El Meridiano CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Eso sabemos.

—Los bancos están activando protocolos.

—También.

—Y Stein intenta detenernos.

—Sí.

—Entonces ¿por qué estamos sentados en una cafetería?

Varda señaló la fotografía.

—Porque alguien acaba de mostrarnos una prueba destinada a demostrar que traicioné a Tomás.

—La imagen parece auténtica.

—Lo es.

—La grabación también.

—Probablemente.

—¿Y usted no recuerda la noche?

—No.

Mara esperó.

—Entonces puede haberlo hecho.

—Sí.

La aceptación la desarmó más que una negación.

—¿No va a defenderse?

—¿De qué?

—De la posibilidad de haber entregado la prueba.

—Defenderme modificaría la pregunta.

—¿Cuál es la pregunta correcta?

León colocó la hoja de los doce números junto a la fotografía.

—¿Por qué Helena quiere que lo crea ahora?

Leclerc se sentó.

—Porque es verdad.

—La verdad no explica el momento de una revelación.

—Quizá quiere castigarlo.

—Podía hacerlo hace años.

—Necesitaba El Meridiano.

—No para destruir mi reputación.

Mara observó los documentos.

—Quiere que dude de sí mismo antes de recuperar la secuencia.

—Sí.

—¿Para controlarlo?

—O para impedir que Stein lo haga.

—No parece una diferencia importante.

—Lo es para Helena.

Leclerc tomó el sobre sin tocarlo directamente.

—Keller dijo que la memoria bloqueada contenía un mecanismo de defensa.

Varda lo miró.

—¿Cuánto sabía Keller?

—Más de lo que me contó.

—Esa respuesta empieza a perder utilidad.

—Yo no formaba parte de Génesis.

—Pero protegió la cinta.

—Sí.

—Vigiló el archivo.

—Sí.

—Conservó la identidad de Keller.

—Sí.

—Y supo que el tren iba a ser detenido antes que nosotros.

Leclerc sostuvo la mirada.

—Recibo información.

—¿De quién?

—No lo sé.

Mara soltó una risa breve.

—Conveniente.

—Nunca es la misma persona.

—Entonces describa el método.

—Mensajes en sistemas antiguos. Telégrafos ferroviarios. Frecuencias de emergencia. Archivos actualizados sin autor.

Varda observó la llave marcada con 317.

—Una red que Keller dejó funcionando.

—Eso supuse.

—No.

—¿Por qué no?

—Los sistemas abandonados no continúan respondiendo durante ocho años sin mantenimiento.

Leclerc no contestó.

—Alguien sigue utilizándolos —añadió León.

—Helena.

—No. Helena conocía el archivo, pero intentó impedir que llegáramos.

—Stein.

—Stein intentó sacarnos del tren.

Mara comprendió.

—Hay una tercera persona.

—O una tercera organización.

Leclerc bajó la vista hacia el café.

—Keller la llamaba la Custodia.

Varda no reaccionó.

—¿Qué es?

—No lo sé.

—Claro.

—Solo escuché el nombre una vez. Keller estaba enfermo. Dijo que si Génesis sobrevivía a Tomás, a Helena y a Stein, la Custodia debía impedir que cualquiera de ellos lo activara.

—¿Incluido yo?

—Especialmente usted.

El teléfono de Mara vibró. Una llamada interna de Europol. No respondió. Volvió a vibrar. La pantalla mostró un nombre:

DANIEL KESSLER.

Mara frunció el ceño.

—¿Quién? —preguntó León.

—Un analista técnico asignado al caso. Lo vi anoche en Ginebra.

—¿Por qué llama?

—No debería saber este número.

Atendió.

—Sanz.

La voz de un hombre respiraba con dificultad.

—Encontré el acceso.

—¿Qué acceso?

—Orfeo. No fue Helena.

Mara activó el altavoz.

—¿Dónde está?

—En el estacionamiento de la sede de Europol. Nivel menos tres.

—Bruselas o La Haya.

—Bruselas. Oficina temporal.

