Jueves #7
El niño se arrima a una de las casas, la de la esquina, y se queda unos instantes en la embocadura del pasaje. Nadie se le acerca ni le increpa. Nadie le ofrece una ayuda que no ha pedido. Sigue esperando una aparición, la materialización de su madre, la de su padre, la de Mila.
Apoyado en uno de los muros, hambriento y tan cansado que no consigue decidir hacia dónde caminar, Daniel aguarda un milagro.
Se deja vencer por la fatiga y, sin perder el apoyo de la pared, se sienta en el suelo, sobre la acera.
Seguro que se ha ensuciado la espalda, piensa, pero está tan cansado y asustado que, por esta vez, la suciedad no le incomoda.
En el fondo del callejón, en una de las casas que parecen recién pintadas, advierte un ruido, es el mecanismo de una cerradura al abrirse.
Una mujer bajita, de caderas anchas y algo entrada en carnes que viste una especie de sari azafranado, se planta en el umbral y, pasados unos instantes, baja el único escalón que la separa de la calle.
Bajo el sari, unas mallas negras y muy ceñidas, y en los pies de uñas pintadas de púrpura, unas chancletas también negras.
No puede ver su rostro, está demasiado lejos, pero a la altura de la boca una línea de un rosa intenso le indica que se ha pintado los labios.
También Lucía se pinta los labios. Y Mila, aunque ella utiliza un rosa muy suave, casi invisible, puro brillo.
La mujer lleva gafas, eso sí alcanza a verlo.
Tiene el pelo oscuro y muy liso y emite un sonido que le resulta familiar, mientras sostiene un plato en una mano, como si lo mostrara, y un cigarrillo en la otra.
Daniel no entiende el gesto en un callejón vacío.
Parece un obsequio, un ofrecimiento. Es una mujer generosa.
La mujer profiere una especie de rumor, un sonido que Daniel ha escuchado otras veces, una especie de murmullo a medio camino entre el silbido y el siseo y que se parece extraordinariamente al que Mila utiliza para llamar a los gatos que campan por el jardín de la escuela.
La maestra acompaña cada mañana al alumno encargado de acercarles la comida.
A Daniel le gusta dar de comer a los gatos, sabe exactamente qué día le toca hacerlo, así lo indica semanalmente un gran mural de cartulina en el que Mila señala sus responsabilidades por turnos.
Anhela el momento de dejar el plato de aluminio siempre bajo el mismo árbol y esperar a que los gatos, que se esconden en los arbustos, aparezcan como salidos de entre las sombras.
Primero, la gata, después, un gato joven, muy ágil y completamente negro que se aparta cuando se le acercan, un animal de pocos meses que a la mínima se pone rígido, se le eriza el pelo como si tuviera delante una aparición, y no se deja tocar por nadie.
Mila dice de él que es como ellos, un gato un poco autista.
Un gato del espectro. Un TEA (Trastorno del Espectro Autista).
Esto último Daniel no acaba de entenderlo.
O es un gato o es un espectro. Quizás se trate de un espectro autista.
Sabe, porque lo ha preguntado, que un espectro es un fantasma.
Las palabras significan lo que significan, por eso no acaba de comprender la homonimia. ¿Un fantasma autista?
A veces se les añade un gato manchado, un invitado.
A Daniel no le gusta el gato con manchas, es irregular y feo, siente cierta repulsa, pero no lo espanta.
La abuela Dora dice que todos los animales son criaturas de Dios y, aunque Daniel no tiene ni idea de lo que significa tal cosa, ha aprendido a respetarlos, a desear su compañía y a preferirla a la de los desconocidos con los que se tropieza tan a menudo.
Desconocidos que sonríen y que se empeñan en hablarle o, lo que es peor, en revolverle el pelo, acariciarle la cara o exigirle un beso.
La mujer deposita sobre la acera un plato de metal, como el de una vieja fiambrera de campaña.
Lo hace con delicadeza, agachándose lentamente sin abandonar su dulce susurro, su reclamo.
Sobre su brazo derecho, una gran bola como de humo, una gata de pelo largo y esponjoso que salta al suelo antes de que la mujer se enderece.
La mujer sonríe. En la distancia, la línea rosada de sus labios así lo indica.
La gata se aleja unos metros sin acercarse al plato, cruza la calle y, con la cola en alto y el andar pausado del gato doméstico y bien alimentado, se pasea unos instantes, muy pocos.
—Tara, Tara. Vine bonica. Som-hi, Tara, vine, que no tenim tot el dia.
La gata no parece interesada en alejarse, no es un animal inquieto y detesta aventurarse más allá del umbral.
Si se pasea es por complacer a la mujer, que pretende que haga ejercicio, pero no tarda en acercarse a los pies de su dueña, que se inclina y la recibe en el brazo.
Lentamente, se retiran ambas hacia el interior de la casa.
La mujer habla con el animal, cuchichea como lo haría en compañía de una buena amiga mientras cierra la puerta. Ambas parecen felices.
