Jueves #2
Pide la última ración de tortilla que queda en el expositor y una copa de rioja, a la que seguirá una segunda, siempre es así.
Salvador la rellena en cuanto se intuye el fondo.
Es una forma de acuciar al personal. Al policía, el rioja peleón lo ayuda a conciliar el sueño.
Dos copas son la dosis mínima para empezar a sentirse levemente adormilado.
En la televisión, dos equipos que no reconoce luchan por un balón que no es rojo ni tiene hexágonos negros.
Un balón de cuero. Son imágenes en diferido de un partido que acabó hace horas.
Los comentarios que hablan de trallazos, disparos a muerte y ajustes de cuentas se le antojan de lo más insustanciales, trillados, oídos mil veces y alguna más.
Poco más de diez minutos tarda en abandonar el local. Tedesco se despide de Salvador y lo hace con un buenas noches . La posibilidad de que el policía pase una buena noche tiende a cero.
—Y muchas gracias, Salvador.
ANTONIO
Lucía, medio olvidados ya los efectos del fármaco, solloza en su silla de plástico.
Susurra palabras que nadie comprende mientras se balancea como acostumbra a hacer Daniel cuando está inquieto.
No se da cuenta. Ni de que se mueve sin querer, ni de que no le quedan uñas, ni de que ha empezado a morder las yemas de sus dedos que ya sangran.
Si tuviera unas tijeras destrozaría el maldito vestido, lo cortaría en mil trozos, tiraría de sus costuras hasta arrancar cada pespunte y no dejar una puntada en su sitio.
Después, pisotearía y saltaría sobre los restos hasta desfallecer.
Condenado vestido, condenada Rovira. Maldita la hora…
Antonio Marín, junto a ella, en completo silencio, enciende el enésimo cigarrillo e intenta concentrarse en el humo que se eleva en dirección a un techo de escayola y que apenas acierta a distinguir contra la pared blanca de la comisaría.
En la sala no se puede fumar, pero nadie tiene arrestos para pedirle al padre del niño desaparecido que apague el cigarrillo.
No hay tripas en toda la comisaría para obligarlo a aplastarlo en un cenicero.
En el humo, en la charla de los agentes, en los teléfonos que suenan de tarde en tarde, en la máquina de café que ronronea cuando, en contadas ocasiones, el silencio es absoluto.
En todo ello intenta entretener el pensamiento el padre de Daniel.
Los ruidos, las voces apagadas, las risas que le sorprenden y le molestan, son señales tranquilizadoras.
Antonio quiere creer, necesita creer que algunos mossos continúan en comisaría y que otros buscan en las calles, que no los han abandonado, que no están irremediablemente solos los dos, Lucía y él.
Completamente solos y a solas.
La blanca dependencia en la que se encuentran bien podría pertenecer a un hospital, ser la antesala de un dentista, la de un despacho de abogados o la de uno de tantos especialistas en salud mental de los muchos que han consultado en los pocos años de vida de Daniel.
Todas se parecen, en todas ellas se siente el hombre más triste de este mundo.
No puede continuar pensando en su hijo, en Daniel, un crío difícil como no ha conocido otro. No puede seguir echándolo en falta. Tampoco puede sentir más miedo, no lo resistirá. Se volverá loco si no deja de pensar en su hijo, de imaginar las mil cosas que pueden…
Se levanta y se aleja por el pasillo que conduce a los despachos de los mossos.
Ha visto un mostrador y a alguien de guardia en alguna parte.
Sabe que andan por ahí, acaba de oírlos reír, incluso ha creído reconocer algún aplauso.
Sus risas le ofenden. El mundo entero debería experimentar el miedo por la desaparición de Daniel.
Preguntará de nuevo, tratará de controlar la ira que le cierra los puños, intentará saber si hay noticias, si alguien lo ha visto, si…
Intentará…
Quizás se conforme con alejarse unos instantes de la sala vacía en la que aguardan desde hace horas. Con alejarse de Lucía y de la inmensidad de su dolor.
TEDESCO
A solas en su piso, no ha podido evitar ponerse en el lugar de los padres del niño. Se ha echado a temblar al imaginar a Marina siendo una niña extraviada, sola…
Es un policía, casi un viejo policía, o un policía viejo, tanto da.
Tiene sus maneras, la voz, incluso la apariencia.
Es casi en todo un madero. Así lo aseguraba Fina y así ha acabado por reconocerlo Mauricio Tedesco.
Pero, por mucho que lo intente, no consigue establecer la distancia emocional que el oficio exige, empatiza sin remedio.
Lo sabe, lo constata a diario. Y también sabe que ya es demasiado tarde para aprender.
Con casi treinta años de servicio a sus espaldas no sirve de mucho repetirse que Daniel no es su propio hijo, que es un niño más, uno de tantos, que sus obligaciones son las que son, que no puede hacer promesas ni milagros, que no debe esperarlos, que angustiarse no sirve de nada.
