Miércoles #8
Lidia arranca mientras Diego manipula el GPS para determinar la ruta más rápida.
Ninguno de ellos replica. No ignoran que la desaparición de un menor es uno de esos casos prioritarios en los que los minutos son decisivos.
Saben, experiencia obliga, que las desapariciones que no se resuelven pronto, a menudo, y en el peor de los casos, no se resuelven.
Algunos hablan de las primeras tres horas, otros fían más largo.
En todo caso, cuanto antes, mejor. Por eso, y en contra de su costumbre, Tedesco ordena a la agente que conecte la sirena y que se salte los semáforos, no pueden ni deben perder un segundo.
A su llegada, un par de policías, un hombre y una mujer, se encuentran ya junto a Lucía Torres, la madre del chico, y anotan sus respuestas.
Un puñado de mossos recorre la plaza preguntando a los presentes por el niño desaparecido, también divisa alguno más allá que se interna por la calle de Ferlandina o remonta Montalegre.
Lo tranquiliza saber que el operativo está en marcha.
Reconoce a un inspector de los Mossos. Ha coincidido con él en alguna ocasión, es un hombre astuto. Su nombre no le viene a la cabeza. Se acerca y le tiende la mano. Justo en ese instante, al contacto con sus dedos, Tedesco recuerda su apellido.
—Hola, Salas. El desaparecido es el nieto de una amiga. Acaba de llamarme. Si no te importa… Me gustaría poder colaborar. Han venido conmigo dos agentes.
—Está bien. Por mi parte no hay problema.
Esto es lo que hay: Daniel Marín Torres, siete años de edad.
Viste camiseta verde y tejanos hasta la rodilla.
Calza deportivas blancas. Es muy alto para su edad, aparenta ser mayor, unos nueve o diez años.
Nada que destacar en cuanto al peso. Pelo más bien largo y ojos castaños.
Lleva una pelota roja, la madre insiste en que no se separa de la pelota.
Instantes antes de desaparecer, el chico jugaba a pelota contra aquella pared.
El agente señala la pared del convento.
—Estaba jugando solo. Por el momento nadie nos ha dicho que lo viera hablar con alguien ni alejarse.
Nadie parece haber visto nada, como si se hubiera esfumado.
Jugaba solo, eso parece seguro. Tenemos testigos que confirman las palabras de la madre, el niño jugaba solo, chutaba la pelota contra la pared.
La familia no es de aquí, viven en Cornellà y el chico no tiene amigos en la plaza, no conoce a nadie. La madre es modista.
Tedesco asiente. Más de una vez, Ángela le ha hablado de su hija y de sus dificultades económicas. También de su nieto. Junto a él, Lidia y Diego esperan instrucciones.
—Han venido porque ella cose a domicilio y tenía una prueba en la calle Gravina.
Yo diría que la familia es muy modesta. Por ahora eso es todo lo que puedo decirte.
Eso y que mis hombres peinan ya los alrededores —añade con un cabeceo, mientras cierra la libreta—.
Si se ha extraviado, no creo que tarden en dar con él, pero si se trata de otra cosa…
Ya sabes cómo va esto. Si se trata de otra cosa…
—¿Nadie ha visto nada? Parece imposible.
—No, nadie sabe nada. La mujer que está junto a la madre afirma que no lo han visto acercarse a nadie.
La madre tiene en el móvil una foto del niño tomada hace tres o cuatro meses, en diciembre o enero, si no me equivoco.
Nos puede servir. Tiene alguna más reciente, pero no se le ve bien.
El chaval tiene el pelo más corto, pero podemos utilizarla para una identificación.
Salas le tiende el móvil.
Tedesco observa la fotografía de un niño sentado en un sofá azul que no mira a la cámara, como si no le importase lo más mínimo ser fotografiado. Es un niño guapo. Lidia y Diego se aproximan. Salas les muestra la pantalla.
—Os la haré llegar.
—Gracias, ¿algo más?
—Por ahora, no. Hace unos minutos que hemos llegado y la madre casi no consigue hablar, está muy asustada.
Eso es todo lo que tengo. Mis compañeros continúan preguntando.
La mujer que está junto a ella es testigo de que un par de minutos antes de perderlo de vista el niño jugaba a pelota, chutaba contra la pared y parecía tranquilo.
Tedesco cabecea mientras asimila la escasa información de la que disponen y con el índice remonta las gafas doradas que resbalan nariz abajo.
—Hemos enviado la descripción y la foto a todas las patrullas de la zona y han empezado ya a peinar el barrio a pie y en coche patrulla.
Haremos llegar la foto a todas partes, pero si se trata de un secuestro o de un pederasta…
Piensa que hace unos cuarenta y cinco minutos que ha desaparecido.
—Joaquim Salas se muerde el labio superior antes de continuar—.
