El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves
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Jueves

TEDESCO

Al filo de la madrugada y a la altura del Mercat de la Boqueria, Tedesco ha ordenado a Lidia y a Diego que abandonaran la búsqueda. Hace horas que acabaron su jornada.

—Seguimos por la mañana. Los agentes de Nou de la Rambla continúan en las calles. Nos mantendrán informados. ¡Ah! Y muchas gracias a los dos.

Piensa que si la desaparición se prolonga tendrá que averiguar cómo es Daniel, cómo acostumbra a comportarse, a reaccionar…

Se ha dirigido a la comisaría de Nou de la Rambla y se ha reunido con Salas, que seguirá al mando durante toda la noche.

Poco después ha abandonado el edificio, no sin haberse despedido de Lucía Torres y de Antonio Marín, que esperan a su hijo en una sala desierta entre una máquina de café, una papelera y una mesa baja con dos diarios de la semana anterior.

También ha llamado a Ángela, que le ha agradecido el interés entre lágrimas.

A falta de mejores noticias el policía ha renovado la promesa de avisarles de inmediato si la Policía consigue noticias de Daniel.

Cualquier cosa, por pequeña que sea, una pista, un indicio, les será comunicada inmediatamente, asegura.

Antonio Marín apenas le devuelve la mirada; Lucía, somnolienta, ni siquiera parece haberle oído.

Nuevos agentes han relevado ya a los anteriores y continúan buscando.

El operativo a pie abarca ya media ciudad, y en calles, paseos, carreteras y cruces los Mossos disponen de la descripción y de la fotografía de Daniel.

Están atentos, buscan a un niño con camiseta verde, persiguen en vano el espanto en unos ojos, un grito, una señal de socorro.

Salas ha ordenado que las patrullas sean informadas de que Daniel es un niño autista y de que su comportamiento no necesariamente es el que cabría esperar de una criatura extraviada.

Ha alertado de que sus reacciones no siempre son las que uno puede prever y de que probablemente rehuirá el contacto, y de que incluso quizás rechace la ayuda.

Deben actuar con tiento. No ha podido precisar mucho más.

De tarde en tarde, un agente se acerca a la sala y ofrece a los padres del niño desaparecido agua, un café, o algo que llevarse a la boca.

Niegan ambos sin despegar los labios, concentrados en el dolor, sumidos en el silencio de la comisaría, derribados por un miedo inabarcable.

Sobre una silla, junto a Lucía, que apoya la cabeza en la pared como si el miedo pesara infinitamente, alguien ha tendido el condenado vestido gris que a estas alturas es poco más que un trapo.

La mujer tiene el rostro lívido, los labios sin sombra de color y los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar.

A Mauricio Tedesco la ciudad se le antoja triste cuando ya de madrugada emprende el regreso a casa. Ha pedido un taxi. No tiene edad ni le quedan fuerzas para esperar el autobús nocturno.

Recuerda la llamada de Marina recibida horas antes, justo cuando el policía llegaba sin resuello a la avenida del Paral·lel en pos de una camiseta verde hierba.

Pasaban unos minutos de las ocho de la tarde y sobre la ciudad el cielo viraba ya a un azul plomizo.

El nombre de su hija en la pantalla le ha alarmado.

No consigue evitar pensar en accidentes o en problemas graves y repentinos de salud cada vez que recibe una llamada de Marina.

Imprevistos fatales que harán saltar la calma por los aires.

Ha contestado con la voz entrecortada por el esfuerzo.

—Lo siento, papá. No he podido llamar antes.

—No importa. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?

—No, nada. No pasa nada. Todo bien.

Marina quería saber si querría comer con ella el domingo.

—Donde siempre, papá. Ya sabes.

Tedesco sabía que se refería a El Rebost, el restaurante de manteles a cuadros rojos y blancos y camareros casi seniles en el que se reúnen cuando Marina, que siempre anda viajando, recala en la ciudad y le dedica a su progenitor un par de horas.

Ambos prefieren el ruidoso local cercano al domicilio familiar.

En él se sienten como en casa, mucho mejor que en el piso vacío en el que ya nadie cocina ni espera con la mesa y la sonrisa puestas.

—Sí, claro. Si esto no se complica…

—¿Qué tienes entre manos? ¿Es un asunto grave?

Tedesco no ha creído necesario explicar que todos sus asuntos son siempre graves. El oficio de un policía no conoce banalidades, sus asuntos raramente resultan triviales. Se ha limitado a responder:

—Busco a un niño.

—Siempre quisiste tener un hijo —ha observado Marina, malinterpretando maliciosamente las palabras de su padre.

Sabe que el policía la adora, siempre ha sido así y así será hasta el final de los días. Nada cambiará lo que Tedesco siente por su hija. Nada.

—Marina, por Dios. No te pongas sarcástica. Ahora, no. No tengo el cuerpo para…

—Lo siento, papá. Era una broma. Nos vemos el domingo. Espero que lo encuentres pronto. Seguro que lo harás.