No pasa ni un minuto antes de que un gato blanco y con el morro y las patas delanteras salpicadas de negro se aproxime al plato como recién emergido del asfalto.
Justo en ese momento, Daniel se pone en pie y avanza en dirección al fondo del callejón.
Quizás la mujer sabe que está hambriento.
Espera encontrar leche y pan en el plato.
No se equivoca. La abuela Dora les llama «sopas», y el abuelo Fermín, que ha perdido algunos dientes, desayuna cada mañana pan desmigado y empapado en leche.
El gato se detiene al ver acercarse a Daniel, alza la cola, se tensa.
Se va.
ALBA
No tarda en abrir una mujer de cincuenta y muchos años, voz cantarina y una bata color de rosa, que dice ser la directora del centro escolar.
Recibe la noticia de la desaparición de Daniel llevándose una mano a los labios como para sofocar un grito.
Cuando Tedesco le indica que lo que desea es hablar con su maestra, con Mila, la directora enfila un pasillo y avanza casi a la carrera, como si de la premura de sus pasos dependiera la localización de Daniel.
El policía puede ver cómo abre la puerta de una de las dependencias situadas a la derecha del corredor.
—Tranquila, Mila, yo me quedo con ellos. Es por Daniel Marín. Ha desaparecido. —Y al hablar empuja a una muchacha en dirección al policía.
Es una joven muy delgada, de pelo lacio y ojos saltones y ambarinos que viste una bata del mismo color rosa con su nombre bordado a la altura del corazón, la que se presenta ante el policía.
Con la alarma insinuada en el rostro lo invita a pasar a una especie de distribuidor pintado de amarillo pálido y animado por dibujos infantiles profusamente coloreados.
Grandes letras rojas de cartón componen el nombre del centro sobre una de las paredes.
MILA
—La directora me ha dicho que Daniel ha desaparecido. No entiendo. Me ha extrañado que hoy no viniera, no falta casi nunca. Y si falta, su madre siempre avisa. Pero no he pensado que… ¿Desaparecido?
El policía asiente.
—Sí, desapareció ayer por la tarde. Poco después de salir de aquí.
En pocas palabras Tedesco le explica cuanto sabe. El lugar, la hora, las circunstancias aproximadas. La chica no pierde detalle.
—Si no le importa quisiera hacerle unas preguntas.
La fórmula es la de siempre, pura cortesía. Le importe o no le importe la maestra deberá responder a cuanto al inspector se le pase por la cabeza. Sea pertinente o no.
—Desde luego. Lo que usted quiera. Pero, pase, estaremos mejor en la sala.
La joven le precede por el pasillo por el que antes ha visto desaparecer a la directora.
La sala que le franquea, pintada también de amarillo, tiene una gran mesa central y una decena de sillas a su alrededor.
En una esquina zumba una máquina de café y, bajo el ventanal que da al jardín que hace las veces de patio de recreo, advierte una fotocopiadora pequeña y un par de ordenadores.
Lo que el inspector alcanza a ver le permite saber que el centro escolar especializado en TEA, tal como indica la placa clavada junto a la puerta de entrada, es reducido, casi familiar.
—¿Quiere un café?
Tedesco asiente y, como tras años de ser un usuario obstinadamente fiel conoce todas las máquinas y sus propiedades, se apresura a concretar:
—Corto y con muy poco azúcar.
Milagros Bernal —ese es el nombre que la chica exhibe bordado en rojo sobre el pecho— toma asiento frente al policía y lo hace encarada al jardín.
El sol le ilumina el rostro y Mila entorna levemente los ojos.
Se lleva a los labios, pintados de un rosa claro y brillante, un café aguado que el policía imagina muy caliente y demasiado azucarado.
Sus ojos tienen ahora el color de la cerveza rubia.
—Usted dirá.
—La verdad es que no sé por dónde empezar.
Llevamos muchas horas buscando a Daniel Marín por media ciudad.
Se le pierde la pista en la calle Hospital a eso de las seis de la tarde.
Daniel corría detrás de otro chico, y lo último que se sabe de él es que recuperó su pelota, una pelota roja.
Por el momento nadie recuerda haberlo visto después de las seis.
No sabemos nada más. Lo que quiero de usted es que me explique cómo es Daniel.
Necesito entender cómo es y cómo reacciona un niño autista para imaginar qué es lo que hizo después, qué pasos pudo dar, hacia dónde pudo dirigirse…
La verdad es que no tenemos más pistas, ni indicios, nada de nada.
—Puedo intentarlo, desde luego, hace varios años que conozco a Daniel, pero, aunque me llame así —dice en alusión a las letras rojas a la altura del corazón—, de mí no espere usted milagros.
—Descuide —responde el policía, mientras sorbe un brebaje ligeramente amargo al que los fabricantes de los artilugios que lo dispensan insisten en llamar café.
—Verá, señor…
—Tedesco, inspector Mauricio Tedesco.