CAPÍTULO 9 #2
—No sabía cómo —respondió Leclerc.
—Y no hizo nada.
—¿Qué podía hacer? Haas había aceptado.
—Porque le mintieron.
—Todos aceptamos algo porque desconocemos una parte.
Mara apretó la mandíbula.
—Esa frase no lo absuelve.
—No intento absolverme.
León observó la cicatriz del hombre.
—Usted también fue preparado para una sustitución.
Leclerc llevó la mano al cuello.
—No.
—La misma intervención.
—Fue una operación médica.
—¿Antes o después de trabajar para la Custodia?
Silencio.
—Después —admitió.
—¿A quién debía reemplazar?
—A nadie.
—Entonces ¿para qué modificaron su rostro?
Leclerc lo miró. La respuesta tardó demasiado.
Mara comprendió.
—No sabe cómo era antes.
—Claro que lo sé.
—¿Tiene fotografías? ¿Familia?
—No.
—¿Documentos anteriores a Keller?
Leclerc no respondió.
Varda habló con calma.
—No lo contrataron para vigilarme después de la muerte de Keller.
—Sí.
—Le construyeron ese recuerdo.
—No.
—La vigilancia de ocho años, el pasaporte, la llave, la Custodia. Todo lo que sabe de usted comienza alrededor de Adrian Keller.
Leclerc respiró por la boca.
—Recuerdo mi vida.
—Describa su casa de infancia.
—Marsella. Un edificio cerca del puerto.
—Dirección.
—No la recuerdo.
—Nombre de una maestra.
—Eso no demuestra nada.
—Una comida que preparara su madre.
—Cállese.
—El sonido de la voz de su padre.
Leclerc se inclinó hacia él.
—Cállese.
—No puede recordar un rostro completo, pero eso no es extraño. La memoria no funciona de ese modo. El problema es que todos sus recuerdos contienen información y ninguno contiene experiencia.
Leclerc golpeó el asiento delantero. El conductor miró por el espejo.
Mara levantó una mano.
—Siga conduciendo.
Leclerc respiraba con dificultad.
—Keller me conocía. Me dejó instrucciones.
—Probablemente.
—Confiaba en mí.
—Tal vez.
—Entonces existía antes.
Varda mantuvo la voz baja.
—No dije que no existiera. Dije que quizá no era la persona que cree.
• • •
El convoy giró hacia un camino cercado. Al fondo apareció una estructura baja, construida junto al agua, sin ventanas. Un cartel oxidado indicaba:
**CENTRO DE COMPENSACIÓN MARÍTIMA 14.
CLAUSURADO.**
Leclerc miró el edificio.
—Estuve aquí.
Mara lo observó.
—Dijo que no conocía la instalación.
—No la recordaba.
—¿Cuándo?
El hombre se llevó ambas manos a la cabeza.
—No sé.
Varda miró las puertas metálicas.
—Antes de convertirse en Leclerc.
La policía portuaria neerlandesa esperaba frente al edificio. El inspector a cargo se llamaba Van Dijk: alto, delgado, con un impermeable demasiado liviano para el clima. No parecía satisfecho con la presencia de De Wilde.
—La instalación está desactivada desde hace once años —explicó—. No pertenece a ninguna institución activa.
—¿Quién es el propietario? —preguntó Mara.
—Una fundación liquidada.
—Nombre.
Van Dijk consultó una carpeta.
—Fundación para la Preservación de Infraestructuras Estratégicas.
—Continuidad —dijo Varda.
El inspector lo miró.
—La palabra no aparece.
—No necesita.
La entrada principal tenía tres cerraduras mecánicas y un lector electrónico sin energía. Los agentes cortaron las cadenas. La puerta no se movió.
—Presión interna —dijo uno de los técnicos.
Van Dijk frunció el ceño.
—No debería haber un sistema activo.
Varda apoyó la mano cerca del marco. Una corriente fría escapaba por la unión.
