Miércoles #7
Ahora son muchos los que la miran correr y agitar los brazos, los que no entienden.
El gesto trágico, los ojos extraviados. Parece haber enloquecido de repente, por eso la miran y alguno se sonríe.
Pobre loca. Pero Begoña sabe que no está loca, sabe que tiene miedo.
Un miedo capaz de tumbarla, de paralizar su cuerpo o de hacer que corra de un lado a otro como una enajenada.
El peor de los miedos.
No está loca, ni mucho menos.
Begoña lo sabe, lo entiende. La mujer cuyo nombre desconoce ha perdido de vista a su hijo, el niño silencioso que chutaba contra la pared.
DANIEL
Daniel está exhausto. Sostiene la pelota roja bien agarrada entre los brazos.
Tras recogerla, ha cruzado la calle y se ha sentado en la fuente encajada en los muros de la Biblioteca de Catalunya como en una hornacina.
Allí permanece unos instantes con la vista en la pelota y los pies colgando.
Sin dejar de abrazar la burbuja de plástico, abandona poco después la cavidad y se acerca al caño.
Recuerda una fuente parecida cerca de casa de la abuela Ángela.
Acciona la palanca. Saciada la sed, se sienta en el bordillo y abraza la pelota con la vista perdida en la pared de enfrente y el vacío en el rostro. Los vehículos pasan a pocos centímetros. Al llegar a su altura, un conductor hace sonar el claxon para que el chaval se retire. Daniel ni pestañea.
Daniel no conoce el barrio, solo ha estado un par de veces antes y nunca se internó en dirección al mar, nunca bajó de la plaza dels Àngels.
Va con su madre a todas partes. Nada sabe de las calles ni de sus gentes, y tanto le da una dirección que otra.
No llora ni reclama entre sollozos la presencia inmediata de su madre.
No se le pasa por la cabeza pedir ayuda.
Es difícil saber qué es lo que a Daniel le pasa por la cabeza. No parece asustado. Quizás no lo está.
Espera, pero pasados un par de minutos y cansado de la inactividad absoluta y de contemplar los rostros de los paseantes que no le dicen nada, echa a andar siguiendo los pasos de Nelson por la calle Egipcíaques hasta que esta muere abruptamente en la calle Hospital.
No piensa en volver atrás, en desandar lo andado.
Ignora que al avanzar se aleja de Lucía.
Dado que no puede seguir calle abajo, emprende la transversal, lo hace en el sentido de su marcha, sigue la trayectoria natural que llevan sus pasos. Avanza por la calle Hospital en dirección al Paral·lel con la pelota entre las manos y la vista al frente, impasible, casi como si desfilara.
Atraviesa la rambla del Raval sin detenerse a contemplar los malabares que realizan un grupo de jóvenes que visten mallas de colores y adornan su cabello con cintas rojas y verdes mientras dos de ellos, sentados sobre un par de cajones y con pinta de indios en pie de guerra, aporrean unos bongos.
Están rodeados de gente que se contonea o que simplemente se ha detenido a admirar su habilidad.
Hay muchos niños que, a falta de algo mejor, contemplan las evoluciones de los artistas callejeros que intercambian con destreza teas encendidas, pelotas multicolores e incluso platos.
Un par ellos se ha roto en mil trozos a sus pies.
Nada consigue interesar a Daniel, que continúa su camino como si supiera adónde se dirige. No siente la menor curiosidad. Tampoco experimenta miedo. Solo camina.
No le extrañan los semblantes que no ha visto nunca antes ni las redes verdes que cuelgan de las fachadas para proteger a los paseantes de los frecuentes y peligrosos desprendimientos de cornisas y voladizos.
No le desconciertan las palabras vertidas en otras lenguas que se cruzan los paseantes, ni sus gritos ni sus reproches.
No le sorprenden los olores mil veces cambiantes sobre las aceras ni los letreros de colores que le salen al paso y que no le dicen nada.
Camina.
Se detiene unos minutos ante una lavandería y se queda enganchado al cristal mirando girar los enormes tambores de acero y las piezas de ropa en su interior.
Recuerda haber visto un sitio parecido cerca de casa de los abuelos.
Un par de mujeres con un pañuelo oscuro en la cabeza charlan animadamente mientras agitan las manos en el aire, parecen felices.
Le sonríen como si lo reconocieran.
Daniel no devuelve el gesto. Daniel no sonríe.
El propietario, sentado en un taburete junto al mostrador, lee un periódico deportivo.
No levanta la vista. No le interesa nada más allá de las páginas a todo color.
No advierte su presencia ni la de su pelota roja.
Daniel, momentáneamente fascinado, mira cómo giran y giran los tambores de las grandes máquinas en los que algunas piezas de ropa caen antes de completar el giro.
A nadie parece extrañarle que el niño camine solo, puesto que no parece asustado, ni dubitativo. Un chaval de siete años cansado de jugar que regresa a casa. Una casa que no puede estar lejos.
TEDESCO
Ha recibido la llamada mientras ponía el punto final al penoso informe de la redada y apuraba el cuarto o quinto café del día.
