El Meridiano CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

ARCA CIEGA

La estación de telecomunicaciones no parecía capaz de esconder un gobierno.

Desde la carretera solo se veían tres construcciones bajas, una torre oxidada y varias antenas parabólicas inclinadas hacia puntos distintos del cielo.

La vegetación había invadido los cercos.

Algunas ventanas estaban rotas. Un cartel advertía sobre riesgo eléctrico en letras borradas por años de lluvia.

Era el aspecto correcto para un lugar destinado a sobrevivir al final del mundo.

Las motocicletas subieron por el último tramo de montaña. Mara conducía delante. Amalia se sujetaba detrás con la funda de Eco apretada contra el pecho. León avanzaba unos metros más atrás, controlando el manubrio con la mano izquierda. El hombro derecho le ardía desde la caída en la cantera.

La consulta distribuida marcaba:

00:10:21.

El cielo comenzaba a clarear hacia el este. La cuenta regresiva de Nadir continuaba:

04:07:33.

A ciento cincuenta metros de la entrada, las luces de ambas motocicletas se apagaron. Los motores siguieron funcionando.

—Interferencia —dijo Amalia.

Mara aceleró. Una barrera metálica surgió del suelo frente a ellas. Giró sobre la tierra, evitó el obstáculo y entró por una abertura lateral del cerco. La rueda trasera golpeó contra una piedra. Amalia casi cayó.

León intentó seguirla. La segunda barrera apareció tarde. No delante. Debajo. Una placa se elevó justo cuando pasó sobre ella. La motocicleta salió despedida hacia un costado. León soltó el manubrio antes del impacto. Cayó sobre la tierra y rodó hasta golpear contra un poste.

El dolor atravesó el hombro. Durante unos segundos no pudo respirar.

Mara frenó y regresó corriendo.

—¿Puede moverse?

—Sí.

—Eso no fue una respuesta médica.

—No es médica.

Ella lo ayudó a levantarse. Un zumbido descendió desde la torre. Dos drones de seguridad aparecieron sobre las antenas. No llevaban explosivos. Tenían cámaras, altavoces y armas no letales diseñadas para detener intrusos sin dañar equipos.

Una voz femenina habló desde ambos.

—León Varda, entregue Eco y permanezca donde se encuentra.

Moreau.

Amalia descendió de la motocicleta.

—¿Puede ver la placa?

—Puede rastrear la firma —respondió León.

—Entonces sabe que está fuera del avión.

—Sí.

Mara miró los drones.

—¿Puede dispararnos?

—No necesita matarnos.

El primer aparato lanzó una descarga. Mara empujó a Amalia. Los electrodos golpearon el suelo. León observó el movimiento del segundo dron. Antes de disparar, inclinaba el cuerpo hacia la izquierda para compensar el retroceso.

—Cuando baje —dijo—, corran hacia la torre.

—¿Y usted?

—Después.

—No.

—Mara.

—No vuelva a elegir el orden.

León la miró. El dron descendió.

—Los tres —dijo ella.

Esperaron. La máquina inclinó el cuerpo. Corrieron. La descarga pasó detrás. Amalia alcanzó la base de la torre. Mara llegó un segundo después. León avanzó más lento. El segundo dron se alineó con su espalda.

Antes de disparar, una tercera luz apareció al otro lado del cerco. Una motocicleta idéntica a la de Mara avanzó sola por la carretera. Después otra. Y otra. Firmas térmicas surgieron alrededor de la estación. Ocho personas inexistentes corrían entre los edificios. Los drones cambiaron de objetivo.

En la pantalla del comunicador de Mara apareció una P amarilla. Debajo, una frase:

UNA SALIDA ES LOGÍSTICA.

OCHO SON TEATRO.

Celeste. Prisma había activado señuelos térmicos escondidos dentro de las motocicletas.

—¿Cuándo preparó esto? —preguntó Amalia.

—Antes de que supiéramos que lo necesitaríamos —respondió León.

Mara le lanzó una mirada.

—No vuelva a contestar eso.

•  •  •

Entraron en la torre. La puerta de mantenimiento no reconocía credenciales humanas. Solo equipos. Amalia apoyó Eco sobre el lector. La matriz envió una firma parcial. El sistema aceptó la placa como componente técnico pendiente de integración. La puerta se abrió.

—Nos considera parte de la máquina —dijo Mara.

—Por ahora —respondió León.

Una escalera de metal descendía en espiral. No había ascensor disponible. La energía se concentraba en los niveles inferiores.

Mientras bajaban, Moreau volvió a comunicarse a través de los altavoces.

—Arca Ciega no protege a esas personas.

—¿Qué hace? —preguntó Mara.

—Las expone.

—Usted las convirtió en autoridades sin decirles quiénes eran.

—No fui yo.

—Ocupa la función.

La respuesta llegó con precisión.

—No utilizaré una responsabilidad que ustedes mismos declararon inválida.

—Entonces hable como Elise Moreau.

Silencio.

León continuó descendiendo.

—No puede —dijo.

—Puedo.

—No sabe qué recuerdos pertenecen a Elise.

—Tampoco usted sabe cuáles le pertenecen.

—Correcto.

La admisión detuvo a Moreau durante un segundo.

—Entonces comprende el problema —dijo ella—.

Arca Ciega publicará identidades incompletas.

Familias descubrirán que personas muertas llevan años encerradas.

Gobiernos intentarán recuperarlas. Otros intentarán asesinarlas.

Algunas funciones contienen conocimientos capaces de desestabilizar países enteros.

—¿Y su solución es mantenerlas dormidas hasta necesitarlas?

