CAPÍTULO 34 #2
—Usted me enseñó.
—No.
—La cinta sí.
Silencio.
• • •
El helicóptero descendió. Una alarma apareció en la cabina. El barco había activado defensas. No armas. Interferencia. Los altímetros comenzaron a mostrar alturas distintas. Treinta metros. Ciento diez. Seis.
Idris desconectó el sistema automático.
—Qué amable —dijo.
El piloto lo miró.
—No vemos la cubierta.
—Yo sí.
—¿Dónde?
—Donde no hay olas.
Idris inclinó la aeronave y descendió utilizando referencias visuales.
El primer León volvió a hablar:
—Si aterrizan, el barco se hunde.
Benítez tomó el micrófono.
—¿Quién asume esa decisión?
—Yo.
—Nombre.
—Nadie.
—No es un nombre humano verificable.
—Es el único que no pone en riesgo a otros.
—Hay ciento ochenta y nueve personas debajo.
—Precisamente.
—¿Ellas aceptaron hundirse?
La voz permaneció en silencio.
Mara intervino:
—Algunas sí. Otras no. ¿Correcto?
—No conocen la alternativa.
—Usted tampoco puede decidirla por ellas.
—Los puertos tomarán huellas. Los gobiernos reclamarán cuerpos. Las familias publicarán rostros. Los médicos intentarán reconstruir identidades antes de que puedan negarse.
—Podemos trasladarlos como pacientes sin identidad canónica.
—Esa categoría durará hasta la primera orden judicial.
—Entonces registraremos quién la emite.
—Y mientras discuten, alguien ya habrá entrado en sus recuerdos.
—Eso no le da derecho a llevarlos hacia una tormenta.
La voz respondió con calma:
—No los llevo hacia la tormenta. La tormenta viene hacia nosotros.
—Cambie el rumbo.
—No.
—¿Qué consecuencia?
—Si salimos de la zona, cuatro fuerzas llegarán antes que su operativo. Dos intentarán recuperar ocupantes. Una destruirá el archivo. La cuarta todavía no sabe qué quiere.
Celeste confirmó desde la red. Los perseguidores habían corregido dos señuelos. Se acercaban al Janus real.
—Tenemos dieciséis minutos —dijo.
Idris descendió. El barco volvió a interferir. Él continuó manualmente.
—No aterrice —ordenó la voz.
—No estamos pidiendo permiso —respondió Idris.
—Entonces no aprendieron nada.
—Aprendí a distinguir una pista de una amenaza.
El helicóptero tocó la cubierta. Una rueda golpeó con violencia. La aeronave se inclinó. Idris compensó. El tren quedó apoyado entre dos contenedores vacíos.
—Aterrizaje —dijo—. Más o menos.
• • •
León, Mara y Benítez descendieron. Clara permaneció dentro. Antes de que León cerrara la puerta, ella lo sujetó del brazo sano.
—No lo llames padre si no querés.
—No sé qué quiero.
—Eso no te impide entrar.
Él asintió.
El helicóptero volvió a elevarse para evitar que una ola lo arrastrara. Idris mantuvo posición sobre el barco con Clara y el equipo médico.
En cubierta, el viento hacía difícil permanecer de pie. Mara aseguró una cuerda entre los tres. Benítez llevaba arma. León, no.
La escotilla principal estaba cerrada. Sobre ella había una placa:
EQUIPO AUTORIZADO.
No persona.
León golpeó dos veces.
—Venimos por los ocupantes.
La voz respondió desde un altavoz oxidado.
—Ellos no son ocupantes.
—¿Qué son?
—Personas que eligieron no volver.
—¿Todas?
Pausa.
—No.
La puerta se abrió.
• • •
El interior del Janus no olía a barco. Olía a hospital. Desinfectante. Metal frío. Aire reciclado. Las paredes habían sido reforzadas con paneles aislantes. Las conducciones no correspondían a la estructura original. El carguero era una cubierta alrededor de otra instalación.
