El Meridiano CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

EL HOMbrE QUE CONFESÓ DOS VECES

La multitud tardó nueve segundos en decidir que León Varda era culpable.

No hizo falta una orden judicial. No hubo una acusación formal. Bastó una imagen detenida en las pantallas de la Estación Central de Bruselas: un hombre más joven saliendo de un café, de madrugada, con una prueba secreta entre las manos.

Después, la voz de Nadir.

Fuiste vos.

La reacción comenzó como una modificación del silencio.

Algunas personas retrocedieron, otras levantaron los teléfonos.

Un hombre señaló a Varda desde el otro extremo del vestíbulo; una mujer tomó de la mano a su hijo y lo apartó.

Los periodistas que habían seguido la crisis durante toda la noche empezaron a abrirse paso entre los pasajeros.

En menos de diez segundos, León dejó de ser el investigador del robo. Se convirtió en parte de él.

—Tenemos que salir —dijo Mara.

Varda seguía mirando la pantalla. La imagen de su yo pasado permanecía congelada: abrigo oscuro, hombros tensos, el dispositivo de Tomás Vale apretado contra el cuerpo.

No recordaba aquella calle. No recordaba el frío.

No recordaba haber caminado hasta el edificio de Conrad Stein. Pero reconocía la postura.

Una persona podía falsificar un rostro. Podía reconstruir una voz.

Podía reproducir la manera de andar si tenía suficientes registros.

Lo difícil era imitar la relación de alguien con un objeto.

León sostenía aquel dispositivo como sostenía las cosas cuya existencia lo incomodaba: con el brazo cerca del cuerpo, la muñeca rígida y el pulgar apartado del mecanismo principal para evitar activarlo por accidente.

La imagen no demostraba que hubiera entregado la prueba. Pero demostraba que la había tenido.

—León.

Mara le sujetó el brazo. Esta vez él no se apartó.

Las puertas principales de la estación habían comenzado a cerrarse. No todas. Solo aquellas que conducían hacia las calles donde esperaban cámaras y vehículos policiales. Las salidas laterales permanecían abiertas.

Una elección preparada.

Leclerc miró a su alrededor.

—La estación está cambiando el flujo de personas.

Varda observó los paneles de evacuación. Las flechas luminosas dirigían a los pasajeros hacia el sector sur; dos corredores que normalmente servían para distribuir la circulación ahora funcionaban como un embudo.

—Quieren sacarnos por separado.

—La gente está yendo hacia el mismo lugar —respondió Leclerc.

—Precisamente.

Mara miró las escaleras mecánicas.

—Cuando lleguemos al corredor, podrán aislar un grupo pequeño sin que nadie note quién falta.

Los primeros periodistas alcanzaron la zona donde estaban.

—¡Señor Varda! ¿Entregó usted el Archivo Cero? ¿Conocía la existencia del Índice? ¿Fue responsable de la detención de Tomás Vale? ¿Trabaja con Nadir?

Mara se colocó delante.

—Retrocedan.

Los teléfonos continuaron grabando. León observó los rostros sin intentar retenerlos. No podía. Pero percibió el cambio en las voces, la ansiedad de quienes acababan de encontrar un culpable antes que una explicación.

Una periodista de cabello corto consiguió acercar un micrófono.

—Señor Varda, ¿la grabación es auténtica?

León miró la cámara que la acompañaba. La luz roja estaba encendida. Transmisión directa.

—La imagen es auténtica.

Mara giró hacia él. La periodista también pareció sorprendida.

—¿Entonces reconoce que entregó la prueba a Conrad Stein?

—No.

—Acaba de decir que es auténtica.

—Una imagen auténtica puede sostener una conclusión falsa.

—¿Fue usted la persona que aparece saliendo del café?

—Sí.

—¿Llevaba el dispositivo de Tomás Vale?

Varda volvió a mirar la pantalla.

—Sí.

La multitud reaccionó. Un murmullo. Después otro.

Mara bajó la voz.

—No tiene que responder.

—Precisamente por eso debo hacerlo.

La periodista avanzó.

—¿Adónde lo llevó?

—No lo recuerdo.

—¿Es una forma de evitar la pregunta?

—Es una respuesta.

—¿Es responsable de la detención de Tomás Vale?

Varda contempló el micrófono. Podía decir que no existían pruebas. Podía explicar el procedimiento de bloqueo de memoria. Podía atacar la credibilidad de Nadir. Cualquiera de esas respuestas parecería una defensa preparada.

—Mi testimonio contribuyó a condenarlo. Eso es un hecho.

—¿Y era inocente?

—Sí.

Esta vez el murmullo se convirtió en ruido. Los teléfonos se elevaron.

Leclerc observó las entradas.

—Están cerrando también el nivel inferior.

Mara se acercó al oído de León.

—Helena consiguió lo que quería. Ahora todo el mundo lo relaciona con Tomás.

—No.

—Acaba de confesarlo en directo.

—Confesé lo que ya sabía.

—¿Y qué consiguió?

Varda observó las cámaras.

—Que Stein no pueda detenerme sin que parezca que intenta impedir que siga hablando.

A lo lejos aparecieron agentes uniformados. No avanzaban con violencia; caminaban formando una línea, utilizando el lenguaje corporal de quienes pretendían mantener el orden.

—Señor Varda —dijo uno por un altavoz—. Necesitamos que nos acompañe.

La periodista apuntó la cámara hacia ellos. Los agentes redujeron la marcha.

León miró a Mara.

