El Meridiano CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Las últimas letras habían desaparecido bajo el humo y la humedad.

A las 04:03, tres vehículos de la policía francesa cerraron ambos extremos de la calle. Mara descendió del primero; Varda salió por el lado contrario.

—No hay actividad térmica —informó un agente—. El suministro eléctrico está cortado desde hace dos años.

León observó una ventana del piso superior.

—No.

—¿No qué?

—No está cortado.

El agente consultó su dispositivo.

—La compañía confirmó la baja.

—Entonces alguien utiliza otra fuente.

Señaló el marco de la ventana: una pequeña franja de condensación recorría la parte inferior del cristal.

—Hay calor adentro.

Mara miró el edificio.

—¿Podría ser humedad?

—La humedad no mantiene una línea uniforme.

El responsable del operativo se acercó.

—Entraremos por la puerta lateral.

—No —dijo Varda.

El hombre lo miró con cansancio.

—¿También cree que la puerta espera que la abramos?

—Todas las puertas esperan eso.

—Tenemos una orden de registro.

—La persona que preparó este lugar conoce los procedimientos policiales.

—Por eso entraremos con protección.

—La protección no sirve si el peligro es aquello que creen estar buscando.

El agente perdió la paciencia.

—¿Qué propone?

Varda observó las ventanas, la inclinación del techo y la marquesina sobre la entrada.

—Apaguen las luces de los vehículos.

—¿Para qué?

—Para ver quién necesita que el edificio parezca vacío.

Mara hizo una seña. Las luces azules se apagaron. Los faros también. La calle quedó sumida en una oscuridad irregular, interrumpida por las lámparas lejanas de una avenida.

Durante varios segundos no ocurrió nada. Después, una luz tenue apareció detrás de la ventana superior. No se encendió. Se movió: una línea roja cruzó el cristal y desapareció.

—Sensor óptico —dijo Mara.

—No vigila la calle —respondió León—. Mide la oscuridad.

—¿Por qué?

—Para activar algo cuando dejamos de iluminar la fachada.

Un sonido metálico surgió del interior. Los agentes levantaron las armas. La marquesina comenzó a descender. No cayó: se inclinó lentamente hasta formar una pantalla sobre la entrada. En su superficie apareció el símbolo de Nadir. Debajo, una frase:

PARA VER EL TRUCO, PRIMERO HAY QUE MIRAR DONDE EL ILUSIONISTA NO QUIERE.

Una flecha señaló hacia arriba. Los agentes dirigieron las linternas al techo.

Varda miró hacia abajo. En el reflejo de un charco distinguió una figura moviéndose en una ventana del subsuelo.

—Atrás.

La puerta lateral explotó. No hacia fuera. Hacia dentro. Una nube de polvo y humo llenó la entrada, mientras una alarma comenzó a sonar en el edificio; los agentes corrieron hacia el acceso creyendo que alguien había intentado escapar.

León caminó en dirección contraria. Mara lo siguió.

—La flecha era una distracción.

—No.

—¿Entonces?

—Era una instrucción para la policía.

Llegaron a una rejilla de ventilación junto al suelo. El marco tenía marcas recientes. Varda se agachó; del interior llegaba una corriente de aire tibio.

—Por aquí.

—No cabemos.

—No necesitamos entrar.

Introdujo la linterna entre las láminas. El haz iluminó un corredor angosto. Al fondo, una persona vestida de negro empujaba una caja metálica.

Mara tomó la radio.

—Movimiento en el subsuelo. Sector oeste.

La figura se detuvo. Giró hacia la luz. No podían distinguir su rostro. Levantó una mano. No llevaba un arma: sostenía una pequeña esfera.

—Celeste —dijo Mara.

La mujer sonrió. Después soltó el objeto. La esfera golpeó el suelo. Una luz blanca llenó el corredor; el resplandor atravesó la rejilla. Cuando desapareció, la figura ya no estaba.

•  •  •

Los agentes derribaron el acceso del subsuelo cuatro minutos después. Encontraron un pasillo vacío, la caja metálica y una puerta abierta hacia el sistema de alcantarillado. Celeste Armand había desaparecido. Pero había dejado el teatro encendido.

El escenario principal reproducía el salón del Palacio de las Naciones.

No era una maqueta: era una reconstrucción a escala real.

Las ciento noventa y tres banderas ocupaban la pared posterior.

El pedestal negro estaba colocado en el centro.

La cámara Orfeo había sido imitada con placas de acrílico y una estructura metálica.

Había cámaras en las mismas posiciones que durante la ceremonia, luces programadas, mesas, atriles, incluso los asientos destinados a las delegaciones.

Mara entró lentamente.

—Ensayaron todo.

—No —dijo Varda—. Midieron lo que el público podía ver.

En una pantalla aparecía la repetición de la desaparición: la réplica se plegaba, las luces aumentaban, las cámaras cambiaban de plano.

Desde los ángulos transmitidos, la esfera parecía desvanecerse.

Desde una cámara situada detrás del lateral derecho, el movimiento resultaba evidente: las placas se retraían hacia el pedestal como pétalos cerrándose alrededor de un centro invisible.

