El Meridiano CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

TRES MINUTOS

El mensaje permaneció encendido sobre el brazalete médico.

TRES MINUTOS.

No había instrucciones. No indicaba qué debía encontrar León ni qué ocurriría cuando el tiempo terminara. Tomás había aprendido que una cuenta regresiva no necesitaba explicar la amenaza. Bastaba con conseguir que los demás imaginaran una peor.

Las luces de los vehículos avanzaban sobre la carretera situada al norte de la laguna. Seis. Tal vez siete. Las distancias parecían menores sobre la superficie blanca; no había árboles, edificios ni desniveles capaces de interrumpirlas. Solo la sal, la luna y el avión inmóvil con una rueda hundida.

Idris observó el tren de aterrizaje.

—Llegarán en menos de cinco minutos.

—Tomás nos dio tres —dijo Mara.

—Tomás ya no está aquí.

—Precisamente.

Amalia se arrodilló junto a las huellas que se alejaban de la caja.

Una pertenecía a Tomás: el pie izquierdo había dejado marcas más profundas y desordenadas, la herida lo obligaba a descargar el peso sobre el lado derecho.

Las otras pisadas eran largas y regulares.

Zapato de suela lisa. No calzado militar. No botas preparadas para el terreno.

—Quien vino a buscarlo no esperaba caminar sobre sal.

León observó la sangre junto a la caja. No había gotas dispersas en dirección al vehículo. Solo una mancha donde Tomás se había detenido. Después, nada.

—Lo vendaron antes de partir.

Mara se agachó.

—¿Cómo lo sabe?

—Si hubiera continuado sangrando, habría gotas entre la caja y las ruedas.

—Pudo subir por otro lado.

—Las huellas llegan hasta la puerta del acompañante.

Idris examinó los rastros del vehículo. Neumáticos anchos, presión reducida, dibujo utilizado en terrenos blandos.

—Sabían que vendrían a la laguna.

—Sí —respondió León.

—Entonces pudo ser Isabel.

—No.

Mara giró hacia él.

—¿Por qué no?

—Tomás no habría necesitado dejarle una ruta.

—Podían estar separados.

—La fotografía de hace seis meses muestra que ambos conocían este lugar. Si Isabel hubiera regresado, la caja no sería un punto de encuentro. Sería un depósito.

Amalia levantó algo de la sal. Un fragmento de papel húmedo, del tamaño de una uña. Lo sostuvo frente a la luz. Solo quedaban dos letras impresas.

...EL

Y una línea azul cruzando el borde.

—Podría ser cualquier cosa —dijo Idris.

León tomó el fragmento. El papel era grueso, fibra de algodón; no pertenecía a un mapa ni a un recibo. En la parte posterior se veía una marca de presión, como si hubiera formado parte de un documento con varias copias.

—Formulario oficial.

—¿De qué organismo?

Varda observó la línea azul. No era decorativa.

Marcaba una categoría. Recordó los documentos que Samuel Okafor había utilizado para mover el pedestal: nivel uno, jefes de Estado; nivel dos, autoridades estratégicas; nivel tres, especialistas irremplazables; nivel cuatro, personal operativo; nivel cinco, población general.

—Nivel tres.

Amalia lo miró.

—Umbral.

El brazalete vibró.

02:19.

Mara se incorporó.

—Samuel se llevó a Tomás.

—Probablemente.

—No tenemos tiempo para probablemente.

—Entonces no tenemos tiempo para saberlo.

Idris señaló las marcas del vehículo.

—Samuel estaba en Londres.

—Esta mañana —dijo León.

—¿Pudo llegar hasta aquí?

—Con las autorizaciones adecuadas, una persona puede cruzar más fronteras que un avión perseguido.

Mara observó la segunda huella.

—No conocemos su forma de caminar.

—Yo sí.

—Nunca lo vio.

—Vi su método.

Ella perdió la paciencia.

—Los métodos no dejan pisadas.

—Las decisiones sí.

León señaló el punto donde las huellas se unían. Tomás había apoyado un brazo sobre la otra persona; la pisada derecha del acompañante se hundía más a partir de allí. Sin embargo, no se había detenido a acomodarlo. Había modificado su paso sin perder ritmo.

—Quien lo ayudó está acostumbrado a trasladar personas bajo presión.

—Puede ser un médico —respondió Amalia.

—Un médico habría revisado la herida junto a la caja. Esta persona ya llevaba vendas y sabía cuánto tiempo tenía.

—Un agente.

—Un agente habría cubierto las huellas.

Mara miró el fragmento.

—Samuel.

—Alguien que utiliza sus protocolos —corrigió León.

•  •  •

01:43. Los vehículos abandonaron la carretera. Las primeras ruedas tocaron la laguna. No avanzaron directamente: se dividieron en abanico para rodear el avión.

Idris corrió hacia la cabina.

—La rueda está enterrada. Necesito descargar los módulos.

—No —dijo Amalia.

—Pesan más de una tonelada.

—No podemos dejarlos.

—Entonces no despegaremos.

León abrió la caja metálica. Herramientas, combustible, documentos. Debajo de una bandeja encontró cuatro bolsas negras plegadas y un compresor portátil.

Idris las reconoció.

—Cojines neumáticos.

—Para elevar el tren —dijo Mara.

—No bastan. Necesito placas de tracción.

Amalia señaló las piedras oscuras que marcaban la pista. No eran piedras: la capa de sal las había cubierto parcialmente. León golpeó una con la herramienta.

Metal. Paneles perforados enterrados a lo largo del recorrido. Isabel no había marcado una pista. Había preparado una.

