Jueves #4
Se ha despertado un par de veces sobresaltado y se ha golpeado la cabeza al moverla bruscamente medio adormilado todavía.
El hambre le ha roído las tripas durante muchas horas y en alguna ocasión ha creído oír algún ruido muy, muy cerca.
No ha pensado en ratas, ni en otros ocupantes del destartalado local.
Le cuesta un mundo imaginar lo que no ve, lo que no puede tocar o prever.
No ha sentido miedo, solo hambre e impaciencia.
¿Por qué no vienen? ¿A qué esperan para llevarlo hasta su cama, para arroparlo, para estrellarle un beso en la frente como todas las noches? ¿Dónde están? ¿Por qué se esconden todos?
Se ha sentido inquieto, se ha levantado algunas veces sin más luz que la blanca evanescencia de la luna que se cuela por la puerta entreabierta.
En algunas paredes ha podido distinguir colores, muchos colores, pero casi a oscuras solo acierta a intuirlos.
Si abre la puerta y deja entrar más luz, puede identificar unos labios grandes y rojos, un bosque, un casco, quizás un fusil y las siluetas de unos hombres de uniforme en una de las paredes laterales, la más iluminada.
A Daniel le gustan los colores vivos, por eso cuando se cansa de esperar y no consigue volver a dormir, coge la pelota, se abraza a ella y, sin dejarla ni por un momento, abre la puerta por completo y, desde el umbral y en penumbra, contempla las paredes sin acercarse.
En la parte superior, muy cerca del techo, apenas queda pintura, se ha separado y ha caído.
Algunos fragmentos siguen en el suelo. Todo está demasiado sucio.
Con el amanecer, derrotado por la fatiga, definitivamente rendido, ha conseguido dormir sin sobresaltos durante un par de horas tumbado en el suelo, junto a la puerta. Con la cabeza sobre el brazo y la pelota atrapada entre su vientre y sus piernas encogidas.
—Eh, tú, chico. Sí, tú, chaval.
Un hombre grita desde el otro extremo de la sala inundada ahora por la luz de la mañana que rompe ya en las calles. Acaba de asomarse y lleva una manta sobre los hombros a modo de poncho y un palo grueso en su mano derecha. Es la pata arrancada de la silla que Daniel ha visto tirada en un rincón.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué quieres?
Es un hombre viejo, alto y muy delgado, de ojos pequeños, cejas canas muy pobladas y barba larga y descuidada que acaba de aparecer en la puerta que conduce a la trastienda de lo que fuera una zapatería de barrio.
Duerme allí desde hace unos días, en el pequeño almacén, al resguardo de las cuatro paredes donde años atrás se apilaban hasta el techo las cajas de cartón.
No ha oído al chico en toda la noche, por eso le sorprende su presencia.
Por la puerta entreabierta que da a la calle entra ahora la luz en tromba, como proyectada sobre cada pared.
El hombre camina descalzo y se acerca muy despacio agarrándose unos pantalones que se le escurren cintura abajo, acaba de desahogarse en un rincón y no se los ha sujetado todavía con la cuerda que le sirve de cinturón. Parece enfadado.
Al oír las voces, Daniel se ha despertado como tocado por un rayo. No recuerda dónde está, no comprende. No sabe qué es lo que pretende el viejo que grita. Detesta los gritos. Nunca ha visto un viejo así. Su abuelo Fermín también es un hombre viejo, pero no se parece a él. En nada.
Fermín no grita, ni tiene greñas grises que cuelgan de sus mejillas, ni se viste con una manta y unos pantalones sin abrochar por los que asoma la piel desnuda y muy blanca.
El viejo no lleva ropa interior y a Daniel le asusta que las cosas no sean como tienen que ser.
Tampoco ha visto antes una habitación como la que ahora descubre ante sus ojos a la luz de la mañana, repleta de grandes manchas de colores, sucia, desconcertante.
Colores por todas partes. Rojos, azules, verdes muy intensos, violetas y azafranados.
El techo negro y una de las paredes completamente roja salpicada de desconchones.
Pintura derramada en el suelo, ropa abandonada de colores vistosos, hojas de diario sobre las que alguien pensó tiempo atrás dibujar un planeta.
Una habitación de pesadilla.
—Largo de aquí. ¿Me oyes? Lárgate. No quiero verte por aquí.
Daniel se levanta de un salto y vuelve a agacharse para recuperar la pelota que ha rodado un par de metros hacia el centro del local, allí donde años atrás se encontraba el mostrador y descansaban las cajas abiertas. Muy cerca de los pies del viejo tocado ya por la demencia.
—Tú, chico, sí, sí, tú. ¿Quién eres? —insiste el hombre, que está ya muy cerca—. ¿Qué haces aquí? ¿Te envían ellos? ¿Vas armado? —pregunta a gritos, levantando el palo en el aire.
Daniel permanece junto a la puerta unos instantes. Se mece adelante y atrás como acostumbra a hacer cuando no encuentra paz. No dice nada.
—¿Te han enviado ellos? —repite—. Ya sé que quieren mi dinero. Mi puto dinero —añade con una carcajada—. Pues se van a joder. Ellos y tú.