Varda se inclinó hacia el teléfono.

—¿Quién instaló el repetidor de datos?

Silencio.

—¿Quién habla? —preguntó Kessler.

—León Varda.

La respiración se detuvo un instante.

—No debería estar con ella.

—Eso me dicen con frecuencia. Responda.

—Encontré la firma original. La modificación del servidor se hizo desde una cuenta de mantenimiento creada siete meses antes del ensayo.

—Nombre.

—El mío.

Mara miró la pantalla.

—¿Su cuenta?

—Yo no la creé.

—¿Quién tenía acceso a sus datos?

—Nadie.

Varda cerró los ojos. Una historia perfecta.

—¿Qué más encontraron en su vivienda?

Kessler no respondió.

Mara se incorporó.

—Daniel, ¿hay alguien con usted?

Un golpe metálico sonó al otro lado. Después, una voz más baja.

—No confíe en el video.

La llamada se cortó. Mara intentó devolverla. Sin señal.

Leclerc ya estaba de pie.

—Puede ser una trampa.

—Sí —dijo Varda.

—Entonces no iremos —respondió Mara.

León recogió los documentos.

—Precisamente por eso iremos.

•  •  •

La oficina temporal de Europol ocupaba tres plantas de un edificio administrativo cerca del barrio europeo. No figuraba en ningún directorio; había sido habilitada después del robo para coordinar información entre distintos países sin trasladarla a una sede nacional.

Mara utilizó una entrada reservada al personal. Su credencial todavía funcionaba. El sistema no mostraba ninguna orden contra ella. Eso la preocupó.

—Stein quiere que entremos.

—O no tiene autoridad sobre este edificio —respondió Leclerc.

—La tiene sobre todos los que importan.

—Nadie la tiene sobre todos —dijo Varda—. Solo sobre suficientes.

Descendieron por una escalera de servicio hasta el nivel menos tres. El estacionamiento estaba iluminado por tubos blancos; había menos de veinte vehículos. Las columnas dividían el espacio en pasillos estrechos.

No se veía a Kessler.

Mara sacó el arma.

—Daniel.

Su voz regresó en ecos. Nadie respondió.

Varda observó el suelo. Junto al ascensor había una tarjeta de acceso. No se acercó.

—¿Es suya?

Mara distinguió el nombre desde lejos.

—Kessler.

Leclerc miró los automóviles.

—Podría haberla dejado caer.

—No —dijo Varda—. Está orientada hacia nosotros.

—¿Qué importa?

—Las tarjetas que caen no eligen dónde mostrar el nombre.

Avanzaron entre las columnas. A doce metros encontraron un teléfono roto; más adelante, una carpeta abierta; después, una mancha oscura.

Mara levantó el arma.

Daniel Kessler estaba sentado dentro de un automóvil, en el asiento del conductor. La cabeza inclinada hacia la ventanilla, los ojos cerrados. Una manguera unía el escape con una abertura en la puerta trasera. El motor seguía encendido.

—No se acerquen —dijo Varda.

Mara observó el techo.

—El sistema de ventilación del estacionamiento funciona. No hay concentración suficiente.

—No por el gas.

Leclerc rodeó el vehículo.

—No veo explosivos.

—Porque mira el coche.

Varda señaló una cámara situada sobre la columna. La luz roja parpadeaba. Alguien estaba registrando la escena.

Mara se acercó al lado del acompañante y rompió el cristal con la culata del arma. El aire escapó. Abrió la puerta. Kessler cayó hacia un lado. Leclerc apagó el motor.

Mara buscó pulso.

—Está muerto.

Varda observó las manos: la derecha descansaba sobre el cambio, la izquierda sobre la pierna. Ninguna sostenía una nota.

—¿Cuánto tiempo?

Mara tocó el cuello.

—No puedo saberlo.

—Rigidez.

—Mínima.

—Temperatura.

Ella pasó los dedos por la piel.

—Todavía tibio.

Leclerc examinó la manguera.

—Suicidio reciente.