—Tenemos las placas.

Idris miró los vehículos que se acercaban.

—Y cuatro minutos de trabajo.

—Dos —respondió Mara.

00:58. El brazalete vibró por última vez. La pantalla cambió.

ELEGÍ A QUIÉN SEGUÍS.

Después se apagó.

No era un acertijo. Tomás no preguntaba si León debía seguir sus huellas. Le preguntaba si seguiría a Tomás, a Helena, a Isabel o a la función Stein. Cada uno había preparado una ruta. Todas exigían abandonar otra cosa.

Los vehículos estaban a menos de dos kilómetros. Idris y Amalia corrieron hacia la rueda hundida. Mara retiró el primer panel de metal utilizando una barra.

León permaneció junto a la caja. Algo seguía mal. Tomás había llegado herido menos de una hora antes. Había abierto el depósito. Retirado el módulo Testigo. Esperado a una persona. Y dejado una muestra de sangre suficiente para que ellos supieran que había estado allí.

No intentaba ocultarse. Intentaba indicar la dirección de una decisión.

León volvió a observar las huellas. La persona que acompañaba a Tomás había llegado primero a la caja: sus marcas rodeaban el depósito, después se dirigían hacia el sur, luego regresaban. Había esperado. Tomás llegó desde el oeste.

No viajaban juntos. El vehículo apareció después.

—No vino a buscarlo.

Mara arrastraba uno de los paneles.

—¿Quién?

—Samuel.

—¿Entonces?

—Tomás lo citó.

—¿Qué diferencia hace?

—Samuel no decidió la ruta.

Idris conectó el compresor. Las bolsas negras comenzaron a inflarse debajo del tren.

—¡Varda, ayude o deduzca algo que empuje aviones!

León abrió los documentos de la caja: pasaportes, permisos sanitarios, autorizaciones de tránsito. Todos destinados a ellos. Ninguno para Tomás. En el fondo había un espacio rectangular donde había estado Testigo. Junto a él, una pequeña mancha de tinta negra.

La tocó con el guante. Todavía estaba húmeda. No provenía de Isabel. Ni de la fotografía. Alguien había apoyado un sello sobre la caja.

León inclinó la superficie. Apareció parte de un círculo y una palabra invertida.

...LADO.

—Traslado.

Mara se acercó.

—¿Qué?

—El fragmento no decía nivel.

Unió mentalmente las letras del papel.

TRASLADO CANCELADO.

La línea azul correspondía al formulario que Samuel había utilizado para suspender movimientos oficiales.

—Samuel no vino para llevarse a Tomás.

—¿Entonces para qué?

—Para cancelar un traslado.

Amalia colocó la primera placa bajo la rueda.

—¿De quién?

León miró las luces. La función Stein había enviado unidades a la laguna. Pero Tomás ya sabía que llegarían. Samuel había utilizado un formulario para impedir que una orden se ejecutara. No había llegado para rescatar a Tomás. Había llegado para impedir que otra persona lo transportara.

—Helena —dijo Mara.

León negó. Helena no necesitaba un traslado oficial; tenía a Idris, Celeste, rutas propias. La Custodia tampoco utilizaría formularios visibles. Solo quedaba la función que necesitaba convertir cada acción en una autorización.

—Stein había ordenado mover a Tomás. Samuel canceló el traslado.

—Pero después se marcharon juntos.

—Porque la cancelación reveló su posición.

Mara comprendió.

—Las unidades que vienen no saben que Tomás ya no está.

—No todas.

—¿Quién lo sabe?

León observó la formación: cinco vehículos se abrían alrededor del avión. Un sexto permanecía lejos, junto a la carretera. No avanzaba. Vigilaba.

—El que dio la orden.

Conrad Stein estaba allí. O alguien capaz de hablar en nombre de la función.

Idris gritó:

—¡La rueda sube!

Los cojines neumáticos levantaron lentamente el tren. Amalia deslizó la segunda placa. Mara regresó para ayudar.

León tomó el brazalete apagado. El pulso de Tomás había desaparecido.

No porque estuviera fuera de alcance. Porque ya no necesitaba sostener la ficción médica.

Había conseguido seis horas de corredor.

Había utilizado ese tiempo para llegar a Cabo Verde.

No para encontrarse con León. Para encontrarse con Samuel.

Tomás sabía que la función Stein vigilaría a Umbral cuando este comenzara a contradecir órdenes. Samuel era el señuelo. Tomás había seguido al hombre que Stein ya perseguía.

—No se fue con Samuel para protegerse.

Mara empujaba el panel.

—¿Para qué, entonces?

—Para entrar en el sistema.

—Explíquese.

—Samuel puede hacer que una persona atraviese una frontera sin que nadie asuma haberlo autorizado.

—Eso ya lo sabemos.

—También puede hacer lo contrario.

—¿Qué cosa?

—Introducir a alguien en una instalación sin que nadie pueda demostrar quién lo envió.

Mara levantó la vista.

—Umbral.

La palabra dejó de ser únicamente el nombre operativo de Samuel. Era un lugar. La máquina de los Alpes. La instalación donde Helena quería recuperar la memoria de León.

Tomás se dirigía allí.

—Quiere llegar a la máquina.

—Con el módulo Testigo.

—Sí.

—¿Para recuperar su propia identidad?

León recordó lo que Lucía había contado. Isabel había utilizado Nodo Sur para elegir una versión de Tomás que no hubiera activado el Índice. Tomás había destruido el proceso. Pero quizá no todo.