—La cámara diecisiete —dijo Mara.

—El ángulo prohibido.

En las paredes había cientos de fotografías: reflejos, posiciones de cámaras, distancias, pruebas de iluminación, rostros del público simulado por maniquíes. Celeste no había preparado únicamente el mecanismo. Había preparado la memoria del acontecimiento.

Varda caminó hasta el pedestal. Sobre la base descansaba un cuaderno negro.

Mara se acercó.

—Demasiado evidente.

—Sí.

—¿No va a abrirlo?

—Eso espera.

—Todo espera algo, según usted.

—Los objetos no. Quienes los colocan.

León examinó el cuaderno sin tocarlo. No había polvo debajo. Había sido dejado recientemente. En la portada aparecía una palabra:

VARDA.

—Definitivamente quiere que lo abra —dijo Mara.

—No Celeste.

—¿Helena?

León tomó el cuaderno utilizando un pañuelo. No había cables ni mecanismos visibles. Abrió la primera página: estaba en blanco. La segunda también. La tercera contenía una fecha: la noche anterior a la detención de Tomás. Debajo había una dirección en Bruselas.

Varda reconoció el lugar. Un café cercano al laboratorio de Génesis. Había cenado allí con Helena aquella misma noche.

En la siguiente página aparecía una fotografía. Tomás Vale entraba en el café a las 22:14.

León dejó de respirar durante un instante.

—Dijo que no fue a verlo —recordó Mara.

—No fui.

—Pero él estuvo allí.

La siguiente imagen mostraba a Helena entrando por la puerta lateral. Hora: 22:19. Otra fotografía: Conrad Stein descendiendo de un automóvil. 22:26.

Mara se acercó más.

—Los tres estuvieron en el mismo lugar.

—Cuatro.

—¿Quién falta?

León pasó la página. Una imagen lo mostraba a él, sentado junto a una ventana, de espaldas a la cámara. 22:31.

Mara lo observó.

—Usted también.

—No lo recuerdo.

—La fotografía parece auténtica.

—Eso no la vuelve verdadera.

—¿Puede haber sido manipulada?

—Todo puede serlo.

—¿Pero cree que lo fue?

Varda miró su propia silueta: la postura, el abrigo, la forma de apoyar la mano izquierda sobre la mesa.

Demasiado preciso.

La siguiente página contenía la copia de un recibo. Cuatro cafés. Una botella de vino. Una cena. Pagada con la tarjeta de León Varda.

—Dijo que estaba trabajando —señaló Mara.

—Eso creía.

—¿No recuerda haber estado allí?

—No.

—¿Bebió?

—No olvido una noche por beber.

—¿Entonces?

León pasó otra página. Encontró una transcripción. Cuatro voces, no identificadas. Una de ellas decía:

Si activan el Índice, no reconstruirán el mundo. Elegirán cuál merece regresar.

Otra respondía:

No existe ningún Índice.

La tercera:

Lo vi, León.

La cuarta voz pronunciaba:

Entonces no deberías haberlo buscado.

Mara leyó la última frase.

—¿Stein?

—Probablemente.

—¿Y la segunda voz?

Varda no necesitó responder. La negación le pertenecía. No recordaba la conversación, pero reconocía la estructura de sus palabras: el modo en que reducía una acusación a la falta de una prueba.

La página siguiente mostraba un diagrama de la Clave Génesis. En el centro aparecía un espacio vacío, una secuencia incompleta. Debajo, Helena había escrito:

LO QUE DECIDISTE OLVIDAR SIGUE DECIDIENDO POR VOS.

León cerró el cuaderno. La sala pareció inclinarse. No sufrió un mareo. Fue algo más breve: una imagen. Un café oscuro. Tomás de pie junto a la mesa. Helena llorando sin lágrimas. Stein cerrando una carpeta. Una aguja.

Después, nada.

Mara apoyó una mano sobre su brazo.

—¿Qué vio?

Varda se apartó.

—Nada.

—No fue nada.

—Una imagen no es un recuerdo.

—¿Qué era?

Antes de que pudiera responder, las luces del escenario se encendieron. Una voz surgió de los altavoces. No era Helena. Era una mujer más joven, con un tono divertido.

Celeste Armand.

—Toda ilusión necesita dos cosas —dijo—. Una persona capaz de dirigir la mirada y otra convencida de que eligió dónde mirar.

Las pantallas mostraron la ceremonia. Después el café de Bruselas. Después la fotografía de Varda sentado junto a Tomás.

—Yo trabajé con cámaras —continuó Celeste—. Helena trabajó con sistemas. Pero vos, León, trabajaste con algo mucho más delicado.

En la pantalla apareció el rostro de Varda quince años atrás.

—Tu propia memoria.

Mara levantó la radio. No había señal.

La voz continuó:

—La pregunta no es por qué no recordás aquella noche.

Las imágenes comenzaron a reproducirse en secuencia: Tomás entrando, Helena, Stein, Varda.

—La pregunta es quién te convenció de que olvidarla había sido tu decisión.