El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #11
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Miércoles #11

Begoña, la amiga providencial, ha asegurado al policía que se quedaría un rato más junto a la madre, que no parece dispuesta a alejarse de la plaza.

Una amiga se ha llevado a Paula, que seguía protestando y tirando de su mano.

Ángela ha llegado para acompañar a su hija y a su yerno, y ha aparecido un hermano de Antonio, que, a los mandos de una motocicleta, se ha sumado a la búsqueda.

Lucía Torres, descompuesta, temblorosa y con las piernas como de arcilla, ha aceptado acercarse a la rampa y tomar asiento junto al vestido gris en su funda.

Su marido, Antonio Marín, se ha sentado a su lado, muy cerca, sin dejar de escrutar cada rincón, como si la presencia de Daniel pudiera haber pasado desapercibida, como si pudiera vislumbrarlo en cualquier momento sentado al resguardo de un muro.

Mientras aguarda, enciende un cigarrillo detrás de otro, y cada pocos minutos se levanta y recorre la enorme plaza en todos los sentidos, como un animal en una gran jaula de muros altísimos e invisibles a los ojos.

Invisibles, como la belleza interior, como los malos pensamientos.

Maldice su suerte. La suya y la de Lucía.

Una mala fortuna que los acompaña desde hace años.

En voz baja repite el nombre de su hijo: Daniel.

Lucía ha dejado de buscar. Se ha llevado al rostro las palmas de las manos como si pretendiera ocultarse.

Gime.

DANIEL

Podría protestar, llorar, quejarse, suplicar una atención que no consigue; no lo hace.

Se detiene unos minutos en una esquina y se sienta en el escalón de un local cerrado cobijando la pelota entre los brazos.

Un niño que espera con la caída de la tarde y la vista perdida en el arranque de la calle.

Un caminante, que regresa a casa con las primeras sombras, se detiene, prende un cigarrillo y lo mira unos instantes.

Advierte que es un chico guapo. Comprueba que no tiene nada que envidiar a algunos de los chavales cuyas fotografías atesora en su ordenador.

Tiene unos ojos interesantes y un precioso labio superior en arco de cupido.

Parece bien formado. A punto está de aproximarse y preguntarle si se ha perdido, si necesita ayuda.

Está seguro de que sabría borrarle de la cara esa mirada de indiferencia.

Quizás acepte acompañarlo a casa. Y, quién sabe, igual el chaval…

Tras la segunda calada, aplasta la colilla contra la acera, resopla y echa a andar.

No debe hacerlo. Demasiado riesgo. El crío de mirada ausente cuya fotografía le encantaría poseer, y cuya piel desearía acariciar, parece esperar a alguien que puede aparecer en cualquier momento, y él no necesita problemas.

Daniel, sentado en el escalón, sigue observando la calle.

Siente hambre. Pasan unos minutos de la hora temprana en la que acostumbra a cenar, tiene el estómago vacío y está cansado.

Cansado, desconcertado y perdido. No hay rostros conocidos a la vista.

Su madre, Lucía, no está en ninguna parte.

Ni Antonio, su padre. Ni Ángela, su abuela.

Se pone en pie de nuevo y continúa andando.

Es como un automatismo. Sabe que cuando camina de la mano de su madre siempre acaban por llegar a algún sitio.

Por eso continúa una calle detrás de otra y, detrás de esta, la próxima.

Cada vez más cansado, cada vez más lejos.

Hace rato que atravesó el Paral·lel, lo hizo con el semáforo en verde, recuerda perfectamente que solo debe pasar cuando aparece el señor verde.

Así lo llaman en su escuela, «el señor verde».

Ha remontado la calle de Ricart, que, como casi todas las calles del Poble-sec, se empina conforme se encarama a la montaña.

Ha continuado intentando avanzar en línea recta, y lo ha hecho hasta que las casas han resultado cada vez más escasas, y la ciudad ha dejado de ser una hilera inacabable de edificios para interrumpirse abruptamente en plena cuesta y devenir en pocos metros pura montaña. Apenas queda nadie en las aceras.

Montjuïc, el monte de los judíos. Una montaña domesticada, recorrida por mil caminos, por decenas de vías que la atraviesan en todos los sentidos.

El estadio, el cementerio, el jardín botánico, los teatros…

Pero de noche todos los gatos son pardos y apenas queda nada.

Todo se enturbia y se desvanece. Todo deja de existir a los ojos de un niño de siete años, un niño que no reconoce nada y que recula amedrentado ante la oscuridad cuajada de formas.

A Daniel no le gustan los arbustos, ni los árboles, ni los muros, ni las sombras cuya silueta no reconoce y que crecen por todas partes. Detesta el silencio que, como la noche, se abate sobre las calles y que parece mucho más denso, mucho más silencio, en las estribaciones de la montaña.

No se adentra, no se atreve. Duda, se detiene unos minutos en un portal antes de enfilar la calle de la França Xica.

