Jueves #6
Hace muchas horas que Daniel no sabe qué pensar.
No conoce animales que vivan en la barriga de la gente, la sensación le espanta.
Nunca antes ha sentido algo así. Tampoco antes había visto colores que le alarman en las paredes, ni portales tan oscuros ni balcones tan maltrechos.
No había pisado antes calles que siempre acaban en una montaña ni enfrentado tantas miradas que no reconoce.
Lucía no ha llegado, ni Antonio, ni la vieja abuela Dora, ni la atenta Mila, ni…
Y eso que Daniel ha aguardado durante horas con los ojos bien abiertos, por si no lo veían, por si pasaban de largo.
No hay leche con ColaCao sobre la mesa del comedor mientras mira los dibujos animados que prefiere.
No hay dibujos, ni comedor alguno, ni ropa limpia ni los besos de cada mañana estampados por todas partes, frente, mejillas, nariz.
Siempre los mismos, en el mismo orden. Así prefiere Daniel las cosas, siempre ordenadas, siempre iguales.
Necesita una camiseta limpia, unos calzoncillos rojos, su cepillo de dientes, su peine, el agua tibia que estrella tres veces contra su cara y el bocadillo de pan sin tomate que Lucía le mete en la mochila junto al estuche para los colores.
Necesita recuperar los días que se parecen tanto los unos a los otros.
No hay en las inmediaciones nada de lo que precisa, solo cada vez más miedo.
No es rabia, ni enfado. Es un miedo terrible, paralizante.
Cada vez más miedo, más hambre y más ganas de gritar.
Pero debe comportarse como las personas, por eso recuerda y controla.
Por eso no grita ni se golpea la rodilla con el puño, como hace cuando las cosas no salen como prefiere.
Solo se mece adelante y atrás muy deprisa y con los labios apretados, como cuando se enfada con Lucía.
No puede evitarlo. Solo le queda la pelota, una pelota roja que le pertenece y con la que no siente ganas de jugar.
Una pelota roja y negra que ha empezado a estorbarle.
El mundo no es el que era. Su mundo, el de todas las mañanas, tardes y noches, ha desaparecido.
El mundo en el que se encuentra ha dejado de serle familiar, se ha alterado por completo y no reconoce nada de cuanto tiene delante.
No sabe qué hacer, nada es como era, todo ha cambiado, solo queda una pelota que le recuerda que ese mundo existe en alguna parte.
Y que en algún lugar hay caras, y nombres, y voces, y juguetes y olores que no aparecen, que no están.
Siempre alejándose de la vieja zapatería reconvertida en vivienda de paso por los okupas y en desolado dormitorio por el viejo que grita, huele mal y no se afeita nunca, Daniel ha caminado en línea recta y se ha sentado, desorientado y cansado, en un banco en la plaza del Sortidor.
En otras condiciones, las de siempre, y con Lucía sujetando un bocadillo y sin perderlo de vista, Daniel habría buscado un muro contra el que chutar mil veces.
Ya no hay niños en las calles del Poble-sec.
Es día laborable y todos han llegado ya a sus aulas.
La presencia solitaria y huraña de Daniel no pasa desapercibida.
Los niños de su edad andan en la escuela.
Todos. Un crío completamente solo, despeinado, meciéndose como si hacerlo lo consolara y con el gesto ligeramente acobardado, llama la atención de los vecinos.
Un par de mujeres lo han mirado durante un buen rato y han acabado por acercarse al banco.
Ambas llevan un cesto en la mano. En el tono tierno y cercano con el que algunas mujeres se dirigen a los niños muy pequeños, le han hecho preguntas.
Querían saber si se había perdido, si su madre andaba cerca, si esperaba a alguien, si se encontraba mal, si necesitaba ayuda, si…
Le han ofrecido un trozo de pan y un teléfono con el que llamar a su madre.
Se han brindado a acompañarlo, a dejarlo en manos de un guardia, a…
Ni las ha mirado.
Una de ellas le ha puesto la mano en el hombro y el chico se ha apartado como si quemase.
Tanto han insistido que Daniel, asustado y siempre esquivo, se ha levantado y se ha ido.
No ha gritado ni ha salido corriendo. En otra ocasión se habría alejado protestando, las habría rechazado a gritos y a patadas o habría manoteado en el aire con los labios obstinadamente cerrados.
Pero está demasiado cansado. Por un momento ha estado a punto de comenzar a agitar manos y pies, como hace cuando se enrabieta o se siente contrariado y no sabe cómo cambiar las cosas.
Le ha faltado bien poco para llamar a gritos a su madre, pero no lo ha hecho, ¿de qué habría servido si Lucía no está?
¿Cómo podría oírle si anda lejos, más allá del trozo de mundo que abarca con la vista?
Las mujeres no lo siguen. Una de ellas cree que al chico le conviene un correctivo, una torta a tiempo. Que le hace mucha falta. Si fuera su hijo… Ambas quieren creer que el chico sabe adónde se dirige.
