El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles #2
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Miércoles #2

Lo mismo hicieron otras. Cada una de sus compañeras del taller pilló lo que pudo.

Pensaron en gente a la que podían localizar y que bien podía pagar a una buena modista.

Una modista como Lucía Torres, apurada y con años de oficio, que visitara a sus clientas en sus casas, que no tuviera manías si tenía que volver veinte veces o si la prenda se precisaba de hoy para mañana.

Una modista que cobrara barato, un precio fijo, pactado, y que no escatimara las horas.

Clientas como Dita Rovira se jactan en sus narices, y no se privan, de que no les viene de unos euros y, sin embargo, escatiman hasta el último céntimo.

A Lucía se la llevan los demonios.

—Yo no creo que después de la pandemia la gente lo pase peor, yo vivo igual, creo que se lo inventan para tener algo de que hablar —repite sistemáticamente la Rovira con aire de desinterés, mientras se alisa una arruga o tira de la tela para modificar la largada de una falda.

Pues a mí, piensa Lucía, la puta pandemia me está acabando de joder la vida. Yo en el paro y siempre de un lado para otro y Antonio con un pie en la calle. Cualquier día se encuentra que la cafetería no vuelve a abrir y ves y reclama, que si te he visto…

Y lo que más le repatea es que todas las clientas la citan por la tarde, cuando no le queda otro remedio que arrastrar a Daniel por toda la ciudad y contra su voluntad.

Si puede hablarse de voluntad. Quizás sería más acertado hablar de obstinación o de intransigencia.

Con lo fácil que sería acudir por las mañanas cuando Daniel está en la escuela y ella dispone de muchas horas.

Dita Rovira se pasa el día de la peluquería al masajista, y de este al dietista, que para lo que le sirve bien podía quedarse en casa y ahorrarse un dinero. Dice que tiene las mañanas ocupadas. Y Lucía calla y promete volver para la próxima prueba.

En todo y en nada piensa Lucía mientras se encarama a la rampa y se sienta con un suspiro sobre la piedra ligeramente recalentada de la plaza. Le quedan los pies colgando a unos centímetros del suelo.

Está cansada, muy cansada, y solo espera llegar a casa antes de que Antonio se presente con un humor de perros, el humor de los últimos tiempos.

A su marido los peores pensamientos le rondan la cabeza.

Está convencida de que si Antonio se queda en el paro, se derrumba.

No es como ella que, a fuerza de aguantar, ya lo aguanta todo.

Su marido no le teme al trabajo, ni se queja cuando a las seis de la mañana suena el despertador de lunes a sábado, pero se lo toma todo a la tremenda, se desespera…

Es de aquellos hombres que no ven salida al final del túnel, ni la intuyen, no encuentran fuerzas ni para buscarla.

Y no hay noche que Antonio, su Antonio, no llegue a casa para decirle que cada día entra menos gente en el bar, que en lugar de los cuarenta bocadillos diarios de media antes del virus, andan por los veinticinco y no se recuperan.

—Esto no va a mejor, no va a mejor —le dice mil veces, y le asegura que se pasa ratos bien largos de brazos cruzados—.

Los de la obra de la esquina hace tres meses que no cobran, han parado y ya no aparecen.

¿Para qué van a venir? Alguno pasa de vez en cuando por si se presenta el contratista, para cantarle las cuarenta y darle un par de hostias si se tercia.

Pide una cerveza, pero se trae el bocadillo de casa.

Siempre las mismas observaciones y cada vez más agrias, los mismos comentarios desalentadores.

—¡Ah! Y por si fuera poco, los pocos que entran compran el tabaco en el estanco y se ahorran unos céntimos.

Y desde que Sebastián Bermejo —el propietario del bar, el que se queda tras la barra mientras Antonio se ocupa de las mesas y de la terraza— se ausentó la semana pasada durante un par de horas sin explicarle adónde iba ni por qué, Antonio no ha dejado de pensar que está buscando la manera de ponerlo en la calle.

—Seguro que ha ido al gestor, como si lo viera, Lucía, como si lo viera.

Yo, en su caso, también lo haría. Hay tardes que las pasamos mano sobre mano, mirando la tele.

Él cree que no me doy cuenta, pero está desesperado.

Yo creo que le vende el bar a un chino y me pone en la calle.

A su edad, con los hijos colocados y fuera de casa… En cuanto pueda, vende y se jubila.

No piensa en otra cosa. Lucía sabe que Antonio espía las conversaciones telefónicas de Bermejo, que se acerca a la barra cuando lo ve hablando con algún desconocido y que no le quita ojo.

Sabe que ha dejado de darle algún recado si no lo ha visto muy claro y que su marido, con la mejor de las intenciones y en contra de sus intereses, añade las propinas a la caja para que el jefe, una buena persona donde las haya, no repare en que lo recaudado al final del día es cada vez menos.

