Sábado #3
Y, a pesar de que el policía no es hombre de verbo fácil, sus explicaciones al amigo son detalladas y concienzudas, el mejor de los informes policiales.
Infinitamente más claro y preciso que el que tiene la obligación de presentar a sus superiores.
Una costumbre que se ha visto felizmente alterada por la presencia de Iván Cabrera entre sus colaboradores.
Entre otras cosas, delante de Ignasi Romeu el policía acostumbra a llamar a las cosas por su nombre, olvida los eufemismos y descarta los giros propios del lenguaje policial.
Mientras Tedesco hace una pausa para llevarse la minúscula taza hasta la boca, Romeu aguarda sin apartar la vista ni un centímetro. Tanto es así que se diría congelado en su silla, como un hombre de los hielos.
Con el tiempo, Tedesco ha descubierto que en el fondo le complace hablar tanto de los casos resueltos como de los que no llegan a cerrarse, que son muchos y pesan en el ánimo, y se agostan para siempre en la memoria de los dispositivos.
Por otra parte, la mirada de Ignasi sobre algunos asuntos resulta útil, distante y cercana a la vez, diferente.
Cuestión de perspectiva. Mediado el café, el policía le habla de Daniel, de Gervasio Cruces y de Alfredo Colorado.
—Tiene su lógica, Colorado conseguía dinero y se sacaba la espina. Es curioso, Mauricio, un caso interesante, triste, muy triste, pero interesante —comenta Ignasi con los ojos ligeramente entornados y en el rostro la expresión del que paladea un buen vino.
—Todos los niños acabaron regresando a sus casas, todas las familias, excepto las de Ainhoa y Daniel, acabaron pagando un rescate.
Tres de ellas alertaron a la Policía, pero los padres retiraron la denuncia por la desaparición del menor pocos minutos después.
En cuanto recibieron la llamada de Colorado siguieron sus instrucciones.
Aseguraron que el niño se había extraviado y que ya estaba en casa.
Nadie comprobó que el niño perdido durmiera esa noche en su cama.
Ignasi no pregunta, sabe cómo funcionan las cosas en una comisaría, y si una desaparición se resuelve por sí sola lo normal es dar por sentado que el niño ha acabado por aparecer.
—El pobre hombre jura que era solo una actividad temporal, algo transitorio, la única salida que acertó a… No tenía otra, o por lo menos no vio otra.
—¿Y crees en su palabra? —aventura Ignasi con una sonrisa.
Tedesco asiente mientras el camarero de la pajarita deposita otra taza de café junto a sus manos cruzadas sobre la mesa.
El camarero, un hombre que parece sobrepasar de largo la edad de jubilación, no habla, solo sonríe antes de alejarse de vuelta a la barra con la bayeta en una mano y la bandeja plateada en la otra.
Tedesco le corresponde con una mueca que recuerda a una sonrisa.
—Secuestros a medida. Decidió pagar con la misma moneda, secuestros a la medida del bolsillo —comenta Ignasi, mientras se pasa una mano por el pelo largo y completamente blanco que hace que recuerde a un sofisticado director de orquesta sin orquesta—.
Tiempos de globalización, Mauricio. Eso es lo que son.
Importamos lo bueno y lo peor. Dicen que el mundo se hace pequeño. Pequeño para lo bueno y para lo malo.
Tedesco, cansado de hablar, calla y suspira. Recuerda unos versos que leyó una vez, versos casi proféticos:
Vendrán más años tristes
y nos harán más fríos
y nos harán más secos
y nos harán más torvos.
—¿Sabes otra cosa? —añade—. Su familia no sabe nada, no sospecha nada. Les ha dicho que ha encontrado trabajo en una fábrica, en lo suyo, como transportista. Con el primer rescate compró una moto de segunda mano para no arriesgar. La aparca lejos, en casa no podría explicar…
Tedesco se detiene y carraspea.
—Alfredo Colorado se levanta muy temprano y sale de casa, se pasa el día en las calles.
Lo que más miedo le da es encontrarse a su hijo, el de los buzones.
A veces busca trabajo y alguna vez, si hay suerte y le sale una chapuza, echa unas horas, la limpieza de un local, la pintura de un piso, una mudanza…
Poca cosa. Distrae el tiempo como puede hasta las cinco de la tarde, a esa hora vuelve a casa.
Por eso la cita era muy temprano en un polígono, pensó que no había mejor momento ni mejor lugar.
Ignasi saca un cigarrillo del paquete y lo sostiene apagado entre los dedos. Entiende que el relato ha acabado y que no tardarán en abandonar el local.
Permanecen en silencio hasta que, a un gesto de Tedesco, se ponen en pie, se estrechan la mano y, sin palabras, se citan el lunes en el mismo lugar a primera hora de la mañana.
— Ciao , Colombo —se despide Romeu, mientras enciende el pitillo y comprueba que salpican la acera las primeras gotas de un aguacero prometedor.
Hace años que llama así a Tedesco por su descuido en el vestir y por su inclinación a reparar en los detalles más insignificantes.
También por una bonhomía comparable a la del detective de ficción y, aunque nunca lo haya explicitado por parecerle demasiado doloroso, por la ausencia de una esposa que en la serie de ficción no aparecía nunca y que Tedesco ha perdido en la vida real.