Avanzaron por un corredor iluminado con luces rojas. Cada veinte metros aparecía una puerta numerada.
1.
2.
3.
4.
5.
No seguían un orden continuo. Eran expedientes. Personas que habían entrado en Archivo Cero en décadas distintas.
—¿Dónde están los ciento ochenta y nueve? —preguntó Benítez.
—Distribuidos —respondió la voz.
—Necesitamos evaluar sus condiciones médicas.
—Eso requiere acceso.
—Sí.
—No.
Mara se detuvo frente a una cámara.
—¿Qué quiere que hagamos?
—Que se retiren.
—La tormenta puede interrumpir soporte vital.
—Los sistemas sobrevivirán.
León tocó la pared. La vibración de las bombas no era regular. Un ciclo funcionaba. El siguiente, no.
—La bomba secundaria falla cada cuatro minutos.
—Está compensada.
—Por una tercera que no debería utilizarse para refrigeración.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó León.
—Suficiente.
—Número.
—Treinta y siete minutos.
Benítez miró el reloj.
—Entonces existe una emergencia.
—Existe una decisión.
—Tomada por usted.
—Sí.
—¿Por qué no despierta a los ocupantes?
—Algunos no sobrevivirían.
—¿Cuántos?
—Setenta y dos.
—¿Y los demás?
—Veintinueve rechazaron despertar.
—¿Cuándo?
—Antes de entrar.
—¿Hace cuánto?
—Entre cuatro y cuarenta y seis años.
Mara endureció la voz.
—Un rechazo de hace cuarenta y seis años no responde a una tormenta de hoy.
—No autorizo interpretar su silencio como consentimiento.
—Usted interpreta su silencio para mantenerlos acá.
La voz se detuvo. La contradicción alcanzó el lugar correcto.
—¿Y los restantes? —preguntó León.
—Ochenta y ocho no dejaron instrucciones suficientes.
—Entonces no puede decir que eligieron no volver.
—Tampoco que quieren ser rescatados.
—Correcto.
—¿Qué propone?
—Preservar sus cuerpos sin asignarles una identidad ni un destino hasta que puedan decidir.
—En tierra perderé el control del perímetro.
—Ese es el problema.
—Sí.
—No quiere que otros tengan autoridad sobre ellos.
—No.
—Pero la conserva usted.
Pausa.
—Yo no poseo autoridad.
—Controla puertas, soporte vital, rumbo y acceso.
—Una función necesaria.
—Keller decía lo mismo.
Las luces del corredor parpadearon. El primer León respondió con una dureza nueva:
—No me compare con Keller.
—Keller fue construido con sus métodos.
—Sin mis límites.
—Eso dicen todas las funciones de quienes las heredaron mal.
Mara miró a León. El ataque era personal. También exacto.
La voz guardó silencio durante diez segundos. Después abrió una segunda puerta.
—Sigan.
• • •
Descendieron dos niveles. El ruido de las bombas se volvió más fuerte.
La temperatura bajó. En una sala circular encontraron siete cápsulas abiertas.
Personas despiertas. Una mujer de cabello blanco los observaba desde una silla.
Un hombre extremadamente delgado permanecía junto a un panel.
Dos personas dormían bajo mantas. Las otras tres sostenían armas antiguas. Ninguna las apuntaba. Todavía.
La mujer habló:
—Le dijimos que no los dejara entrar.
Benítez mantuvo las manos visibles.
—¿Nombre?
—Lucía.
—¿Apellido?
—No lo necesito para hablarle.
León recordó el primer sobre de la caja.
LUCÍA M.
Niña de ocho años. Uno de los trescientos diecisiete sujetos de Madrid.
—Estuvo en la instalación Nadir —dijo.
La mujer lo miró.
—Usted tiene su voz.
—¿De quién?
—Del hombre que abrió la primera puerta.
El primer León.
—¿Cuánto tiempo lleva en el barco?
—Cuarenta y cuatro años.