A Daniel le han repetido miles de veces que no debe ponerse a gritar por cualquier cosa, que gritar molesta, que debe aprender a no hacerlo, que debe hablar como hablan las personas.
¡Como si Daniel no fuera una persona! Tampoco debe acercarse a los extraños ni aceptar nada de ellos.
Nada. Por eso no ha gritado, ni se ha agarrado a la primera mano que se le ha acercado.
Las personas no hacen esas cosas.
Prefiere la cercanía de la montaña a las calles llenas de gente que le molesta con sus preguntas, con sus miradas, con su presencia invasiva.
Toda presencia extraña es invasiva. Esta vez decide andar cuesta arriba.
Ya no sigue una línea recta, camina hacia donde le parece, improvisa, tuerce, gira en una esquina, se desvía en la siguiente.
No lo ha hecho nunca. A Daniel la improvisación lo altera.
TEDESCO
Durante el trayecto, el policía consulta el móvil. Ni llamadas ni mensajes de Salas. Mala señal, piensa. Lidia se ha incorporado a la búsqueda en las calles e Iván Cabrera sigue el operativo desde Les Corts.
Ordena a Diego Cuesta que lo deje en el paseo de la Bonanova, prefiere continuar andando.
Necesita pensar y le gusta hacerlo a solas.
Todavía no sabe qué es lo que espera averiguar ni tan siquiera qué es lo que debe preguntar, por eso buscará caminando el centro Alba, porque precisa una demora. Unos minutos a solas.
Le indica al agente que pasará por la comisaría situada en esa misma calle en cuanto acabe. Cuesta, que tiene un par de conocidos en Iradier de cuando todos eran más jóvenes y se preparaban en la Academia de Policía, asiente.
—Allí estaré, inspector —responde con una marcialidad impostada que a su bonhomía habitual le sienta como a un santo dos pistolas.
El día resplandece sobre las empinadas aceras de la calle de Iradier.
Barrios altos, altas miras. De las faldas de Montjuïc a las de Collserola, es lo que tiene esta ciudad, que en cuanto te alejas del centro se encarama a las alturas, como si le faltara el aire, como si se asfixiara. Quizás sea así. Se asfixia.
De algunos jardines irrumpen sobre la acera las ramas de buganvilla, picas floridas que despeinan a los caminantes y que alfombran de rosa y grana las aceras, las ramas de algún sauce o los brotes de algún ciprés.
Altas cercas, gruesos muros que preservan vergeles urbanos, algunos espacios verdes que las grandes fortunas indultaron décadas atrás.
El dinero lo compra todo, también hojas y ramas.
Y con ellas hermosos retales de primavera.
Iradier es a esa hora de la mañana una calle casi desierta.
Las aceras, luminosas y festoneadas de acacias en las que sobreviven las últimas flores, apenas distraen la pendiente.
Tedesco la emprende a pasos lentos de mar a montaña.
Absorto, avanza en mil cavilaciones. Es una calle jalonada a ambos lados por edificios de dos o tres pisos con balcones de forja, una de esas calles tranquilas que Tedesco pisa muy de tarde en tarde y que le permiten reflexionar mientras camina.
El número 15, muy cerca de la comisaría, es una de esas casas pulcras de fachada remozada con persianas blancas, una placa con letras granates en la puerta y una gran acacia justo frente al portal.
DANIEL
Pocos minutos más tarde, medio desfallecido y con el animal zumbando en sus entrañas, Daniel alcanza el pasaje de Serrahima, un callejón sin salida que linda ya con la montaña.
Es un sitio tranquilo, sin gente en las proximidades, sin extraños, sin caras nuevas que no hacen más que confundirlo.
Un callejón que se abre entre casas de dos plantas con más de un siglo en sus paredes.
Algunas de las viviendas, recientemente reformadas, han sido pintadas en bellos ocres y suaves cremas, otras, olvidadas por sus propietarios, han envejecido mal y parecen a punto de desplomarse sobre la acera.
En estas, los postigos cuelgan de sus bisagras, se desprende el yeso de las paredes y los balcones pierden fragmentos que van a parar a la calle.
Redes protectoras de color verde, que Daniel ya ha visto antes, cuelgan bajo pretiles, molduras y voladizos.
La bestia que se aloja en sus entrañas ha dejado de ronronear y ruge.
Desde la entrada del callejón, Daniel busca entre las puertas de las casas una tienda que no existe, algún comercio con fruta expuesta en la calle, con pastas, con algo que llevarse a la boca.
Daría cualquier cosa por una bolsa de patatas fritas, aunque no fuera de la marca que prefiere, mejor aún por un buen bocadillo de jamón sin tomate o por un plato de macarrones completamente cubiertos por queso fundido.
Necesita llevarse algo al estómago, pero no hay en las proximidades actividad aparente, ni comercial ni de ningún otro tipo.