Miércoles #6
Antes de doblar la esquina, se detiene para mirar hacia atrás.
Daniel lo sigue sin desfallecer y cruza la calle a la carrera, sin mirar, sin perder de vista la pelota.
Atraviesa justo delante de una moto de poca cilindrada que, al detenerse con un ruido que hiela la sangre, se deja los neumáticos en el asfalto.
Nyooo…
El conductor, un repartidor de los muchos que se ganan la vida de una punta a otra de la ciudad, frena en seco al tiempo que fuerza un giro para no arrollarlo y está a punto de estrellarse contra el bordillo. Acumula sanciones por alcoholemia y velocidad excesiva y ya no puede perder más puntos.
… ooiiiiiiiiii.
Una mujer varada en una esquina se lleva una mano a la boca.
Demasiado tarde. El grito ha atravesado la calle.
Micaela siempre se santigua cuando oye un ruido parecido.
A veces incluso da gracias a Dios por no encontrarse ante las ruedas del vehículo que frena a la desesperada.
A Nelson se le escapa la mano hasta el flequillo.
También procede así una mujer muy mayor que se encuentra cerca y que se apresura a apoyarse en la pared para sobrevivir al susto.
La anciana se lleva entre temblores la mano a la frente y, tras hacer el signo de la cruz, la abandona sobre el pecho.
Espera que con la ayuda de la divinidad se le serene el corazón encabritado.
DANIEL
Daniel apenas se ha detenido, no se ha asustado, no tiembla ni se le ha paralizado el gesto. Se limita a mirar de refilón al motorista, que echa ahora pie a tierra y se quita el casco descubriendo una cara muy pálida, lívida, como debe ser la cara de un aparecido.
—¿Estás bien? —acierta a preguntar.
Ha frenado tan cerca de sus piernas que, de haberlo intentado, Daniel habría podido tocar con su mano derecha la rueda delantera de la motocicleta. No lo hace. Le dedica una mirada que apenas dura un par de segundos y se desentiende para seguir en pos de su pelota. Imperturbable.
El repartidor no puede creer lo que está viendo.
Tampoco Nelson, que no logra comprender que su perseguidor no se haya asustado ni se haya echado a temblar.
Es un chico como de otro mundo. Un mundo cuyos habitantes no tienen sangre en las venas.
No llora ni llama a su madre como habría hecho cualquier mortal de corta edad a punto de perecer atropellado por una motocicleta.
Cuando aparta la vista del joven, que calzándose de nuevo el casco le dice a gritos que se fije por dónde anda, Daniel busca ya al chico menudo de la piel oscura y lo ve de inmediato. Todavía sostiene la pelota.
Nelson, petrificado en la esquina, sorprendido y muy asustado, cae en la cuenta de que Daniel mira todavía la condenada bola que conserva entre las manos y que, a decir verdad, no quiere para nada.
La lanza con todas sus fuerzas en dirección a su propietario esperando librarse de él y emprende la calle Egipcíaques, que supera en unos instantes. Hoy volverá pronto a casa.
La pelota va a parar a la calzada. Daniel se precipita sobre ella.
El motorista todavía intenta normalizar la respiración y controlar el temblor de sus manos.
Nelson echa a correr y ya no puede ver que el chico la recoge y la estrecha entre los brazos.
Se diría que acaba de encontrar el Santo Grial. Una pelota de plástico.
César Nelson Freire comprueba mientras corre que conserva las llaves colgando a la altura del esternón.
No ve el momento de llegar al piso de la Riera Baixa, casi esquina con la calle Hospital, junto a la tienda en la que se exhiben las vaporosas telas de todos los colores y las medallitas de hojalata que cubrirán los sugerentes cuerpos de las bailarinas de la danza del vientre.
Tiene las llaves, no las ha perdido, siguen colgando de su cuello. No todo ha de salir mal.
En su calle, una travesía menor, poca ayuda puede esperar.
Casi no quedan tiendas abiertas y los transeúntes, a menudo turistas, van a lo suyo.
Muchos de los comercios que no han cerrado ya han colgado el cartel de «Se vende» o «Se traspasa».
Son muchas las persianas bajadas. Algunos negocios no volvieron a abrir tras la covid-19 y solo parecen sobrevivir las numerosas carnicerías halal, algún locutorio, los supermercados regentados por paquistaníes, los bazares chinos, las barberías y un par de lavanderías de nueva creación en las que los tambores de las máquinas no se detienen nunca.
Sabe que, aunque en su casa no encontrará a nadie, si el chico lo sigue hasta su portal siempre puede llamar a la puerta de la señora Encarnación, la vecina de enfrente.
Le abrirá, lo conoce casi desde que nació, y no es que sea simpática ni que le caiga demasiado bien.
Protesta casi siempre. Casi por todo. Se detestan.
Encarnación es muy mayor, una anciana malcarada que no sale nunca y a la que todo le molesta, pero que le debe a Micaela muchos favores.
Abrirá.
LUCÍA
Begoña mira el reloj y aplasta su cigarrillo con el pie.