A Daniel se le escapa un gruñido que el viejo interpreta como una provocación.
—Si vuelves por aquí te mataré. ¿Me oyes?
Paredes de colores que aturden a Daniel, un viejo que grita mientras lo amenaza con un palo, la luz que lo inunda todo y que le descubre un lugar de pesadilla.
Daniel calla y se mece adelante y atrás.
El viejo no puede oírlo, pero el niño canturrea.
Quizás reconocería la tonada, es una melodía vieja como el hombre en ruinas, como el edificio, como el mismo miedo.
—Lárgate, chaval, aquí vivo yo. ¿Me oyes? Vete a tu casa. No quiero críos aquí… Solo faltaría que esto se llenase de críos. Y diles que vengan ellos si tienen cojones. Que aquí estoy, que los espero. Diles todo eso. ¿Me oyes? Que vengan si tienen huevos.
Como si le obedeciera, Daniel escapa.
El hombre lanza el palo con todas sus fuerzas y este se estrella contra el marco de la puerta, justo en el lugar en el que minutos antes descansaba la cabeza de Daniel. Al hacerlo, los pantalones han resbalado piernas abajo dejando sus genitales al descubierto.
Maldice.
Daniel no consigue oír lo que el viejo grita a sus espaldas mientras tira de los pantalones hacia arriba. Tampoco alcanza a oler su aliento, cuyo hedor prendería una llama como entre los labios de un faquir.
Ha huido abrazando la pelota y gritando.
Siente miedo, tanto miedo que las piernas casi no le obedecen. Grita su propio nombre y se lo grita al vacío.
—Daniel, Daniel, Daniel.
ANTONIO
Aparcar en Cornellà resulta difícil, tanto o más que en el centro de Barcelona.
Tras un par de vueltas infructuosas, dos resoplidos mal contenidos y varios improperios de diverso grado y condición, Tedesco le ruega al conductor del coche patrulla que lo deje junto al portal y que aguarde estacionado donde pueda.
Diego Cuesta, que ha recogido al inspector en Nou de la Rambla, asiente.
Preferiría acompañar a su superior, pero está harto de dar vueltas. Esperará varado en el chaflán.
El portal de la avenida dels Ferrocarrils Catalans se abre a un paseo amplio por el que a esa hora de la mañana transitan algunas mujeres que tiran de sus carros de la compra en dirección al mercado cercano, un jubilado ocioso con las manos en los bolsillos y un puro humeando entre los labios de buena mañana y un grupo de adolescentes que cargan mochilas escolares y caminan en la dirección en la que Tedesco supone se encuentra el Llobregat.
O lo que queda de lo que fuera muchos años atrás un cauce respetable.
Ninguno de ellos parece tener demasiada prisa por llegar a ninguna parte.
Al otro lado del portero automático, la voz de Lucía es de sobresalto.
No importa que el inspector haya avisado de su visita ni que Antonio la haya obligado a ingerir otro tranquilizante tras haber pasado las últimas horas en vela junto al teléfono.
Toda ella tiembla como de frío y siente que le falta el aire.
—Soy el inspector Tedesco.
—Suba, por favor.
Una especie de siseo le indica que puede empujar y abrir la puerta.
El ascensor es pequeño y sin espejo, una caja aparatosamente iluminada desde el techo por un fluorescente que podría alumbrar un estadio.
Las puertas, de batiente, apenas se abren lo justo para que Tedesco pueda entrar en él y cerrar trabajosamente una vez dentro.
«Máximo: 4 personas», reza una placa. Si los ocupantes tienden a corpulentos, como le sucede al inspector, y aspiran a seguir respirando durante el trayecto, la ocupación máxima es de dos personas sin remilgos y con obligación a roce.
En el rellano, Lucía, con el rostro desencajado y cara de no haber dormido en un mes, le abre la puerta y le indica que puede pasar.
No se ha cambiado de ropa ni se ha peinado.
Quizás, y a juzgar por su aspecto extenuado, ni se ha sentado unos instantes en un sillón.
Tiene las conjuntivas enrojecidas y los labios muy pálidos, dolorosamente pálidos.
La mano le tiembla cuando la adelanta para estrechar la del inspector y le palpita el párpado superior del ojo derecho, aunque ella parece no notarlo.
Tiene el miedo en el cuerpo, es una evidencia.
La mujer se estremece involuntariamente antes de precederle pasillo adelante del tercero primera. Al verla avanzar, titubeante, se diría que no basta su cuerpo menudo para albergar tanto miedo. Se escapa de su piel, la traspasa y se expande a su alrededor como una enorme burbuja.
Un pasillo estrecho conduce a un salón no muy grande, pero acogedor y luminoso, que da a la avenida.
A través del ventanal, Tedesco advierte las copas de los frondosos plátanos que salpican el paseo.
Piensa que desde la ventana casi pueden acariciar las hojas.
Sentado junto a la mesa central, frente a un café, Antonio Marín lo saluda y lo invita a sentarse.
Su aspecto no es mejor que el de su mujer, pero no parece tan desolado como ella.