Y, sobre todo, que no puede ni debe culpabilizarse si el niño no aparece o si le ocurre algo fatal, irremediable.
Han sido muchas las horas de insomnio e incontables las posibilidades que lleva barajadas. En la comisaría siguen sin noticias de Daniel y en las aceras del Raval y de los barrios colindantes nadie recuerda haber visto al niño.
Tedesco ha repasado mentalmente las calles que recuerda del Raval tras haber buscado entre sus cosas un plano de la ciudad.
Ha calculado distancias y ha comprobado sobre el papel los posibles caminos seguidos por Daniel.
Ha valorado las innumerables posibilidades que le han pasado por la cabeza.
Primero con cierto orden, después en tropel.
Ha concluido que si se ha perdido y se ha alejado a pie puede estar casi en cualquier punto de la ciudad, a estas alturas el perímetro es demasiado grande.
Si se lo llevaron, no hay perímetro.
Si se trata de un secuestro, localizarlo sin pistas es prácticamente imposible.
En coche, en tren…, puede estar en cualquier lugar a centenares de kilómetros.
Puede haber pasado la frontera. Incluso puede haber sido obligado a subir a un avión con un pasaporte falso.
No sería la primera vez. Un niño desaparecido que no aparece en unas horas es mal asunto. Ni quiere ni puede engañarse.
Se ha planteado decenas de alternativas, algunas remotas e improbables, pero considera que una de ellas debe ser estudiada.
Se le ha pasado por la cabeza la posibilidad de que Begoña Sanmartín sea una presunta cómplice del secuestrador.
Quizás la mujer haya entretenido a Lucía con su charla para hacer que perdiera a su hijo de vista unos instantes, los justos.
No es que haya observado en su actitud nada sospechoso, pero sabe que es necesario tener en cuenta hasta el último detalle, escudriñar a través de cada grieta, rememorar cada palabra formulada, analizar cada mirada.
Por eso, antes del amanecer, le ha enviado un mensaje a Salas.
El inspector al mando del caso no ha tardado en responder que se entrevistará personalmente con la aludida.
También lo ha invitado a asistir a la conversación.
Pasadas las horas, el policía se ha desesperado y se ha resignado por fin a no dormir.
Mejor levantarse de una vez y acudir al tajo que desesperarse rotando obstinadamente sobre sí mismo en una cama desecha.
Ha puesto el pie en el suelo y le ha enviado un mensaje al comisario Valero, su superior en la comisaría de Les Corts.
Se ha disculpado y le ha comunicado que se personará en la comisaría de Nou de la Rambla y que su decisión responde a un asunto personal.
Habrá tiempo para explicaciones, piensa.
Ha dejado atrás la rambla de les Flors sin parar de cavilar ni de buscar a Daniel entre los paseantes.
Hoy, jueves 6 de mayo, no hay sitio en su mente para más preocupaciones.
Tampoco para la radiante primavera que desde hace semanas se derrama en verde sobre las ramas de los árboles y en luz sobre las calles.
Al cruzar el umbral de la comisaría permanentemente custodiado por un par de agentes, estos no lo han saludado y uno de ellos le ha preguntado qué deseaba. Tras identificarse, le han permitido pasar. Ha sido una sensación extraña.
Nada más entrar, ha buscado a Salas. Lo ha encontrado en su despacho repasando sus notas. El inspector ha levantado la mirada al verlo aparecer en el quicio de la puerta. Por su gesto sombrío, Tedesco comprende que no hay nada nuevo, ni un pequeño indicio, ni la más leve pista.
Salas le explica que los padres de Daniel han sido conducidos a su casa y que esperan noticias de la Policía.
Sin darse cuenta, Tedesco deja escapar un suspiro de alivio. El estómago se le descompone al pensar que podría encontrarlos en un pasillo o junto a la máquina de café. Sin la menor pista no sabría qué decir y no tiene tripas para callar. Otros lo hacen. Tedesco no sabe.
Según consta en el informe, Salas ha hecho que una patrulla los acompañe hasta su casa en contra de la voluntad de Lucía, que no quería moverse de allí.
Antonio Marín ha consentido en nombre de ambos regresar al piso de Cornellà, en el que continuarán una espera infernal, y lo ha hecho a cambio de que el coche patrulla pasara previamente por la plaza dels Àngels y les permitiera echar una ojeada, por si Daniel hubiera regresado.
El agente ha comunicado que, realizada la inspección ocular de la plaza, Antonio y Lucía han vuelto al vehículo policial, que los ha llevado hasta su casa.
El padre del niño ha podido comprobar que un retén de los Mossos permanecía allí, en la plaza, esperando a Daniel, preguntando por él.
El coche seguía aparcado en una esquina y un par de agentes uniformados mostraban su fotografía a los transeúntes, muy cerca del lugar en el que el niño fue visto por última vez.