CAPÍTULO 12 #3
—Pasó por mi taller antes de ser cargado. Nadie de su equipo debía abrirlo después.
Idris miró hacia el exterior.
—La Custodia.
—O Isabel —dijo León.
Mara giró hacia él.
—¿Mi madre intentaría destruirlo?
—Si considerara que Nodo Sur no debe llegar incompleto.
—Podría haber detenido el transporte.
—No si necesitaba que alguien encontrara la carga.
Amalia desconectó el dispositivo. Una luz roja comenzó a parpadear.
—Entró en modo de seguridad.
—¿Cuánto? —preguntó Idris.
—No lo sé.
—Sáquelo del avión.
Amalia intentó retirar la carga. Estaba adherida al núcleo del módulo.
—Si la separo, se activa.
Celeste habló por los altavoces:
—Los helicópteros regresarán en cincuenta segundos.
El señuelo aceleraba sobre la pista. Los vehículos negros ya habían atravesado la entrada.
—Tenemos que abandonar el módulo —dijo Idris.
—Sin él, Nodo Sur no puede emitir la renuncia —respondió Amalia.
—Tampoco puede hacerlo sin Testigo.
—Puede proteger las identidades.
—Los otros ocho también.
León observó las conexiones. El noveno módulo no era solo la renuncia. Sin él, los demás formarían una red cerrada: podrían preservar datos, pero no decidir cuándo no obedecer al sistema central.
—No lo destruya.
Idris lo miró.
—Acaba de decir que contiene una carga.
—Sí.
—Entonces ¿qué propone?
—Que la dejemos creer que llegó.
León señaló las antenas de la réplica térmica.
—Conecte el módulo al señuelo.
Amalia comprendió.
—Cuando el falso avión emita una red argentina...
—El dispositivo se activará allí.
Idris negó.
—Necesitamos mover ciento cuarenta kilos en menos de un minuto.
—La plataforma de carga.
Abrieron la puerta lateral. El señuelo recorría la pista; Celeste disminuyó la velocidad al pasar junto al hangar. Idris condujo un montacargas, Amalia liberó los anclajes, Mara abrió la compuerta. El módulo descendió sobre la plataforma.
Los helicópteros comenzaron a girar. Uno detectó el avión real dentro del hangar.
—Nos vieron —dijo Mara.
Celeste respondió:
—Todavía no.
Todas las luces del aeródromo se encendieron. Docenas de fuentes térmicas aparecieron en los hangares: motores de tractores, generadores, resistencias ocultas. Para los sensores, el suelo se llenó de aeronaves. Los helicópteros vacilaron.
Idris llevó el módulo hasta el señuelo. Lo aseguró dentro del fuselaje falso. Amalia conectó el dispositivo al transmisor. La pantalla mostró:
RED ARGENTINA DETECTADA.
El parpadeo rojo se detuvo.
—¿Eso es bueno?
—No —respondió Amalia.
El módulo comenzó a calentarse. Idris corrió hacia el avión real. Celeste aceleró el señuelo; los helicópteros lo siguieron otra vez.
—¡Treinta segundos! —gritó Amalia.
El falso avión atravesó la pista a máxima velocidad. Los vehículos de Stein intentaron interceptarlo. Celeste cambió la dirección: el señuelo giró hacia un depósito de combustible abandonado.
—Dijo que estaba vacío —recordó Idris.
—Lo está —respondió Celeste—. El edificio, no el efecto.
El fuselaje golpeó la pared. El módulo explotó en su interior. No hubo una bola de fuego enorme: la carga térmica fundió los circuitos y encendió el material del señuelo. Desde el aire, pareció que el avión se había destruido con toda su carga.
Los helicópteros se concentraron sobre el incendio. Los hombres de Stein rodearon el depósito. Celeste apagó las luces del resto del aeródromo.
El túnel se abrió. Idris aceleró el avión verdadero por la calle de rodaje oculta. Atravesaron la estructura de piedra en completa oscuridad. Al otro lado esperaba una pista corta, construida entre campos. No figuraba en ningún plano moderno.
—No alcanza —dijo Mara desde la cabina.
—Alcanza sin el noveno módulo —respondió Idris.
Aumentó potencia. El avión avanzó. La pista parecía terminar demasiado pronto.
León observó la velocidad, el peso, el viento. No podía calcularlo con precisión, pero vio algo que faltaba.
—No hay luces al final.
—No las necesito.
—No. No hay postes.
Idris comprendió. La pista continuaba después del campo: una franja de césped reforzado extendía la superficie otros cuatrocientos metros. Celeste había ocultado la longitud real.
El avión abandonó el asfalto. Las ruedas golpearon el terreno. Mara se sujetó al asiento; Amalia permaneció junto a los módulos. La aeronave aceleró. Al final del campo había una hilera de árboles.
Demasiado cerca.
Idris no redujo. Tiró de los controles. El avión se elevó. Las ruedas rozaron las ramas superiores. Durante un segundo, el fuselaje pareció quedarse suspendido entre los árboles y el cielo.
Después ganó altura.
Saint-Lys quedó atrás. Los helicópteros continuaron rodeando los restos del señuelo. La función Stein creyó que Nodo Sur había sido destruido.
• • •
Volaron hacia el sudoeste a baja altura. Idris evitó los corredores comerciales, utilizó valles, zonas con cobertura de radar deficiente y rutas reservadas para emergencias meteorológicas.
El primer destino no era Buenos Aires. Era Dakar. Desde allí cruzarían el Atlántico con combustible suficiente para llegar al sur de Brasil y continuar hasta Argentina.