—No es presión positiva.
—¿Entonces?
—El edificio está aspirando aire.
Mara miró hacia el techo.
—Ventilación activa.
—O una bomba de extracción.
De Wilde ordenó revisar los planos. No coincidían con la estructura visible: según los documentos, detrás de la puerta debía haber un vestíbulo pequeño; los sensores indicaban un espacio mucho mayor.
—Construyeron por debajo del nivel del agua —dijo Van Dijk.
León observó el canal.
—Por debajo del puerto.
Los agentes utilizaron un ariete hidráulico. La puerta se abrió con un gemido largo. Un aire seco y helado salió del interior. No olía a abandono. Olía a desinfectante.
Encendieron las linternas. El vestíbulo estaba vacío: paredes blancas, suelo negro, ningún polvo. En el centro había un mostrador con catorce casilleros metálicos. El último permanecía abierto.
C-14.
Dentro descansaba una tarjeta. Mara la tomó con guantes. No tenía nombre. Solo una hora:
11:00.
Miró el reloj.
10:42.
—Nos esperan.
—O esperaban a otra persona —dijo De Wilde.
Varda observó el casillero: la puerta abierta no mostraba signos de haber sido forzada.
—Nos esperan.
El inspector neerlandés ordenó avanzar por equipos. León caminó detrás de los primeros agentes. El corredor descendía en una pendiente suave; cada veinte metros aparecía una puerta sin identificación.
La primera contenía una sala médica: camillas, lámparas quirúrgicas, instrumentos protegidos dentro de vitrinas. En una pared había moldes faciales, prótesis y pequeñas estructuras de polímeros transparentes.
La segunda sala era un estudio de voz: micrófonos, paneles acústicos, dispositivos capaces de medir respiración, vibración y resonancia.
La tercera contenía una cinta para caminar rodeada por cámaras.
—Rostro, voz y movimiento —dijo Mara.
—No copiaban personas —respondió Varda—. Copiaban aquello que los sistemas utilizan para reconocerlas.
De Wilde abrió un gabinete: dentro había decenas de férulas conductivas para dedos. Mara recordó la marca de Kessler.
—También los hábitos.
—Sí.
Leclerc permanecía en la entrada. Había perdido color.
—Conozco este lugar.
Varda no se volvió.
—¿Qué recuerda?
—Una luz sobre los ojos. Una mujer.
—¿Nombre?
—No.
—¿Voz?
Leclerc cerró los ojos.
—Decía que no dolería.
—¿Dolió?
—No recuerdo.
Mara se acercó.
—Siéntese.
—No.
—Está temblando.
—No.
El suelo vibró. No provenía de Leclerc. Una maquinaria se había activado bajo ellos. Las luces del corredor se encendieron una tras otra, blancas, perfectamente alineadas. Una voz femenina surgió de los altavoces. No era Helena.
—Bienvenidos a la Cámara de Continuidad C-14.
Los agentes levantaron las armas.
—La instalación ha permanecido inactiva durante cuatro mil ciento tres días.
Van Dijk miró a uno de los técnicos.
—¿Es un sistema automático?
—No detectamos conexión externa.
—A las once horas se iniciará el protocolo de limpieza.
La tarjeta. 11:00. Quedaban catorce minutos.
—¿Qué significa limpieza? —preguntó De Wilde.
La voz respondió:
—Eliminación completa de material biométrico, documental y orgánico.
Mara miró las camillas.
—Va a destruir el lugar.
—Y a nosotros si seguimos dentro —dijo Van Dijk.
Ordenó evacuar. Varda no se movió.
—No se activó porque entramos.
De Wilde lo tomó del brazo.
—No importa.
—Importa quién fijó la hora.
—Lo discutiremos afuera.
—No. La limpieza estaba programada para las once antes de que llegáramos.
—¿Cómo lo sabe?
—La tarjeta esperaba en el casillero.