Ya ha perdido la cuenta. De hecho, el café es una rutina y a un hombre como él, que levanta cada uno de sus días con esfuerzo y siempre sobre acciones una y mil veces repetidas, le cuesta lo que no está escrito prescindir de las rutinas.
Ha llegado a extrañar la máquina de café de su destino anterior y no acaba de acostumbrarse al nuevo artefacto que le ofrece múltiples variedades, casi todas igual de infames.
—Inspector, un aviso, es urgente.
Marisol es la agente de turno que atiende la centralita, y el suyo es uno de los primeros nombres que el inspector memorizó cuando se incorporó a la comisaría de Les Corts. Una chica de ojos claros, amable, sonriente y con buen juicio. Si Marisol dice que es urgente, sin duda lo es.
La nota que tiene ante los ojos es escueta, telegráfica:
Niño de 7 años desaparecido en la plaza dels Àngels, junto al MACBA. Hora de recepción de la llamada: las 18:05 h. Estaba acompañado de su madre en el momento de la desaparición. Ha llamado su abuela, Ángela Ordóñez. Pide que la llame cuanto antes.
Nunca antes Ángela lo ha llamado a comisaría.
Tampoco ha utilizado nunca su número de móvil para dejarle un mensaje.
Quizás no lo conozca. Si tiene algo que decirle, escribe una nota y la deja sobre la mesa de la cocina antes de abandonar el piso.
Hace años, desde mucho antes de que Fina muriera, que Ángela se ocupa de la limpieza.
Ahora también le llena la nevera y, de vez en cuando, le deja preparado algún plato que solo tiene que calentar.
Y no es que Tedesco no sepa cocinar. Aprendió muy pronto y lo hizo durante muchos meses mientras Fina se apagaba.
Es que no encuentra el ánimo para pasar un rato ante una olla o una sartén.
—Ha dejado su teléfono por si no lo encontraba. —Y la agente le tiende un pósit en el que ha anotado un número de móvil.
El inspector tiene una memoria de las que hay pocas y recuerda cada máxima, cada sentencia, cada aforismo de los muchos que ha leído siempre que lo considere acertado.
También recuerda nombres, caras y circunstancias, pero eso no viene al caso.
Le importa bien poco a qué pluma se deben determinadas palabras ni quién tuvo a bien pronunciarlas, pero las recuerda tal y como recuerda a su pesar haber deseado un caso en el que centrar su atención.
Vigila con lo que deseas —evoca con cierta aprensión, mientras busca la chaqueta en el perchero—, puede hacerse realidad.
Nada más cierto.
Tedesco busca su móvil en el bolsillo de la americana.
No está. Abre el primer cajón. En la pantalla, la alerta de las tres llamadas que Ángela ha realizado con apenas unos segundos de diferencia antes de decidirse a buscar el número de la comisaría.
El inspector recuerda haberlo silenciado para poder concentrarse en el informe con la intención de activarlo minutos más tarde.
—¡Mierda! —exclama.
Marisol se retira mientras Tedesco devuelve la llamada. Apenas un par de segundos tarda Ángela en contestar. El policía reconoce las lágrimas en su voz.
—No lo encuentran. Jugaba a pelota en la plaza dels Àngels y ha desaparecido. Mi hija me ha llamado hace un momento. Está desesperada —gime Ángela, que parece a punto de romper a llorar—. ¿Y si se lo han llevado?
—¿Tu hija ha avisado a la Policía?
—Sí, ha llamado a la comisaría —responde Ángela con la voz quebrada.
—Tranquilízate. Voy para allá. Haré lo que pueda.
El inspector se pone en marcha de inmediato, la desaparición de un niño es un asunto feo, de los peores.
Sale del despacho al trote y, con un gesto, pide que lo sigan Lidia Sampedro y Diego Cuesta, dos de los agentes con los que prefiere trabajar.
Le ha bastado una mirada para que ambos comprendan.
El otro, Iván Cabrera, tiene la tarde libre.
En la planta baja, mientras recupera el aliento, requiere un coche policial.
—Es un niño. Ha desaparecido. Es el nieto de una amiga —explica, mientras se dispone a tirar de la maneta para abrir. Retira la mano de inmediato—. ¡Mierda!
El día, despejado y seco, es propicio a la electricidad estática. El inspector resopla y abre con el puño de la americana.
—¿Adónde? —pregunta Lidia cuando se sienta al volante, mientras el inspector se acomoda en el asiento trasero. Tedesco detesta conducir y aborrece hacer de copiloto. Asegura que se le dispersa el pensamiento.
—A la plaza dels Àngels —responde casi sin resuello. Todavía no ha recuperado el aliento tras haber bajado a la carrera los dos pisos que lo separaban de la calle.
—Pero eso no…
—Lo sé, ya sé que es cosa de otra comisaría y lo asumo, pero si podemos echar un cable… —se justifica—. Ya hablaré yo con Armengol. Lo entenderá —afirma con escasa convicción—. Es un favor personal.