El Meridiano CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Para separar lo que recuerda de lo que le hicieron recordar.

•  •  •

Los primeros vehículos estaban a un kilómetro. Idris retiró los cojines. La rueda descansaba sobre las placas.

—Podemos movernos.

—¿Despegar? —preguntó Mara.

—Si la superficie aguanta.

—¿Y si no?

—Aprenderemos algo sobre la geografía.

León subió al avión. Amalia fue detrás. Mara se quedó un instante mirando las huellas de Tomás. No conducían a Córdoba. No conducían a Isabel. Regresaban hacia Europa.

—Nos citó en Alta Gracia.

—Para que siguiéramos hacia Argentina.

—Mientras él va a los Alpes.

—Sí.

—Nos separó.

—Sí.

—¿Por qué?

León miró los ocho módulos.

—Porque cree que solo uno de los dos puede impedir que Helena utilice la secuencia.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

Mara subió y cerró la compuerta.

•  •  •

El avión comenzó a moverse cuando los vehículos se encontraban a seiscientos metros. Idris mantuvo los motores a baja potencia para evitar que la rueda volviera a hundirse. La aeronave avanzó sobre las placas ocultas bajo la sal.

En la cabina, Mara observaba el sexto vehículo. Seguía junto a la carretera. Los otros cinco aceleraron.

Un altavoz exterior emitió una orden:

—Aeronave sanitaria Siete-Cuatro-Uno, detenga motores. Se encuentra bajo autoridad de continuidad.

Idris no respondió.

—Detenga motores o será considerada hostil.

—No pueden disparar —dijo Amalia.

—No saben si Testigo está dentro —respondió Mara.

León miró el lugar vacío del noveno módulo.

—Haga que crean que sí.

Amalia conectó la baliza secundaria de los módulos con el sistema de carga.

—La caja biométrica quedó en el Esperanza.

—No necesitamos la sangre.

—¿Entonces?

—El brazalete conservó el patrón de respuesta.

Mara conectó el dispositivo médico a la consola. La pantalla recuperó el último pulso. Siete. Cinco. Tres.

Amalia lo transmitió desde la bodega bajo la clasificación:

ACTIVO HUMANO NO VERIFICADO.

Los vehículos redujeron velocidad. La orden cambió:

—Mantenga posición. Enviaremos personal médico.

—Funcionó —dijo Mara.

—Durante algunos segundos —respondió León.

•  •  •

En el sexto vehículo se encendió una pantalla exterior. Conrad Stein apareció. No estaba físicamente allí; era una transmisión. El rostro ocupó el panel mientras el avión avanzaba sobre la laguna.

—León —dijo por la frecuencia de emergencia—. Tomás no está con usted.

Varda tomó el micrófono.

—Entonces no necesita detenernos.

—Transporta Nodo Sur.

—Un sistema hospitalario.

—Una infraestructura hostil.

—Eso dependerá de quién intente utilizarla.

—Apague motores.

—No.

—La protección médica ha terminado.

—La responsabilidad, no.

Stein observó algo fuera de cámara.

—Samuel Okafor secuestró a Tomás Vale.

—No.

—Tenemos la orden cancelada y registros de su llegada.

—Entonces sabe que Tomás fue voluntariamente.

—Una persona herida no puede prestar consentimiento válido.

—Curioso que la función descubra ahora el consentimiento.

Stein endureció el rostro.

—Umbral fue comprometido.

—¿Por quién?

—Nadir.

—No.

—Helena ha intentado acceder a la instalación desde que comenzó la tercera fase.

—Porque sabe que Tomás va hacia allí.

La transmisión permaneció en silencio. Una confirmación. Stein no lo sabía. Hasta ese instante.

Mara miró a León. Había entregado la deducción al enemigo.

—¿Qué hizo? —susurró.

—Obligarlo a elegir.

Stein habló:

—¿Qué lleva Tomás?

—Pregúnteselo a Samuel.

—Okafor no responde.

—Entonces quizá sigue vivo.

•  •  •

El avión alcanzó el extremo de las placas. Delante aparecía la parte de la laguna que no había sido preparada. Idris aumentó potencia.

—A partir de acá no sé si aguanta.

—No disminuya —dijo León.

—No pensaba hacerlo.

Los vehículos aceleraron otra vez. Stein dio una orden. Dos se desviaron hacia el sur, intentando cortar la trayectoria.

Mara observó la transmisión.

—Si sabe que Testigo no está aquí, puede disparar.

—No.

—¿Por qué?

—Todavía no sabe si le mentí.

La aeronave ganó velocidad. Las ruedas golpeaban pequeñas ondulaciones. La izquierda comenzó a hundirse. Idris corrigió.

—Ciento veinte nudos.

—¿Cuánto necesita? —preguntó Mara.

—Más superficie.

La línea de piedras terminaba delante. Más allá, la sal se volvía gris. Humedad. El avión no podía atravesarla.

—No llegamos —dijo Amalia.

Varda observó el mapa de la caja. La pista oficial no era el único elemento preparado. Una línea fina se extendía hacia el noroeste; no la habían visto porque parecía una grieta. Era una antigua vía de extracción de sal. Un terraplén elevado.

—Doce grados a la derecha.

Idris miró.

—Hay un canal.

—Después.

—No puedo girar a esta velocidad sobre sal.

—Puede si no intenta frenar.

Idris movió los controles. El avión derrapó. La rueda izquierda arrancó una capa de sal. Los módulos se desplazaron contra las correas. Mara golpeó el panel lateral. La aeronave giró hacia el terraplén.

Detrás, uno de los vehículos intentó copiar la maniobra. La superficie cedió bajo sus ruedas; el frente se hundió. Los demás se abrieron.

•  •  •

Stein continuaba en la pantalla.

