El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #3
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Jueves #3

Salas está a punto de abandonar la comisaría y deja encargado de supervisar el operativo a un inspector al que Tedesco reconoce, Ricard Segura.

Ha colaborado con él en alguna ocasión. Es de fiar, sabe lo que hace, pero nunca, bajo ningún concepto, transgrediría el procedimiento policial.

Sospecha que no considerara pertinente su presencia.

Quizás ni se avenga a aceptar su colaboración.

Para el inspector Segura no existen los asuntos personales.

Ricard Segura, cuya figura corpulenta se recorta en el umbral del despacho mientras Tedesco atiende la llamada de Lidia Sampedro, hace un gesto de extrañeza.

Salas se encoge de hombros mientras Lidia explica a su superior que ha conseguido autorización del comisario Valero, junto a Diego Cuesta e Iván Cabrera, para ponerse a su disposición durante unas horas.

Tedesco insinúa una sonrisa y susurra:

—Gracias, Lidia. Estoy en…

Un mosso uniformado alcanza el despacho. Salas, que se ha puesto en pie y se dispone ya a abandonar su mesa, vuelve a sentarse.

—Es por la desaparición de Daniel Marín, parece que tenemos algo.

Habla muy despacio, como si leyera un oficio.

Tedesco se despide abruptamente de su agente:

—Tengo que colgar, te llamo en unos minutos, quizás os necesite. —Dicho lo cual, remonta las gafas que han resbalado nariz abajo.

Salas anima al agente a hablar y lo hace con un cabeceo.

—No es mucho, pero una mujer muy mayor, una anciana que vive en la calle Hospital, afirma haberlo visto.

Uno de los agentes que están en la calle acaba de llamar.

Ha hablado con ella hace unos minutos, cuando la mujer salía de la panadería.

Se llama Asunción Granados y recuerda haber visto a un niño con camiseta verde y deportivas blancas.

El agente le ha enseñado la foto, y dice que podría tratarse del mismo niño, pero no está completamente segura.

Según lo que explica la mujer, Daniel corría detrás de otro crío que llevaba una pelota.

La mujer no recuerda el color de la pelota, pudiera ser roja, pero…

—Explícate —ordena Salas, que le señala una silla al otro lado de su mesa.

Todos los presentes toman asiento frente al inspector. Bartolomé Díaz lo hace con una lentitud que le hace parecer un hombre mayor de lo que es, un viejo que controla sus movimientos uno a uno para no tropezar y caer.

—¿La mujer parece fiable? Tú ya me entiendes.

—Sí. Raúl Romeu, el agente que ha hablado con ella, asegura que sí, que la mujer no desvaría.

—¿Ha mencionado algún dato más? —le apremia Tedesco, irguiéndose en su silla y acercándose a la mesa.

El mosso asiente y cabecea sopesando el valor de las palabras una por una.

Es un hombre cauteloso. A Tedesco le recuerda a Iván Cabrera, uno de los agentes con los que prefiere trabajar.

Cabrera es extraordinariamente observador y tiene una memoria capaz de almacenarlo todo, pero no conoce la urgencia.

Tedesco, incapaz de controlarse y especialmente cansado e irritado por la falta de sueño, apoya los codos y le apremia.

—¿Tenemos algo más?

Ricard Segura frunce el ceño. No comprende cómo Salas tolera su intromisión.

—Sí, sabemos que el chaval estuvo a punto de ser atropellado por una moto al cruzar corriendo la calle Hospital a la altura de Egipcíaques. No miró, cruzó sin mirar a ningún lado y la moto frenó justo antes de llevárselo por delante.

—¿Eso es todo?

—Casi todo. No hay mucho más. Lo que más le extrañó a la mujer es que Daniel no se asustó, casi no reaccionó, se limitó a mirar la moto durante un instante. La mujer habría jurado que no había oído el frenazo. Pensó que el niño era sordo.

—¿Qué más ha dicho?

—Que no recuerda bien al chico que corría delante, el que llevaba la pelota.

Dice que parecía menor, más pequeño de estatura y de piel más oscura, quizás sudamericano, pero solo es un suponer.

No está completamente segura. Dice que cree que vestía ropa clara, blanca, amarilla…

No le vio bien la cara. Dice que cuando la moto frenó, el chico lanzó la pelota hacia Daniel, como si se la devolviera, y después echó a correr por Egipcíaques.

Daniel la recogió y acabó de cruzar la calle. No se había asustado.

A juzgar por lo que cuenta Díaz, Tedesco quiere creer que el niño se perdió, que se extravió en un barrio que no conoce y que solo necesitan dar con él.

Seguir buscando, rastrear, preguntar. Mejor así.

Es cuestión de tiempo y de constancia, como lo ha sido hallar un primer indicio.

Lo que acaba de oír casi le permite descartar un secuestro, la intervención de un pederasta, de una mafia…

Ha pensado incluso en el tráfico de órganos, en la compraventa de criaturas, en…

—¡Ah, inspector! —añade Díaz, dirigiéndose a Salas—. La hora coincide con el momento aproximado de la desaparición de Daniel.