—Nos vemos —ha respondido el policía, y ha acompañado sus palabras de un gesto de asentimiento sin dejar de sujetar el móvil contra su oreja.

No puede evitarlo, todavía no ha aprendido a convivir dignamente con la tecnología y gesticula como si tuviera delante a su interlocutor, como si Marina pudiera verlo.

—Y ponte guapo.

—Lo intentaré —ha prometido el inspector, que demasiado a menudo tiene la apariencia de una cama sin hacer.

Rememora y sonríe. Y la sonrisa dura en su rostro unos instantes, los que tarda en recordar a los padres de Daniel.

Se endereza levemente con el doloroso y familiar crujir de lumbares y abandona la comisaría de Nou de la Rambla.

El taxi acaba de llegar. Se dispone a descansar unas horas.

Apenas tres o cuatro. Sabe que no conseguirá dormir, pero necesita dar algo de reposo a un cuerpo exhausto.

De madrugada, el vehículo atraviesa veloz la ciudad desierta y pocos minutos después el inspector paga la carrera y desciende justo frente a su portal. No ha podido quitarse a Lucía Torres de la cabeza. Ni a ella ni a su marido, el hombre de los ojos en llamas.

Se lleva la mano al bolsillo en busca de sus llaves. Siente el estómago vacío y cierta flojera en las piernas. Está muy cansado, necesita comer algo, cualquier cosa. No quiere cocinar y recuerda que es más que probable que no encuentre nada en el frigorífico. Nunca ha creído en los milagros.

Hace meses que retrasa el regreso a casa, que busca mil excusas.

Cualquier cosa es mejor que llegar a un piso en cuyo interior hace semanas que no suena voz alguna.

Así ha sido desde la última vez que Marina cenó en casa de su padre, y de eso hace ya muchos meses.

Un piso silencioso y vacío como un panteón relativamente acogedor.

Tedesco ha pensado en venderlo y alquilar otra vivienda, algo más pequeño, más recogido. Romeu, el único amigo que merece ese nombre, asegura que le conviene un cambio de escenario, quizás así no experimente el vacío con tanta intensidad. Bien mirado, el policía no necesita cuatro habitaciones.

—Y podrías pensar en una jubilación sin estrecheces.

Tedesco se resiste a pensar en la posibilidad de retirarse. En ausencia de Fina no sabría qué hacer con su vida.

Marina le ha preguntado en alguna ocasión si se ha echado novia con la secreta esperanza de que así sea.

Nada más lejos. Paradójicamente, a Mauricio Tedesco, que no se ha acostumbrado a vivir solo, le estorba toda compañía.

Toda. No consigue imaginar la vida con otra mujer, tampoco le quedan fuerzas.

Quizás más adelante, piensa. No hace mucho leyó en algún sitio que ahora hablaban de procrastinar cuando una decisión, una acción o una charla incómoda quedaban aplazadas sine die .

Otra palabra odiosa que añadir a empoderar, visualizar o implementar. Procrastinar.

El móvil, cuya pantalla consulta cada cinco minutos, no suena en ningún momento.

No hay noticias de Daniel, ni el más mínimo avance en la búsqueda del niño desaparecido.

Por si eso fuera poco, la noche en la ciudad no ayuda a localizar a nadie.

Tedesco sabe que de noche los caminantes no son los mismos que los que la recorren a media tarde, que cambian, que son otros y que difícilmente pueden haber visto a Daniel.

Se trata en general de gente que se apresura para llegar a casa cuanto antes.

Sabe que los que a media tarde pudieron cruzarse con el niño probablemente llevan horas en sus casas, que cenaron y que los pocos que no duermen quizás miren la televisión o la pantalla del móvil.

Los más afortunados tendrán compañía en la cama, quizás hayan compartido la cena, se hayan abrazado o hayan hecho el amor.

Algunos, entre los que habitualmente se encuentra Tedesco, habrán cenado a solas y habrán elevado una plegaria para que la divinidad, sea cual sea y esté donde esté, les permita dormir unas horas.

Sabe que Hermanos Rojo, uno de sus establecimientos de cabecera, hace horas que echó el cierre.

Se aleja unos pasos del portal y entra en un bar cercano, El Rancho, cuyo propietario, Salvador, está a punto de bajar la persiana.

Siempre cierra de madrugada. Por la mañana, con los primeros trabajadores que se dirigen al metro o a la parada de autobús, es su hijo el que barre el local y activa la máquina de café.

Se turnan para mantener el negocio en funcionamiento casi veinte horas diarias. Solo así consiguen que sea rentable.

Lo frecuentan polis, basureros y algún que otro sanitario que sale del turno y que despide en El Rancho la jornada laboral. Es el único bar abierto en muchas manzanas a la redonda.

—Será algo rápido —asegura cuando Salvador tuerce el gesto al verlo entrar. Tiene tantas ganas de pillar la cama y dejar atrás el olor a freidora que a punto está de pedirle que se marche.

No lo hace. El policía es un parroquiano habitual.