CAPÍTULO 17 #4
Helena miró la fotografía de Nadia. Una mujer joven con uniforme de limpieza, apoyada contra una pared del hospital. No parecía una víctima histórica. Parecía alguien a punto de regresar al trabajo.
—León —dijo.
—Sí.
—Te pidió que hicieras esto.
—No. Me obligó a decir su nombre después de pedir permiso.
Helena leyó la autorización de Samira.
—Detenga la publicación.
—No.
—Pavel.
—Si la detiene usted, deberá borrar también la voz de su hermana.
—No estoy borrando nada.
—Lleva quince años decidiendo qué verdad puede soportar el mundo.
La expresión de Helena se endureció.
—Y tú llevas treinta convirtiendo muertos en cifras para que otros puedan dormir.
—Por eso ya no quiero elegir el primer banco.
—¿Cree que una historia humana evitará el colapso?
—No.
—Entonces ¿qué pretende?
Pavel miró la cuenta regresiva.
—Que cuando comience, nadie pueda fingir que solo estamos hablando de sistemas.
Helena permaneció frente a la pantalla. Podía cancelar el evento. Podía expulsarlo. Podía sustituir el archivo. No hizo ninguna de las tres cosas.
—La publicación queda.
Pavel soltó el aire.
—Pero si la reacción supera el umbral —continuó Helena—, regresaré al plan original.
—¿Cuál es el umbral?
—El punto en que una persona vuelva a transformarse en excusa.
—Eso no es una cifra.
—Exactamente.
Helena se volvió hacia la puerta.
—Stein llegará a Umbral antes que Tomás.
Pavel la miró.
—¿Y usted?
—Yo ya estoy allí.
La imagen de Helena parpadeó. No era una persona dentro de la habitación. Era una proyección. La comunicación se cerró.
Pavel quedó solo otra vez.
• • •
Umbral se encontraba bajo una estación meteorológica abandonada en los Alpes austríacos. La nieve había cubierto la carretera. El avión diplomático aterrizó en un valle cercano y fue ocultado dentro de un hangar excavado en la montaña.
Samuel Okafor condujo un vehículo médico por un túnel sin señalización. Tomás permanecía recostado atrás; la fiebre había aumentado; la bala seguía dentro. El módulo Testigo descansaba junto a él.
—Necesita cirugía —dijo Samuel.
—Después.
—Puede morir antes.
—Eso simplificaría algunas decisiones.
—No para mí.
Tomás abrió los ojos.
—¿Por qué me ayudó?
—La orden de traslado era ilegítima.
—Esa es una respuesta de Umbral.
—Es la única que tengo.
—No.
Samuel continuó conduciendo.
—Helena me pidió que protegiera la segunda fase.
—Y la traicionó.
—Cancelé una orden de Stein.
—Después me sacó de Cabo Verde.
—Usted tenía Testigo.
—Entonces protege una función.
—Protejo la posibilidad de elegir.
Tomás sonrió con dificultad.
—Todos dicen eso antes de decidir por otra persona.
• • •
Llegaron a una compuerta de acero. No tenía lector visible. Samuel colocó sobre el tablero cuatro autorizaciones distintas: diplomática, médica, científica, continuidad nivel tres. Ninguna permitía el ingreso completo. Juntas obligaban al sistema a pedir una decisión humana.
La puerta se abrió.
—¿Quién decidió? —preguntó Tomás.
Samuel miró la luz verde.
—Nadie.
—Peor.
El vehículo descendió. La instalación era más profunda de lo que Tomás recordaba. O sus recuerdos habían sido construidos para parecer menos profundos. Pasaron laboratorios vacíos, salas de observación, puertas cubiertas por hielo interior.
Al final del túnel apareció la cámara central. Una silla médica ocupaba el centro. Electrodos. Proyectores. Una corona metálica diseñada para extraer asociaciones enterradas y devolverlas mediante estímulos controlados.
La misma arquitectura utilizada sobre León.
Samuel detuvo el vehículo.
—Llegamos.
—No —dijo Tomás—. Nos dejaron entrar.
Las luces se encendieron. Una mujer apareció detrás del cristal de observación.
Helena Voss. No una proyección. No una grabación. Esperaba allí.
Samuel sacó el arma. Helena levantó las manos.
—Si hubiera querido detenerlos, la puerta no se habría abierto.
Tomás intentó incorporarse. El dolor lo obligó a apoyarse contra la camilla.
—¿Cuánto hace que estás aquí?
—Dos días.
—Antes del robo.
—Sí.
—Entonces sabías que vendría.
—Sabía que uno de los dos terminaría necesitando la máquina.
—¿León o yo?
—Sí.
Samuel mantuvo el arma.
—Stein viene en camino.
—Lo sé.
—¿Cuánto?
—Veintiséis minutos.
Tomás miró la silla.
—No viniste a impedir que recuerde.
Helena se acercó al cristal.
—No.
—Viniste a asegurarte de que recuerde lo mismo que vos.
La expresión de Helena cambió. No mucho. Pero Tomás la conocía desde antes de que aprendiera a ocultar sus reacciones.
—Durante los once minutos —dijo él—, alguien detuvo el Índice.
—Sí.
—No fui yo.
—No.
—Tampoco Stein.
—No.
—Isabel dice que fue León.
Helena guardó silencio.
Tomás sonrió sin alegría.
—Y vos decís que fue Isabel.
—Sí.
—Los dos recuerdos no pueden ser ciertos.
—Pueden si uno fue colocado después.
Samuel miró la máquina.
—¿Qué intentan recuperar?
Tomás sostuvo la mirada de Helena.
—La identidad de la persona que encontró la tercera opción.
—¿Por qué importa quién fue? —preguntó Samuel.
Helena respondió:
—Porque también fue la persona que la destruyó.
En la pantalla de Umbral apareció la cuenta regresiva.
17:28:59.
Tomás miró la silla. Después el módulo Testigo. Luego a Helena.
—Cinco minutos.
Ella negó.
—Esta vez necesitaremos once.