Jueves #5
—Buenos días —saluda el policía justo antes de caer en la cuenta de que no hay palabras más desafortunadas.
El inspector se acomoda y explica cuanto sabe mientras comprueba de un vistazo que las fotos de Daniel están por todas partes.
En las estanterías, en la mesita baja junto al sofá, sobre una cómoda, junto al televisor…
A todas las edades, en todas las situaciones.
Solo, acompañado, abrazado por su madre, sentado junto a su abuela, en fila junto a sus compañeros de escuela…
No sonríe y raramente mira a la cámara. A nadie parece importarle.
Tedesco explica, con todos los detalles que conoce, el episodio de la pelota roja.
Lucía se queda rígida cuando el policía habla de la moto y del necesario frenazo en el último momento.
Estalla en llanto poco después y Tedesco le asegura que el niño salió indemne, que se sentó en la fuente, que tenía sed.
Que estaba bien. Daría lo que no tiene, ni tendrá, por poder prometer que sigue bien y que regresará a casa sano y salvo dentro de unas horas.
La madre de Daniel parece a punto de derrumbarse sobre la mesa, como si la columna vertebral, los brazos, el cuerpo entero devorado por el miedo, se dispusiera a ceder, a rendirse. Como si se licuara. Tedesco puede oler su miedo, es un hedor agrio, como a vómito contenido.
—Seguimos buscando, no lo duden, les garantizo que haremos todo lo posible para dar con él.
Todos los agentes con los que puedo contar están en la calle.
Tienen la foto, la descripción… Creo que Daniel se extravió.
Perseguía su pelota, quería recuperarla y no supo regresar a la plaza.
Quizás el chico se la quitó. No podemos saberlo.
El caso es que tomó el camino equivocado y siguió alejándose.
Por eso estoy aquí. Quisiera saber qué creen que pudo hacer su hijo.
Necesito conocerlo mejor, saber cómo piensa, cómo decide… No sé si me explico.
—Cómo piensa, dice usted… —Antonio Marín cabecea y apura la taza de café—. Cómo piensa… Es un niño autista, ya se lo dije. Es muy difícil conocer a un autista, no se deja. Es tu hijo, lo quieres, lo adoras, pero conocerlo… Si quiere que le diga la verdad…
Hay tanta impotencia en su voz y tanto desánimo en sus ojos que Tedesco está a punto de pedir disculpas, levantarse y salvar la puerta de un piso en el que no cabe más dolor.
Un hijo desaparecido no solo deja un vacío infinito, crea un agujero negro.
Lo ha visto otras veces. Un gran agujero negro y sin fondo poblado por monstruos que no conocen la compasión.
Es la voz de Lucía la que interrumpe el curso de sus pensamientos. El inspector se gira y la mira.
—Mi hijo necesita de mí y de su padre. Va con nosotros a todas partes, hace lo que le decimos, siempre las mismas cosas, siempre con nosotros. Sabemos lo que le gusta y qué es lo que prefiere. Sin nosotros no podrá, no sabrá… Daniel, no…
Es Lucía la que habla. No lo mira. Habla y lo hace con la vista perdida más allá del cristal, entre las hojas que verdean en las ramas. Tedesco cree reconocer un punto de extravío en sus ojos. Es el miedo.
—A veces se enfada, pero sabes qué es lo que quiere, lo que pide…
Todo está aquí o en casa de sus abuelos —sigue la mujer, aunque sus palabras no le sirvan a Tedesco de mucha ayuda—.
Es difícil saber cómo es Daniel. Es reservado, habla muy poco, los autistas apenas hablan y todos son diferentes entre sí.
Dicen los expertos que no hay dos iguales.
Nuestro hijo no siempre responde a las preguntas, no responde casi nunca, pero con el tiempo aprendes a…
Y cuando quiere una cosa, la coge. Daniel es así, lo sabemos desde que cumplió los dos años, desde el primer diagnóstico.
Hay cosas que le dan seguridad, como la pelota roja, como su pijama, siempre el mismo, como su vaso o su plato. Y cuando quiere una cosa…
Lucía tiene ahora el rostro entre las manos, como si escondiera sus ojos enrojecidos. Antonio Marín se pone en pie, enciende un cigarrillo y camina de un extremo a otro de la estancia. También a él le tiemblan las manos al alejar el pitillo de sus labios.
—¿Cómo es Daniel? —repite en voz baja—. ¡Hay que joderse! ¿Y quién coño sabe cómo es Daniel?
Suena el timbre de la puerta y Lucía da un respingo antes de abalanzarse hacia el pasillo.
Espera encontrar a su hijo mágicamente materializado en el rellano.
Gime. No tarda en regresar al comedor acompañada de Ángela, su madre.
El policía se pone en pie. Ángela se abraza a él como si se tratara de un familiar cercano o de un buen amigo.
Nunca antes se habían abrazado. Ni cuando Fina murió, ni cuando poco después Ángela perdió a su marido de un infarto. Nunca.
Lucía vuelve a sentarse mientras su madre se dirige a la cocina con la intención de prepararle una infusión. Es una de esas mujeres que no han aprendido a estar quietas.
