CAPÍTULO 7 #3
Pasos. Una cuarta persona entró en la habitación grabada. León reconoció su propia voz antes de que dijera una palabra. Más firme. Más arrogante. Convencida de que cualquier problema podía reducirse a una estructura.
—Tienen cinco minutos —dijo el León de quince años atrás—. Después llamo a seguridad.
Mara seguía golpeando la puerta.
—¡León, responda!
Él no pudo. La cinta continuó. Tomás colocó algo sobre una mesa.
—Esto es el Índice de Continuidad.
—No existe ningún Índice —dijo León en la grabación.
La misma frase del cuaderno.
Helena habló:
—Lo vi.
—Viste una capa de priorización.
—Vi una lista.
—Todo sistema de emergencia necesita prioridades.
Tomás intervino:
—No prioriza funciones. Prioriza personas, países y fortunas.
Stein dijo:
—Cuidado.
—¿Con qué? —preguntó Tomás—. ¿Con pronunciarlo?
La cinta produjo una interferencia. Durante varios segundos, las voces se volvieron confusas. Después regresaron. Helena lloraba. No abiertamente. Se escuchaba en la respiración.
—León, si esto se activa, millones de identidades quedarán fuera.
La voz joven de Varda respondió:
—Si el sistema colapsa, millones quedarán fuera de todos modos.
—No es lo mismo.
—Para quien deja de existir en los registros, sí.
Tomás golpeó la mesa.
—Eso es lo que intentamos decirte. No quieren reconstruir el mundo. Quieren reconstruir una versión que puedan controlar.
Stein habló con una calma absoluta.
—Y ustedes pretenden entregar esa capacidad a gobiernos incapaces de mantener una moneda estable durante una década.
—No queremos entregarla —dijo Helena—. Queremos impedir que una sola oficina decida.
—Alguien debe decidir.
—¿Quién te eligió?
—Nadie.
Silencio. Después Stein añadió:
—Esa es la diferencia entre el poder y la responsabilidad. El poder se pide. La responsabilidad aparece cuando todos los demás miran hacia otro lado.
León se acercó al magnetófono. No recordaba aquellas palabras. Pero su cuerpo sí. Una presión comenzó detrás de sus ojos. Una imagen: el café, la botella sin abrir, Tomás sosteniendo un dispositivo, Helena junto a la ventana, Stein cerrando la puerta.
La cinta continuó. El León del pasado preguntó:
—¿Qué quieren de mí?
Tomás respondió:
—Que escondas la última secuencia.
—¿Por qué yo?
—Porque no confías en nadie.
Helena dijo:
—Ni siquiera en nosotros.
La voz joven de León tardó en responder.
—Eso no es una virtud.
—Esta noche puede serlo —dijo Tomás.
Hubo un sonido metálico. Algo pequeño fue colocado sobre la mesa.
—La secuencia no puede quedar en un archivo —continuó Helena—. Stein controla los servidores. Otros gobiernos controlan las copias.
—¿Y proponen que la memorice?
—Sí.
—Pueden extraerla.
—No si después no la recordás.
La habitación real pareció encogerse. Varda apoyó una mano sobre la mesa. En el corredor, Mara había dejado de golpear. Tal vez escuchaba a través de la puerta.
En la grabación, León preguntó:
—¿Qué significa eso?
Tomás respondió:
—Tenemos un procedimiento experimental.
—No.
—Escuchá.
—Dije que no.
—Podemos bloquear el acceso consciente a un recuerdo sin eliminarlo.
Helena se acercó al micrófono.
—La secuencia quedaría vinculada a una serie de estímulos. Solo podrías recuperarla siguiendo un recorrido preparado.
—¿Preparado por quién?
—Por vos.
—¿Y si alguien me obliga?
—Dejarías una primera secuencia falsa.
León cerró los ojos. La hoja del teatro. Los doce números. No era la clave. Era una defensa.
Una voz golpeó la puerta real. Mara.
—León, el sistema se está cerrando.
En la cinta, Stein habló:
—Esto es una locura.
Tomás respondió:
—No. Locura es creer que un código así puede permanecer seguro dentro de una institución.
—No permitiré el procedimiento.
—No necesitás permitirlo —dijo Helena.
La voz joven de León intervino:
—Basta.
Silencio. Cuando volvió a hablar, lo hizo más despacio.
—Si memorizo la secuencia y bloqueo el recuerdo, ninguno de ustedes podrá activarla sin mí.
—Correcto —dijo Tomás.
—Y yo no podré hacerlo sin seguir un recorrido que todavía no existe.
—Lo diseñaremos esta noche.
—No.
—¿Qué parte?
—Lo diseñaré yo.
Helena dijo su nombre.
—León.
—Si ustedes conocen el recorrido, pueden reconstruirlo.
—Podrías olvidar también que existe.
—Exactamente.
En la grabación, una silla se movió. Después la voz de León se acercó al aparato.
—Soy León Varda.
El hombre que escuchaba en la habitación sintió que la frase atravesaba quince años.
—Si estoy oyendo esta grabación, significa que el bloqueo comenzó a romperse.
