CAPÍTULO 17 #3
Primer módulo: diseñador de arquitectura de contradicción, responsable de auditoría, testigo contra Tomás Vale.
Segundo módulo: colaborador de Génesis, autorizante de Simulación Orfeo, riesgo de continuidad.
Las versiones eran compatibles.
Amalia desconectó y conectó el siguiente par.
Tercer módulo: investigador independiente, memoria bloqueada voluntariamente, objetivo de protocolo Stein.
Cuarto módulo: cómplice operativo de Nadir, responsable de extracción de El Meridiano.
Mara miró la proyección.
—Eso es falso.
—Sí —dijo León.
—El cuarto está contaminado.
—O el tercero.
—Sabemos que no extrajo la esfera.
—Sabemos lo que recordamos haber visto.
El quinto módulo añadió: autor intelectual de la desaparición pública. El sexto: opositor interno a Génesis, protector de la secuencia. El séptimo: fallecido administrativamente quince años atrás. El octavo: identidad de continuidad activa bajo función Stein.
Amalia observó las ocho versiones. No era una división de cuatro y cuatro. Cada una contenía una parte verdadera y una parte imposible.
—Todos están contaminados.
—No —respondió León—. Todos fueron entrenados con realidades distintas.
—Entonces nunca podían formar consenso.
—Podían, mientras una persona no tuviera contradicciones fundamentales.
Mara comprendió.
—Nodo Sur funciona para vidas simples.
—Para vidas dispersas —corrigió Amalia—. No simples.
—Pero cuando una persona tiene varias identidades oficiales...
—El sistema debe elegir.
León miró su nombre multiplicado. Isabel no había contaminado Nodo Sur. Había descubierto su límite. La red que pretendía reconstruir personas desde sus relaciones terminaba creando una versión mayoritaria cuando las relaciones se contradecían.
Otra forma de Índice. No basado en riqueza. Basado en consenso. La identidad menos apoyada desaparecía.
—No debemos separar los módulos.
—La advertencia dice lo contrario —respondió Idris.
—La advertencia no dice que estén contaminados. Lo dijo la mujer que atacó al conductor.
—¿Entonces?
—No dejen que los ocho lleguen juntos porque, si se conectan antes de encontrar Testigo, elegirán una versión de cada persona.
Mara miró la fotografía.
—¿Quién quiere impedirlo?
—Isabel.
—¿Y quién envió a la mujer?
—La Custodia.
—¿Por qué utilizar la foto de mi madre?
—Porque necesita que obedezcamos una advertencia verdadera por una razón falsa.
• • •
El último dron descendió directamente hacia el tanque. Idris cerró la válvula.
—¡Suficiente combustible!
Mara disparó. Falló. Amalia arrojó la placa de Eco sobre la tierra, inclinada hacia la fogata. El reflejo atrajo al dron; la carga impactó a veinte metros. La explosión volcó el camión. El combustible comenzó a derramarse, pero la manguera ya estaba desconectada. Las llamas avanzaron por el suelo.
Idris corrió hacia la cabina.
—¡Suban!
El conductor de la cooperativa intentó levantarse. Mara lo sostuvo.
—No puede venir —dijo Amalia—. El avión está al límite.
León miró el fuego. Los barcos de la cooperativa se acercaban por el camino inferior; dos personas corrían hacia ellos. El hombre estaría acompañado. No necesitaban convertirlo en otra carga para tranquilizarse.
—Déjenlo con los suyos.
Mara lo ayudó a bajar. Idris encendió motores. La última fogata se apagó bajo el viento de las hélices. La pista desapareció. Solo quedaba el resplandor del combustible ardiendo detrás.
—No veo el borde —dijo Mara al subir a la cabina.
—Yo tampoco —respondió Idris.
—Eso no ayuda.
—Nunca prometí ayudar.
Aceleró. El avión avanzó entre oscuridad, tierra volcánica y humo. Las llamas permitieron ver una parte de la pista. No el final.
Idris mantuvo el rumbo. El tren golpeó piedras. La rueda reparada resistió. El océano apareció delante como un vacío aún más negro.
—Velocidad —dijo Mara.
—Insuficiente.
—Otra vez.
—Empiezo a considerar que usted trae mala suerte.
León observó el resplandor detrás. La pista descendía ligeramente hacia el acantilado. No necesitaban alcanzar la velocidad sobre tierra. Podían utilizar la caída.
—No levante antes del borde.
Idris lo miró.
—Eso suele ser lo contrario de despegar.
—La meseta tiene treinta metros.
—Y agua abajo.
—Treinta metros de aire.
Idris mantuvo el morro bajo. La pista terminó. El avión cayó. Amalia gritó desde la bodega; los módulos tensaron las correas. El océano subió hacia el parabrisas.
Idris aumentó potencia. La aeronave descendió veinte metros. Después ganó velocidad. Las alas sostuvieron el peso. El avión pasó sobre las olas y comenzó a elevarse.
Fogo quedó atrás envuelta en humo.
• • •
Pavel encontró a Samira Kassem a las 23:18. No la llamó personalmente. Utilizó una periodista argelina que había investigado durante años las muertes invisibles de trabajadores sin documentación.
Samira vivía en Montpellier. Tenía sesenta y dos años. Trabajaba en una escuela primaria. Recordaba a Nadia como una mujer que cantaba mientras limpiaba y enviaba la mitad de lo que ganaba a su familia.
La periodista le explicó que el nombre de su hermana podía convertirse en la primera prueba pública de un sistema secreto. No mencionó mercados. No habló de gobiernos. Solo dijo que millones de personas sabrían que Nadia había existido.
Samira permaneció en silencio durante casi un minuto. Después preguntó:
—¿También van a decir quién la dejó morir?
La periodista respondió:
—Sí.
—¿Y quién intentó salvar a los otros pacientes?
—También.
—Entonces diga su nombre.
Pavel recibió la autorización grabada. La escuchó dos veces. Abrió el evento de publicación parcial. Sustituyó la entidad financiera elegida por Helena. Introdujo:
NADIA KASSEM.
Adjuntó los registros de Nodo Sur: relaciones, fotografías, testimonios, la falla, el contrato oculto, la transferencia de energía hacia un servidor protegido. Y la voz de Samira diciendo:
—Mi hermana no era un efecto secundario.
Pavel programó la publicación para cuando restaran doce horas. Quedaban:
17:42:06.
• • •
Helena apareció en la puerta de la habitación. No había utilizado la cerradura. Pavel no la oyó entrar. Solo vio su reflejo en una de las pantallas.
—Cambiaste el primer archivo.
Pavel mantuvo las manos sobre el teclado.
—Sí.
—Elegí un financiador.
—Yo elegí una persona.
—No era tu decisión.
—Me pediste que calculara el impacto.
—No que modificara el plan.
—El plan ya estaba basado en un modelo falso.
Helena se acercó.
—Tu modelo.
—Sí.
—Mentiste.
—Sí.
—¿Cuántos morirán? Dame un rango.
—Entre cuatrocientas y ochocientas personas en cuarenta y ocho horas si publica una entidad completa.
Helena observó la pantalla.
—¿Y con Nadia?
—No puedo modelarlo.
—Entonces elegiste aquello que no podías calcular.
—Elegí aquello que el Índice no pudo contar.