recuerdos, aquellos que puedan servir para describir mejor a Daniel, más certeramente.

—Repite muchas veces las mismas cosas, tengan sentido o no, probablemente lo tienen para él, pero…

Cuando aprendes cuatro cosas de su forma de pensar, puedes llegar a comprender un poco su forma de actuar.

Con el tiempo, con mucha paciencia, con mucho tacto y prestando mucha atención, observándolo durante muchas horas, uno puede llegar a entenderse con un niño así.

Las palabras de la maestra no son particularmente esperanzadoras. Tedesco asiente y la anima a continuar, la chica se explica bien, sin reservas.

—Por otra parte —añade como para sí misma—, debe tener en cuenta que los autistas en general son desconfiados, no se acercan a los extraños, los rehúyen.

No me imagino a Daniel aproximándose a un desconocido.

Quizás si tiene hambre o frío… No sé, quizás una necesidad inaplazable.

Si no le queda otro remedio… Pero ya le digo, no es fácil.

—Entiendo —asegura el policía, mientras tantea en el bolsillo de la americana el paquete de cigarrillos cuyo tacto es como un canto de sirena.

Fuma poco, muy poco, una par de pitillos al día, lo justo. Lo ha pactado con Marina. Un par, tres como mucho. Pero hay momentos en los que un cigarrillo aviva las neuronas, activa los resortes y templa los impulsos. Es uno de esos momentos.

Mila Bernal entiende sin necesidad de más palabras y le señala el ventanal entornado.

—Puede usted fumar si se acerca a la ventana. Yo lo hago.

Tedesco le tiende el paquete. La maestra acepta un cigarrillo, se levanta y abre de par en par los postigos. El cielo es de un azul irreal de tan intenso.

Ambos se apoyan en el alfeizar antes de continuar hablando.

—Si quiere que le diga la verdad, en una calle que no conoce, sin gente cerca a la que trate a menudo…

Creo que en esa situación lo que pueda hacer Daniel, si pide ayuda o no, si se asusta, si echa a correr, si hace una rabieta de las que no se olvidan…

Creo que es impredecible. Nada de lo que pueda hacer en esas circunstancias me sorprendería…

Quizás si estuviera en un aprieto, si estuviera desorientado, si se espanta…

Pedir ayuda verbalmente, por iniciativa propia, me extrañaría.

Daniel habla cuando menos te lo esperas y lo que dice no siempre…

—Se interrumpe para entornar los ojos y dar una calada—.

Por otra parte, le he enseñado su nombre, sus apellidos, conoce el de este centro, recuerda el teléfono de su casa, su dirección…

Quizás se dirija a alguien y lo coja de la mano, quizás se deje ayudar, quizás diga su nombre, o el de su madre…

Podría hacerlo, desde luego, podría pedir ayuda, pero yo no confiaría…

Debe usted entender que un autista, cualquier niño autista, es reservado, muy reservado.

—¿Qué cree usted que pudo hacer en mitad de la calle Hospital cuando no vio a su madre cerca?

—Daniel está muy unido a su madre, más que a cualquier otra persona. Si de repente no la vio, lo lógico es que empezara a buscarla, que caminara buscando a su madre.

—Y en ese caso…

—No sé qué más puedo decirle. Daniel es extremadamente ordenado, obsesivamente ordenado, detesta las cosas fuera de lugar, juega en el patio a alinear las piedras una detrás de otra, un orden perfecto, necesita que todo esté en orden, que se respeten siempre las secuencias, que las cosas sucedan siempre siguiendo las mismas pautas.

En la clase, cuando acaba lo que está haciendo, sitúa los lápices de colores según el tono y la intensidad, uno al lado de otro, a la misma altura, los cubos, las piezas de los puzles, de los juegos de construcción, ordena y clasifica todo lo que pueda imaginar.

Es su forma de jugar, ordenarlo todo. Eso y chutar la pelota contra uno de los muros del patio. No se cansa nunca.

—Y en mitad de una calle…

—Si insiste… Todo lo que puedo decirle es que Daniel no improvisa nunca, no se desvía nunca de la rutina, continuamente necesita pautas, indicaciones…

Cuando está desorientado se paraliza, se bloquea.

Como muchos autistas, él no inventa, no crea, no sabe improvisar.

Aunque tenga recursos, no siempre sabe utilizarlos ni reacciona como un niño de su edad.

La tendencia es a seguir al adulto, a la persona a la que conoce.

Pero si no conoce a nadie… No sé, creo que lo más probable es que haya caminado en línea recta. No lo imagino desviándose.

—¿Algo más que pueda servirme para…?

TERE

Una mujer mayor, bajita y de formas redondeadas, que lleva un delantal blanco sobre la bata rosa y las mangas a la altura del codo, irrumpe en la sala.

—Perdona, Mila, no sabía que estabas aquí. Venía por…

—Tranquila, Tere, a lo tuyo, no molestas.

La maestra, con un gesto de su mano, le indica que puede acercarse a la máquina de café, que no estorba. La mujer peina una coleta rubia que vira a blanca en las raíces y se ha pintado los párpados de un azul tan intenso como el del cielo en primavera. Se dirige al policía.

—He oído que no encuentran a Daniel, que se ha perdido.

La velocidad con la que viajan las malas noticias sigue asombrando al inspector, que no ha hecho más que lidiar con las peores noticias durante toda su vida profesional. La mujer ha cruzado las manos sobre el delantal y fuerza así las palabras.

Aguarda.

—Así es —asiente—. Por eso estoy aquí.