El Meridiano CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

—Mamá —dijo Mara.

La palabra salió sin fuerza. No como un reconocimiento. Como una herida antigua comprobando que todavía existía.

La voz respondió:

—Perdoname.

Mara cerró los ojos. Veintitrés años. Un ataúd cerrado. Un accidente. Una pulsera rescatada del fuego. Una madre convertida en ausencia antes de que su hija pudiera hacer preguntas.

—¿Dónde estás?

—No puedo decirlo.

—¿Estás en Argentina?

—No vayan a Buenos Aires.

—¿Dónde está Tomás?

Silencio.

—Isabel —dijo León—. La carga perdió el módulo de renuncia.

—Lo sé.

—¿Usted instaló el dispositivo?

—Sí.

Idris golpeó la consola.

—Pudo destruir el avión.

—La carga solo se activaba al conectarse con Nodo Sur.

—No podía saber cuándo ocurriría.

—Sabía que Idris revisaría los módulos antes de aterrizar.

El piloto miró a León.

—No lo hice.

—León sí.

La voz de Isabel no expresó sorpresa. Lo había previsto.

—¿Por qué destruir su propio sistema? —preguntó Mara.

—Porque Helena lo habría utilizado para obligar a países enteros a elegir antes de comprender.

—¿Y los otros módulos?

—Deben llegar.

—¿Adónde?

—Córdoba.

León levantó la vista. No Buenos Aires. El centro del país. Lejos de las instituciones nacionales y de las rutas que todos vigilarían.

—¿Por qué Córdoba? —preguntó Idris.

—Porque allí está la red que nunca figuró en Génesis.

—¿Tomás también?

La comunicación quedó en silencio. Después Isabel dijo:

—Tomás está vivo.

Mara apretó el borde de la consola.

—¿Con vos?

—No.

—¿Dónde?

—Intentó recuperar el módulo Testigo esta mañana.

—¿De quién?

La voz cambió. Por primera vez apareció miedo.

—De Helena.

León se acercó al micrófono.

—Helena lo encontró.

—No. Tomás la encontró a ella.

—¿Qué ocurrió?

Una interferencia atravesó la señal.

—León, no recuperes la secuencia completa.

—¿Por qué?

—Porque la primera persona a la que se la entregaste no fue Stein.

La transmisión comenzó a perderse.

—¿Quién fue?

La voz de Isabel llegó fragmentada.

—Yo.

Mara miró a León.

—¿Por qué?

—Porque descubriste que Tomás también había mentido.

—¿Sobre qué?

La señal se cortó. Idris intentó recuperarla. Nada. Solo ruido.

•  •  •

Después, todas las pantallas del avión se apagaron. El símbolo de Nadir apareció. Helena habló.

—Tercera fase.

La cuenta regresiva cambió. No continuó desde las cuarenta horas restantes. Saltó.

24:00:00. 23:59:59.

Mara miró el contador.

—La adelantó dieciséis horas.

Helena continuó:

—Dentro de veinticuatro horas comenzará la publicación del Archivo Cero.

En la pantalla aparecieron listas de gobiernos, bancos y centros de continuidad. No los datos completos. Solo los títulos. Una promesa suficiente para renovar el pánico.

—Los gobiernos tuvieron una oportunidad de reconocer lo que construyeron.

Imágenes de declaraciones oficiales ocuparon las pantallas: negaciones, amenazas, celebraciones por la recuperación de una esfera vacía.

—Eligieron proteger el símbolo y negar la lista.

La voz de Helena se volvió más fría.

—Ahora la lista elegirá por ellos.

La transmisión terminó. Las pantallas del avión regresaron. El contador continuó.

23:59:42.

Idris miró el combustible.

—No llegamos a Córdoba en veinticuatro horas con la ruta prevista.

—Entonces cambie la ruta —dijo Mara.

—Necesitamos repostar.

—¿Dónde?

—Dakar.

León observó el mapa: la ruta europea, África, el Atlántico, Brasil, Argentina. Demasiadas fronteras. Demasiados lugares donde la función Stein podía obligar a otros a detenerlos.

—No iremos por Dakar.

Idris lo miró.

—No tenemos autonomía directa.

—El avión, no.

—¿Qué propone?

Varda señaló un punto móvil en el mapa marítimo. Un buque hospital navegaba al oeste de Portugal, con una cubierta capaz de recibir aeronaves de transporte ligero y depósitos de combustible para misiones humanitarias.

—Aterrizamos en el Atlántico.

Idris observó el nombre del barco.

ESPERANZA.

—No figura en nuestra ruta.

—Por eso todavía es una opción.

—Necesitamos autorización.

Mara tomó el micrófono.

—¿De quién?

León miró el contador.

23:58:51.

—De alguien que todavía no sabe que estamos llegando.

El avión cambió rumbo hacia el océano. Detrás, Europa buscaba los restos de un cargamento destruido. Delante, Argentina esperaba ocho módulos capaces de preservar millones de identidades, pero no de rechazar el sistema que decidiría cuáles merecían regresar primero.

Tomás estaba vivo. Isabel también. Helena había adelantado el final. Y León acababa de descubrir que la mujer que lo ayudó a olvidar conocía una traición anterior a todas las demás.

En la pantalla apareció una nueva alerta. La Oficina Internacional de Continuidad había identificado el cambio de rumbo. Protocolo de intercepción autorizado. Tiempo estimado hasta contacto:

Diecinueve minutos.

Idris aumentó potencia.

—¿Tiene otra tercera opción?

León observó el océano oscuro más allá del parabrisas.

—Todavía no.

—¿Y qué hacemos mientras tanto?

Varda escuchó el sonido de los motores, las respiraciones, la cuenta regresiva, la voz de Isabel desapareciendo entre interferencias.

—Conseguir que los próximos diecinueve minutos duren más que los de ellos.

23:57:59.