—Ahora.

Ella entendió. Tomó a la periodista por el hombro y la apartó apenas, como si intentara evitar que fuera arrollada por la multitud.

León giró hacia la derecha. Leclerc empujó un carro de equipajes entre dos columnas.

Los tres se mezclaron con un grupo que descendía hacia los andenes.

Los agentes no pudieron correr sin provocar pánico; las cámaras continuaron grabándolos.

Durante unos segundos, la visibilidad fue su mejor protección.

No tomaron ningún tren. Atravesaron el andén número cuatro, bajaron a un túnel de mantenimiento y salieron por una escalera que terminaba detrás de una cafetería cerrada.

Leclerc conocía la estación mejor de lo que había admitido. Mara lo notó.

—Dijo que nunca había entrado en el archivo.

—No entré.

—Pero conoce todos los accesos.

—Keller me pagó para vigilarlo.

—Durante ocho años.

—Ya tuvimos esta conversación.

—No. Usted respondió lo necesario para que dejáramos de preguntar.

Leclerc abrió una puerta metálica. Del otro lado había un callejón estrecho entre edificios; la lluvia caía con mayor intensidad que antes.

—Si quiere interrogarme, hágalo cuando no tengamos a la mitad de la policía belga buscándonos.

—No es la mitad —dijo Varda—. Solo una unidad.

Leclerc miró hacia la calle.

—Había más de veinte agentes.

—Los demás protegían la estación.

—¿Cómo distingue unos de otros?

—Los auténticos miraban a la multitud. Los enviados por Stein nos miraban a nosotros.

Mara consultó su teléfono. Las redes estaban saturadas con el video de la confesión.

En varias transmisiones, el rostro de León aparecía junto al símbolo de Nadir; algunos titulares afirmaban que el investigador había reconocido su participación en el Proyecto Génesis, otros lo describían directamente como cómplice.

—Ya emitieron una alerta para localizarlo.

—No una orden de detención.

—¿Importa?

—Mucho.

—En la práctica, no.

—En la práctica significa que Stein todavía no sabe qué acusación puede sostener sin revelar Génesis.

Leclerc levantó la capucha.

—Tengo un vehículo.

—No —dijeron Mara y León al mismo tiempo.

El hombre los miró.

—Es mío.

—Eso no lo vuelve seguro —dijo Mara.

—Nadie conoce la matrícula.

—Keller la conocía —respondió Varda.

—Keller está muerto.

León lo observó.

—Es la tercera vez que utiliza esa frase como garantía.

Leclerc apretó la mandíbula.

—¿Qué propone?

Varda miró al final del callejón. Un camión de reparto descargaba cajas frente a un hotel; el conductor discutía con un empleado que no encontraba una orden de entrega.

—Utilizar una identidad que nadie preparó para nosotros.

•  •  •

Veinticinco minutos después, viajaban dentro de una furgoneta que transportaba flores. El conductor creía que Mara era inspectora de Europol y que León era un testigo protegido; Leclerc permanecía oculto entre cajas de tulipanes y lirios. No era una mentira elegante. Por eso funcionó.

El vehículo avanzó hacia el norte de Bruselas, lejos de las estaciones y los edificios gubernamentales.

Mara revisaba la fotografía del procedimiento. La quinta figura seguía apareciendo en el reflejo. La pulsera de tres piezas metálicas.

—No era mi madre.

Varda observaba la ciudad a través del parabrisas.

—Helena lo afirmó.

—Helena también acaba de acusarlo públicamente.

—Eso no vuelve falsa cada cosa que dice.

—¿Por qué mostrarme una mujer que parece mi madre y después advertirme que no lo es?

—Para que haga exactamente esa pregunta.

Mara amplió la imagen.

—La pulsera le pertenecía.

—O alguien quería que lo creyera.

—Tengo fotografías.

—¿Su madre la llevaba siempre?

—Desde antes de que yo naciera.

—Entonces cualquiera con acceso a esas fotografías podía reproducirla.

Mara apagó la pantalla.

—¿Cree que todo lo que encontramos fue fabricado?

—No.

—¿Qué parte es verdadera?

—La suficiente para sostener las partes falsas.

—Eso no ayuda.

—No está diseñado para ayudar.

El conductor miró por el espejo.

—¿Adónde los llevo exactamente?

Mara había indicado una dirección al azar en el distrito de Laeken. No podían acercarse a hoteles, aeropuertos ni edificios oficiales.

Varda observó una iglesia al final de la avenida.

—Deténgase junto a la plaza.

El conductor redujo la velocidad.

—Aquí no hay ninguna oficina.

—Cambiaron la reunión.

El hombre no preguntó más. Mara pagó en efectivo. Cuando las puertas se cerraron y la furgoneta se alejó, Leclerc salió de entre las flores con pétalos blancos adheridos al abrigo.

—Keller jamás habría elegido este medio de transporte.

—Por eso lo elegí —dijo Varda.

•  •  •

La plaza estaba casi vacía; la lluvia había espantado a los turistas. Frente a la iglesia había un pequeño café que acababa de abrir.

León entró. Mara y Leclerc lo siguieron. Pidió tres cafés, se sentó junto a una ventana y extendió sobre la mesa la sentencia, la fotografía y la hoja con los doce números.

Mara dejó su teléfono boca abajo.

—¿Qué hacemos?

—Volver al principio.

—El Meridiano está en movimiento.

—Eso quieren que pensemos.

—Helena autorizó una segunda fase.