—Detenga el avión.

—¿Por qué? —preguntó León—. ¿La función no anticipó esta ruta?

—Está llevando una infraestructura inestable a un país soberano.

—Todos los países creen ser soberanos hasta que una lista decide cuánto tardan en regresar.

—Nodo Sur no es una solución.

—Lo sé.

—Entonces entréguelo.

—No.

—¿Para qué conservar algo que considera defectuoso?

León miró los ocho módulos.

—Para que quienes viven bajo sus decisiones puedan ver el defecto antes de que alguien lo corrija por ellos.

Stein guardó silencio. La frase había alcanzado una parte anterior a Conrad. Gregor Hahn. El hombre que había desobedecido una evacuación.

—Los sistemas no pueden consultar a todos durante una catástrofe.

—Por eso siempre terminan consultando a los mismos.

—Alguien debe decidir.

—Sí.

—Esa es la responsabilidad.

—No. Esa es la excusa de quien necesita que la decisión ocurra antes de que los demás lleguen.

Idris alineó el avión con el terraplén. Las ruedas subieron; la superficie era más firme. Velocidad creciente. Ciento treinta nudos. Los vehículos quedaron atrás, incapaces de ingresar en la vía estrecha.

Uno de ellos desplegó un arma sobre el techo.

Mara lo vio.

—Preparan un misil.

—Stein —dijo León—. Si dispara, destruye Nodo Sur.

—Es preferible a que se active.

—Entonces hágalo.

Idris lo miró.

—No lo anime.

León mantuvo el micrófono.

—Destruya los ocho módulos. Mate a cuatro personas. Explique que la función de continuidad eliminó una red hospitalaria porque no podía controlarla.

El arma siguió elevándose. La transmisión mostró el rostro de Stein. No Conrad. No por completo. Algo en sus ojos había retrocedido diecinueve años. Sarajevo. Una lista de funcionarios. Civiles esperando una salida. Una orden.

—Fuego autorizado —dijo una voz fuera de cámara.

Stein no respondió.

—Director, confirme.

El avión alcanzó ciento cuarenta nudos. Idris tiró de los controles. El morro subió. Las ruedas dejaron el terraplén. Debajo apareció el canal de agua salada. La aeronave cayó un metro antes de sostenerse.

—Director Stein —repitió la voz—. Confirme fuego.

El arma siguió al avión. Conrad cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la función había perdido un segundo. Solo uno. Pero bastó.

—Negativo.

El misil no salió.

—La carga debe recuperarse intacta.

—La orden de terminación...

—He dicho intacta.

El avión ganó altura. Los vehículos quedaron pequeños sobre la laguna.

La transmisión continuó durante unos segundos. Stein miró a León.

—Acaba de decirme dónde está Tomás.

—No.

—Umbral.

—Es un nombre, no una ubicación.

—Yo construí la instalación.

—La función la construyó.

—Llegaré antes que usted.

—No voy hacia allí.

Stein observó los módulos.

—Argentina.

—Sí.

—Tomás lo está alejando.

—Sí.

—¿Y aun así obedece?

—No sigo a Tomás.

—Entonces ¿a quién?

León miró a Mara. Después a Amalia. A Idris. Los veinte nombres seguían guardados dentro de Nodo Sur. Nadia Kassem existía allí porque una red construida con relaciones había encontrado una vida que el sistema central jamás contó.

—A la persona que falta.

Cortó la comunicación.

•  •  •

Idris mantuvo el avión a baja altura hasta dejar la isla.

El combustible disponible no alcanzaba para llegar directamente a Brasil; debían encontrar otro punto de reabastecimiento antes de cruzar el Atlántico.

La ruta preparada en la caja incluía un carguero pesquero que navegaría hacia el sudoeste durante seis horas.

Podían aterrizar en una pista privada de la isla de Fogo, cargar combustible transportado por el barco y despegar antes de que Stein reorganizara la persecución.

—Otra puerta preparada —dijo Mara.

—Sí —respondió León.

—¿Por Isabel?

—Probablemente.

Ella lo miró.

—Volvió a utilizarla.

—Todavía cumple su función.

Amalia revisó la placa metálica de Eco. La línea defectuosa continuaba allí.

—Samuel llevó a Tomás a Umbral.

—Sí.

—Helena irá.

—Sí.

—Stein también.

—Ahora.

Mara se volvió hacia León.

—Se lo dijo deliberadamente.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si Stein persigue a Tomás, no persigue los módulos.

—Puede hacer ambas cosas.

—No con la misma autoridad. La función debe decidir qué amenaza tiene prioridad.

—¿Y cuál elegirá?

—Testigo.

Idris miró desde la cabina.

—Entonces utilizó a Tomás como distracción.

—Tomás se utilizó primero.

—Eso no lo vuelve correcto.

—No.

Mara apretó los labios.

—También puso a Samuel en peligro.

—Samuel sabía qué transportaba.

—No sabemos eso.

—Encontramos un formulario de traslado cancelado. Umbral intervino antes de encontrarse con Tomás.

—Pudo creer que lo protegía.

—Probablemente.

—No utilice esa palabra como si redujera la responsabilidad.

León la observó.

—No la reduce.

La respuesta la dejó sin un blanco claro.

Mara retiró la carta de Isabel.

—Mi madre escribió que debía permitirle ir solo.

—Sí.

—No hablaba de Alta Gracia.

León leyó otra vez.

Si Tomás vuelve a pedirle a León que vaya solo, no lo impidas. Pero no permitas que llegue sin alguien que pueda recordar quién era cuando salga.

—Hablaba de Umbral.

—La máquina de memoria.

—Sí.

—Tomás espera que vaya allí.

—Después de Córdoba.

—¿Cómo lo sabe?