Mara observó las cápsulas.
—¿Eligió permanecer?
—Elegí que no me devolvieran a quienes me habían vendido.
—Eso no obliga a seguir acá.
—No.
—¿Quiere bajar a tierra?
Lucía miró las armas. Después las cápsulas.
—¿Con qué nombre?
—Lucía.
—No alcanza para cruzar un puerto.
—Presencia médica provisional.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que pueda decidir.
—¿Quién impide que un juez me declare incapaz y entregue mi cuerpo a otro país?
Benítez respondió:
—Yo no puedo impedirlo para siempre.
—Entonces no puede ofrecerme salida.
—Puedo ofrecerle que cualquier intento lleve el nombre de quien lo ordena.
Lucía sonrió con cansancio.
—Los nombres no detienen puertas.
—No —dijo Mara—. Pero permiten encontrarlas después.
—Después.
La palabra era una acusación.
Lucía miró a León.
—Usted vino por su padre.
—Vine por ciento ochenta y nueve personas.
—Mintió mejor que él.
—También vine por él.
La mujer asintió.
—Eso sí.
• • •
Una alarma comenzó a sonar. Las bombas de refrigeración perdieron presión. Treinta y dos minutos. En el radar interno aparecieron dos embarcaciones rápidas acercándose desde el noroeste. Una aeronave descendía desde el este. Celeste había perdido tres señuelos.
—Ya saben dónde estamos —dijo Mara.
Lucía miró la pantalla.
—La Oficina.
—Una parte.
—No existen partes. Cuando una función se rompe, todas creen ser la original.
El hombre delgado señaló la cubierta inferior.
—Podemos evacuar doce cápsulas por vez.
—Dos helicópteros —dijo Benítez—. Necesitamos apoyo marítimo.
—Llegará en veintiocho minutos —respondió Mara.
—Demasiado tarde.
Lucía observó a León.
—Él puede mantener las bombas.
—¿Dónde está?
—Sala de máquinas.
—Quiero verlo.
—No.
—La señal biológica se mueve desde allí.
—Sí.
—Entonces no está en una cápsula.
—Nunca aceptó entrar.
La voz del primer León habló por el altavoz:
—Lucía.
Ella bajó la mirada.
—No debía decirlo.
—Ya lo sabe.
León se acercó al intercomunicador.
—Abra la sala de máquinas.
—No.
—¿Por qué?
—Porque necesito mantener el barco en funcionamiento.
—Puedo ayudar.
—No.
—¿Porque no confía en mí?
—Porque sé exactamente qué hará cuando me vea.
—Yo no.
—Intentará convertirme en su padre.
Clara escuchó desde el helicóptero. El canal permanecía abierto.
—Lo sos —dijo.
Toda la sala quedó inmóvil.
La voz respondió:
—Clara.
—Abrí la puerta.
—No.
—Cincuenta y un años.
—No conviertas el tiempo en autoridad.
—No. Lo convierto en cansancio.
El primer León no respondió.
—No quiero restaurarte —continuó Clara—. No quiero llevarte a una casa ni pedirte que recuerdes una vida que te arrancaron. Quiero verte antes de que vuelvas a decidir desaparecer.
—Ver no cambia nada.
—Para vos, quizá.
—El hombre que conociste ya no existe.
—Entonces dejame conocer al que sigue hablando con su voz.
• • •
La bomba secundaria se detuvo. Las luces cambiaron de rojo a blanco. El barco comenzó a inclinarse. Lucía se sujetó de la consola.
—Está abriendo las compuertas de lastre.
Benítez levantó el arma.
—¿Va a hundirnos?
—No —dijo León.
Escuchó la vibración. El agua entraba solo en dos tanques.
—Está estabilizando el casco para evacuar las cápsulas.
Lucía miró las pantallas. Era cierto. La cubierta de popa descendió hasta quedar más cerca del nivel del mar. Las puertas del archivo comenzaron a abrirse.