CAPÍTULO 17 #2
—Entonces no tiene derecho a convertirla en símbolo.
—Está muerta.
—Eso no elimina a quienes deben vivir después de la publicación.
Mara lo observó. El León que había autorizado una simulación sin leer la última página exigía ahora permiso para pronunciar un nombre. No era redención. Era una diferencia. Pequeña. Pero todas las máquinas comenzaban con decisiones pequeñas.
Pavel respondió:
—La hermana vive en Montpellier.
—Encuéntrela.
—¿Y si dice que no?
—Busque otra víctima.
—Puede que todas digan que no.
—Entonces todavía no construimos una forma de publicar.
La conexión se cortó. Los módulos se apagaron. Las líneas desaparecieron. Los veinte nombres permanecieron unos segundos más. Después también se extinguieron.
• • •
La isla de Fogo surgió en la oscuridad como una montaña negra levantándose desde el océano.
El volcán dominaba la silueta; nubes bajas rodeaban la cima y ocultaban las últimas estrellas.
En la costa aparecían luces dispersas: pequeños pueblos, caminos estrechos, barcos de pesca regresando hacia puertos que no figuraban en ninguna ruta de continuidad.
Idris descendió hacia una meseta situada al sudoeste. No había una pista visible. Nodo Sur transmitió una serie de coordenadas; Amalia las comparó con el mapa preparado por Isabel.
—Debería haber luces.
—No hay —dijo Mara.
Idris mantuvo el descenso.
—Veo el terreno.
—Yo no —respondió ella.
—Por eso yo piloto.
León observó la montaña. Tres puntos rojos se encendieron sobre la ladera. No luces eléctricas. Fogatas. Formaban un triángulo. La pista aparecía entre ellas como una franja más oscura de tierra volcánica.
—Isabel preparó esto sin tecnología —dijo Mara.
—Una luz puede rastrearse —respondió León—. Un fuego parece una decisión local.
Idris bajó el tren de aterrizaje.
—La superficie es corta.
—Todo lo que utilizamos esta noche es corto —dijo Amalia.
—Pistas, tiempos y confianza —añadió Mara.
El avión tocó tierra con violencia. La rueda reparada resistió. Los motores invirtieron potencia. La aeronave se detuvo cerca del borde de la meseta. Abajo, el océano golpeaba contra acantilados invisibles.
• • •
Nadie los esperaba junto a la pista. A cien metros había un camión cisterna. La manguera estaba extendida. El motor, encendido. La puerta del conductor, abierta.
Idris descendió con un arma. Mara lo siguió.
León observó desde la compuerta.
—No hay huellas alejándose.
El piloto miró el suelo. Solo aparecían las marcas del camión.
—El conductor pudo subir a otro vehículo.
—No hay otras ruedas.
Amalia se acercó al tanque.
—¿Entonces dónde está?
León miró la cabina. La puerta abierta ocultaba una parte del asiento. Idris rodeó el vehículo. El conductor estaba dentro, inclinado sobre el volante. No se movía.
Mara buscó pulso.
—Vivo.
Una cápsula sobresalía de su cuello. El mismo método utilizado contra el falso conductor de París.
—Lo durmieron.
—¿Cuándo? —preguntó Idris.
—Hace poco.
León observó la manguera. Ya estaba conectada a la salida del tanque, pero no al avión. En la válvula aparecía una fina capa de polvo blanco.
Amalia la recogió.
—Sal.
—Estamos en una isla —respondió Mara.
—No es del aire.
La restauradora la humedeció. El material se volvió viscoso.
—Polímero.
León miró el interior de la manguera.
—Sella algo.
Idris desconectó la boquilla. Dentro había un cilindro cerámico adherido a la pared. No un explosivo. Una pequeña antena.
—Rastreador —dijo Mara.
León negó.
—Escucha.
El dispositivo no enviaba una señal constante. Registraba lo que atravesaba la manguera: cantidad de combustible, temperatura, composición, momento exacto de la carga.
—Quieren saber cuánto podemos volar —dijo Idris.
—Y calcular dónde tendremos que aterrizar después.
Amalia retiró el cilindro. Una luz se encendió. El aparato detectó la manipulación.
—Ahora saben que lo encontramos.
• • •
En el cielo apareció un zumbido. No motores grandes. Drones. Cuatro puntos descendían desde la ladera.
Mara sacó el arma.
—¿Stein?
—No podría desplegarlos tan rápido —dijo Idris.
—La Custodia —respondió León.
Los drones no se dirigían al avión. Volaban hacia las fogatas que marcaban la pista. El primero dejó caer una carga; la explosión apagó uno de los fuegos. El segundo destruyó otro. La meseta quedó casi completamente oscura.
—Quieren impedir el despegue —dijo Amalia.
—Quieren obligarnos a utilizar el aeródromo oficial —respondió León.
Idris abrió la válvula del camión.
—Necesito cargar.
—La manguera está comprometida.
—Retire el dispositivo.
—Puede haber otros dentro del tanque.
El piloto golpeó la carrocería.
—Sin combustible no importa quién nos encuentre.
Mara miró los drones. El tercero se acercaba al último fuego. Disparó. La bala golpeó una hélice; el aparato giró, pero mantuvo el rumbo.
Amalia tomó la placa curvada de Eco. La sostuvo frente a la llama. El metal reflejó la luz hacia un costado. El dron cambió de dirección, sus sensores siguieron el reflejo más intenso. La carga cayó lejos de la fogata; la explosión levantó tierra volcánica.
