El Meridiano CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

Varda observó los uniformes. Las botas estaban limpias, las armas reglamentarias, los emblemas correctos. Todos parecían exactamente lo que afirmaban ser.

Demasiado.

El agente principal extendió una mano.

—Tenemos órdenes de trasladarlos a un lugar seguro.

—¿Quién emitió la orden? —preguntó León.

—Oficina Internacional de Continuidad.

Mara apretó el arma.

—Stein.

—Señora, no sabemos quién intentó atacarlos. Necesitamos sacarlos de la estación.

Varda miró el vehículo visible detrás de las puertas. Blindado. Oficial. Preparado. Una ruta segura. Una puerta abierta.

—No.

El comandante frunció el ceño.

—¿Perdón?

—No iremos con ustedes.

—No es opcional.

León observó las cámaras del depósito. Todas apuntaban hacia otro lado.

—Entonces no son policías.

Los agentes levantaron las armas al mismo tiempo. Mara disparó primero. No hacia ellos. Hacia el sistema contra incendios. El techo explotó en agua; las luces parpadearon. Leclerc empujó una estantería; las valijas cayeron sobre los agentes.

León, Mara y Leclerc corrieron hacia una puerta lateral.

Detrás comenzaron los disparos. Atravesaron una cocina, un corredor de personal y una sala llena de pasajeros evacuados.

Las cámaras regresaron. Los teléfonos se levantaron.

Los perseguidores se detuvieron: no podían disparar entre cientos de testigos.

Mara respiraba con dificultad.

—Tenía razón.

—No parecían policías.

—Parecían exactamente policías.

—Eso también.

•  •  •

Llegaron al vestíbulo principal. La estación estaba llena de personas que exigían explicaciones. Varda se detuvo junto a una pantalla de información. La cuenta regresiva seguía descendiendo.

58:42:17.

Mara miró la cinta que llevaba bajo el brazo.

—Tenemos la prueba.

—Tenemos una grabación.

—Su voz confirma el Índice.

—Mi voz puede fabricarse.

—La cinta es analógica.

—También puede editarse.

Leclerc se acercó.

—Keller verificó el original.

—Keller está muerto.

—Entonces ¿para qué vino?

Varda observó la fotografía del procedimiento. Había algo extraño. Helena aparecía junto a él, Tomás detrás de la consola, Stein al fondo. Pero el reflejo de la puerta mostraba una quinta figura. Una persona que tomaba la fotografía.

Mara vio cómo cambiaba su expresión.

—¿Qué encontró?

León amplió la imagen con el teléfono. El reflejo era borroso: una silueta delgada, cabello recogido, una mano sosteniendo la cámara. En la muñeca, una pulsera con tres piezas metálicas.

Mara dejó de respirar.

—Conozco esa pulsera.

Varda la miró.

—¿De quién era?

Ella sostuvo la fotografía con ambas manos.

—De mi madre.

El ruido de la estación pareció alejarse.

—Su madre participó en Génesis —dijo León.

—No.

—Está en la habitación.

—Murió cuando yo tenía dieciséis años.

—¿Nombre?

Mara tardó en responder.

—Isabel Sanz.

Leclerc retrocedió un paso. Reconocía el nombre. Varda lo vio.

—¿Quién era?

El hombre miró la fotografía.

—Keller hablaba de una mujer llamada Isabel.

—¿Qué decía?

—Que fue la única persona que abandonó el proyecto antes de que Tomás fuera detenido.

Mara apretó la imagen.

—Mi padre trabajó en continuidad. Mi madre no.

—Eso le dijeron —respondió León.

En la pantalla de información, todos los horarios desaparecieron. El símbolo de Nadir ocupó el vestíbulo. Las conversaciones se detuvieron.

Helena habló a través de los altavoces de la estación.

—Mara.

La agente levantó la vista. La voz no estaba distorsionada.

—No mires la fotografía.

Demasiado tarde.

—No es tu madre.

Mara sostuvo la imagen con más fuerza.

—¿Entonces quién es? —preguntó, aunque Helena no podía escucharla.

La voz continuó:

—León, la grabación fue preparada para que llegaras a una conclusión.

Varda observó el reflejo de la quinta figura.

—¿Cuál? —preguntó en voz alta.

Helena respondió como si lo hubiera oído.

—Que Stein traicionó el acuerdo.

Las puertas de la estación comenzaron a cerrarse.

—No fue él.

Mara miró a León. La voz de Helena descendió.

—Fuiste vos.

Las pantallas mostraron una nueva imagen: León, quince años atrás, saliendo del café a las 04:02. Solo. En la mano llevaba el dispositivo que Tomás había utilizado para mostrar el Índice. A las 04:11, otra cámara lo registraba entrando en un edificio gubernamental.

El edificio de Conrad Stein.

La imagen se congeló.

—Antes del amanecer —dijo Helena—, entregaste la prueba.

El símbolo de Nadir regresó.

—Y al día siguiente, Tomás fue detenido.

La transmisión terminó. La estación quedó en silencio.

Mara miró la cinta. Después a León. Leclerc se apartó, como si ya no supiera junto a quién estaba.

Varda contempló la imagen congelada en la pantalla: su abrigo, su postura, el dispositivo en la mano.

No recordaba haber salido del café. No recordaba haber ido hasta Stein.

Pero reconocía una cosa: la forma en que sostenía el aparato.

No como alguien que transportaba una prueba.

Como alguien que había decidido entregarla.

—¿Lo hizo? —preguntó Mara.

León no respondió.

En la pantalla reapareció la cuenta regresiva.

58:39:59.

Por primera vez desde el comienzo del caso, el hombre que buscaba las contradicciones no encontró ninguna.