CAPÍTULO 9 #4
Corrieron. El agua avanzaba detrás de ellos por el corredor. Las puertas se cerraban una a una, sellando las salas. Los agentes habían abandonado el edificio; Van Dijk esperaba en el vestíbulo, gritando para que aceleraran.
A mitad del trayecto, una compuerta descendió. De Wilde pasó primero. Mara después. Varda se agachó y atravesó el espacio.
Leclerc se quedó del otro lado. La compuerta golpeó el suelo.
—¡Marc! —gritó Mara.
El hombre apareció detrás del cristal reforzado de una puerta lateral. No había intentado pasar. Había tomado otro corredor.
—¿Qué hace? —preguntó Varda.
Leclerc levantó el disco C-14.
—Keller debe continuar.
—Eso es una orden implantada.
—Tal vez.
—Abra la puerta.
—No puedo salir como Leclerc.
—Entonces salga sin nombre.
El agua comenzó a llenar el sector donde estaba. Leclerc sonrió. No con serenidad. Con cansancio.
—Usted puede vivir sin reconocer rostros.
—No siempre.
—Yo no puedo vivir sabiendo que el mío nunca fue mío.
Mara golpeó el cristal.
—¡Abra!
Leclerc negó.
—La amenaza tenía razón.
—No tiene que morir —dijo ella.
—No voy a hacerlo.
Levantó una tarjeta. En la pared detrás de él se abrió una pequeña escotilla. Un acceso de mantenimiento.
—¿Adónde conduce? —preguntó Varda.
—A la ruta de continuidad.
—No sabe qué hay allí.
—Por primera vez, tampoco sé quién esperan que salga.
El agua alcanzó su cintura. Leclerc entró por la escotilla. Antes de cerrarla, miró a León.
—Keller le dejó una última instrucción.
—¿Cuál?
—Cuando encuentre El Meridiano, no mire dentro.
La escotilla se cerró. La compuerta entre ellos se volvió opaca.
Mara continuó golpeando.
—¡Marc!
No hubo respuesta.
Van Dijk tomó a ambos y los obligó a retroceder.
—¡El edificio va a inundarse!
Salieron a la superficie cuando el agua comenzaba a cubrir el vestíbulo. Las puertas metálicas se cerraron detrás de ellos. Segundos después, parte de la estructura descendió. No se derrumbó: se hundió deliberadamente bajo el nivel del canal. Burbujas enormes surgieron junto al muelle.
Después, nada.
La Cámara C-14 desapareció debajo del agua como si nunca hubiera existido.
Mara permaneció frente al canal.
—Podría haber salido por otro acceso.
—Sí —dijo Varda.
—¿Cree que lo hizo?
—No lo sé.
—¿Entonces por qué parece tan seguro?
—Porque no intentó salvar su vida.
—¿Qué intentó salvar?
León observó el agua.
—La función Keller.
De Wilde se acercó.
—Perdimos la instalación.
—No —respondió Varda.
Le mostró la unidad retirada.
—Conservamos un expediente.
—¿Solo uno?
—Sí.
—Había cientos de identidades.
—Y todas fueron transferidas.
—¿A dónde?
Varda miró la hora. 11:03. En el puerto comenzaron a sonar sirenas. No policiales. De barcos. Uno tras otro, decenas de buques activaron sus señales al mismo tiempo. Las grúas se detuvieron. Los sistemas de navegación portuaria comenzaron a reiniciarse.
Van Dijk recibió una alerta por radio.
—Todas las identidades de tripulación están siendo revalidadas.
Mara miró las terminales de carga. Las pantallas mostraban errores: capitanes oficialmente muertos, marineros registrados en dos barcos, personas con múltiples nacionalidades, contenedores asignados a empresas inexistentes.
La transferencia de C-14 no había enviado los archivos a un servidor secreto. Los había devuelto a los sistemas públicos.
La Custodia estaba siendo expuesta. No por Helena. Por la secuencia que León había creado quince años antes.
En el teléfono de Mara apareció el símbolo de Nadir. Helena habló en un mensaje grabado:
—Ahora entendés por qué necesitaba que recordaras.
León escuchó sin moverse.
—No robaste la prueba de Tomás para entregársela a Stein.
En la pantalla apareció la imagen del café. León saliendo con el dispositivo. Entrando en el edificio gubernamental.
—La utilizaste para crear una prisión alrededor de Génesis.
La imagen cambió. Conrad Stein. La Oficina de Continuidad. Las identidades de la Custodia.
—Construiste un enemigo que pudiera detenernos a todos.
Mara miró a León. La voz de Helena continuó:
—Y después olvidaste que él obedecía una orden tuya.
El mensaje terminó. La cuenta regresiva reapareció.
52:44:18.
De Wilde recibió otra comunicación. Su expresión se endureció.
—Tenemos un problema mayor.
—¿Cuál? —preguntó Mara.
El comandante mostró la pantalla. La Oficina Internacional de Continuidad acababa de emitir una orden global: León Varda era declarado amenaza directa para la estabilidad financiera internacional.
Se autorizaba su detención inmediata. Y, en caso de resistencia, la aplicación del protocolo de terminación.
Mara miró la fotografía de Conrad Stein junto al documento.
—Ya sabe lo que encontramos.
—Sí —dijo León.
—¿Y ahora?
Varda guardó el expediente de Tomás dentro del abrigo. En el puerto, las sirenas continuaban sonando. La función Stein había sido creada para detenerlo si recuperaba la verdad. Quince años atrás, León había considerado que aquella defensa podía salvar al mundo de su peor decisión.
Ahora tenía que descubrir qué había temido hacer.
—Ahora —dijo— tengo que averiguar por qué estaba tan seguro de que algún día merecería morir.