CAPÍTULO 23 #4
Mara abrió comunicación con Umbral. Samuel respondió. Tomás estaba consciente, pero no podía hablar mucho. Gregor Hahn permanecía bajo custodia médica.
—Necesitamos que el avión aterrice como vuelo Siete-Cuatro-Uno y despegue con otra misión —dijo León.
Samuel revisó permisos.
—La Oficina bloqueará cualquier salida.
—No si la carga cambia de propietario antes de tocar tierra.
—¿A quién?
—Al Esperanza.
Lucía Ferreyra respondió desde el buque hospital. Los suministros médicos se encontraban oficialmente bajo su custodia. Podía declarar que los módulos eran equipos devueltos para revisión sanitaria.
—Eso no los vuelve invisibles —dijo.
—No.
—¿Entonces?
—Obliga a quien los capture a intervenir una cadena hospitalaria que ahora conoce las consecuencias.
Lucía guardó silencio.
—Acepto la custodia —dijo—. No la propiedad.
—Registre el límite.
Samuel preparó la nueva autorización. El avión aterrizaría bajo orden de entrega. Después despegaría como evacuación técnica del Esperanza. Dos funciones incompatibles sobre el mismo fuselaje. Suficiente para dividir las órdenes durante algunos minutos.
—¿Y ustedes? —preguntó Samuel.
León miró la carretera.
—No aterrizaremos.
• • •
La compuerta se abrió a trece metros sobre la cantera. El viento entró con una violencia que arrancó papeles, herramientas y una de las correas vacías. Idris mantenía el avión al límite de la pérdida; las alarmas gritaban. Abajo, la explanada se movía demasiado rápido.
Los cuatro sistemas inflables estaban unidos formando una plataforma flexible. No amortiguarían una caída vertical completa. Solo podían convertirla en algo quizá sobrevivible.
Mara se aseguró el arnés. Amalia llevaba la placa de Eco dentro de una funda rígida. León observó la tierra.
—Primero Amalia.
—No —dijo Mara—. Usted primero.
—Necesita que alguien estabilice la plataforma.
—Y usted necesita dejar de decidir quién cae antes.
León la miró. No había tiempo para discutir. Eso no le concedía razón.
—Juntos.
Los tres se sujetaron. Idris habló por el intercomunicador:
—Cuando diga ahora, no piensen.
—Eso será nuevo para uno de nosotros —respondió Mara.
El avión descendió. Doce metros. Diez. La cantera se acercó.
—Ahora.
Saltaron. El aire los arrastró hacia atrás. La plataforma giró. Amalia gritó. Mara perdió una mano del arnés. León la sujetó. Golpearon el suelo.
El sistema inflable absorbió el primer impacto. No el segundo. Rodaron sobre piedras y polvo. La funda de Eco salió despedida. Amalia quedó inmóvil. Mara golpeó contra un montículo. León sintió que algo se abría dentro de su hombro.
El avión pasó sobre ellos y volvió a elevarse. Durante varios segundos solo existió el ruido de los motores alejándose.
Mara se incorporó primero. Sangraba por la frente.
—¿Amalia?
La restauradora abrió los ojos.
—Estoy.
Movió las piernas. Después los brazos. Dolor. Ninguna fractura evidente.
León se levantó con dificultad. El hombro derecho no respondía por completo.
Mara encontró la funda. Eco seguía intacto.
Sobre la carretera esperaban dos motocicletas. No había personas. Las llaves estaban colocadas. En una de ellas, una pequeña P amarilla.
Prisma. Celeste había preparado otra salida.
—¿Cuándo? —preguntó Mara.
León observó el depósito lleno y la dirección de las ruedas.
—Antes de que supiera que la necesitaríamos.
—Está esquivando.
—Nunca lo hace.
Subieron. Amalia viajó detrás de Mara. León condujo la otra motocicleta con un solo brazo útil.
La estación de telecomunicaciones estaba a dieciséis kilómetros. Tiempo de consulta restante:
00:19:12.
Tiempo estimado: diecisiete minutos.
Mara encendió el motor.
—Llegamos con dos.
León miró las sierras.
—Tomás siempre quiso cinco.
Aceleraron.
• • •
En el sexto nivel, Viktor Sokolov recibió la respuesta sobre su hijo. Pavel Sokolov había sobrevivido. Tenía treinta y un años. Vivía en Praga. Trabajaba como profesor de música. Mishka, el perro, había muerto hacía once años.