Mara volvió a golpear.
—¡León!
La voz del pasado continuó:
—No debo confiar en la primera secuencia que recuerde. Fue creada para destruir Génesis y todo archivo vinculado.
La hoja con los doce números pareció arder dentro de su abrigo.
—No debo confiar en Helena.
La respiración de la cinta.
—No debo confiar en Tomás.
Una pausa.
—Y, sobre todo, no debo confiar en mí.
León abrió los ojos.
—Porque todavía no sé qué decisión voy a tomar cuando comprenda por qué acepté olvidar.
El magnetófono se detuvo. La cinta quedó suspendida.
La puerta se abrió. Mara entró con el arma levantada.
—¿Está bien?
León no respondió. Se acercó al sobre de la mesa. Estaba dirigido a él. La letra no pertenecía a Helena. Tampoco a Tomás. Era su propia escritura.
Lo abrió. Dentro había una fotografía del procedimiento. León estaba recostado en una silla médica, electrodos sobre la cabeza, Helena a su lado, Tomás detrás de una consola, Conrad Stein observando desde el fondo. Los cuatro habían participado. Debajo de la fotografía aparecía una frase:
UNO DE NOSOTROS TRAICIONÓ EL ACUERDO ANTES DEL AMANECER.
Mara leyó por encima de su hombro.
—¿Quién?
León giró la imagen. En el reverso había cuatro nombres. Junto a tres aparecía una marca.
Tomás Vale: verificado. Helena Voss: verificada. León Varda: verificado.
El nombre de Conrad Stein estaba en blanco.
Mara observó la fotografía.
—Fue Stein.
—Eso quiere que concluyamos.
—¿Quién escribió la nota?
—Yo.
—Entonces ¿desconfía de su propia conclusión?
—Acabo de escucharme decir que no confiara en mí.
Un sonido surgió del techo. El sistema de ventilación comenzó a funcionar.
Leclerc apareció en la puerta.
—Tenemos que irnos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mara.
—La estación está siendo evacuada.
—¿Por qué?
—Amenaza estructural.
Varda miró la rejilla. Un olor dulce comenzaba a entrar. El mismo agente químico utilizado en el automóvil de París.
—Cierren la ventilación —ordenó Mara.
Leclerc corrió hacia el panel. No respondía.
—Stein nos encontró.
—No —dijo León.
Tomó la fotografía, la cinta y el sobre.
—Stein sabía que vendríamos.
Mara lo miró.
—¿Cuál es la diferencia?
—Encontrar ocurre después. Preparar ocurre antes.
Las luces cambiaron a rojo. Una voz automática ordenó evacuar el archivo por la salida sur.
León negó.
—No por allí.
—Es la salida indicada —dijo Leclerc.
—Precisamente.
Mara cubrió su boca con la manga.
—¿Otra ruta preparada?
—Sí.
—¿Tiene una alternativa?
León observó el magnetófono. El cable de alimentación descendía por un conducto antiguo; junto a la pared había una compuerta pequeña, marcada con el símbolo ferroviario de comunicaciones.
—Los archivos de telégrafo necesitaban rutas propias para sacar cables sin atravesar zonas públicas.
Leclerc abrió la compuerta. Detrás había un túnel estrecho.
—No sé adónde conduce.
—Eso lo vuelve preferible.
Entraron. Mara cerró detrás de ellos. Avanzaron agachados mientras el olor químico comenzaba a filtrarse. A veinte metros, el túnel se dividió; una flecha pintada indicaba la derecha. Varda tomó la izquierda.
—¿Por qué?
—La pintura es reciente.
Continuaron. Detrás de ellos se escucharon pasos. No agentes evacuando. Personas avanzando sin hablar.
Mara desenfundó el arma.
—Nos siguen.
—Sí.
—¿Cuántos?
Varda escuchó. El eco deformaba los sonidos.
—Tres.
—¿Armados?
—Uno lleva algo metálico junto a la pierna derecha.
—Eso no significa un arma.
—No.
—¿Entonces?
—Significa que espera utilizarla.
Llegaron a una escalera. Subieron. La tapa superior no se movió.
Leclerc empujó con ambos hombros.
—Bloqueada.
Los pasos se acercaban. Mara se giró y apuntó hacia el túnel.
—Apártense.
Disparó contra el cierre. La tapa se abrió. Salieron a un depósito de equipajes abandonado. Leclerc subió último.
Una figura apareció al pie de la escalera. Disparó. La bala golpeó la pared. Mara respondió. La figura cayó fuera de la vista.
León cerró la tapa y atravesó una barra metálica por el mecanismo.
—No durará.
—No tiene que durar —dijo Mara—. Necesitamos llegar a la calle.
Leclerc abrió una puerta. Del otro lado había una fila de agentes belgas: armas levantadas, uniformes, identificaciones visibles.
El hombre que dirigía el equipo dio un paso.
—Señor Varda, señora Sanz, bajen las armas.
Mara no obedeció.
—¿Quién los envía?
—Policía Federal.
—Nombre del superior.
—Comandante De Wilde.
Leclerc susurró:
—Existe.