El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #5
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Miércoles #5

Y a menudo lo consigue. Algunos han empezado ya a llamarlo «la pulga». Nelson no recuerda mayor felicidad.

¡La pulga!

No hay día que no llegue a casa señalado.

Un golpe en el codo, un rasguño sangrante en la rodilla, una mano dislocada, un tirón en la pierna, la insinuación de un esguince.

Le pierde el fútbol, juega a básquet como el mejor de los bases y es hábil si la actividad propuesta requiere una carrera, un esprint, un buen salto o un quiebro efectuado a la velocidad de la luz.

En busca de un par de críos y de una pelota en solfa, Nelson ha olvidado la mochila escolar sobre la mesa, ha cogido de una caja de cartón un puñado de galletas y separado un trozo de chocolate de la pastilla que Micaela ha dejado sobre la mesa.

Se dispone a remontar la Riera Baixa hasta alcanzar la calle del Carme.

Las instrucciones de Micaela son claras y precisas, no dan pie a error ni margen al malentendido.

En su ausencia intenta alejarlo a toda costa del sur del Raval, el corazón del antiguo Barrio Chino. A su entender, lo peor de lo peor .

—Si has de salir tú, tira siempre hacia arriba, hijo, hacia Pelayo, hacia la pla z a de Catalunya, que no me entere yo que bajas de la calle Hospital. Que no me entere yo, Nelson, que no me entere.

Y así era. Efectivamente, Micaela no se había enterado nunca.

Nelson conoce el Raval en toda su extensión como la palma de la propia mano.

Pasa tardes enteras de una plaza a la siguiente, de los jardines del Doctor Fleming a la plaza de les Caramelles o al sombreado patio de la Biblioteca de Catalunya.

Conoce bien la rambla del Raval y muy a menudo patea Nou de la Rambla de punta a rabo, de la rambla de les Flors al Paral·lel.

De hecho, hasta lo reconocen los mossos d’esquadra que patrullan por parejas las callejas del Barrio Chino.

Algunas de las prostitutas varadas en Sant Ramon, en Marquès de Barberà, o en algunos de los oscuros pasajes en los que no hay salida para nadie, lo saludan al paso y alguna, a la vista de sus ojos como dos carbones, hasta le envía un beso que impulsa aire a través con un soplido.

—Guapetón, morenazo.

Que no me entere yo, repetía Micaela. Y no se enteraba.

De haberlo hecho, Micaela se hubiera puesto a temblar de puro miedo, se le habría contraído el estómago hasta convertirse en una dolorosa bola en el centro del cuerpo y quizás hasta se hubiera desmayado del susto al verle corresponder con una sonrisa a las mujeres que se le insinuaban ya en mitad de la calle a pesar de no tener más que diez años y una carencia evidente de recursos para costearse sus favores. A pesar de todos los pesares.

Con las llaves del piso colgadas del cuello, Nelson ha tirado hoy hacia arriba, hacia Pelayo, tal y como le aconseja su madre cada mañana antes de desaparecer en un santiamén escaleras abajo con la bata azul ya puesta para ganar tiempo.

Comprueba con desencanto que ni en la plaza de Maria Aurèlia Capmany ni en la de Joan Amades se presenta la menor oportunidad de un par de chuts en compañía.

Cruza Pedró de la Creu y echa un vistazo a la plaza de les Caramelles en la que todo son críos pequeños de los que no sirven ni para marcarse unos pases.

Apurando la tarde, se acerca hasta la plaza dels Àngels.

No le gusta la plaza, es una plaza rara, llena de entradas, de salidas, de rincones.

Le marea tanto movimiento. Prefiere los espacios más pequeños, se dejan conocer mejor.

Gente que pasa por todas partes, cochecitos de bebé, skaters , bicicletas, hombres y mujeres que protestan airadamente aunque la pelota ni les haya rozado y que le repiten mil veces que no es lugar para chutar.

Bom… bom… bom.

Pero es una plaza grande y cabe tanta gente que siempre acostumbra a encontrar un par de chavales de su misma edad y parecida y solitaria condición con los que pasarse el balón hasta el hastío.

Bom… bom… bom.

Y así es, contra uno de los muros color ocre opuestos al Museu d’Art Contemporani, un chaval de parecida estatura machaca a solas una pared.

Bom… bom… bom. Es la pared de uno de los edificios cuya utilidad Nelson desconoce por completo.

A Micaela no le gustaría saber que profana a pelotazos las paredes de un lugar sagrado, pero Micaela no se entera, nunca se entera.

Nelson se acerca al chico, se sitúa a pocos metros, cruza las manos a la espalda y aguarda a que se canse o se detenga.

Bom… bom… bom.

Espera que lo mire en algún momento para preguntarle si quiere que jueguen juntos. Normalmente basta con esperar muy cerca, la vista fija en el balón y cara de deseo. Siempre acaban por preguntar y Nelson es cauteloso y borda las aproximaciones.

Sin embargo, el chico no hace nada parecido. Sigue chutando con la vista al frente.

Bom… bom… bom.