—No —dijo Varda.

—La puerta estaba cerrada desde dentro.

—Eso es un mecanismo.

—Las llaves están puestas.

—También.

—Acaba de llamarnos.

—No.

Mara lo miró.

—Era su voz. Su teléfono. Dijo que estaba aquí.

—Sí.

—Entonces ¿por qué dice que no llamó?

Varda señaló el tablero. El reloj del automóvil marcaba las 08:46. El del estacionamiento, 09:38.

—La batería fue desconectada y reconectada.

Leclerc miró la hora.

—Puede ocurrir durante una reparación.

—El vehículo recibió servicio hace dos días. Hay una etiqueta en el parabrisas.

Mara revisó el teléfono roto.

—La última llamada saliente fue hace diecisiete minutos.

—Reproduzca el mensaje.

—No está grabado.

—No la llamada. La voz.

—¿Dónde?

Varda señaló el sistema de audio del automóvil. La pantalla mostraba un archivo abierto.

DECLARACIÓN_FINAL.wav

Mara lo reprodujo. La voz de Kessler llenó el vehículo.

—Mi nombre es Daniel Kessler. Alteré los registros de la cámara Orfeo. Proporcioné acceso a personas vinculadas con Nadir y recibí pagos a través de cuentas digitales que figuran en el archivo adjunto.

La grabación continuó: Kessler confesaba haber instalado el sincronizador, haber creado identidades de mantenimiento, haber desviado las cámaras del corredor, haber entregado planos de la base. Nombraba fechas, códigos y cantidades. Todo encajaba.

Demasiado.

La voz terminaba:

—Actué solo en la fase técnica. Nadie de Europol conocía mis actividades. Asumo completa responsabilidad.

Silencio.

Leclerc observó el cadáver.

—Confesó.

—Dos veces —dijo Varda.

—¿Dos?

—En la llamada dijo que habían utilizado su cuenta. En el audio dice que él la creó.

Mara revisó la información del archivo.

—Tal vez se arrepintió después de grabarlo.

—¿En qué orden?

—Grabó la confesión. Después intentó decirnos la verdad.

—Entonces quien lo mató dejó el audio.

—Sí.

—¿Y por qué permitirle llamar?

Mara guardó silencio.

León observó el rostro de Kessler. No podía identificarlo por sus rasgos, pero recordaba al analista de Ginebra por la manera de mover el pie derecho cuando revisaba datos.

Kessler había permanecido horas frente a una consola; tenía una pequeña irritación en el índice por el uso de una férula táctil.

La mano del cadáver no mostraba la marca.

Varda se inclinó.

—Este no es Kessler.

Mara retrocedió.

—Lo vi anoche.

—Vio su rostro.

—La credencial coincide.

—Eso no importa.

—¿En qué se basa?

León tomó la mano derecha con un pañuelo.

—Kessler utilizaba una férula conductiva en el índice. Le dejó una presión permanente junto a la uña. Este hombre no la tiene.

Leclerc miró el cuerpo.

—¿Cirugía facial?

—No lo sé.

—¿Entonces quién es?

Varda señaló el cuello. Había una línea clara debajo de la oreja. Una cicatriz quirúrgica.

La misma que había visto en Leclerc.

Mara lo miró. Leclerc retrocedió.

—No tengo relación con él.

—No dije que la tuviera —respondió Varda.

—Me está mirando.

—Miro cicatrices.

—Miles de personas pueden tenerla.

—Sí.

León se acercó a Leclerc.

—¿Qué intervención tuvo?

El hombre apretó la mandíbula.

—Extirpación de una glándula.

—¿Dónde?

—París.

—¿Clínica?

—Saint-Antoine.

Varda volvió al cadáver. La cicatriz tenía exactamente la misma longitud y posición.

—Mismo cirujano o mismo procedimiento.

Mara buscó en el bolsillo interior del muerto. Encontró un pequeño disco de plástico, sin inscripción.

Leclerc palideció.

—¿Qué es? —preguntó ella.