El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #4
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Miércoles #4

—¿Y el dinero? —pregunta. Pero no es una pregunta. Lucía lo sabe y no se molesta en contestar—. Es como si el dinero creciera en los árboles. La mía solo sabe pedir. Tiene una boca que ni los frailes.

Bom… bom… bom.

Lucía asiente de nuevo, lo hace por educación, para no desairarla, pero no puede evitar pensar que sus problemas le bastan y le sobran y que los de la mujer difícilmente conseguirán impresionarla. Además, Daniel no acostumbra a pedir muchas cosas y jamás ha traído un amigo a casa. Qué más quisiera.

Bom… bom… bom.

Ni a un amigo ni a nadie. Pero Lucía asiente sin perder de vista el vestido que bajo su funda transparente tiene ya el mismo color que el cielo, un cielo encapotado al que acaba de echarle una mala mirada. Solo faltaría un aguacero para acabar de complicarle la vida.

—¡Si se echa a llover se ha acabado la plaza, los patines y la Biblia en verso! —exclama la mujer.

Lucía, sin perder de vista el cielo, asiente y calla. Lo hace por pura educación. ¿Explicar su vida a la primera mujer que se le pone a tiro? Desde luego que no. Ni pensarlo. No sabría por dónde empezar. Quizás empezaría por hablarle de Daniel.

Bom… bom… bom.

A falta de amigos, en más de una ocasión les han aconsejado la compañía de un animal, un perro afable, un cachorro dócil para que ambos, niño y animal, crezcan juntos.

Con los animales establecen lazos que se nos escapan , les han asegurado alguna vez.

No es nada seguro, no siempre funciona, pero por probar…

Bom… bom… bom.

Antonio no quiere ni oír hablar de perros y ella prefiere no meter animales en un piso que es como un puño. No quiere más trabajo, ni más obligaciones.

Bom… bom… bom.

Si algo le sobra son obligaciones.

—Dicen que los niños son peores, que no paran quietos y que están siempre con la pelota.

Yo, con una cría repelente como la que me ha tocado, voy servida —continúa la mujer, que es capaz de fumar, hablar y pensar sin dejar de controlar cada uno de los movimientos de su hija y de echar un vistazo alusivo a Daniel, que, a poca distancia, no ha dejado ni por un momento de chutar contra la pared con todas sus fuerzas.

Bom… bom… bom.

—A mí solo me faltaría eso, una pelota —añade.

Bom… bom… bom.

—Es mi hijo.

Y Lucía no consigue evitar que su voz suene a advertencia.

—Guapo, un niño bien guapo. Necesitan moverse, ¿verdad? Es lo que tienen los niños, que no saben parar. Tengo una amiga que…

Lucía asiente. Daniel es un niño guapo, muy guapo.

Una preciosidad silenciosa. Y es cierto, lo necesita, necesita moverse, necesita una pelota, su pelota, no cualquier pelota.

Y una pared contra la que estrellarla varios centenares de veces a intervalos exactos.

Meterlo en casa cuando sale del centro es una tortura para todos, sobre todo para él.

Por eso Lucía detesta la lluvia, porque cuando llueve no hay pelota, ni pared, ni descanso para nadie.

Bom… bom… bom.

Un par de monjas de piel oscura que visten de corto, peinan el pelo crespo en una cola baja y llevan en el cuello un rosario de madera pasan muy arrimadas a la pared del convento, justo entre Daniel y el muro que amarillea.

Intercambian sonrisas con complicidad. Parecen buenas amigas. Probablemente lo son.

Bom… bom… bom.

Caminan despacio, charlan, sonríen y enseñan al mundo unos dientes blanquísimos. Daniel no altera el ritmo y sigue chutando.

Bom… bom… bom.

—¡Daniel, para! —chilla Lucía.

La advertencia llega demasiado tarde. La pelota amenaza a la más joven a la altura de la ingle.

La muchacha insinúa un grito y se protege con las manos que ambas traen cruzadas sobre el vientre para amortiguar el chute.

Pasado el susto, se santigua y sigue andando.

Su compañera se detiene un instante y lanza a Daniel una mirada afilada capaz de atravesar los gruesos muros del museo cercano.

Daniel no la mira, no se inmuta.

Bom… bom… bom.

Lucía se sobrecoge y calla. Suspira y da gracias a quien corresponda porque las cosas no hayan ido a mayores. La monja indignada se reúne con su compañera, que ya sigue su camino y que ha vuelto a cruzar las manos esta vez a la altura de su ombligo.

Bom… bom… bom.

—Y con los maridos no puedes contar para nada. Yo no sé el tuyo, pero el mío es un inútil, y no es de los peores, el pobre. Él dice que hace lo que puede, pero puede poco. Eso o es que no da para más.

Lucía la oye hablar mientras apaga el cigarrillo contra el suelo. Se refiere ahora a una de sus amigas cargada de hijos y de deudas a la que el marido acaba de abandonar.

Bom… bom… bom.

—El muy cabrón tiene una frutería y se ha puesto a vivir con una de las dependientas. Y ella en la inopia. ¡Hay que joderse!

Las 17:49. Unos diez minutos más, calcula Lucía.

Un suspiro.

Bom… bom… bom.

