Miércoles #3
Informar sobre una redada que no tiene más objetivo reconocido que amedrentar a los camellos que pasan cocaína y a las prostitutas que tras la pandemia buscan su lugar en las calles, es un puro trámite.
Hombres y mujeres de toda latitud y condición pasan unas horas en las dependencias policiales y quedan en libertad tras haberles tomado huellas, datos y comprobado sus papeles.
Es lo más aburrido del mundo y uno de los trabajos más inútiles.
Algunas de las mujeres —las más miserables, las más desesperadas, también algunas de las más jóvenes, temerosas ante la amenaza de ser repatriadas— juran en varias lenguas que no volverán a reincidir, que iban camino de su casa o que el hombre les salió al paso, que las acosaba.
No les queda otra. Nadie parece creerlas.
Alguna, más habituada a este tipo de operativos, consulta el reloj, resopla y maldice porque da la noche por perdida.
Superada la pandemia, a diario se reciben algunas protestas vecinales por prostitución invasiva y por tráfico de estupefacientes en las proximidades del estadio.
Les Corts no es uno de los distritos más conflictivos de la ciudad.
Apenas hay reyertas con arma blanca ni riñas de todos contra todos, como ocurre en otros barrios, ni robos con violencia, pero sea cual sea el delito, los informes son siempre complicados, mortalmente aburridos y largos como un día entero sin pan.
Aunque le cueste reconocerlo, la evidencia es la evidencia, el inspector Tedesco daría cualquier cosa por ver aparecer en la puerta a un agente con un caso urgente que requiera ausentarse del despacho y dejar por unas horas de buscar las palabras justas.
Un crimen, un accidente, un drama en cualquiera de sus manifestaciones.
Fina decía de él que pensaba como un policía y que no dejaba de serlo en ningún momento, que vivía de la tragedia ajena.
Cuando quería burlarse de su esposo, y era a menudo, decía que era como un vampiro y que, como los vampiros, Mauricio Tedesco se alimentaba de sangre.
El inspector le llevaba la contraria, llegaba a enfadarse con ella, se negaba a reconocer lo que ha acabado siendo un hecho.
El tiempo, ese juez inexorable , acaba por poner las cosas en su sitio.
Es un madero y piensa como un madero.
Y como el buen madero se crece en la desgracia ajena.
LUCÍA
Bom… bom… bom.
El chico que atormenta la guitarra no está lejos, sigue sentado con las piernas cruzadas a pocos metros sobre la rampa. La melodía ha adquirido un ritmo algo acelerado, más intenso, subrayado por el golpear de la pelota contra el muro.
Bom… bom… bom.
Daniel parece incansable.
Ahora es el joven el que ha cerrado los ojos para aumentar su concentración mientras la chica, que al abrirlos parece haber cobrado vida, ha abandonado el balanceo y danza insinuante frente a él moviendo los brazos y rizando los dedos.
Bom… bom… bom.
Se mueve de una forma extraña y a Lucía le recuerda a un animal sigiloso, pero no sabría decir a cuál de ellos.
Bom… bom… bom.
Quizás a una serpiente. Mejor aún, a una pantera.
Una pantera negra como la de El libro de la selva que tanto le gusta a Daniel.
La chica viste de negro de pies a cabeza y lleva en las muñecas pulseras con pinchos e imperdibles.
Una sarta de imperdibles enormes le rodea el cuello y pende sobre su ombligo al descubierto.
Lucía se fija en que sus labios y sus uñas también son negros.
Bom, bom, bom.
Espera que sus pensamientos no lo sean. Pero la cara de la chica no es de felicidad, ni tan siquiera de un leve bienestar.
Sus rasgos, lejos de parecer relajados, están tensos, como en guardia.
Su piel muy blanca contrasta con cierta saña con los ojos y los labios ferozmente oscurecidos.
Lucía se distrae mirando a la muchacha, que, si bien está en la plaza dels Àngels, no es ningún ángel, no lo parece.
Tampoco un diablo. Quizás solo es una chica algo excéntrica, una chica abatida que se mueve rítmicamente con las piernas algo flexionadas, como si siempre estuviera a punto de saltar o de echar a correr.
Bom… bom… bom.
Se mueve más lentamente de lo que reclama la música, como si acabaran de hipnotizarla y otra música, una balada mucho más triste, sonara en su interior solo para ella.
Bom… bom… bom.
Daniel sigue chutando contra la pared. En cierta manera su constancia, su enfurecida obstinación, resultan tranquilizadoras. El ruido confirma la proximidad del niño y le permite distraer la mirada.
Por unos instantes, Lucía olvida a la Maldita Rovira, a Antonio y a Daniel, y solo se fija en la chica que se contorsiona sin el menor rubor.
No parece importarle que la miren. Casi nadie lo hace, solo Lucía, que siente cierta forma de envidia.
Las uñas negras apartando el aire, los labios también negros entreabiertos, como los de un pez, las piernas cortas y algo separadas, los tobillos gruesos, tobillos de estibador, y la vista en ninguna parte.
Bom… bom… bom.
