El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #10
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Miércoles #10

—Esta vez no va a tener usted esa suerte. Mi hijo sabe algunas cosas, de hecho es bastante listo, pero no regresará solo, puede usted poner la mano en el fuego. No pedirá ayuda ni regresará solo.

La mirada de Antonio Marín acaba de cruzarse con la de su esposa, en las dos hay tanto dolor que Tedesco baja la vista.

—Pero… Quizás busque ayuda, quizás alguien… Los niños a veces nos sorprenden. Con siete años un niño recuerda cosas, si se ha perdido quizás se acerque a… —sugiere Tedesco.

—No, señor, no ha entendido usted nada. Mi hijo no hará nada de eso.

Un silencio como lodo separa las palabras que Antonio Marín le escupe al policía mientras le sostiene la mirada.

—Daniel es autista.

DANIEL

Daniel supera la plaza del Pedró y sigue por Sant Antoni Abat, la prolongación natural de la calle Hospital, que unas manzanas más allá se diluye en la confluencia de la ronda de Sant Pau con la de Sant Antoni, justo enfrente del histórico mercado reformado.

Daniel no reconoce el edificio que apenas guarda relación con el pequeño mercado de barriada que recorre cada sábado de la mano de su madre.

Van de una parada a otra mientras Lucía tira de él.

No le interesa el mercado y la sigue a remolque.

De la fruta al pescado y de este a la pollería, a la carnicería y a por las olivas negras que tanto le gustan a Antonio. Tampoco siente el menor interés.

Cruza la ronda y abandona así el Raval. Enfila Manso, que le resulta tan desconocida como todas las anteriores.

Continúa a buen paso y lo hace siempre en línea recta y en dirección a Montjuïc.

No ve motivos para desviarse. No los hay.

Se aleja cada vez más de la plaza dels Àngels al tiempo que se aproxima a la gran avenida del Paral·lel.

Sin detenerse ni un instante, el niño sobrepasa el perímetro de la primera fase de la búsqueda comandada por Salas cuyos efectivos acaban de iniciar la operación.

Todavía no había agentes con su fotografía cuando ha atravesado el Raval, y tampoco los hay cuando cruza las primeras calles del Poble-sec.

Sigue caminando rápido y siempre en línea recta.

Cada vez más lejos. Nadie imagina que es un niño perdido.

No lo parece. Camina con decisión abrazando todavía la pelota roja.

No se ha cruzado con ningún policía y ningún caminante se ha extrañado ante un niño que no parece asustado.

Se diría que es un niño de nueve o diez años que regresa a casa cansado de jugar.

Un niño en retirada.

TEDESCO

Tedesco camina ahora en dirección a la rambla de les Flors.

Ha recorrido medio barrio y en todas direcciones, y lo ha hecho sin el menor orden y sin ningún concierto.

Confía en Salas, sabe que ha repartido a los agentes y que estos recorren todas las calles.

Se ha cruzado en varias ocasiones con los mossos que, en solitario o en parejas, entran en los comercios o preguntan a la gente varada en las aceras.

Ellos siguen unas directrices, peinan el barrio en todos los sentidos, organizadamente.

Algunos lo saludan como corresponde a un superior, otros no lo reconocen. Ninguno de ellos ha encontrado nada.

El inspector prefiere mil veces distraer el miedo y la urgencia gastando las suelas, pateando el asfalto sin piedad para sí mismo, escrutando cada rincón, persiguiendo hasta la extenuación, hasta la desesperación, un rastro que no existe.

No soporta la inactividad y le desespera aguardar la llegada de noticias.

Por el momento no hay indicios, ni pistas.

No hay nada a lo que agarrarse. Nada. No importa la dirección, ni el sentido en el que se inspeccione el barrio.

El crío parece haberse esfumado. El inspector comprueba el móvil, que permanece en un desquiciante silencio. Solo Ángela ha llamado, quería saber.

Tedesco apenas acierta a oír su voz. Ángela camina en dirección al Raval y el ruido de las calles que atraviesa dificulta la conversación.

—Por ahora no tenemos nada —ha reconocido Tedesco, que todavía se pregunta por qué no sabía que el nieto de su asistenta era autista. Quizás Ángela lo ha comentado alguna vez y él no ha prestado atención. Quizás su abuela prefiere no hablar de ello.

—Gracias. —Ángela se despide con la voz rota.

Hace rato que Salas mandó ampliar el perímetro y que el intendente de la comisaría de Nou de la Rambla ordenó aumentar el operativo, pero siguen sin noticias.

Solo cuenta con un teléfono móvil en el bolsillo cuyo buen funcionamiento comprueba Tedesco cada pocos minutos, casi en cada esquina.

Lidia y Diego participan de la búsqueda.

Joaquim Salas no se ha movido de la plaza y centraliza la falta de información.

Andreu Borrell coordina la operación desde la comisaría.

Decenas de agentes están sobre el terreno y han preguntado ya a centenares de personas.