NELSON

A César Nelson Freire todo el mundo lo llama Nelson en una muestra de desprecio absoluto por el escalafón.

Lo de bautizarlo como César Nelson fue idea de su madre, Micaela Freire, que consideró que para haber nacido chiquito y en los huesos mandaba más que un almirante, casi como un emperador.

Y, aunque barajó la posibilidad de cristianarlo como Augusto Napoleón, acabó por prevalecer la primera intención, la mejor: César Nelson Freire.

Casi como un emperador, el emperador de su casa, un piso de treinta metros cuadrados en la Riera Baixa, en el corazón del Raval, junto a una tienda de telas y accesorios para la danza del vientre.

Durante unos años, ambos compartieron la vivienda con una tía de la criatura.

La tía Karen, la hermana menor de Micaela.

Karen se marchó en cuanto pudo no sin haber insinuado que el «joven emperador», mal que le pesara, y le pesaba mucho porque era el único sobrino que tenía a este lado del Atlántico, era francamente insoportable.

Un déspota diminuto al que mejor habría sido llamar Nerón, o Calígula, o, en su defecto, cualquier tirano de teleserie habría servido.

Karen no se lo pensó dos veces. Cambió el piso de su hermana por uno algo mayor que compartía con otras cuatro mujeres.

Ninguna de ellas tenía hijos en las proximidades, pero algunas habían reunido una vasta prole transoceánica.

En cuanto pudo, Karen se decidió, hizo la maleta y pasó —sin pensárselo dos veces— a tender un colchón sobre el suelo entre el lavabo y la cocina y a utilizar por turnos fogones y retrete.

Todo a cambio de una noche entera de descanso.

El piso entero de Micaela Freire, un tercero en el número 1 de la Riera Baixa, se colmaba día y noche con el llanto de una criatura de mal conformar que no dormía nunca cuando tocaba hacerlo y al que el pediatra se limitaba a diagnosticar acumulación de gases.

El ritmo cambiado, pobrecito , decía su madre, y lo disculpaba así cuando el llanto arreciaba de madrugada y desbordaba las tres únicas ventanas de la vivienda y el hueco que daba al patio de vecindad.

Y, aunque aquello era un no vivir, y Micaela apenas conseguía dormir un par de horas seguidas, nadie la oyó quejarse.

Le pesaban los pies, la cabeza, los brazos, los párpados.

Se pasaba el día bostezando y andaba siempre medio arrastrándose con su bata azul, sus guantes de látex y sus deportivas de trabajo de una casa a la siguiente.

Pero nadie oyó de sus labios un lamento.

Tampoco le puso nunca a su hijo la mano encima.

Y no le faltaron ganas.

Pero, por fortuna, no hay mal que cien años dure.

Eso es lo que dicen. Nelson dejó de llorar y alargó las horas de sueño.

Ahora madre e hijo ocupan el piso a solas y en una paz relativa.

Ella en la única habitación, y Nelson en un sofá-cama que Micaela abre al caer la noche encajándolo entre la mesa del comedor y la ventana.

Por eso, cuando la maestra preguntó, por curiosear, qué alumnos tenían televisor en su habitación, Nelson, sin faltar a la verdad, levantó el brazo. Un televisor, y de los grandes.

Hace años que ya no brama a medianoche como alma en pena.

Ya no golpea las paredes con lo primero que pilla, como aprendió a hacer tras conseguir alzarse y poner un pie detrás de otro.

A pesar de ello, Micaela no ha dejado de recorrer su piso sin hacer el menor ruido.

Se ha acostumbrado a escuchar la radio muy bajita y a llevar siempre el móvil colgado de su cuello.

Se habituó cuando Nelson era un bebé y ella no tenía dinero para un televisor.

Utilizaba auriculares y caminaba descalza para no despertar a su hijo cuando este parecía dormir.

En el presente, Nelson no soporta bien las tardes a solas en un piso desierto esperando a que Micaela llegue derrengada, rota.

Por eso, a sus escasos diez años, pasa horas en las calles y en las plazas del Raval en busca de partidos de fútbol improvisados, participando en torneos espontáneos que se acaban en un suspiro y sumándose a todas y cada una de las justas deportivas que se organizan en la vecindad.

Disfruta como nadie de la libertad que le otorga la ausencia de su madre.

Nelson asiste a la escuela diariamente con cierto desinterés y consigue pasar casi desapercibido. No se significa, ni para lo bueno ni para lo malo. Lo hace por ella, por su madre, porque ella confía en su hijo y no necesita más problemas de los que ya tiene.

Micaela cree ciegamente que Nelson tendrá un futuro mejor, un trabajo mejor, una casa mejor que ofrecer a sus hijos que serán sus nietos si la vida y los santos acompañan. Y si en el aula no destaca, en el patio de la escuela las cosas son muy diferentes.

Nelson sigue siendo un chico muy bajito para su edad, de tez cobriza y escasa corpulencia, pero sobre la pista de cemento no conoce rival, es una centella.

Siempre es uno de los primeros en ser elegido si se tercia jugar un partido.

Todos saben que se esmera hasta las últimas consecuencias por atrapar un balón, driblar a un contrario o encajar entre los palos una vaselina de manual.