El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Miércoles
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El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2)

El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2)

Por Empar Fernandez

© inepub.com

Miércoles

LUCÍA

Lucía trata de convencer a su hijo para que la siga.

Implora. Le promete que se sentarán un buen rato en una plaza muy grande en la que podrá jugar a pelota todo lo que quiera.

Una plaza llena de niños, animada, repleta de gente en movimiento, en la que podrá chutar tanto como quiera, la plaza dels Àngels.

No sirve de mucho. Daniel se niega a avanzar, quizás ni la escucha. Lucía no puede saberlo. Desde luego, no la mira. No pregunta, no lo hace nunca. Daniel no quiere saber. No parece interesarle casi nada. Como si caminase el día entero con una escafandra en la cabeza.

¡Un retoque!

—Que si me ciñe un poco demasiado y parece que tenga lo que no tengo, que si le faltan un par de dedos en la costura, que si me tira la sisa, que si la cintura, que si…

Cargada de puñetas, de kilos y de dinero, eso es lo que está, piensa Lucía cada vez que hilvana una nueva compostura.

¡Lo que no tiene! Si la buena mujer tiene de todo, está llena de lorzas y en la piel no le caben ya más frunces.

Pero Lucía Torres ha aprendido a morderse la lengua y a callar lo que piensa.

A la fuerza los ahorcan. En cada ocasión baja la cabeza en señal de asentimiento y procede a corregir lo incorregible.

—Dentro de un par de días lo tiene usted aquí —ha prometido.

Y todo lo que recibe Lucía, a cambio de una paciencia infinita, son las gracias y siempre a contrapelo, como de refilón, un querer y no querer.

Un agradecimiento que no lo es y que se parece extraordinariamente a una humillación.

Mientras tanto, la señora Dita Rovira (Lurditas Rovira para algunos, Maldita Rovira para Lucía Torres) se desviste con ruido de brazaletes.

De hecho, Lucía detesta la plaza dels Àngels.

Demasiado grande, demasiado ruido, demasiada gente y muy pocos niños, pero no importa.

A Daniel tampoco. La abruma el blanquísimo, enorme y algo desolado edificio del Museu d’Art Contemporani, la desconcierta la doble rampa de acceso, la marean los monopatines que ruedan en todas las direcciones posibles, los patinetes, las bicicletas, las decenas de paseantes que salen de todas partes.

Le incomodan los indigentes acurrucados en los rincones y envidia a los jóvenes sentados en el suelo y recostados contra los muros que ofrecen el rostro al sol como si estuvieran completamente solos.

La aturden los guiris que a veces le salen al paso, plano en mano, con preguntas que no consigue entender, los que hacen cola para visitar las salas del museo o los que, rebosantes las vejigas de cerveza, se alivian buscando algún rincón apartado.

A Lucía le desagrada el olor a orina que aflora con la llegada del buen tiempo y frunce la nariz mientras avanza tirando de su hijo por la calle de Montalegre, entre el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y la Facultat de Geografia i Història.

Acostumbrada como está a no moverse de la placita de su barrio en la que todo está a mano —los bancos, la fuente que el ayuntamiento inutilizó hace años, la papelera y el muro repleto de grafitis contra el que Daniel estrella mil veces el balón—, la plaza dels Àngels le resulta hostil, campo ajeno. Pero no le queda otro remedio.

La señora Rovira, que la citó a las 17:30, todavía no ha llegado.

La sirvienta le ha indicado que la señora ha llamado y ha dicho que se retrasará una media hora y que le ruega que vuelva dentro de un rato.

Pero la muchacha no la ha invitado a pasar, ni a sentarse, ni le ha ofrecido agua o un par de galletas para Daniel.

Se ha limitado a cerrarle la puerta en las narices.

Daniel la sigue a remolque con la pelota que acarrea en una bolsa del supermercado colgando de su puño.

Su humor empeora por momentos. No soporta bien los cambios, ni las contrariedades, se adapta peor que mal a los imprevistos y Lucía teme que, de un momento a otro, se plante y se niegue a caminar.

La rutina lo es todo, con Daniel no existe otra manera.

Si por ella fuera, habría entrado en un bar, habría dejado la funda con el vestido sobre una silla, habría pedido un cortado corto de café y habría dejado deslizarse los minutos pensando en sus cosas.

Descansando, que tanta falta le hace. Quizás incluso habría mirado la televisión unos instantes.

Pero Daniel tiene mal esperar, por eso ha decidido acercarse hasta la plaza, sacar la pelota de la bolsa y dejar que Daniel vaya a lo suyo, que no es otra cosa que machacar un muro a pelotazos.

Siempre desde la misma distancia, si es posible siempre con la misma intensidad, casi sin moverse del sitio.

