El Meridiano CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Las luces se apagaron. Al mismo tiempo, una compuerta descendió sobre la entrada principal. Los agentes gritaron desde el otro lado.

Mara encendió la linterna.

—Tenemos que salir.

León seguía mirando la pantalla negra.

—No.

—El edificio puede estar preparado para incendiarse.

—No nos trajeron hasta aquí para matarnos.

—¿Está dispuesto a confiar en eso?

—No.

—Entonces muévase.

Una luz roja se encendió sobre el escenario. El pedestal comenzó a abrirse. Dentro no había una esfera. Había un proyector antiguo y un sobre blanco. En el frente del sobre aparecía escrito:

PARA LEÓN.

Mara negó.

—No lo toque.

Varda se acercó.

—Acaba de decirme eso.

—Y usted suele hacerlo de todos modos.

—No siempre.

—¿Cuándo no?

—Cuando la persona que me advierte sabe algo que yo no.

Mara sostuvo la linterna.

—No sé qué hay adentro.

—Pero sabe que Helena utiliza sobres blancos.

El silencio entre ambos fue inmediato. Mara no se movió. León observó su mano derecha: los dedos apretaban la linterna con demasiada fuerza.

—No dije Helena —respondió ella.

—No hacía falta.

—Está interpretando un gesto.

—No. Estoy comparándolo con los anteriores.

—¿Desde cuándo sospecha de mí?

—Desde antes de París.

—¿Por qué me permitió acompañarlo?

—Porque todavía no sé si me conduce hacia ella o me mantiene alejado.

Mara bajó lentamente la linterna.

—Abra el sobre.

León no lo hizo.

—¿Eso es una orden?

—Es una elección.

—Las elecciones son las órdenes favoritas de Helena.

—No todo lo que digo viene de ella.

—Esa frase sí.

Mara respiró hondo.

—Celeste puede activar algo si no lo abre.

—También si lo hago.

—Entonces ¿qué espera?

Varda miró el sobre. Después a Mara.

—Que decida qué verdad quiere contarme antes de que el edificio lo haga por usted.

Un sonido recorrió el teatro. Los mecanismos del escenario comenzaron a moverse. Las banderas descendieron. Las mesas falsas se apartaron hacia los costados. Sobre el suelo apareció un círculo de luz; en el centro, la fecha del juicio de Tomás Vale.

La voz de Celeste regresó.

—Tiempo.

Un contador apareció en la pantalla.

00:60.

Mara observó las puertas selladas.

—No tenemos un minuto para esta conversación.

—Eso es exactamente lo que quieren que crea.

00:52. —Trabajo para Europol —dijo ella.

—También.

—No trabajo para Stein.

—Eso ya lo sabía.

—No participé en la muerte de Tomás.

—No se lo pregunté.

00:45. Mara miró el sobre.

—Helena me contactó hace tres años.

León no cambió de expresión.

—¿Por qué?

—Porque tenía documentos de mi padre.

—¿Qué documentos?

—Formó parte de Génesis.

00:36. —¿Qué hizo?

—Ayudó a diseñar protocolos de continuidad.

—El Índice.

Mara asintió.

—Intenté entregar las pruebas. Desaparecieron. Helena conservaba copias.

00:27. —¿Cuál es su función?

—Mantenerlo vivo.

—No es suficiente.

—Llevarlo hasta la verdad.

—¿La verdad de quién?

00:19. Mara lo miró directamente.

—Eso todavía intento descubrir.

00:15.

León tomó el sobre.

—¿Sabía que estaba aquí?

—No.

—¿Sabía lo que encontraríamos?

—Solo que Celeste había preparado una prueba.

—¿Para mí?

—Sí.

00:08.

Varda abrió el sobre. Dentro había una sola hoja. No contenía texto. Contenía una huella digital ensangrentada. Debajo, una secuencia de doce números.

León la reconoció antes de comprender por qué.

El contador llegó a cero. Las puertas no se abrieron. No hubo explosión. Todas las pantallas mostraron una imagen en directo.

Conrad Stein se encontraba en una sala de crisis, hablando con varios funcionarios. La transmisión parecía tomada desde una cámara oculta.

—Varda ha llegado al teatro —dijo Stein—. Si recupera la secuencia, activen el protocolo de terminación.

Uno de los hombres preguntó:

—¿Y Sanz?

Stein respondió sin vacilar:

—Es prescindible.

Mara observó la pantalla. León miró la secuencia. Doce números. Una huella. Un recuerdo bloqueado.

La voz de Celeste habló por última vez:

—Ahora ya saben quién escribió la primera lista.

La transmisión terminó. Las compuertas se levantaron. Los agentes irrumpieron en el teatro.

Varda dobló la hoja y la guardó junto a la sentencia.

Mara lo miró.

—¿Qué significan los números?

—No lo sé.

—Los reconoció.

—Sí.

—Entonces lo sabe.

León contempló el escenario vacío. Tomás había intentado verlo aquella noche.

Helena también estaba allí. Stein había participado.

Y él había olvidado. No por accidente. No por trauma.

La secuencia había sido enterrada dentro de su memoria junto con algo que alguien consideró demasiado peligroso para recordar.

—Significan que la condena de Tomás no comenzó en el tribunal —dijo.

—¿Cuándo comenzó?

Varda observó la fotografía de los cuatro entrando al café.

—La noche en que decidí no recordar por qué era inocente.

En la pantalla de uno de los agentes apareció una alerta. La cuenta regresiva mundial continuaba.

62:08:41.

Debajo surgió un mensaje nuevo:

SEGUNDA FASE AUTORIZADA.

A miles de kilómetros de París, varios bancos centrales desconectaron simultáneamente sus sistemas públicos. Y en algún lugar que todavía no podían localizar, El Meridiano volvió a moverse.