El Meridiano CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

—Cerca del mar —dijo Leclerc.

—Y vinculada con Keller —añadió León.

Las sirenas se acercaban. Mara retiró la memoria.

—¿Cree que el verdadero Kessler está allí?

—No.

—¿Entonces qué?

Varda guardó el disco C-14.

—Creo que el hombre muerto salió de allí.

—¿Y qué encontraremos?

León observó la confesión preparada en la pantalla: el falso culpable, la identidad reemplazada, el mismo método que había condenado a Tomás.

—El lugar donde fabrican personas capaces de cometer delitos que nadie más podría haber cometido.

•  •  •

Las puertas del estacionamiento se abrieron. Entraron tres vehículos policiales. No había tiempo para ocultar el cadáver ni la evidencia.

Mara guardó el arma.

—No podemos escapar otra vez.

—No hace falta.

—Hay un muerto con el rostro de un agente europeo y estamos dentro del vehículo.

—Precisamente.

Los agentes descendieron. El primero apuntó.

—¡Manos visibles!

Mara obedeció. Leclerc también. León permaneció junto a la puerta abierta.

—Señor Varda, aléjese del cuerpo.

—No.

—Es una orden.

—Antes de detenernos, mire las cámaras.

El agente no desvió la vista.

—Aléjese.

—La grabación mostrará que llegamos después de su muerte.

—Eso lo determinará la investigación.

—No. Lo determinará quien controle el servidor.

El jefe del equipo se acercó.

—No voy a repetirlo.

Varda señaló la bolsa de pruebas.

—Dentro encontrará una confesión completa que explica el robo de El Meridiano.

El hombre miró por un instante.

—Entonces tenemos lo que necesitamos.

—Eso es lo que esperan que diga.

—¿Quiénes?

—Las personas que prepararon un culpable antes de que ustedes supieran qué delito debían resolver.

El agente levantó las esposas.

—León Varda, queda detenido por obstrucción de una investigación internacional y acceso no autorizado a una instalación de Europol.

Mara dio un paso.

—Soy agente de enlace.

—Su acceso fue suspendido hace seis minutos.

Ella miró su credencial. La luz había cambiado de verde a rojo.

Stein.

El agente tomó la muñeca de León. Antes de colocarle la esposa, Varda habló:

—El hombre del automóvil no es Daniel Kessler.

—Eso también se investigará.

—Tiene agua de mar bajo las uñas.

El agente vaciló. Solo una fracción.

—¿Qué?

—Murió cerca de Rotterdam. La escena fue trasladada. La confesión fue colocada. El rostro fue modificado. Si informa ahora que encontraron a Kessler, mañana alguien demostrará que sigue vivo.

—¿Por qué debería creerle?

—No debería. Debería comprobarlo antes de repetir una historia escrita por otra persona.

El agente mantuvo las esposas abiertas. Su radio vibró. Una orden llegó por el auricular. Su expresión cambió.

—Recibimos confirmación biométrica —dijo—. El cadáver es Daniel Kessler.

Varda miró la cámara sobre la columna.

—Por supuesto.

El agente colocó la primera esposa.

En todas las pantallas del estacionamiento apareció el símbolo de Nadir. Las luces se apagaron. Una voz de mujer llenó el nivel subterráneo.

Helena.

—No lo es.

Los agentes levantaron las armas. Las pantallas mostraron una habitación desconocida. Daniel Kessler estaba sentado frente a una cámara, vivo. Tenía el rostro golpeado y una venda alrededor de la mano.

—Mi nombre es Daniel Kessler —dijo—. La persona encontrada en Bruselas no soy yo.

La imagen cambió. Apareció la ficha biométrica del cadáver. Después otra identidad.

MARTIN HAAS.

Técnico naval. Desaparecido tres meses antes en Rotterdam. La fotografía original no se parecía a Kessler.

—La identidad puede reemplazarse —continuó Helena—. La obediencia de los sistemas, también.

La pantalla mostró la cuenta regresiva.

56:17:09.

—León ya condenó una vez a un inocente porque todas las pruebas coincidían.

La esposa seguía cerrada alrededor de su muñeca.

—Esta vez, al menos, permítanle equivocarse un poco más despacio.

Las luces regresaron. La transmisión desapareció. Los agentes permanecieron inmóviles. El jefe miró el cadáver. Después las esposas.

Mara observó a León.

—Nos ayudó.

—No.

—Acaba de impedir que lo detengan por el asesinato.

—Mostró una verdad que necesitaba que viéramos.

—¿Cuál?

El jefe del equipo recibió nuevas instrucciones por radio. Esta vez bajó el arma.

—Quedan bajo custodia preventiva —dijo—, pero no serán detenidos.

León retiró lentamente la mano de la esposa abierta.

—Helena no nos salvó.

—¿Entonces?

Él observó el rostro de Martin Haas, convertido en el de otro hombre para sostener una confesión perfecta.

—Acaba de decirnos que ella también conoce la Cámara C-14.

Leclerc miró la salida.

—Rotterdam.

Varda asintió. En algún lugar del puerto, una organización llevaba años fabricando realidades sin contradicciones. Habían utilizado ese método contra Tomás. Contra Kessler. Quizá también contra él.

Y Helena acababa de abrirles la puerta.

La pregunta era si quería que entraran. O si necesitaba que destruyeran algo antes de que ella llegara.

En la pantalla del automóvil apareció un último mensaje. No llevaba el símbolo de Nadir. Solo una letra:

C.

Debajo:

SI VIENEN A ROTTERDAM, UNO DE USTEDES NO REGRESARÁ.

La cuenta regresiva mundial perdió otro segundo.

56:16:59.