Si en una hora no hemos localizado al chico, ordenaré que amplíen el perímetro, que extiendan la búsqueda hasta el Gótico, el Poble-sec y el Eixample.
Tendremos todos los agentes disponibles.
Haré que dejen lo que están haciendo y que salgan a la calle.
Sin excusas. Yo mismo hablaré con Armengol.
No te preocupes. Y mejor que lleven la fotografía en papel.
No son manías. Ya lo sabes. Haré lo que pueda.
Si alguien ha visto alguna cosa, por insignificante que parezca, no se irá sin dejar sus datos.
—Gracias otra vez.
La voz de Salas, su convencimiento, su buen hacer, lo tranquilizan. Todo parece funcionar como debiera, pero seguir correctamente el procedimiento y hacerlo cuanto antes no es ninguna garantía. Ambos lo saben. No lo es para el niño desaparecido. Tampoco para sus padres. No lo es para nadie.
—Entrarán en las tiendas, en los colmados, en los locutorios, en todas partes, preguntarán a todo el mundo.
Ya he ordenado comprobar las cámaras que puedan haber registrado alguna cosa.
En las cajas de ahorro, en los bancos, en las farmacias…
Mis agentes buscan cámaras. Las hay por todas partes.
Quizás consigan… —No continúa. No es necesario.
Tedesco impulsa de nuevo sus gafas nariz arriba tal y como hace mil veces a lo largo del día y facilita los datos para que Salas le haga llegar la fotografía de Daniel.
La contempla unos instantes. Observa al niño, que tiene la vista fija en algo que parece encontrarse junto a la persona que captura la imagen, a su derecha probablemente.
Dada la habitual disposición de los comedores en las casas, bien podría tratarse del televisor.
Un niño de ojos grandes y con cierto aire ausente que tiene una pelota roja a su lado, muy cerca, una pelota roja en la que descansa su mano.
El sol declina y se acerca ya a las azoteas de la calle de Ferlandina.
La zona de sombra que proyectan los edificios sobrepasa las mesas con manteles amarillos que el policía distingue junto al museo y alcanza ya el centro de la plaza.
El sudor, derivado de las prisas y de un leve y ya consolidado sobrepeso, se le enfría a Tedesco sobre la piel.
Malditos kilos de más, malditas prisas y maldito este trabajo en el que uno se enfrenta a casos de niños que desaparecen.
Un escalofrío le recorre la espalda como un lagarto en estampida.
Niños que desaparecen.
El policía se acerca despacio a la madre, que se ha apoyado en una pared. Ha hecho bien, piensa. Preferiría mil veces no tener que hacerlo, pero se aproxima. Deber de policía. Lidia Sampedro lo sigue de cerca tratando de no adelantar a su superior. Está impaciente por empezar a buscar.
LUCÍA
A la mujer no le queda ni rastro de color en el rostro y las manos le tiemblan como si acabara de enfermar de gravedad.
Muy cerca, tan cerca como para servirle de apoyo por si se desploma, una mujer de pelo rojizo que carga un par de bultos asiente.
Junto a ella, una niña con patines morados tira de su brazo intentando arrancarla de allí.
—Que te calles, te he dicho. Y que no te muevas de aquí. Y no te lo voy a decir más veces. ¿Me has entendido?
La mujer, que lo dirá todas las veces que haga falta, de eso no le cabe al policía la menor duda, mira a su hija como si dispusiera de un rayo paralizador en sus pupilas.
La niña se limita a bajar la voz y a continuar rezongando agarrada a la americana negra y de mal corte de su madre.
En la intimidad, Begoña le habría soltado un grito acompañado de un sopapo y, poco después, consumida por el arrepentimiento, se habría disculpado.
Las cosas son diferentes en mitad de una plaza y con un policía a pocos pasos.
La mujer calla y aguanta.
—Señora Torres, soy el inspector Tedesco. Ángela me ha llamado y… —se presenta el policía, alargando su mano—. Su madre me ha pedido ayuda y haré lo que pueda por…
Lucía, desesperada, no escucha. Contempla la mano tendida del policía durante unos instantes.
No acierta a entender qué se espera que haga con aquella mano pálida que no le pertenece y que está demasiado cerca.
Se fija en el aro dorado que indica que el policía es un hombre casado.
No recuerda que es viudo. La mira y no la ve.
A duras penas identifica al propietario de esa mano.
No escucha sus palabras. Le ha parecido oír el nombre de su madre.
Sus propias manos se ofrecen cobijo la una a la otra, no se separan.
No reacciona, solo mira la mano ajena con los ojos muy abiertos. No puede atender a todo el dolor que la devora, aguardar la llegada de su marido y además guardar las convenciones sociales. Demasiados frentes.
Tedesco la retira unos segundos después.
—Perdone, Lucía, no recuerda usted haber visto a nadie junto a su hijo, ¿verdad?