No queda nadie en las proximidades. Todo es confuso.

No hay caras conocidas, ni rutinas aprendidas.

Tampoco la posibilidad de proseguir en línea recta.

Cambia de sentido y camina ahora en dirección al mar.

Ignora que uno de los burdeles más conocidos de la ciudad estuvo en sus inmediaciones, a pocos pasos.

Un edificio sórdido que garantizaba el anonimato a sus clientes, y que tiempo atrás era uno de los lugares más visitados por aquellos que buscaban compañía fácil y sexo de pago.

En su cabeza, una sola palabra que no consigue arrancar de los labios: mamá.

Tuerce en uno de los cruces, lo hace arbitrariamente, por puro desconcierto.

Necesita comer algo y se interna en la calle de la Creu dels Molers.

Pocos transeúntes, algún bar de mala muerte en el que un puñado de clientes esperan el inicio del partido y, en una esquina, un súper muy pequeño, la tienda de Raschid, poco más que un pasillo atiborrado de cosas.

Algunas casi desconocidas, bebidas y comestibles llegados desde muy lejos para los recién aterrizados en la ciudad, productos de los que sorprenden al inspector cuando se interna en un comercio parecido. Verdaderos productos ultramarinos.

Junto al mostrador diminuto en el que apenas cabe la caja registradora, Raschid El-Asri, un joven verdaderamente guapo y aburrido hasta decir basta.

Un joven marroquí de ojos y dientes muy grandes y cejas muy negras que tiene el hastío por toda compañía durante muchas horas.

Un hombre muy joven que ha renunciado incluso a su propio nombre y que asegura a sus clientes que se llama Alí.

A las mujeres del barrio, muchas de ellas ancianas, les resulta más fácil de pronunciar.

Raschid era un problema, por eso acabó por decir que se llama Alí, mejor Alí que Mohamed, o Mustafá, como llaman en el barrio a todos los moros.

Alí, el ladrón , como lo llaman muchas de ellas en recuerdo de un cuento escuchado alguna vez y cuya trama olvidaron años atrás, pero a Raschid nada parece molestarle.

La tienda está vacía, ya solo entrarán los que regresan a casa y saben que en su nevera no encontrarán nada. Alguna barra de pan, algún sobre de embutido, una botella de vino o un frasco de legumbres. Eso será todo.

Raschid escucha una canción entonada por una mujer en una lengua muy lejana.

Deja pasar el tiempo con la cabeza apoyada en la estantería en la que se alinean las botellas de vino y licores y la mirada en la entrada del local.

Junto a su mano derecha, el bastón que olvidó un anciano junto al mostrador.

No cerrará hasta las once, son las normas, y tampoco bajará la guardia.

Está decidido a salir y golpear con el bastón al primero que se lleve sin pagar una pieza de fruta de las cajas que cada mañana coloca en el exterior del local.

Es su trabajo y debe hacerlo bien, no hay otro.

Y no lo habrá por mucho que el chico prefiera asir el volante de un taxi.

A las once regresará a su casa en la Magòria tras cruzar el Poble-sec a buen ritmo, cenará lo que encuentre sobre la mesa y poco después intentará dormir en un cuarto que comparte con tres hermanos más.

Por eso, con los ojos muy abiertos y los dedos en el garrote, acompaña la voz de la mujer.

Harto de que le roben, necesita propinar un escarmiento.

Daniel, el estómago ronroneando, cansado y perdido, tiende la mano hacia una de las cajas que Raschid ha puesto de buena mañana junto a la entrada, y en las que queda ya bien poca cosa.

Coge una manzana, la más colorada. No le gustan mucho las manzanas, pero sabe que las prefiere a las cebollas moradas, los peludos kiwis cuyo aspecto le asquea, los pimientos y los pepinos.

No hay otras posibilidades a la vista. Raschid sigue en alerta, pero no puede verlo.

Aunque es alto para su edad, su cabeza no sobrepasa las cajas de frutas y verduras, y su mano es muy pequeña, la mano de un niño de siete años.

A falta de otra compañía, Rachid sigue canturreando y haciendo los coros a la mujer que canta. No pierde de vista la puerta del súper, pero tiene el pensamiento muy, muy lejos, bajo el cielo estrellado de su ciudad natal.

A muy pocos pasos, Daniel se detiene y se sienta en un portal.

En casa es Lucía la que pela la manzana para él y la que la corta en doce trozos, siempre doce, ni uno más.

Es Lucía la que se los pone en un plato pequeño, muy cerca.

Daniel cree que ha de ser así, y así lo exige.

Doce trozos en un plato con un tenedor a su derecha, pero hoy no le queda más remedio que comerse la manzana a bocados, con la piel bien roja que se le mete entre los dientes.

Sin lavar, sin pelar, sin cortar. Como puede.

Sin ayuda. Sin nadie. Está solo y ni siquiera sabe dónde está, en qué calle, junto a qué plaza.

Solo.