—Prisma habría estado orgullosa —dijo Mara.
Amalia guardó la placa.
—La imperfección sirve.
Idris conectó la manguera.
—Necesito doce minutos.
León miró al conductor inconsciente. La cápsula no había sido colocada para matarlo. La Custodia había utilizado a una persona local para entregar combustible y después había intentado cerrar la salida.
Otra decisión pequeña. Otro cuerpo convertido en parte del mecanismo.
—Despiértenlo.
Mara examinó la cápsula.
—No sé qué le inyectaron.
—La caja médica del avión tiene antagonistas generales.
—Puede empeorarlo.
—También puede decirnos quién lo atacó.
Idris abrió la carga; el combustible comenzó a entrar. Amalia llevó al conductor hacia el avión. Lucía había dejado equipos suficientes para tratar sedantes comunes; Mara administró una dosis mínima. El hombre tardó tres minutos en abrir los ojos.
Tenía unos cincuenta años, piel oscura, barba corta y una camisa con el nombre de una cooperativa pesquera. Respiró con dificultad. Habló en portugués.
Idris respondió.
—Dice que una mujer lo esperaba cuando llegó.
—¿Descripción? —preguntó Mara.
Idris tradujo. Cabello cubierto. Acento extranjero. Caminaba con dificultad. No llevaba arma visible. Le pidió revisar el combustible. Después sintió una picadura.
—¿Le mostró algo? —preguntó León.
El conductor señaló su camisa. Dentro del bolsillo encontraron una fotografía. Isabel Sanz. La misma imagen de hacía seis meses en la laguna de Cabo Verde. En el reverso había una frase:
NO DEJEN QUE LOS OCHO LLEGUEN JUNTOS.
Mara miró al hombre.
—¿La mujer de la fotografía fue quien lo atacó?
El conductor examinó el rostro. Negó. No. La atacante era más joven.
—La fotografía era para nosotros —dijo León.
—¿De Isabel? —preguntó Amalia.
—O de alguien que sabe que reconoceremos su advertencia.
Idris continuó traduciendo. La mujer había dicho una frase antes de inyectarlo:
El consenso ya fue contaminado.
Amalia miró los módulos dentro del avión.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Los revisé.
—Revisó el hardware.
—Y el software base.
—Nodo Sur reconstruye identidades desde relaciones —dijo León—. No necesita modificar el programa si altera los datos con los que cada módulo aprendió.
Amalia palideció.
—Cada copia fue entrenada en una región distinta.
—Sí.
—Si alguien contaminó una, las demás deberían contradecirla.
—A menos que se conecten juntas.
Mara comprendió el mensaje.
—Cuando los ocho formen consenso, el módulo contaminado puede introducir una versión falsa.
—No bastaría uno —dijo Amalia—. La red exige cinco de ocho.
León miró la frase. No dejen que los ocho lleguen juntos.
—Entonces no contaminaron uno.
—¿Cuántos?
—Al menos cuatro.
Idris observó la carga.
—Transportamos una red dividida en dos versiones.
—Sí.
—¿Cuál es verdadera?
León recordó la reconstrucción de Nadia. Dos módulos habían trabajado juntos; habían encontrado algo que el sistema central no veía. Pero eso no demostraba que el resultado completo fuera auténtico. Una mentira distribuida podía parecer más humana que una verdad central.
—Todavía no lo sabemos.
• • •
El primer tanque llegó al nivel necesario. Quedaban otros dos depósitos. Los drones regresaron. Ahora no buscaban las fogatas. Se dirigían hacia el camión cisterna.
—Quieren incendiar el combustible —dijo Idris.
Mara disparó. Uno cayó. Los otros tres se abrieron.
Amalia observó los módulos.
—Tenemos que separarlos.
—¿Cómo? —preguntó Mara.
—Dos en el avión. Los demás por rutas diferentes.
—No tenemos vehículos.
El conductor escuchó la conversación sin comprender todas las palabras, pero reconoció el gesto hacia la carga. Habló con Idris.
—La cooperativa tiene barcos —tradujo el piloto.
—¿Capaces de llegar a Brasil?
—No directamente. Pueden llevar tres módulos hasta un carguero frigorífico que parte esta noche hacia Recife.
—¿Seguro?
Idris miró al hombre.
—Nada lo es.
León observó la fotografía de Isabel. No dejen que los ocho lleguen juntos. Una instrucción podía protegerlos. También podía conseguir que dividieran la carga y resultara más fácil capturarla.
—No obedeceremos todavía.
Amalia lo miró.
—Si están contaminados...
—Primero averiguaremos cuáles.
—Necesitamos conectarlos.
—De a dos.
—Eso llevará horas.
León observó los veinte nombres reconstruidos.
Nadia había aparecido porque los dos módulos activos coincidían.
Una identidad contaminada no se revelaría al reconstruir aquello para lo que había sido entrenada.
Necesitaban hacer una pregunta cuya respuesta ninguna región pudiera conocer de manera completa.
—Reconstruya a alguien presente en todos los archivos.
—¿Quién?
León miró su propia firma en la lista de diseñadores.
—Yo.
Mara negó.
—Sus recuerdos fueron bloqueados. Los registros están manipulados.
—Precisamente.
—Cada módulo elegirá una versión distinta.
—Eso necesitamos.
Amalia conectó el primer par. Los drones descendieron. Idris mantenía el combustible corriendo. Mara disparaba desde la sombra del ala.
La proyección comenzó.
LEÓN VARDA.