Miércoles #9
—No, no he visto a nadie. Mi hijo jugaba solo.
No creo que nadie se le haya acercado, pero…
yo… yo… Verá, he apartado la vista en algún momento.
Hablábamos… Ella me explicaba cosas —añade Lucía, mirando de refilón a Begoña, que continúa refrendando sus palabras una a una.
Unas palabras torpes, medio susurradas, que supuran culpabilidad y pánico—.
Yo… no sé. Yo la escuchaba y, en algún momento, me giré, dejé de vigilar. No pensé que… El vestido.
—Entiendo. No se preocupe. Lo entiendo. Tranquilícese. No es culpa suya. Haremos todo lo posible.
—Mi hijo no…
Lucía rompe a llorar. No consigue acabar.
Se lleva un pañuelo de papel a la boca para no gritar de puro miedo y se inclina hacia adelante como si su cabeza fuera al encuentro de sus rodillas.
Tiembla. Casi queda en cuclillas, replegada sobre sí misma, como aproximándose a la posición fetal.
Begoña sujeta uno de sus brazos y la obliga con firmeza a incorporarse.
Mi hijo no…
Tedesco no llega a preguntarle qué es lo que su hijo no hizo, supone que se refiere a su pregunta anterior, a que no habló con nadie, a que nadie se le acercó. No insiste.
—¿Daniel conoce el barrio? ¿Ha venido otras veces? Si se hubiera extraviado, ¿cree que sabría llegar a casa?
Es consciente de que ha formulado demasiadas preguntas, pero el estado de la mujer le resulta tan angustiante que prefiere acabar cuanto antes y patear el asfalto personalmente buscando a Daniel. A su lado, Lidia Sampedro se contiene para no echar a correr.
—Solo un par de veces, creo, quizás tres.
Siempre ha venido conmigo, pero no conoce el barrio…
No vivimos aquí, vivimos en Cornellà, hemos venido en metro.
Daniel y yo hemos… No conoce el barrio, no conoce nada…
No conoce a nadie. Él siempre está conmigo.
Conmigo y con su pelota. No se separa. Estábamos esperando a que dieran las seis para…
Lucía comprueba, casi sin querer, que el vestido gris, como los malos pensamientos, continúa a pocos metros tendido sobre la rampa y dentro de su funda. Y de nuevo se inclina doblándose sobre el vientre, como si algo parecido a un malestar súbito le provocara náuseas. ¡Maldita Rovira!
TEDESCO
El inspector quisiera asegurarle a la mujer, que ahora solloza cubriéndose el rostro con las palmas, que encontrarán a Daniel y que lo hallarán sano y salvo.
Y que lo harán muy pronto, en unos minutos, en un par de horas como mucho.
No puede, no sería justo. Ni honesto. Quizás no aparezca nunca.
No puede jurar, carece de certezas. No sería el primero en hacerlo, tampoco el último, pero sería una mala praxis, una gran e imperdonable putada, una mentira en toda regla.
Otra persona lo hace por él. Siempre es así. Basta con esperar.
—Lo encontrarán, tú tranquila, lo están buscando, seguro que lo encuentran. No puede haber ido lejos. Tranquila, mujer, tranquila. Ya ves cuántos polis han venido, seguro que entre todos lo encuentran y te lo traen, seguro.
Es Begoña Sanmartín la que susurra las palabras de consuelo. Por lo que el policía cree entender es una perfecta desconocida la que le repite en voz muy baja, mientras la sujeta por los hombros, lo que Lucía necesita oír. Lo hace casi como si susurrara un mantra:
—Lo encontrarán, mujer, lo encontrarán, tú tranquila, lo encontrarán, seguro. Seguro que lo encuentran y lo traen.
Lucía asiente con los ojos cerrados. Tedesco también le ruega que se tranquilice con la voz más serena que arranca de entre los dientes.
La informa de que han puesto en marcha el dispositivo, de que los agentes están ya en las calles, en las plazas…
De que entran en los portales, en los locales y en las iglesias.
Le asegura que comprobarán las cámaras de los cajeros, las de las tiendas…
, que harán todo lo humanamente posible, que no quedará un palmo sin patear.
Durante unos instantes, mientras Lucía recupera el control apoyada en la pared, y atendida por Begoña, el policía intenta recordar a su hija, su única y queridísima hija, Marina.
Intenta evocar la niña que fue a los siete años.
La rememora riendo y preguntando, siempre preguntando, recuerda una curiosidad insaciable y no siempre convenientemente satisfecha.
Una niña espabilada, sonriente, locuaz y, como él, con una memoria sorprendente.
—Su hijo, Lucía, tiene siete años. Si alguien le pregunta, ¿cree que Daniel sabrá decir su nombre y su dirección? ¿Es posible que pueda…?
—Mi hijo no… —balbucea la mujer—. Él no…
Y la voz, de nuevo, se le rompe en llanto y se le doblan las rodillas. Tedesco la agarra del brazo opuesto al que sujeta Begoña Sanmartín. Entre ambos impiden que dé con su cuerpo en tierra.
—Es roja, con rombos… De plástico —añade Lucía casi para sí misma, y Tedesco piensa que la mujer, desorientada, se limita a recordar.
Roja con rombos negros. Le desconcierta tanto interés por una pelota.