Joaquim Salas procede a ordenar que continúe el operativo, reforzando si cabe el número de patrullas y ampliando en lo posible el perímetro de búsqueda.

—¿Qué pasó después? ¿Lo ha explicado? ¿Vio qué es lo que hacía el chico? ¿Hacia dónde tiraba?

Las palabras de Mauricio Tedesco suenan a apremio, pero el mosso, también conocido en comisaría como «el hombre tranquilo», no imprime a sus respuestas mayor premura.

—La mujer se asustó mucho, ha dicho que todavía tiene el frenazo en la cabeza, que no hay manera de librarse, que cada vez que se acuerda se le desboca el corazón.

Se quedó unos minutos apoyada en una pared esperando a que el corazón se le normalizara.

No anda muy fina y no se atrevía a continuar.

Por lo que dice Raúl, es muy mayor y está en los huesos.

La señora Asunción dice que vio a Daniel beber agua en la fuente que hay en la pared de la biblioteca y sentarse un momento junto al caño. Eso es todo. La mujer siguió su camino.

—Que no quede nadie en esa zona al que no le pregunten, que insistan en saber hacia dónde tiró el chico. Y si alguien reconoce al chaval que corría delante, tampoco estará de más —ordena Salas.

El mosso asiente, se levanta y, tras susurrar un «adiós», se aleja a paso cansino en dirección a su mesa.

—Nombre de conquistador y espíritu de oso panda —susurra Salas.

Mauricio Tedesco quiere creer que son buenas noticias.

DANIEL

Ha pasado la noche en el interior de un local que un puñado de okupas desalojó por voluntad propia y sin mediar intervención policial hace pocas semanas.

Era tanta la basura acumulada que, con la llegada del buen tiempo, los mismos que días atrás habían forzado la cerradura para dormir bajo techo decidieron, noches más tarde, buscar un acomodo más saludable.

Se ha quedado junto a la puerta, muy cerca del umbral, de forma que puede ver la calle y puede ver la luna. L a luna es lo único que le resulta familiar, lo único que reconoce en un planeta en el que no recuerda haber estado antes. Un lugar hostil.

Daniel no ha estado solo nunca, en ninguna parte.

Por eso espera ver aparecer a Lucía, a Antonio, a Mila, a la abuela Dora, a la abuela Ángela, al abuelo Fermín…

Intenta no cerrar los ojos, pueden llegar en cualquier momento, así lo cree, así debe ser, así ha sido siempre hasta ahora.

Por eso, y porque no le gusta la oscuridad, no quiere cerrar los ojos.

Quiere que lo vean, que no pasen de largo.

Quiere volver a casa y cepillarse los dientes treinta veces, escupir el agua, ponerse su pijama rojo y esperar a que llegue el sueño con la luz de la mesita encendida y la pelota roja bien visible sobre la silla.

El edificio entero se halla medio en ruinas.

La puerta de entrada al local desocupado recientemente pende de uno de sus goznes, el otro ha desaparecido.

En el portal contiguo, una persiana metálica muy abollada y bajada hasta la mitad de la que cuelga un cartel que reza «Se alquila.

Se vende» sella parcialmente lo que fuera el escaparate de otro comercio.

Daniel ha empujado el batiente entreabierto y se ha colado sin dificultad. No soporta la idea de dormir sobre la acera o bajo uno de los árboles de las estribaciones de la montaña. Demasiadas sombras.

En el interior huele mal, apesta. El tiempo y la desidia han agrietado las paredes y desprendido la pintura original.

La falta de ventilación envenena el aire.

Daniel arruga la nariz al entrar, pero está cansado y no ha encontrado mejor lugar para pasar la noche.

En el suelo irregular faltan baldosas y no hay bombillas colgando de los casquillos vacíos.

De haberlas tampoco se encenderían, hace tiempo que la compañía cortó el suministro.

Solo latas de cerveza por todas partes, botellas de agua aplastadas, vasos de papel, colillas, algún diario desarbolado y muchos botes abiertos en los que la pintura de colores se secó hace días.

También algo de ropa arrugada y sucia en un rincón. No piensa tocarla.

La suciedad le asquea, también el desorden y la decrepitud.

Daniel ha encontrado cobijo junto a la puerta. Ha buscado el lugar en el que el olor a orina y a humedad le resulta más soportable. Desfallecido, se sienta en el suelo, se arrima al marco de madera, apoya la cabeza y deja la pelota junto a él, a su alcance, a su vera. No debe olvidar la pelota.

No se ha tendido sobre el único colchón que los ocupantes del local dejaron a su paso apoyado contra una pared.

No se habría atrevido aunque se cayera de sueño.

Daniel no hace esas cosas. Un colchón lleno de manchas, maloliente, inmundo.

Necesita su cama, su colcha, su ya raído animal de paño, su pijama rojo.

Por eso, sentado junto a la puerta y apoyado en el marco, como inscrito en el claro de luna, se ha adormecido sin dejar de esperar.