—Quizás su maestra pueda explicarle mejor cómo es nuestro hijo.
Ella nos habla de él con las palabras que utilizan los maestros.
Habla de conductas inadecuadas, de establecer relaciones, de resistencia a la frustración…
De cosas así que a nosotros quizás nos pasen por alto o no sepamos explicar.
Seguramente, Mila se lo explicará mejor que nosotros…
—Sí, quizás tenga usted razón. Si me indican… —se apresura el inspector. Tanto dolor ajeno le resulta insoportable.
Tedesco anota el nombre de la escuela, el centro Alba, y su situación aproximada en la calle de Iradier, los barrios altos, cerca, muy cerca de una comisaría.
La maestra responsable de Daniel se llama Mila Beltrán y Lucía le asegura que no tendrá ningún problema para hablarle de Daniel.
Ángela deposita una bandeja sobre la mesa mientras Antonio resopla.
No tiene nada contra su suegra, pero no confía en el policía.
—Es muy buena persona, tiene toda la paciencia del mundo y lo conoce muy bien. Sabe lo que le conviene a Daniel antes de que…
Lucía no puede continuar y el inspector se pone en pie y de nuevo tiende su mano para despedirse. Primero a Lucía, que se la estrecha mientras con la otra mano se lleva un pañuelo de papel a los ojos y a la nariz, después a Antonio Marín, que acaba de aplastar la colilla en un cenicero.
—Les tendré informados.
Es Ángela la que acompaña al inspector hasta el rellano.
—¿Cree que lo encontrarán? —pregunta bajando la voz, como si esperara una confidencia, antes de cerrar la puerta.
Y Tedesco, que sabe lo que quiere oír, intenta poner en sus palabras toda la convicción de la que es capaz mientras empuja sus gafas nariz arriba.
—Espero que sí. Un niño perdido siempre acaba por llamar la atención de alguien. Alguien se fijará en él. Creo que lo encontraremos —arriesga.
¿Qué otra cosa puede hacer?
—Gracias —susurra Ángela—. No sé qué haría mi hija sin Daniel. De verdad que no lo sé.
Incómodo y demasiado impaciente para esperar en compañía de la abuela del niño, decide olvidar la existencia del ascensor y emprende las escaleras, le vienen a la cabeza las palabras que leyó una vez en alguna parte.
No importa dónde ni quién las pronunció.
El policía es aficionado a las máximas y a los aforismos, siempre ha pensado que lo ayudan a entender la vida.
Memoriza las palabras sin el menor esfuerzo y son para el inspector un recurso más, algo en que pensar, el clavo ardiendo al que agarrarse cuando no quedan cuerdas ni flotadores en las proximidades.
Las que recuerda mientras se aproxima al portal constituyen una especie de ruego, la plegaria de un creyente que le suplica a Dios «No me envíes todo el dolor que soy capaz de soportar».
El policía, que ha visto mucho y malo, está convencido de que Lucía no puede resistir más dolor ni por mucho más tiempo.
En la calle, Tedesco divisa el sol entre las ramas de los plátanos.
No se gira, no mira la ventana del piso, prefiere no ver el rostro desbaratado de Lucía Torres tras el cristal.
Está seguro de que está ahí, arrimada a la ventana, persiguiendo sus movimientos, intentando recuperar la confianza en el hombre que intenta devolverle a su hijo.
No han pasado ni quince minutos desde que lo dejara ante el portal de la familia y el inspector busca ya el coche con la mirada. No tarda en localizarlo.
—¡Mierda! —Retira la mano que acaba de recibir una descarga de corriente estática como si acabara de morderle una serpiente, y le indica a Cuesta que van hacia la calle de Iradier.
El agente dobla el diario que ha dejado a medias y arranca.
—Ya sabes, Diego, donde la comisaría.
—Por la ronda es un momento. Si tiene prisa pongo la sire…
—No —niega tajantemente el inspector, mientras mueve con energía la cabeza de un lado a otro.
Nada detesta más que la sirena policial.
—No hará falta.
Segundos después de que el vehículo policial arranque, Antonio Marín cruza el portal. Tampoco él puede soportar el dolor en estado puro. Piensa regresar a la plaza dels Àngels y buscar a su hijo. Mejor patear las calles que permanecer de brazos cruzados y sin saber qué decir.
DANIEL
Pasado el susto, Daniel solo siente hambre.
Tanta hambre que empieza a creer que tiene acurrucado en el estómago un animal que gruñe muy bajito.
Un animal agazapado y manso que se queja al resguardo de sus tripas, algo así como un sapo o un gato pequeño que ronronea.
La sensación lo intranquiliza y se balancea al andar.
Adelante y atrás. Adelante y atrás. De vez en cuando cierra los ojos muy fuerte, y espera que al abrirlos se materialice Lucía, o Mila o el abuelo Fermín con el tetrabrik de zumo de piña en la mano.
Pero no es así. No ocurre nada. Está solo y todo a su alrededor es extraño, amenazador.