El policía entiende que es una de esas pelotas con hexágonos estampados sobre el plástico.
Juguetes baratos, malas réplicas de un balón de reglamento.
También él había comprado alguna pelota así para Marina, quien nunca les hizo demasiado caso.
—Tranquila, mujer, tranquila. Lo encontrarán. Ya lo verás. Lo encontrarán y te lo traerán —insiste Begoña, y le acaricia la nuca con delicadeza, como si la conociera de toda la vida.
Un observador diría que son amigas íntimas, viejas y buenas amigas. No un par de perfectas desconocidas que nunca se habían visto antes. A veces, a Tedesco la gente le sorprende para bien.
Un hombre se acerca a la carrera. Todo el miedo que cabe en una cara se advierte en la suya.
Es alto, muy delgado, y tiene unas entradas tan grandes que de frente casi parece completamente calvo.
Es mayor que Lucía, debe de andar por los cuarenta, piensa Tedesco.
Viste pantalón negro sin cinturón y camisa blanca, como los camareros en algunos bares.
Tedesco no necesita preguntar para entender que es el padre de Daniel, el desarbolado marido de Lucía Torres.
ANTONIO
—¿Dónde está, Lucía? ¿Dónde está Daniel? —pregunta al llegar junto a su mujer, y se inclina hacia delante para situar su mirada a la altura de sus ojos. Hay algo de intimidación en su gesto.
Tedesco está a punto de interponerse entre la pareja.
Lucía no responde, no puede. Niega con la cabeza, la mueve de un lado a otro muy despacio y entorna los ojos.
Respira con mucho esfuerzo. El inspector decide pedir asistencia médica inmediata, así se lo indica a Lidia.
Basta una mirada para que Lidia haga una llamada.
La mujer puede desvanecerse en cualquier momento.
Antonio Marín alza sus manos y sujeta el rostro de su mujer como para detener su movimiento, para que en lugar de negar, asienta, para invertir el tiempo, para regresar a los momentos previos a la desaparición. Persigue un imposible. Y aun así…
Lucía baja la mirada, la retira de sus ojos, y sigue negando.
—Lucía, mírame. ¿Dónde está Daniel?, ¿qué ha pasado? —grita aterrado sin retirar sus manos de las mejillas de su mujer—. ¿Qué ha pasado, Lucía? Dímelo. ¿Dónde coño está?
—Su hijo estaba jugando en esta plaza con su pelota.
Chutando. De buenas a primeras ha desaparecido, y por el momento nadie parece haber visto…
—explica Tedesco ante el doloroso silencio de la madre y la parálisis de Begoña, que se limita a pasar un brazo por la espalda de Lucía.
También ella teme que pueda desmayarse de un momento a otro.
—¿Desaparecido? ¿Qué quiere decir «desaparecido»? —grita, y se encara con el policía.
Tedesco calla, la explicación cae por su propio peso, como el miedo. Es cuestión de tiempo.
—Desaparecido… —repite el hombre en voz alta, bajando los brazos y llevándolos hasta sus flancos—. ¿Cómo puede desaparecer…?
—No lo sé, Antonio. Te juro que…
El policía se sitúa ahora frente al hombre, que parece a punto de romper a llorar.
—Soy el inspector Mauricio Tedesco, conozco a Ángela, su suegra trabaja en mi casa. Me ha llamado. Los agentes ya lo están buscando a pie y en coche patrulla. Esperamos tener resultados lo antes posible, pero necesitaría saber un par de cosas. Si no tiene inconveniente…
Antonio Marín asiente y lo sigue de cerca cuando Tedesco se aleja unos pasos como para hablar a solas.
—Tengo entendido que su hijo jugaba solo y que no conoce el barrio —tantea Tedesco—. Que no acostumbra a jugar en esta plaza.
El padre calla y otorga.
—No, no está acostumbrado a jugar aquí.
—Los testigos afirman que no recuerdan haberlo visto hablar con nadie, que pasó el rato jugando a solas contra aquella pared. Chutando una pelota roja.
Antonio Marín sigue la mirada del policía y observa la pared a la que este se refiere. Un espacio no muy grande frente al Museu d’Art Contemporani, con bicis aparcadas en ambos extremos.
—Si Daniel se hubiera perdido, ¿sabría buscar a un policía, dirigirse a alguien para pedir ayuda, recordar su nombre, su dirección…? ¿Sabe el teléfono de casa? ¿Algún móvil? ¿Cree posible que haya intentado regresar por sí solo?
—¿Eso es todo lo que se le ocurre? ¿Es todo lo que piensa hacer? ¿Esperar a que vuelva solo? —inquiere el padre, airado—. ¿Se va a quedar esperando a que vuelva? ¿Eso es lo que hace un policía? ¿Esperar?
—No, lo siento, quizás no me he explicado bien. Lo buscamos ya a pie y en coche patrulla, lo buscaremos por toda la ciudad, si es necesario, tantas horas como sea preciso, los agentes tienen ya la fotografía de su hijo, lo buscaremos donde haga falta, por eso no… Solo necesito…
—Mejor si regresa solo, ¿no?
Antonio Marín cierra los puños y retiene así toda su ira. En su mirada se advierte que preferiría mil veces aporrear al inútil del policía que debería saber, que debería haber entendido que su hijo no…
Las lágrimas resbalan mejillas abajo.