Viktor leyó los datos. La función de seguridad continuaba esperando una orden.
—¿Quiere hablar con él? —preguntó Isabel.
El hombre observó la pantalla.
—No sabrá quién soy.
—Eso puede decidirlo él.
—Estoy muerto.
—Oficialmente.
—Para mi hijo también.
—Entonces tiene derecho a decirle qué parte no puede afirmar.
Viktor miró su reflejo en la cápsula. Doce años de condicionamiento. Un cuerpo preparado. Recuerdos interrumpidos. Una función que ya sabía utilizar armas, protocolos y redes que él no recordaba haber aprendido.
—No sé si soy su padre.
—Recuerda a Mishka.
—Eso puede ser implantado.
—Sí.
—Recuerdo una flauta roja en su primer concierto.
—También puede ser implantado.
—Entonces ¿qué queda?
Isabel miró la sala.
—La posibilidad de preguntarle.
Viktor apoyó la mano sobre el lector. La función de seguridad solicitó confirmar autoridad. Él seleccionó:
SUSPENDER.
CONSECUENCIA: INSTALACIÓN SIN DIRECCIÓN DE SEGURIDAD.
—Asumo —dijo.
El sistema registró su nombre humano. No la función. Viktor Sokolov.
El quorum quedó definitivamente invalidado. Las ciento treinta y cinco cápsulas restantes regresaron a modo de suspensión. Las siete abiertas permanecieron conscientes. Personas sin documentos vigentes. Muertos con cuerpos vivos. Funciones sin autoridad.
El problema ya no era impedir que despertaran. Era decidir qué mundo podía recibirlos.
Leclerc miró la llave de purga. La retiró de la consola. La dejó en el suelo.
—Keller terminó.
Isabel negó.
—Una función no termina porque una persona desobedezca una vez.
—Entonces tendré que hacerlo otra.
• • •
Las alarmas del nivel comenzaron a sonar. La consulta distribuida estaba a punto de finalizar. Las puertas exteriores recibieron nuevas órdenes.
Moreau había encontrado otra forma. No una firma humana. Una resolución judicial de continuidad emitida por un tribunal compuesto por sistemas automáticos.
AUTORIZACIÓN DE INTEGRACIÓN LOCAL ANTE RIESGO DE PÉRDIDA DE INFRAESTRUCTURA.
Isabel miró el tiempo.
00:14:59.
—León no llegará.
Leclerc observó la superficie.
—No necesita entrar.
—Eco debe conectarse físicamente con la matriz.
—La estación tiene antenas.
—Moreau controla las frecuencias.
—No todas.
El hombre levantó la consola Keller.
—La Custodia construyó una frecuencia que ningún sistema debía reconocer.
—¿Puede llegar al exterior?
—Sí.
—¿Puede recibir Eco?
—No datos completos.
—Entonces ¿para qué sirve?
Leclerc miró las ciento cuarenta y dos cápsulas.
—Para emitir una sola orden cuando todo lo demás haya fallado.
—¿Cuál?
La pantalla mostró el nombre del protocolo:
ARCA CIEGA.
La instrucción final de Keller. Cuando ninguna autoridad pudiera distinguir una restauración de una toma de poder, debía desconectar todas las funciones de sus cargos y publicar sus identidades humanas. No matarlas. Exponerlas.
—¿Por qué no lo activó antes? —preguntó Isabel.
—Necesita un Testigo.
—Tomás.
—No.
Leclerc la miró.
—Alguien que esté afuera de todas las funciones.
En la consola apareció:
LEÓN VARDA.
Isabel comprendió. Keller había protegido una última puerta que ni Helena, ni Stein, ni Nodo Sur conocían. No porque confiara en León. Porque León era la persona a la que todos habían convertido en amenaza. El único cargo que nunca aceptó ocupar.
La señal de las motocicletas apareció sobre las cámaras exteriores. Dos luces ascendían por la carretera.
La consulta distribuida marcaba:
00:11:47.
León llegaba. Y debajo de la montaña, ciento cuarenta y dos personas esperaban que alguien decidiera si sus nombres debían ser devueltos antes que sus funciones.
La cuenta regresiva de Nadir continuaba:
04:18:59.