La pelota se estrella contra el muro a intervalos siempre exactos. Lucía no necesita mirar para saber que su hijo sigue allí.
Bom… bom… bom.
Aposentada sobre la rampa, se cruza el bolso sobre el pecho, saca el paquete de Ducados y enciende un cigarrillo.
Bom… bom… bom.
La chica sigue moviéndose. Ahora hace círculos con un pie en el aire, como si dibujara. El viejo del bastón que grita cerca de su amigo habla ahora de los obispos y de la maldita falta que nos hacen .
—Que aconsejen a su padre —le dice, mientras agita el cayado como si también él fuera un pastor de almas.
La espalda de su amigo sigue exageradamente arqueada, cruelmente deformada por la enfermedad.
No ha dejado ni por un momento de mirar las losas de la plaza.
Resignado a no perder de vista el suelo, el hombre asiente y calla—.
Que aconsejen a su padre, si saben quién es —añade el del bastón en alto, y ríe su propio chiste. Le faltan algunos dientes.
Bom… bom… bom.
—Que no, Paula, que no. Que no me vengas con tonterías.
Si no quieres jugar, no juegues. Si no quieres patinar, no patines, por mí como si te sientas en un rincón.
Si quieres te los quitas, nos vamos a casa y sanseacabó, pero dar la murga, hija mía, eso sí que no.
Eso sí que no, Paula, cariño, que estoy baldada.
Una mujer discute con su hija a pocos pasos. Ambas acaban de llegar y la madre busca con la vista un lugar en el que dejar pasar el rato.
Bom… bom… bom.
Daniel sigue maltratando la pared.
—Y es que no son horas —repite la mujer cuando la niña ya se aleja.
Y Lucía puede entenderla perfectamente aunque solo sea media tarde.
No son horas. Lo que ella daría por estar en su casa, en su máquina de coser, con Daniel a su lado pasando una y mil veces las bolas de madera de su juego preferido.
Un juego de contar. 1, 2, 3… 56, 57, 58…
Terco, extrañamente obstinado, como si no se tratara de un juego, sino de una disciplina infernal.
La mujer carga con una mochila y con dos bolsas repletas del supermercado, sostiene su chaqueta y la de su hija colgando de su antebrazo y con la mano derecha sujeta los zapatos que la niña se ha quitado momentos antes para calzarse un par de patines de color morado y rosa.
Resopla y se apoya contra el desnivel, muy cerca de Lucía.
Bom… bom… bom.
Tiene cara de cansada, no sonríe, parece irritada. Lucía reconoce la fatiga en su enfado. También ella le habla así a Daniel cuando no puede más. Dos medias lunas oscuras festonean sus párpados inferiores. La mujer suspira ostensiblemente. Parece exhausta.
Bom… bom… bom.
Paula se aleja enfurruñada en dirección a un grupo de niñas a las que les explica lo injusta y malvada que es su madre, mientras esta se libera trabajosamente de tanta carga.
Bom… bom… bom.
Daniel continúa castigando a conciencia la pared.
—¿Tienes fuego? —le pregunta a Lucía la mujer que se ha desprendido ya de bolsas y mochila y las ha alineado sobre la rampa, junto al vestido color nubarrón que sigue en su funda—.
¿Tienes fuego? —insiste, mientras se encarama para sentarse y se lleva la mano al bolsillo de una americana ligera y de mal corte.
Lucía, que no puede dejar de fijarse en esas cosas, le tiende el mechero con una media sonrisa mientras apura su cigarrillo y mira el reloj. Queda apenas un cuarto de hora.
Bom… bom… bom.
—Estos críos se han creído que estamos aquí para servirles. Como si yo no tuviera otro trabajo. A la mía solo le falta un látigo —explica la mujer, mientras, con una mueca, comprueba que el fuego ha prendido y que su hija esquiva un patinete eléctrico con más fortuna que pericia—. ¡Dios bendito!
Bom… bom… bom.
Lucía asiente. No abre la boca. No le gusta dar explicaciones ni acostumbra a hablar de Daniel. Es complicado, demasiado cansado, prefiere escuchar. Lucía no se entera de todo lo que dice y se limita a cabecear a modo de conformidad.
Bom… bom… bom.
La mujer viste una americana holgada y negra sobre el pantalón oscuro.
Es evidente que acumula unos kilos de más en las caderas y en torno al vientre y que no ha encontrado mejor manera de disimularlos.
El cabello, rojizo y ralo, es mucho más oscuro en las raíces.
En el cigarrillo ha quedado el rastro del pintalabios que es de un rojo intenso como la sangre fresca.
Bom… bom… bom.
—Pretende que invite a todas sus amigas a merendar. ¡Hay que joderse! He salido de casa con el sol y todavía no he llegado. Estoy como para ponerme a recoger muñecas y platos por los rincones. Demasiadas películas.
Bom… bom… bom.
—Un día de estos me pide que invite a los padres a una barbacoa o que prepare una fiesta de pijamas. Como si lo viera —continúa con sorna, mientras deja el aire sembrado de anillos de humo.
Bom… bom… bom.
No parece esperar respuesta. No la necesita.