CAPÍTULO 6
SEIS LUGARES
Ninguna se encontraba en la misma ciudad. Dos no se conocían. Una creía que otra había muerto. Y solo Helena Voss sabía qué ocurriría si alguna decidía no obedecer.
El mensaje contenía tres palabras:
SEGUNDA FASE AUTORIZADA.
Debajo aparecía una instrucción diferente para cada destinatario.
Después, los dispositivos comenzaron a destruirse.
No explotaron. No emitieron humo. La pantalla perdió brillo, las letras desaparecieron y un compuesto corrosivo atravesó lentamente los circuitos internos, convirtiendo cada teléfono en un objeto tan inútil como cualquier secreto después de haber sido pronunciado.
• • •
La primera persona en leer el mensaje estaba arrodillada frente a una esfera abierta.
Amalia Ríos trabajaba en un taller situado bajo una antigua fábrica de sedas, a las afueras de Lyon.
No figuraba en los registros comerciales, no tenía línea telefónica; la electricidad llegaba desde tres edificios distintos y se distribuía mediante una instalación que ningún inspector habría aprobado.
Durante años, el lugar había servido para restaurar muebles, marcos y esculturas pertenecientes a colecciones privadas: los propietarios entraban por una puerta lateral, dejaban objetos cuya existencia no deseaban declarar y regresaban meses después para recoger una versión rejuvenecida de su pasado.
Ahora el taller estaba vacío. En el centro, sobre una mesa de acero, descansaban los restos de Eco.
No la esfera que se había plegado en el corredor del palacio —aquella había sido construida para ser encontrada—, sino la hermana de la réplica utilizada durante la ceremonia.
Amalia la había ensamblado para probar cada movimiento antes de fabricar la pieza definitiva.
Doscientas cuarenta y ocho placas. Uniones microscópicas. Tres capas de materiales auténticos. Una piel capaz de engañar a un espectrómetro, a una cámara de alta resolución y a un especialista convencido de que el objeto que examinaba no podía ser falso.
Amalia sostenía una de las placas bajo una lámpara.
Tenía el grosor de una uña; la superficie mezclaba oro, acero, cobre y una fracción casi imperceptible de material extraído del verdadero Meridiano meses antes.
A simple vista era perfecta. Bajo aumento, también.
Pero al inclinarla catorce grados hacia la luz aparecía una línea.
No medía más de dos milímetros. Era la sombra que León Varda había visto sobre el pedestal.
Amalia había intentado eliminarla durante el montaje. La línea había regresado después del primer plegado. Una tensión incorrecta. Una imperfección. Suficiente para que una mente adecuada comenzara a hacer preguntas.
El teléfono vibró sobre la mesa. Amalia leyó la instrucción:
NÁCAR: ELIMINAR EL ORIGINAL DE PRUEBA.
ABANDONAR EL TALLER ANTES DE LAS 06:45.
Miró el reloj. Veinticuatro minutos.
El dispositivo comenzó a oscurecerse. Lo dejó dentro de un recipiente de cerámica y volvió a la placa.
Podía destruir el prototipo en nueve minutos: había preparado una mezcla capaz de disolver las articulaciones sin alterar los materiales nobles, y los fragmentos resultantes serían indistinguibles de residuos de restauración.
Pero la línea seguía allí.
Tomó un pincel de un solo pelo, lo humedeció en una solución translúcida y acercó la punta a la superficie.
Se detuvo.
Helena le había ordenado abandonar el lugar. No corregir la pieza. No conservarla. No volver a mirarla.
Amalia apoyó el pincel de todos modos. La solución llenó la fisura. Esperó. La línea se redujo. No desapareció. Aplicó otra capa.
El reloj marcó las 06:29. En una pantalla lateral, los canales internacionales mostraban la desaparición de El Meridiano; algunos repetían el plano frontal, otros analizaban el destello.
Ninguno utilizaba el ángulo que habría revelado el mecanismo.
El trabajo había funcionado: todo el planeta creía haber visto desaparecer una esfera.
Y aun así, Amalia no podía apartar la vista de aquella línea.
Una obra no dejaba de estar incompleta porque nadie advirtiera el defecto.
Abrió un cajón y sacó una herramienta más fina.
A las 06:37, una luz se encendió en el corredor exterior. Amalia levantó la cabeza. Nadie debía conocer la entrada. El taller permaneció en silencio. Después oyó un golpe —no en la puerta, en una tubería de calefacción. Tres golpes cortos. Una pausa. Dos golpes.
El código de retirada.
Helena no confiaba en que obedeciera. Había enviado a alguien.
Amalia tomó la placa, la envolvió en tela negra y la guardó dentro de su abrigo.
Accionó el sistema de destrucción: un líquido transparente comenzó a llenar la bandeja bajo la esfera abierta, las primeras articulaciones se disolvieron y las placas cayeron unas sobre otras con un sonido suave.
Apagó las luces y salió por una trampilla situada bajo la mesa.
Mientras descendía, miró por última vez el prototipo: la mitad inferior comenzaba a hundirse, la mitad superior conservaba todavía la forma de una esfera.
Parecía un planeta derrumbándose sobre su propio centro.
