El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #13
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Miércoles #13

Con el tirón, Daniel afloja los brazos y la pelota está a punto de caer.

Se revuelve bruscamente antes de incorporarse apoyándose en la pared mientras la aferra con todas sus fuerzas como si el hombre pretendiera arrebatársela.

Está tenso, angustiado, tiene los labios sellados y ha empezado a moverse adelante y atrás, como acostumbra a hacer cuando está nervioso o contrariado.

—Pero… Si solo eres un crío. No vives aquí, ¿verdad?

Diego Obrador, encofrador de profesión, no ve el momento de llegar a casa, sentarse y descansar.

Se siente desconcertado. Es un crío y, según calcula, no debe de tener más de ocho o nueve años.

Demasiado pequeño para andar en la calle con la noche ya cerrada.

No le suena su cara, no recuerda haberlo visto antes en el barrio, pero la verdad, tampoco es que él se fije mucho.

Lleva la vida del burro. Del curro a casa y de casa a…

Un crío que se mueve como si tuviera un resorte en la cintura, que sujeta la pelota como si fuera un salvavidas, y que no lo mira en ningún momento. Ni por equivocación.

—¿Cómo te llamas? —insiste.

Daniel no solo no responde, sino que no cesa de moverse y ha empezado a proferir un ruido extraño, como un ronquido. Quizás sea una palabra, aunque al desconocido le recuerda a un lamento.

Insiste.

—¿Dónde vives? Si me dices dónde vives te acompaño hasta tu casa —le asegura el hombre, mientras lo retiene por un hombro para detener el desconcertante movimiento del niño.

Daniel no soporta que lo toquen, y mucho menos que lo hagan clavándole los dedos como lo hace Diego Obrador.

Acostumbra a reaccionar con violencia si el que lo sujeta y le tributa una caricia o le da un leve empujón es un extraño.

Esta vez tampoco es diferente. Cuando siente la presión de los dedos grandes y poderosos de Diego en su clavícula, unos dedos que intentan inmovilizarlo, Daniel grita, se sacude y echa a correr.

No importa la dirección, solo pretende alejarse, dejar atrás al hombre que para Daniel constituye una amenaza.

Corre y grita algo ininteligible sin que Diego Obrador, con ocho horas de trabajo a la espalda y un dolor creciente en el hombro derecho, consiga entender por qué.

El crío huye, escapa, grita.

No se le pasa por la cabeza alertar a la Policía, prefiere pensar que el chico asustado acabará por llegar a casa, que quizás esté ya llamando a su puerta y recibiendo la pertinente bronca de su madre.

Si sabe gritar, también sabe preguntar , concluye antes de decidirse a abrir el portal. Necesitar aligerar la responsabilidad. Así es como Diego Obrador espera que sean las cosas. Bien mirado, tampoco es asunto suyo.

En el tercer piso, mientras se acerca a la mesa tras haber echado una ojeada a su hija que descansa ya en su cuna, Diego intenta adivinar qué es lo que le espera sobre el mantel.

Cuando por fin se sienta y la emprende con un plato colmado de estofado, el pensamiento se concentra en el balón que impulsado a patadas recorre el campo de un extremo a otro.

Intenta reconocer las caras que apenas distingue en un aparato de pocas pulgadas y muchos años de funcionamiento.

Intercala comentarios ocasionales, gritos y maldiciones proferidas entre un bocado y el siguiente.

Espera contribuir así a la victoria de sus colores.

Los de su equipo, los de su familia entera.

Sus colores.

Durante la pausa, y respondiendo a las preguntas de su mujer, que quiere saber cómo le ha ido el día, Diego refiere el incidente del portal.

No tiene nada interesante que explicar y, como ella trabaja en un súper cercano y siempre anda por el barrio, le habla del niño que sujetaba la pelota roja y que ha empezado a gritar a la primera de cambio como si le arrancase la piel a tiras.

Prefiere no hablarle de paredes mal levantadas o de materiales de baja calidad.

Tampoco se queja de los noventa minutos que tarda en llegar desde la obra en la que trabaja.

Podría ser peor, podría perder el trabajo.

—No tendría más de ocho o nueve años, o diez como mucho.

Como Iván, el hijo de tu hermana, algo así.

Se ha puesto a gritar y ha echado a correr como si acabara de amenazarlo con un hacha.

Como si fuera un puto asesino. Yo solo quería entrar.

Incluso me he ofrecido a acompañarlo hasta su casa.

Me daba no sé qué que se quedara allí solo, en la calle —añade, mientras apura la segunda cerveza fría y espera el inicio de la segunda parte del encuentro.

—¿Es un crío del barrio? —inquiere la mujer, mientras retira platos y cubiertos.

—No lo sé, no me sonaba su cara, pero aquí cada día llega gente nueva, ya sabes. En la escalera no lo he visto nunca. Igual el chaval no me entendía y se ha pensado que…

—Espero que haya llegado a casa. No quiero ni pensar en lo que estará pasando su madre.

Obrador cabecea y asiente con la mirada en la pantalla.

Acaban de conectar de nuevo con el estadio.