Necesitaba soltar lastre, le ha ido bien poder explicarle cuatro cosas a alguien, aunque en realidad no la conozca de nada y sea evidente que solo la escucha a medias.
Necesitaba desahogarse a toda costa y, trabajando en una panadería, no es cuestión de andar explicando tus problemas a la primera clienta que se acerca al mostrador y se pone a tiro.
Marcela, la propietaria, no lo permitiría.
¡Buena es! Si hasta la mira mal cuando, a falta de clientas, se apoya en el mostrador.
Ni hablar de sentarse un momento. Y a su marido estas cosas le resbalan. Siempre ha sido así.
Begoña piensa en sus cosas, intenta decidir si al cigarrillo recién apurado debe seguirle otro o si le conviene arrancar a su hija de la plaza.
Lucía, liberada durante unos instantes de corresponder con la mirada a la charla de la mujer, comprueba que el vestido al que solo le falta una prueba sigue allí, tendido sobre la rampa en su funda transparente, junto a su muslo izquierdo.
Sin alzar la cabeza, con la mirada todavía fija en el vestido cuyo color es el de la misma rampa, Lucía cae en la cuenta de que ha dejado de oír el restallar de la pelota al estamparse contra la pared.
El corazón se le vuelca, el estómago se contrae, y Lucía, la cabeza rígida como un periscopio, busca a Daniel con la mirada.
A Daniel y a su pelota, sabe que donde esté la una estará el otro.
Siempre es así. Con Daniel las cosas se repiten hasta el infinito.
Por las tardes, Daniel es Daniel y su pelota.
El niño no está frente a la pared que un momento antes fusilaba a pelotazos, tampoco en las inmediaciones.
No lo ve por ninguna parte. Lucía salta desde la rampa y se aleja unos metros.
Intenta tranquilizarse y reconocer, entre los muchos ruidos que alcanza a percibir, el bom…
bom… bom que minutos antes acompañaba a su hijo.
Espera poder oírlo en algún lugar alejado de la plaza, quizás un grupo de gente lo oculte a la vista, quizás…
Nadie chuta en las proximidades. No hay bom…
bom… bom ni cerca ni en la lejanía. Solo advierte el rasgueo de la guitarra a pocos metros, el escandaloso rodar y chasquear de los monopatines que saltan obstáculos y que parecen estar en todas partes, las voces de los desconocidos que hablan o que gritan. Las risas. Las malditas risas.
Y a lo lejos, más allá de la plaza, el rumor de los coches.
No ve por ninguna parte ni su camiseta color césped ni sus tejanos casi hasta la rodilla.
Hay tanta gente en la plaza, circulan tantos paseantes y hay otros tantos hombres y mujeres escorados en mitad de ninguna parte, que es difícil descubrir a un niño de un vistazo.
Lucía camina en dirección al centro sin alejarse demasiado de la rampa para dominar el espacio con la mirada.
Con un gemido se lleva las manos a las sienes y camina.
Respira con dificultad, como si cada exhalación escondiera un grito apenas retenido.
Se separa cada vez más del museo ante la estupefacción de Begoña, la mujer del pelo medio rojo, que salta a su vez al comprobar inmediatamente que el chico que chutaba ha dejado de hacerlo.
Se cerciora de que Paula y sus patines morados siguen en un extremo, formando parte de un corro. Siente alivio.
Lucía echa a correr gritando:
—¡Daniel! ¡Daniel!
Begoña ha comprendido de inmediato. Impelida por la inclinación que tienen muchas mujeres a solidarizarse en la desgracia, lo hace en sentido contrario, con la misma intención y el mismo grito.
—¡Daniel! ¡Daniel!
Sobre la rampa, queda el vestido en su funda, la mochila de Paula, sus zapatos y las bolsas del supermercado.
Lucía sigue gritando:
—¡Daniel! ¡Daniel! Por favor, Daniel…
Hay desesperación en sus ojos y en su grito. Sus brazos se mueven en el aire, descontrolados, quiere hacerse ver. Como si Daniel, esté donde esté, pudiera verla si agita los brazos. Como si el niño pudiera responder a sus gritos y echar a correr hacia ella.
Begoña no pierde de vista a su hija, que sigue en un rincón, bien arrimada a sus amigas y hablando de sus cosas.
Sube ahora la rampa hasta la parte más elevada de la plaza, piensa otear desde allí.
Es un buen sitio. Recuerda la camiseta del chico, es vistosa, de un tono verde hierba que debe avistarse fácilmente.
Piensa, mientras recorre con la vista la enorme y caótica plaza, que una camiseta así debe de ser fácil de distinguir entre la multitud.
Lucía corre ahora desbocada, va de un extremo a otro y lo hace en desorden.
Sigue gritando y llamando a su hijo sin fijar la mirada en ninguna parte, abarcando el todo y la nada, poseída por el miedo hasta los tuétanos.
Como si encontrar a Daniel fuera una cuestión de segundos.
Debe recorrer la plaza entera, rápido, muy rápido, tiene que dar con él. Rápido, muy rápido. Cuanto antes.