Amalia cerró la trampilla. No había cumplido completamente la orden. Se llevó la placa defectuosa.
No sabía que, al hacerlo, acababa de crear la primera pista que Nadir no había previsto.
• • •
Idris El Mansur recibió el mensaje en una pista privada cerca de Turín.
El avión sanitario descansaba detrás de él, vacío; la pintura blanca seguía limpia, la matrícula luxemburguesa continuaba siendo válida.
En el interior, el símbolo de Nadir ocupaba el piso donde las autoridades esperarían encontrar una carga robada.
Idris había aterrizado nueve minutos antes de que los radares italianos comenzaran a buscarlo.
No había apagado el transpondedor: había transmitido durante seis minutos una identificación militar obtenida de una aeronave que volaba sobre el Adriático.
Los sistemas habían visto dos aviones ocupando el mismo código y habían descartado uno como error de duplicación.
La máquina no había sido engañada. Había sido obligada a elegir qué versión de la realidad parecía más probable.
Idris caminó hasta el extremo de la pista. Una camioneta esperaba junto a un hangar; dentro había un hombre con chaqueta marrón y una pequeña cicatriz sobre la ceja. Idris no conocía su nombre. Había trabajado con él dos veces y en ambas ocasiones se habían llamado por designaciones temporales.
Esta vez el hombre era Norte. Idris era Bóreas.
Norte bajó la ventanilla.
—La persecución aérea se extendió hasta Austria.
—Demasiado.
—Era el objetivo.
—El objetivo era dispersarlos. No cerrar el espacio aéreo civil.
—No lo cerraron.
—Todavía.
Norte le entregó una carpeta.
—Segunda fase.
Idris no la tomó.
—Ya recibí el mensaje.
—Esto contiene la ruta.
—¿Qué transporto?
—No es necesario que lo sepas.
Idris miró el hangar. Detrás de las puertas había un contenedor de color gris, de aproximadamente dos metros de largo, sin inscripciones ni sistemas visibles de refrigeración o seguridad.
—No vuelvo a mover una carga sin saber si pone vidas en riesgo.
Norte mantuvo la carpeta extendida.
—Aceptaste las condiciones.
—Acepté que ningún civil sería utilizado.
—No hay civiles dentro.
—No pregunté eso.
El hombre bajó el brazo.
—La instrucción viene de Nadir.
—Nadir no está aquí.
—Por eso existen las instrucciones.
Idris contempló las montañas. Había volado durante años siguiendo órdenes emitidas por personas que observaban mapas desde oficinas seguras.
Siempre parecían sencillas cuando llegaban por radio: mantener la altitud, no aterrizar, priorizar a los funcionarios, abandonar la zona.
Las órdenes nunca incluían los rostros de quienes quedaban debajo.
—¿Cuántas personas pueden morir si la segunda fase funciona?
—Ninguna forma parte del plan.
—No fue lo que pregunté.
Norte guardó silencio. Idris regresó al avión.
—¿Adónde vas? —preguntó el hombre, bajando de la camioneta.
—A revisar el combustible.
—La ruta ya está calculada.
—No voy a volar.
—La orden es despegar a las siete.
Idris abrió el compartimiento lateral.
—Entonces Nadir debería haber elegido a alguien que obedeciera mejor.
Norte se acercó.
—Te eligió precisamente porque no obedeciste aquella vez.
Idris dejó de mover las manos.
—Ciento diecisiete civiles —continuó el otro—. Seis funcionarios. Una orden imposible. Elegiste a quienes nadie había puesto primero.
—No conoces esa historia.
—Helena sí.
Era la primera vez que Norte pronunciaba su nombre. Idris giró.
—No vuelvas a hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Recordarme por qué estoy aquí como si eso convirtiera en justa cualquier cosa que hagamos.
Norte le entregó la carpeta.
—La carga no es El Meridiano.
Idris la tomó.
—¿Qué es?
—Una forma de impedir que otro país active Génesis antes de tiempo.
—¿Cuál?
—Argentina.
Idris abrió el documento. La ruta terminaba en Madrid; desde allí, otro transporte llevaría el contenedor a Buenos Aires.
—¿Por qué Argentina?
—No siguió el protocolo.
—¿Eso la convierte en objetivo?
—La convierte en una anomalía.
Idris leyó las especificaciones. El contenedor llevaba módulos de respaldo para una red financiera local. No era un arma. Era una protección. Nadir había ordenado defender un sistema.
—¿Quién piensa atacarlo?
Norte miró hacia la pista.
—La misma gente que acaba de activar centros de continuidad en ciento noventa y tres países.
Idris cerró la carpeta.
—¿Stein?
El hombre no respondió. No era necesario.
A las 06:44, Idris regresó a la cabina. Encendió los motores.
Pero antes de solicitar autorización, envió un mensaje desde una frecuencia que no figuraba en la ruta de Nadir.
La transmisión duró menos de un segundo; solo contenía una coordenada.
La recibió una estación de rescate marítimo en el Mediterráneo.
Desde allí sería reenviada, sin que nadie supiera por qué, a una oficina de Europol.
Idris todavía obedecía. Pero había comenzado a dejar una salida.
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