Una vez, otra, muchas más. Hasta que, extenuado, recupera la pelota, la introduce en su bolsa y se acerca a su madre.

Es su forma de decir que da el juego por acabado y que quiere regresar a casa.

Cuando ambos desembocan en la plaza dels Àngels, Lucía deja escapar un suspiro.

Recorre con la vista la vasta extensión esperando encontrar un banco libre o, en su defecto, un espacio en alguna de las largas rampas que conducen al museo.

No hay bancos en los que dejarse caer, pero la pasarela en pendiente es muy larga y el desnivel permite sentarse y descansar así los huesos.

Hay ya algunas mujeres varadas junto a la rampa, unas se han sentado con las piernas en alto, sin tocar el suelo, otras simplemente se apoyan en el murete.

Esperan a que sus hijos acaben la merienda antes de regresar a casa.

Algunas criaturas, pocas, de todas las edades y razas del orbe, atraviesan la plaza subidos a sus monopatines infantiles, en bicicletas de colores o calzando patines en línea.

Un puñado de skaters cabalgan sus tablas en todas las direcciones o admiran las proezas ajenas.

Algunos han superado ya la primera juventud. Y hasta la segunda.

Un joven greñudo sentado en el suelo rasguea una guitarra mientras una chica muy menuda y vestida de negro de los pies a la cabeza lo escucha completamente absorta, como si en la plaza no quedara nadie, como si ambos fueran los únicos supervivientes de un cataclismo.

La chica está de pie frente al músico, tiene los ojos cerrados y sus párpados, sombreados también de negro, parecen un par de oquedades, como si no tuviera ojos.

El resultado es algo siniestro. La chica, ajena a todo, también al patín eléctrico que está a punto de arrollarla, se balancea levemente al ritmo de una melodía que solo ella parece oír. Se le antojan seres de otro mundo.

Dos hombres muy mayores charlan apoyados en sus bastones a poca distancia.

Uno de ellos agita una mano en el aire y habla a gritos, el otro parece escuchar con la vista baja, clavada en el pavimento.

En la plaza, paradas o en tránsito, hay varias decenas de personas.

Demasiadas, piensa Lucía, que no siente mucho interés.

Le duele el brazo alzado en el que sostiene el vestido envuelto en una funda de plástico y decide poner proa hacia la rampa.

Liberada del vestido a punto de «última» prueba que deposita cuidadosamente junto a ella, Lucía Torres le señala a Daniel un espacio libre en un muro entre dos aparcamientos para bicicletas.

Es un muro liso de ladrillos ocres, la parte rehabilitada recientemente del Convent dels Àngels, y no hay cristales ni ornamentos que Daniel pueda destrozar a pelotazos. Daniel comprende.

Lucía saca la pelota de su bolsa de plástico y se la ofrece.

Es como abrir la puerta de un chiquero. No hay palabras, no son necesarias.

En los peores días, los más bajos, sospecha que las palabras son inútiles, que no los llevan a ninguna parte y que a Daniel no le hacen ningún bien.

No las necesita. Por eso Lucía se repliega y calla.

A menudo permanece horas y horas sin más conversación que la que mantiene mentalmente con ella misma.

Pero eso solo ocurre cuando la desesperanza la devora y no puede con su alma.

Aunque debe reconocer, qué otra cosa puede hacer, que desde que el taller de confección para el que trabajaba cerró sus puertas con un «adiós, muy buenas» y una indemnización de miseria, los días bajos son casi todos.

Ya no hay rutina para Lucía, ni largos viajes en metro con una novela atrapada entre los dedos, ni risas durante el almuerzo con las compañeras, ni chismorreos, y lo que es peor, ni el sueldo que recibía cada mes.

Una miseria, pero un sueldo fijo al fin y al cabo.

Solo hay llamadas de tarde en tarde, encargos como el de la señora Rovira.

Requerimientos de antiguas clientas, conocidas del taller, a las que llamó, aparcando el orgullo y la esperanza de encontrar un nuevo empleo, cuando se vio en la puta calle.

Les dijo que estaba dispuesta a coser para ellas, les aseguró que no tendrían que desplazarse, que las atendería a domicilio y que les haría un precio ajustado, mejor que el del taller.

Algunas tienen cuerpos difíciles, demasiado cortos, demasiado gruesos, achaparrados, cargados de pecho o de espaldas, hechuras propias y poco afortunadas que requieren numerosos ajustes y que las aludidas no encuentran en el prêt à porter .

Otras, las más exigentes, pretenden imitar detalles o modelos enteros, caprichos exclusivos, vestidos a copiar de una revista, como si imitando con toda exactitud el vestido o la falda pudieran reproducir un estilo envidiable y un cuerpo pluscuamperfecto.