Está convencido de que, tras veintiún años de no hacer otra cosa que servir mesas, no hay más salida para él que conservar lo que tiene, aunque lo que tiene sea bien poco y penda de un hilo.

— Ramírez, el de la óptica, ha dejado de venir. O se ha muerto o lo han echado. Una de dos. Antes no pasaba día que no viniera un par de veces, y ahora…

Bom… bom… bom.

Y está Daniel, que, por lo que puede comprobar de un vistazo, se ha situado frente a la pared que acaba de indicarle.

Se ha plantado como siempre a unos ocho o nueve metros con los brazos a lo largo del cuerpo, la vista fija a medio muro, y así, como cada tarde, ha iniciado ya la larga tanda de chuts.

Bom… bom… bom.

La pelota roja de Daniel golpea el muro a intervalos precisos, como si un metrónomo marcara el ritmo al que debe producirse cada nuevo impacto.

El niño consigue encajarla entre el poste de un farol y una papelera.

No falla nunca, chuta siempre de la misma manera y con parecida fuerza.

La pelota se estrella una vez y otra en un espacio sorprendentemente pequeño.

Bom… bom.

Es un alivio.

TEDESCO

Completar un informe es uno de los lados oscuros de un oficio que los tiene a puñados.

Mauricio Tedesco continúa aborreciendo pasar a negro sobre blanco el resultado de una investigación.

No es hombre de letras, ni de números. El cuerpo le pide aceras, bordillos, esquinas, plazas, portales o tiendas de ultramarinos.

Siempre recuerda la palabra «ultramarinos» de cuando todo parecía llegar de muy lejos.

Sin embargo, a diferencia del presente global, pocos, muy pocos, eran los productos que llegaban del otro lado del océano.

Era otro mundo. Los supermercados eran colmados, en las bodegas todavía se compraba a granel y el vino se trasegaba en barriles.

El policía es hombre de años atrás, del siglo XX , cuando todavía podías encontrar una mercería que no hubiera echado el cierre o un zapatero remendón con sus clavos diminutos y su sucio delantal de hule.

La vida ha cambiado tanto, ha dado tantas y tantas vueltas, que a veces no sabe cómo enfrentarla.

Todo le resulta muy difícil, cada vez más y más difícil desde que enviudó hace pocos años, desde que perdió a Fina y con ella desapareció la mitad de sí mismo.

Incluso las palabras precisas que tiempo atrás recordaba sin problemas, se han tornado huidizas, esquivas.

Tarda horas en redactar un atestado inteligible y razonablemente veraz.

Intenta describir con detalle la redada que la tarde anterior se llevó a cabo a pocos pasos del Camp Nou.

Apenas avanza y suspira de puro hastío. Interrumpe la redacción del maldito informe por enésima vez para dejar que el santo escape al cielo lo antes posible.

El curso de sus pensamientos es difícil de predecir y pasa de una cosa a otra sin orden ni concierto.

No puede evitar pensar que si hubiera querido trabajar en un despacho habría tratado de conseguir empleo en un banco cuando todavía estaba a tiempo.

Su madre no le aconsejaba otra cosa.

—Tú, que vales, hijo, colócate en un banco. Un banco es para siempre.

Los paneles de cristal que recubren la comisaría entera le permiten distraer la mirada y fijarla en la calle. No importan ni el velo de polvo ni las marcas de las gotas de una lluvia reciente. Todo es más interesante en las calles.

El padre del inspector Mauricio Tedesco fue un soldado italiano, Franco Tedesco, de los pocos que se quedaron aquí cuando se retiraron sus escuadrones tras haber bombardeado zona republicana.

Franco Tedesco se afincó en Madrid por miedo a regresar a Ferrara, ciudad en la que al parecer tenía algún asunto pendiente.

Años después se trasladó a Barcelona y conoció a Rosaura Serra, con la que se casó a pesar de la oposición frontal de la familia de la joven, de sólidas convicciones antifranquistas.

Solo tuvieron un hijo, Mauricio, que tardó años en llegar, y cuyo nacimiento inminente provocó la espantada de un padre que pasaba de los cincuenta y que sintió un intenso y repentino ataque de nostalgia.

Un progenitor que se marchó para no volver.

No llegó a sujetar a su hijo en brazos, nunca le ofreció un consejo ni intentó mantener el contacto.

Solo recibió de él un apellido remoto y una extraña y perdurable sensación de desamparo.

En eso piensa el inspector cuando contempla a un hombre pasear llevando a su hijo de la mano. Ambos parecen felices.

Mauricio pasó media infancia escuchando las amargas quejas de su madre y los reproches de su abuela, filtrando todo su resentimiento destilado y maldiciendo la memoria de un progenitor miserable del que su madre afirmaba que les había arruinado la vida.