El Meridiano CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

—Eso no es un recuerdo. Es una instrucción.

El hombre miró otra vez la fotografía.

—Yo no soy Keller.

—Probablemente no por completo.

—¿Qué significa?

—Que Adrian Keller pudo haber sido una función utilizada por varias personas.

Mara observó el expediente.

—Una identidad de continuidad.

—Sí.

—Entonces el auditor que trabajó con Tomás, el hombre que envió la llave y Leclerc podrían no ser la misma persona.

—Pero el sistema los considera uno.

Leclerc arrancó el disco del lector.

—Quiero el archivo completo.

—No tenemos tiempo.

—Es mi vida.

Varda lo miró.

—Precisamente por eso no debería confiar en una carpeta preparada por quienes se la quitaron.

La pantalla cambió sola. Apareció una frase:

KELLER DEBE CONTINUAR.

Debajo se abrió un video. Un hombre estaba recostado en una camilla, el rostro cubierto por vendas. Una voz femenina hablaba fuera del encuadre.

—Cuando despierte, recordará haber trabajado para Adrian Keller.

El hombre respondió con dificultad:

—¿Quién soy?

—La persona que debe proteger a León Varda.

—¿Por qué?

—Porque él contiene la última secuencia.

Leclerc se apoyó en la mesa. La voz de la grabación continuó:

—No deberá recordar la Cámara C-14. No deberá recordar su función anterior. No deberá saber que Keller nunca fue un solo hombre.

—¿Y si descubre la verdad?

—Entonces la continuidad habrá fallado.

La imagen se detuvo. Leclerc respiró una vez. Después otra.

—Me construyeron para vigilarlo.

León no respondió.

—Ocho años —continuó Leclerc—. Todo lo que hice...

—Fue suyo.

—No.

—Las razones pudieron ser implantadas. Las decisiones fueron suyas.

—No sabe eso.

—Nadie puede saberlo por usted.

Leclerc miró el disco en su mano.

—La amenaza decía que uno de nosotros no regresaría.

Mara observó el reloj. Siete minutos.

—Tenemos que encontrar el archivo principal.

Varda señaló la última puerta. C-14.

•  •  •

La sala final no estaba destinada a fabricar identidades.

Estaba destinada a archivarlas. Miles de unidades físicas ocupaban cilindros sellados alrededor de una estructura central; no había etiquetas, solo luces numeradas.

En el centro se encontraba una consola, con la pantalla encendida. Mostraba tres expedientes.

TOMÁS VALE.

HELENA VOSS.

LEÓN VARDA.

Mara se acercó.

—Estaban preparados para reemplazarlos.

—No —dijo Varda.

Abrió el expediente de Tomás. La identidad continua estaba vacía. La retirada mostraba fecha y hora: la noche del incendio en la prisión.

—No lo reemplazaron.

—¿Entonces por qué está aquí?

León abrió la sección de validación. Todos los datos utilizados para condenarlo aparecían almacenados: voz, firma, credenciales, patrón de movimiento, errores de escritura. La historia perfecta no había sido fabricada específicamente por Stein. Había sido producida en C-14.

—Crearon al Tomás culpable —dijo Mara.

—Sí.

—¿Quién lo autorizó?

La pantalla mostró un código.

CUSTODIO ACTIVO: KELLER.

Leclerc se acercó.

—Yo no fui.

—La identidad Keller —dijo Varda—. No necesariamente usted.

Abrieron el expediente de Helena. La columna de identidad retirada marcaba su muerte en el lago; la identidad continua contenía múltiples nombres, pasaportes, nacionalidades, fotografías. Helena había utilizado la Custodia para desaparecer.

—Ella estuvo aquí.

—Sí.

—Entonces trabajó con ellos.

—O los utilizó.

El expediente de León permanecía bloqueado. La pantalla solicitaba una secuencia de doce números.

La hoja del teatro.

Mara lo miró.

—La secuencia falsa.

—Diseñada para destruir Génesis.

—¿Y si también abre esto?

La voz automática anunció:

—Cinco minutos para la limpieza.

De Wilde apareció en la puerta.

—Se terminó. Salimos ahora.

Varda introdujo la secuencia. Mara lo sujetó.

—Usted mismo se advirtió que no la utilizara.

—Para activar Génesis.

—No sabe qué activará aquí.

—Precisamente.

Escribió los doce números. La consola aceptó. El expediente se abrió. No apareció una identidad alternativa. Apareció un video fechado tres días después de la detención de Tomás.

