El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #12
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Miércoles #12

No hay pijama, ni vaso de leche ni beso en la frente.

Solo un estómago que continúa vacío y en el pecho una sensación a la que no sabe ponerle un nombre.

No le gusta la oscuridad que está ya por todas partes, ni las sorpresas ni la improvisación.

Siempre duerme con una luz tenue junto a su cama.

Lucía y Antonio lo saben. Daniel no podría dormir de otra manera.

Pero no hay luz, ni cama, ni el par de galletas que preceden al cepillo de dientes siempre rojo, como la pelota, como el pijama. No hay nada.

Solo está Daniel sentado en un portal, casi en el suelo, cansado, hambriento.

Se ha recostado contra la pared. Daniel necesita a su madre por encima de todo. Ella sabe cómo deben hacerse las cosas. Ella lo sabe. Daniel también lo sabe. Y Mila, su maestra. Antonio, su padre, solo sabe algunas cosas, unas pocas. Ambos necesitan a Lucía.

Daniel piensa en una bolsa de patatas fritas de la marca que prefiere y que ha visto en el interior del súper. En las patatas fritas y en Lucía.

LUCÍA

Tras el segundo ataque de pánico, una doctora le ha inyectado a Lucía un ansiolítico.

Lucía ha consentido. Antonio, desesperado, también.

Es evidente que la noche no facilitará las cosas.

Lo es para todos los que buscan a Daniel.

Lo es, sobre todo, para sus padres. De noche poco importa el color de las pelotas preferidas o el de las camisetas.

La noche apaga los colores, difumina las caras, enturbia las siluetas y vacía las aceras.

Toda búsqueda es más difícil, mucho peor.

El firmamento entero, oscuro, tenebroso, se le ha caído encima a la madre de Daniel cuando en la plaza se han encendido algunas luces.

Ya casi no queda nadie que recuerde que ha desaparecido un niño.

Los habituales de la noche poco tienen que ver con los que merodean durante el día.

Los unos se marcharon, los que acaban de llegar no saben, van a lo suyo. Son otros. No han visto a Daniel.

Begoña se ha ido. No podía hacer mucho más y era imposible continuar aguantando a Paula, que había empezado a llorar y a protestar de puro cansancio, después de que la amiga de su madre regresara con ella a la plaza.

Los mossos se dispersaron y solo quedan junto a la pareja el inspector Salas y la doctora Blanch, que ha sido requerida cuando Lucía ha manifestado los primeros síntomas.

En una esquina aguarda la ambulancia, y en ella su joven conductor, que, desentendiéndose del mundo y de sus tragedias, echa una cabezada aprovechando la inactividad.

En el móvil de Lucía, tres llamadas y sus correspondientes mensajes de audio de una Lurditas Rovira airada en los que reprocha a la modista su informalidad.

A la vista de las primeras farolas que se han iluminado como por arte de magia cuando el cielo viraba ya a un azul oscuro, Lucía Torres se ha puesto en pie.

Temblaba, casi se convulsionaba, le faltaba el aire, se ha quedado rígida como una escoba, con los ojos clavados en el crescendo de luz artificial y una mano agarrotada en mitad del pecho.

La mujer era todo miedo. Cuando Judit Blanch ha llegado a su altura y ha mirado a Antonio, este, alarmado, con un gesto muy leve, le ha indicado que podía proceder.

Así lo ha hecho. El fármaco ha tardado muy poco en hacer efecto. Lucía se ha desmoronado.

Entre Antonio y el inspector Salas la han sujetado por los brazos y la han llevado de nuevo hasta la rampa. El vestido seguía allí, en su funda. Poco después, el policía ha considerado que había llegado el momento de abandonar la plaza.

—Todavía no sabemos nada, pero continuamos buscando. Si quieren acompañarme pueden esperar en comisaría, está cerca. Y en cuanto tengamos noticias, serán los primeros en…

Joaquim Salas sabe que ni Lucía ni Antonio aceptarán marcharse a casa.

Aunque Lucía apenas acierte ya a encontrar en su interior algo de voluntad, se negará con todas sus fuerzas.

Lo ha visto otras veces, tampoco él se iría, por eso no se atreve a sugerir la posibilidad de que un coche patrulla los lleve a Cornellà.

Se dirige a Antonio mientras habla. Es el padre de Daniel el que puede y debe decidir.

—Pero ¿cómo vamos a…? —replica Antonio Marín antes de aceptar que apenas queda nada que puedan hacer.

—La operación policial sigue tanto si ustedes van a comisaría como si se quedan aquí. Yo les mantendré informados de todo lo que ocurra, podrán ustedes sentarse, descansar un rato… Creo que sería mejor, sobre todo para su esposa —insiste.

Antonio Marín acepta. Se levanta, rodea a Lucía con el brazo y la ayuda a aproximarse al vehículo policial. Lucía parece casi ausente.

—Vamos, Lucía. Vamos. Esperaremos en comisaría, aquí ya no hacemos nada. Nos lo traerán en cuanto den con él. El inspector promete que nos dirá todo lo que sepa. Vamos.

Y Lucía va.

Con una mirada, Salas le indica a un agente que se haga cargo del vestido gris que sigue en la rampa.

DANIEL

Un hombre que camina de regreso a casa y pretende alcanzar la escalera que lo llevará hasta su piso increpa a Daniel.

Se lo ha encontrado casi entre las piernas al llegar al portal e introducir la llave en la cerradura.

No se ha fijado en su corta edad, tan solo en que está sentado en el zaguán, casi a ras de suelo, con una pelota entre los brazos y la parte superior del cuerpo apoyada en la pared.

—¡Eh, tú, chaval! Sí, tú. ¿Qué haces aquí? Anda, levanta y vete a casa, que tu madre estará sufriendo —le espeta agriamente acompañando sus palabras de un tintineo impaciente de llaves.

Daniel levanta la cabeza, pero no responde ni se pone en pie.

Como el crío parece no darse por aludido, el desconocido se agacha, lo sujeta por un brazo y tira hacia arriba para levantarlo y obligarlo a despejar el paso.

—Va, chaval. Vete a casa —repite sin conseguir que Daniel reaccione.