Mara comprendió.
—Alguien quería que tuviéramos dieciocho minutos.
—¿Para encontrar qué? —preguntó De Wilde.
León miró el corredor. Catorce puertas. La última correspondía a C-14.
—Un archivo que no pudieron retirar.
Van Dijk negó.
—No arriesgaré a mi gente.
—Entonces evacúe a sus agentes.
—Usted también.
—No.
—No es una elección.
—Todo lo es cuando alguien preparó solo dos opciones.
La voz anunció:
—Trece minutos para la limpieza.
De Wilde apretó el brazo de León. Mara se interpuso.
—Necesitamos saber qué hicieron aquí.
—Necesitamos salir vivos.
—Las dos cosas no se excluyen todavía.
Van Dijk dio la orden de retirada. La mitad de los agentes comenzó a regresar. De Wilde maldijo en voz baja.
—Diez minutos —dijo—. Después los sacaré por la fuerza.
• • •
Varda avanzó. Mara y Leclerc lo siguieron.
Las siguientes salas contenían vidas desmontadas: documentos sin nombres, fotografías clasificadas por estructuras óseas, registros de voces divididos en frecuencias, historias clínicas modificables, colecciones de gestos, preferencias alimentarias, errores ortográficos, ritmos de sueño, maneras de firmar.
No bastaba con parecerse a una persona. Había que equivocarse como ella.
En la sala nueve encontraron los archivos de sustitución. Cada expediente mostraba dos columnas.
IDENTIDAD RETIRADA.
IDENTIDAD CONTINUA.
Martin Haas aparecía en la columna izquierda. Daniel Kessler, en la derecha.
Mara pasó rápidamente por los nombres: funcionarios, técnicos, auditores, personal de seguridad. Personas oficialmente muertas que continuaban operando bajo otra identidad. Personas vivas reemplazadas por cuerpos preparados.
—¿Cuántos?
—Cientos —respondió Leclerc.
Varda revisaba las fechas. La operación era anterior a Génesis. La Custodia no había nacido para proteger el proyecto. Había sido utilizada mucho antes para mantener funciones estratégicas cuando una persona debía desaparecer sin que el sistema perdiera su puesto.
—No es una organización —dijo.
—¿Qué?
—Es una infraestructura.
—Alguien la dirige.
—Sí. Pero puede sobrevivir a quien la dirija. Las identidades se transfieren. Los permisos continúan. Las personas cambian.
Leclerc abrió un archivo. Su fotografía apareció en la columna derecha.
IDENTIDAD CONTINUA: MARC LECLERC.
La columna izquierda estaba bloqueada. El hombre tocó la pantalla.
—Ábrala.
—No —dijo Varda.
—Es mi nombre.
—No sabemos eso.
—Necesito verlo.
—Eso es lo que espera la sala.
Leclerc lo empujó. Mara intervino.
—Marc.
—No me llame así.
La voz automática anunció:
—Nueve minutos para la limpieza.
Leclerc introdujo el disco C-14 en el lector. La columna izquierda se abrió. No apareció un nombre. Apareció una fotografía.
Adrian Keller.
Leclerc retrocedió.
—No.
Mara miró la imagen. Después a él. No eran idénticos. Pero la mandíbula, las orejas y la distancia entre los ojos coincidían bajo las modificaciones.
—Usted era Keller.
—No.
—O una versión de él —añadió Varda.
Leclerc golpeó la pantalla.
—Keller me contrató.
—Ese recuerdo pudo implantarse para separar ambas identidades.
—Lo vi morir.
—¿Dónde?
—En una habitación de hospital.
—¿Quién más estaba?
Leclerc intentó responder. No pudo.
—¿Qué enfermedad tenía? —preguntó León.
—El corazón.
—¿Qué hospital?
—No recuerdo.
—¿Qué le dijo antes de morir?
Leclerc cerró los ojos.
—Que vigilara la estación, la caja y a usted.