Se ha previsto sustituirlos si en un par de horas no hay resultados.

También tienen ya las imágenes de un puñado de cámaras cercanas a la plaza dels Àngels, y en Nou de la Rambla proceden a analizarlas.

Del teléfono móvil dependen las buenas y las malas noticias, por eso conserva la mano en el bolsillo mientras camina, por si se le escapa el sonido, como ocurre tan a menudo, pero advierte la vibración.

Podría aguardar en comisaría el informe de los agentes.

Podría seguir la operación por teléfono sentado en su despacho.

Cuenta con la complicidad de Salas y sabe que lo mantendrá informado, pero prefiere no hacerlo.

No sabe. Dicen que la experiencia enseña, pero Tedesco, tras casi tres décadas como policía, no ha conseguido aprender a esperar. Ni a delegar. Ya no sabrá nunca.

El que espera… Y el policía se desespera con facilidad.

Y mucho más si recuerda que los padres de Daniel, todavía en la plaza dels Àngels, sentados en una rampa cada vez más fría según se acerca la noche, esperan noticias del niño desaparecido.

De hecho, lo que esperan es verlo materializarse milagrosamente junto a ellos con su camiseta verde, sus tejanos, su pelota roja y sus deportivas blancas, lo que anhelan es regresar a casa con su silencioso hijo de la mano.

Tedesco tampoco puede permanecer sentado junto a ellos. Ni en la plaza, ni en comisaría ni en ningún otro sitio. Prefiere echar a correr, caminar, preguntar, inspeccionar cada calleja, abrir los portales y recorrer, de punta a cabo, los estrechos pasajes del Raval que huelen a sumidero.

Marina, la querida y añorada Marina, su hija, dice de él que es «un hombre de acción». Lo dice y se ríe. Y a Tedesco se le alegra el corazón al oírla reír y se le iluminan los pensamientos de por sí demasiado oscuros. Cosas de polis.

Un hombre de acción , recuerda el inspector, y sonríe mientras se acerca a un par de mujeres plantadas junto a una pastelería y les enseña la fotografía de Daniel.

Una de ellas, la más joven, que calza botas de falso charol que le cubren las rodillas, niega con una sonrisa y forma un círculo con sus labios en un malogrado intento por seducirlo.

—Hola, corazón.

Con la boca en culo de gallina, insinuando un beso muy largo, la muchacha se le acerca hasta rozarle el brazo con sus pechos.

—¿Te apetece un polvo salvaje, semental? Tú debes de tener un buen polvo —susurra la muchacha, que cecea sensiblemente y se arrima al policía hasta casi rozar su hombro con la nariz, como si husmeara.

Tedesco se siente incómodo con la situación y consigo mismo. Incómodo y manifiestamente maloliente por el sudor acumulado. Hace lo posible por no apartarse ni unos centímetros. No pretende desairarla. Quiere que mire la fotografía, que intente recordar al niño de la pelota roja.

—Con esos ojos azules que Dios te ha dado… No sabes cómo me gustaría montármelo contigo. Seguro que estás bien dotado. —Y acerca su mano al miembro del inspector.

Tedesco resopla y detiene la mano de la joven en el aire.

—No encontrarás a otra que te la repase como yo —añade inasequible al desaliento. Y en su boca el policía advierte el vacío dejado por un par de dientes. El inspector se estremece mientras sostiene la fotografía frente a sus ojos.

—Déjalo, Cori. ¿No ves que es un madero? —la reprende su compañera, algo mayor y probablemente más bregada en trabajarse el asfalto—. ¿No sabes que no les tienes que entrar a los maderos, Cori? A la mínima te montan una redada que te crujen.

—¿Y cómo quieres que lo sepa? —pregunta, indignada y cada vez más ceceante la muchacha de las botas de siete leguas a su compañera—. Un madero, un madero… —rezonga—. Qué sabrás tú…

Su compañera calla y aplasta el pitillo con el tacón de sus zapatos de plataforma y tuerce el gesto.

—Tú misma.

Tedesco asiente, no tiene el cuerpo para altercados.

Ni para redadas ni, desde luego, para polvos salvajes.

Sea lo que sea un polvo salvaje. Quizás un polvo con plumas, con flechas o con hachas de sílex.

También él ha reconocido a la compañera de la muchacha, tiene un largo historial y ha pasado más de una noche en los calabozos de la comisaría.

Tiempo atrás andaba por los alrededores del Camp Nou.

Si no se equivoca, la llaman la Pelos , porque dicen de ella las malas lenguas que el vello le cubre el cuerpo entero.

Ambas afirman no haber visto al niño de la imagen. Tedesco agradece el interés y se aleja sin guardar la fotografía de Daniel.

Joaquim Salas sigue a pocos pasos de los desolados padres. Ha ordenado a uno de sus cabos que, si Daniel no aparece antes de que anochezca, los conduzca a la comisaría quieran o no. O, si lo prefieren, que un coche los lleve hasta su casa tras prometerles que los mantendrán informados.