—Veintisiete horas, si todo funciona —dijo Idris.
Mara miró la cuenta regresiva.
40:33:18.
—Llegaremos con trece horas.
—Menos —respondió León.
—¿Por qué?
—Helena adelantará la tercera fase cuando sepa que el módulo fue destruido.
Amalia lo observó.
—Cree que cayó en la trampa.
—Creerá que la Custodia atacó Nodo Sur.
—¿Y qué hará?
—Aquello que preparó si perdía la alternativa.
Idris salió de la cabina cuando el piloto automático estabilizó el rumbo.
—No perdió Nodo Sur. Conservamos ocho módulos.
—Helena no lo sabe.
—Podemos decírselo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque queremos ver qué hace cuando cree que fracasó.
Idris se acercó.
—No utilizará a mi avión como experimento.
—Ya lo hizo ella.
—Usted no es distinto.
—No.
La respuesta detuvo la discusión. León no intentó defenderse. No dijo que su intención fuera mejor. Idris lo estudió durante varios segundos.
—Al menos lo admite.
—Eso no reduce el riesgo.
—¿Qué cree que hará Helena?
—Buscará el Testigo.
Mara miró los módulos.
—A Tomás o a mi madre.
—Sí.
—¿Y si ya los encontró?
Varda observó la unidad con el expediente de Tomás.
—Entonces no necesitaba enviarnos a Buenos Aires.
—Quizá necesita su secuencia —dijo Amalia.
—Todavía no la recuerdo completa.
—Ella puede acelerar el proceso.
—Umbral.
Mara recordó la instrucción. La máquina en los Alpes. El lugar al que Helena había querido conducirlo.
—Quería recuperar su memoria antes de llegar a Argentina.
—Sí.
—Pero usted eligió Bruselas.
—Y ahora la secuencia está regresando sin su control.
Idris miró hacia la cabina.
—¿Qué falta recordar?
León cerró los ojos. El café. Tomás. Helena. El dispositivo. La decisión de crear a Stein. La sesión de bloqueo. Isabel participando desde Buenos Aires.
Había fragmentos. No una secuencia.
—Una emoción.
Amalia frunció el ceño.
—¿Qué?
—Los recuerdos no fueron vinculados solo a números o lugares. Eso sería demasiado fácil de forzar.
—¿Entonces?
—Vinculé la clave a un contexto emocional.
Mara lo miró.
—¿Cuál?
—No lo sé.
—¿Miedo?
—Previsible.
—Culpa.
—Demasiado constante.
Idris apoyó la espalda contra la pared.
—Confianza.
León abrió los ojos. El piloto continuó:
—Bloqueó la secuencia porque no confiaba en nadie. Tal vez solo pueda recuperarla cuando vuelva a confiar.
—Eso sería sentimental —dijo Varda.
—Por eso no se le ocurrió.
Amalia sonrió apenas. Mara no. Observaba el compartimiento donde había estado el noveno módulo.
—¿Quién instaló la carga?
—Alguien que conocía Nodo Sur —dijo Amalia—. La ubicación del núcleo, la condición argentina y el momento de activación.
—Isabel.
—O Tomás.
—¿Por qué destruirían su propio sistema?
León miró la marca que había quedado en el piso.
—Porque estaba incompleto.
—Podían entregar Testigo.
—Tal vez no quieren que llegue a manos de Helena.
—Entonces ¿por qué permitir que los otros módulos viajen?
—Para que Argentina conserve una defensa sin tener capacidad de declarar la renuncia.
Mara entendió.
—Quieren proteger al país, pero impedir que se convierta en el centro de una rebelión contra Génesis.
—Sí.
Idris miró a León.
—Eso significa que Tomás o Isabel no confían en Helena.
—Nadie debería.
El piloto soltó una risa breve.
—Incluido usted.
—Especialmente yo.
• • •
Una alarma sonó en la cabina. Idris regresó; Mara lo siguió. Una transmisión entraba por una frecuencia humanitaria. No llevaba identificación. Solo una secuencia de pulsos. Tres cortos. Uno largo. Dos cortos.
La misma utilizada por la esfera falsa en el corredor de Ginebra.
Idris abrió el canal.
—Aquí Bóreas.
No hubo respuesta. La secuencia volvió a repetirse.
León entró en la cabina.
—No espera su nombre.
—¿Entonces qué?
—Una contradicción.
Tomó el micrófono.
—El Meridiano fue recuperado.
Silencio. Después una voz de mujer. Mayor. Cansada.
—El Meridiano nunca importó.
Mara quedó inmóvil. La voz continuó:
—Idris, cambia el rumbo.
El piloto miró los instrumentos.
—¿Destino?
—No vayan a Buenos Aires.
Mara se acercó al micrófono.
—¿Quién habla?
Al otro lado hubo una respiración. Una pausa tan larga que pareció contener veintitrés años.
—Mara.
La agente cerró los ojos. No dijo madre. No todavía.
—¿Quién habla? —repitió.
La voz descendió.
—La persona que te enseñó a atarte los cordones con dos nudos porque siempre deshacías el primero.
Mara apoyó una mano en la consola. León observó sus dedos. No temblaban. Se habían quedado completamente quietos.
—Eso puede saberlo cualquiera —dijo ella.
—A los ocho años escondiste una llave dentro de una maceta porque querías comprobar si yo revisaba tus bolsillos. La maceta se rompió dos semanas después y culpaste al gato, aunque nunca tuvimos uno.
Mara dejó de respirar. Idris apartó la vista. Amalia permaneció en la entrada.