—Mi solución es impedir que una liberación indiscriminada las convierta en objetivos.

—¿Conservarlas como herramientas es protegerlas?

—Mantenerlas vivas es un comienzo.

Mara se detuvo en un descanso.

—Mi madre también está viva porque decidió encerrarse dentro de su sistema. No convierte el encierro en libertad.

—Isabel eligió.

—Ellos no.

—Algunos sí.

—¿Cuáles?

Moreau no respondió.

—Ese es el problema —dijo Mara—. Ni siquiera usted sabe quién aceptó.

La voz se apagó.

La consulta regional continuaba:

00:07:48.

•  •  •

Llegaron al quinto nivel. La sala circular estaba vacía. La puerta que había encerrado a Isabel permanecía abierta. La ventilación funcionaba otra vez, pero las líneas rojas continuaban iluminando el suelo.

Sobre la consola central aparecía:

PRIORIDAD CERO.

IMPUGNACIÓN DISTRIBUIDA EN CURSO.

Mara observó el lugar donde su madre había esperado. Había una pequeña mancha de sangre junto a la matriz. No se detuvo.

La escalera hacia el sexto nivel estaba abierta. Desde abajo llegaban voces. Personas preguntando fechas, nombres, lugares. Una mujer llorando en italiano. Un hombre repitiendo una canción infantil. Otra voz exigía saber por qué su país la había declarado muerta.

No sonaba como un comité preparado para gobernar. Sonaba como una sala de espera después de un accidente.

Mara descendió primero. Vio a Isabel antes de llegar al último escalón. La reconoció inmediatamente. Cabello más corto, canas, el rostro más delgado. Una cicatriz cerca de la mandíbula que no recordaba.

Veintitrés años habían modificado casi todo. No la manera de inclinar la cabeza cuando intentaba ocultar miedo.

Isabel miró hacia la escalera. Durante unos segundos ninguna habló. Mara había imaginado ese momento muchas veces. En algunas versiones la abrazaba. En otras la golpeaba. En la mayoría, Isabel explicaba algo capaz de convertir la ausencia en una decisión comprensible.

La mujer que esperaba delante no parecía tener ninguna explicación suficiente.

—Llegaste —dijo Isabel.

—Sí.

Eso fue todo. No porque no hubiera más. Porque cualquier frase mayor habría intentado resolver veintitrés años en un instante.

Mara bajó el último escalón. Isabel miró la herida de su frente.

—Estás sangrando.

—Vos también.

—La mía es más vieja.

—Siempre necesitás ganar.

Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Isabel. Desapareció rápido.

—Después —dijo Mara.

—Después.

No se abrazaron. Tampoco se apartaron. Permanecieron lo bastante cerca para reconocer que ambas estaban allí.

•  •  •

Leclerc esperaba junto a la consola de purga. Había retirado la llave roja. La sostenía en una mano.

—Arca Ciega está preparada.

León observó las cápsulas. Siete abiertas.

Ciento treinta y cinco cerradas. Las personas despiertas se encontraban en distintos estados.

Sofía Neri estaba sentada junto a su cápsula, preguntando a una terminal por su hijo.

Jonas Klein escuchaba una grabación en yidis.

Amina El-Hadi había solicitado papel y escribía todos los nombres que recordaba.

Farah Nadim observaba su fotografía sin tocarla.

Rafael Montoya intentaba ponerse de pie.

Mercedes Lago miraba las luces como si buscara el color de un amanecer.

Viktor Sokolov permanecía frente a una pantalla donde aparecía el número de su hijo. No había realizado la llamada.

—¿Qué publica exactamente? —preguntó León.

Leclerc abrió el protocolo.

ARCA CIEGA

OBJETIVO: IMPEDIR SUCESIÓN ENCUBIERTA DE FUNCIONES.

ACCIONES:

1. SUSPENDER AUTORIDAD DE TODAS LAS FUNCIONES PREPARADAS.

2. PUBLICAR EXISTENCIA DE LOS OCUPANTES.

3. PUBLICAR CORRESPONDENCIA ENTRE FUNCIÓN E IDENTIDAD.

4. LIBERAR ARCHIVOS DE PREPARACIÓN Y CONDICIONAMIENTO.

5. TRANSFERIR CUSTODIA A AUTORIDADES CIVILES.

Mara leyó la última línea.

—¿Qué autoridades?

—Las disponibles —respondió Leclerc.

—Eso puede devolverlos a la Oficina.

—Sí.

—Entonces no es una salida.

—Es un protocolo Keller. No fue construido para proteger personas. Fue construido para impedir que otro sistema las utilizara.

León miró las acciones. Publicar todos los archivos demostraría la arquitectura. También expondría traumas, familias, recuerdos implantados y condiciones médicas. La verdad completa podía convertirse en otra forma de propiedad.

—No activaremos la tercera y la cuarta acción.

Leclerc negó.

—El protocolo no permite elegir.

—Entonces lo modificamos.

—Arca Ciega está aislada. Solo acepta una orden completa.

—¿Quién la diseñó?

—Keller.

—Una persona.

—Una función distribuida entre muchas personas.

—Alguien escribió el código.

Leclerc observó la llave.

—La primera versión fue de Adrian Keller.

—¿Cuál?

—No lo sé.

—Entonces tampoco sabe si la imposibilidad de modificarlo es técnica o una orden que aprendió a repetir.

Leclerc endureció la expresión.

—Lo revisé.

—Con herramientas de Keller.

—Sí.

—Busque la contradicción.

—No hay tiempo.

La consulta marcaba:

00:05:02.

•  •  •

Isabel se acercó.