León estaba sentado frente a una cámara. Más joven. Sin heridas. Consciente.

—Soy León Varda —dijo la grabación—. Autorizo la creación de una identidad de continuidad vinculada a mi perfil.

Mara lo miró.

—Usted lo autorizó.

La voz del pasado continuó:

—La identidad no deberá activarse salvo que yo recupere la secuencia Génesis bajo coerción o que mi conducta amenace la continuidad del sistema.

En la pantalla apareció el nombre asignado.

CONRAD STEIN.

Nadie habló.

De Wilde fue el primero en reaccionar.

—Eso no tiene sentido.

Mara miró a León.

—¿Stein es su identidad de reemplazo?

—No.

—La pantalla dice...

—Dice que la identidad Stein está vinculada a mi perfil.

Leclerc comprendió antes.

—Conrad Stein no es una persona.

León observó el video. La voz joven continuó:

—Si la función Stein se activa, tendrá autoridad para detenerme, desacreditarme o eliminarme. No deberá conocer que fui yo quien autorizó su creación.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Mara.

La grabación respondió como si la hubiera oído:

—Porque no confío en la decisión que tomaré si recuerdo por completo el Índice.

León sintió una presión detrás de los ojos. Un hombre saliendo del café. El dispositivo de Tomás en su mano. Una puerta gubernamental. Stein esperando.

No había entregado la prueba a Conrad Stein. Había entrado para crear a Conrad Stein.

La voz del video continuó:

—La función será ocupada por un custodio capaz de preservar Génesis frente a Helena, Tomás o frente a mí.

En la pantalla apareció una lista de nombres anteriores: hombres y mujeres que habían utilizado la identidad Stein durante décadas. El actual Conrad Stein no era el fundador de la Oficina de Continuidad.

Era su último ocupante.

—Lo eligieron —dijo Mara.

—Yo ayudé a elegir la función.

—Y él no lo sabe.

—Probablemente no.

La voz automática anunció:

—Tres minutos para la limpieza.

La pantalla cambió.

PROTOCOLO DE CONTINUIDAD ACTIVADO.

Mara miró la puerta.

—¿Qué hizo?

Varda revisó la consola. La secuencia falsa no había destruido el archivo. Había iniciado la transferencia. Todos los expedientes comenzaron a copiarse hacia un destino desconocido.

—La clave no era para borrar Génesis —dijo—. Era para liberar los archivos de la Custodia.

—¿Adónde? —preguntó De Wilde.

—No lo sé.

Leclerc miró su disco.

—La limpieza no destruirá las pruebas. Las moverá.

Las luces cambiaron a rojo. El suelo vibró. Un sonido profundo recorrió las paredes. Van Dijk habló por radio desde el corredor:

—¡El nivel de agua está subiendo!

La voz automática confirmó:

—Dos minutos para la inundación de seguridad.

—Eso significa limpieza —dijo Mara.

De Wilde tomó a Varda por el abrigo.

—Ahora salimos.

Leclerc permaneció frente a la consola.

—Mi archivo todavía está copiándose.

—Déjelo —ordenó Mara.

—Necesito saber quién era.

—Va a morir.

—Tal vez eso era lo previsto.

Varda miró la pantalla. El expediente Keller estaba al ochenta y tres por ciento.

—La amenaza no decía que uno moriría.

Leclerc lo miró.

—Decía que uno no regresaría.

—Porque después de ver el archivo, usted no volverá a ser Marc Leclerc.

El agua comenzó a entrar bajo la puerta. Fría. Oscura. De Wilde arrastró a uno de los agentes heridos durante la apertura de una compuerta.

—¡Tenemos menos de dos minutos!

Mara tomó a Leclerc del brazo.

—Venga.

Él se resistió.

—Noventa y cuatro por ciento.

—No necesita el resto.

—Usted no decide eso.

—Tampoco quienes lo construyeron.

La transferencia llegó al cien. La pantalla mostró una última línea:

IDENTIDAD ORIGINAL: NO RECUPERABLE.

Leclerc dejó de resistirse. No había un nombre debajo. No existía una vida anterior esperando ser devuelta. Solo sucesivas funciones. Keller. Leclerc. Quizá otras.

El agua ya alcanzaba los tobillos. Varda arrancó una unidad de la consola. No contenía todos los archivos. Solo el expediente de Tomás.

Mara vio lo que hacía.

—¿Por qué ese?

—Porque fue el primero que utilizaron contra nosotros.

—Puede haber otros más importantes.

—No para mí.

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