Sin parar, sin alterarse. Siempre con la misma intensidad, en la misma dirección, con una puntería notable resultado de meses y meses de esforzada práctica. Absorto.

Bom… bom… bom.

—¿Puedo? —pregunta Nelson, acercándose al chico, que se limita a seguir chutando y que no lo mira.

No parece haberle oído.

Bom… bom… bom.

—¿Puedo? —insiste, señalando la pelota y situándose a un par de pasos por si el chico en realidad no le hubiera entendido. Quizás no oye bien.

Nelson comprueba que es algo más alto y un poco más robusto que él. Casi todos sus compañeros, incluso los de los cursos inferiores, son más altos y fuertes que Nelson. Lleva años constatando que es pequeño para su edad, pero raramente son más veloces.

Bom… bom… bom.

El chico que chuta no responde. Ni pestañea.

Nelson decide esperar un poco más, aunque se siente algo incómodo viendo ir y venir una pelota y sin poder ni tocarla.

Booom.

La pelota roja se estrella contra el muro con más fuerza de la habitual. Quizás el chico ha visto a Nelson y se ha alterado. Acaba de lanzar un cañonazo que, de haber pillado a un viejo o a un niño, probablemente lo habría tumbado sin remedio.

Rebota la pelota en la pared y lo hace ligeramente desviada respecto a la trayectoria de anteriores trallazos y Daniel no puede volver a chutarla.

La pelota ha regresado como una bala, pero no lo ha hecho a los pies de Daniel como acostumbra, sino algo más allá, muy cerca de Nelson.

La pelota lo rebasa y se aleja en dirección al museo.

Nelson echa a correr con la intención de recogerla y de renovar su ofrecimiento.

¿Puedo? Se muere de ganas de probar lo que es capaz de hacer con una pelota tan ligera.

Corre, se agacha, recupera la pelota y en un santiamén la tiene en sus manos y se encamina hacia Daniel con la intención de proponerle un partido a dos.

No es que a Nelson le guste jugar contra un solo adversario, pero no parece haber otra posibilidad en las inmediaciones.

Daniel, que ha permanecido paralizado y confuso durante unos instantes siguiendo la imprevisible deriva de su pelota roja, echa a correr en dirección a Nelson y lo hace bruscamente, como en un arranque.

La expresión de su cara no es tranquilizadora, de hecho casi no hay expresión, pero hay algo en el chico, algo en sus ojos, en sus labios apretados, en su forma acelerada de respirar, que alarma a Nelson, que sostiene la pelota sin acertar a comprender.

Daniel tiene las manos cerradas y algo adelantadas y corre hacia Nelson con todas sus fuerzas y la mirada en llamas, como si le fuera la vida en ello.

Daniel corre y Nelson, sin saber muy bien cómo ni por qué, siente miedo del chico que a punto está de abalanzarse sobre sus huesos. Corre y escapa como una exhalación sin soltar la pelota y con el corazón en un brinco.

La pelota es roja con hexágonos negros dibujados.

En un bazar chino vale poco más de un euro.

Es exactamente igual a las que Micaela compraba en una tienda cercana, la tienda de Ji Bo, cuando Nelson apenas levantaba unos palmos del suelo.

No tiene el propósito de quedársela, no lo ha tenido nunca.

No la necesita. No la quiere. De hecho, acostumbra a evitar las pelotas de plástico, las desdeña, son pelotas de crío.

No es un balón de cuero, ni mucho menos un proyectil reglamentario.

Es una pelota de las que se pinchan a la mínima, poco más que un globo. No tiene ningún valor, sin embargo…

Sin embargo, Daniel lo sigue a poca distancia, como desbocado. No se rinde, corre y sigue con las manos al frente, manos como puños que Nelson imagina estrellados contra su cabeza.

Nelson no entiende nada y sigue corriendo por la calle dels Àngels, sorteando árboles, postes, papeleras y motos aparcadas hasta atravesar de nuevo Pedró de la Creu en un suspiro y alcanzar la frecuentada calle del Carme y las inmediaciones de la biblioteca.

No advierte —en la carrera no hay tiempo para nada— que verdean las acacias de la calle del Carme y que apuntan ya las primeras hojas.

En la ciudad, la primavera se aprecia en detalles como esos.

Micaela, que se crio en un pueblo muy pequeño casi en mitad de la selva, le señala siempre las flores que rompen en los tiestos, los brotes en las ramas o el anochecer que se demora en un cielo que avistan entre los edificios.

Pero Nelson no tiene tiempo ni le quedan ganas.

Corre.

No está lejos de casa. Se detiene unos instantes para tomar aliento y comprueba que Daniel está a pocos metros y que tiene en los ojos una mirada que le pone los pelos de punta.

No sabe por qué, sigue sin entender. Algo en su interior, una sabiduría ancestral, le dicta que debe seguir corriendo.

Y así lo hace. Con la respiración trabajosa, sigue la calle durante unos metros en dirección a la ronda de Sant Antoni, la cruza como una exhalación y a punto está de internarse ya por Egipcíaques.