El Meridiano CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Stein llamó a un equipo de intervención. En menos de un minuto, cuatro agentes rodearon la puerta; uno colocó una carga pequeña junto al cierre. Moreau protestó por el riesgo de alterar la escena, pero nadie la escuchó.

Varda se apartó. La explosión fue seca. La puerta se abrió hacia dentro. El pasillo técnico estaba a oscuras. Los agentes ingresaron con armas y linternas.

Mara se dispuso a seguirlos. Varda la sujetó del brazo.

—Espere.

—Podría haber alguien.

—No.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque querían que abriéramos.

Un agente gritó desde el interior: había encontrado algo.

Stein avanzó primero; Mara y Varda lo siguieron.

El corredor medía poco más de dos metros de ancho.

Tuberías y bandejas de cables recorrían el techo.

A unos quince metros, junto a una rejilla de ventilación, había un carro de mantenimiento.

Encima descansaban dos uniformes grises, dos gorras, dos mascarillas y una caja transparente.

Dentro de ella, cuidadosamente colocada sobre una base de espuma, había una esfera metálica de veintitrés centímetros.

Moreau se llevó una mano a la boca.

—El Meridiano.

Uno de los agentes se acercó. Varda lo detuvo.

—No la toque.

—Podría ser el objeto.

—Precisamente.

Stein miró la esfera.

—¿Por qué devolverla?

—No la devolvieron.

—Está aquí.

—Algo está aquí.

Moreau examinó la caja desde lejos.

—La superficie coincide.

—Eso ya lo sabíamos de la esfera que desapareció.

Mara observó el corredor.

—¿Entonces es una réplica?

—Es una respuesta demasiado rápida.

—¿Qué quiere decir?

Varda señaló el carro.

—Una puerta que finge estar abierta. Huellas borradas. Identidades de muertos. Uniformes abandonados. Y ahora la esfera esperando en una caja transparente, iluminada por la primera linterna que entra.

—Alguien quiere que la encontremos —dijo Mara.

—Alguien quiere que dejemos de buscar.

Stein dio una orden.

—Evacuen el corredor. Traigan el equipo de explosivos.

Varda no miraba la esfera. Miraba la rejilla de ventilación: una de las láminas metálicas vibraba ligeramente. No por el aire. Por un sonido —un pulso grave, casi imperceptible, que se repetía a intervalos.

Se acercó.

—Apaguen las radios.

Nadie obedeció.

—Apaguen todo.

Mara levantó una mano. Los agentes desconectaron sus equipos. El pasillo quedó en silencio.

El pulso volvió. Una vez. Después otra. Provenía de la caja.

Moreau miró los sensores portátiles.

—Está transmitiendo.

—¿A dónde? —preguntó Stein.

El técnico negó con la cabeza.

—No es una señal de radio convencional.

Varda contó los intervalos. Tres pulsos cortos. Uno largo. Dos cortos. Una pausa. La secuencia se repitió.

—No transmite hacia fuera —dijo.

—¿Entonces?

—Está esperando una respuesta.

El círculo negro apareció en la superficie de la esfera. No fue proyectado desde el pasillo: surgió debajo de la capa metálica, como tinta extendiéndose bajo la piel. Una línea vertical atravesó el centro.

El símbolo de Nadir.

Las luces del corredor se encendieron al mismo tiempo. En la pared del fondo apareció una frase.

LA PRIMERA RESPUESTA SIEMPRE ES LA QUE PREPARARON PARA USTEDES.

Debajo comenzó una nueva cuenta regresiva.

00:30.

Los agentes retrocedieron.

—¡Evacuen! —ordenó Stein.

00:27. Moreau miró la esfera.

—Puede contener un explosivo.

—No —dijo Varda.

—No puede saberlo.

—Si quisieran matarnos, no necesitarían treinta segundos para llamar nuestra atención.

00:21. Mara tomó a León del brazo.

—No pienso comprobar su teoría aquí.

—No es una teoría.

—Perfecto. Puede explicármelo afuera.

Los agentes comenzaron a retirarse. Varda permaneció frente a la caja.

00:15.

—¿Qué espera? —preguntó Mara.

—La pregunta.

00:11. El símbolo desapareció. La superficie de la esfera se volvió negra.

00:08. Aparecieron tres palabras.

¿DÓNDE ESTABA ANTES?

00:05. León sintió que la frase se cerraba alrededor de una idea todavía incompleta. No preguntaba dónde estaba la réplica, ni dónde estaba El Meridiano. Preguntaba por el momento anterior al robo.

00:03. Varda miró las huellas borradas. La orden emitida a las 20:13. Los falsos empleados. La plataforma de apoyos alternados. La puerta que fingía estar abierta.

00:02. Comprendió que el corredor no había sido utilizado para sacar algo después de la desaparición. Había sido preparado para demostrar que podía haberse hecho.

00:01.

La esfera se abrió. No explotó: se dividió en cientos de láminas delgadas que cayeron unas dentro de otras con un sonido metálico, hasta convertirse en un disco plano sobre la espuma. En el centro quedó una fotografía.

Mara fue la primera en reconocerla. Era una imagen del ensayo realizado doce días antes: la cámara Orfeo aparecía oscura durante el ciclo de opacidad. En la parte inferior alguien había escrito una hora.

03:42.

Varda tomó la fotografía con unas pinzas. En el reverso había una frase manuscrita.

EL ROBO TERMINÓ ANTES DE QUE EL MUNDO EMPEZARA A MIRAR.

Moreau leyó por encima de su hombro.

—¿Qué significa?

León observó la cámara oscura de la fotografía. Setenta y un segundos. Una variación de un gramo. Un clic metálico. Un objeto que había superado todos los controles porque cada equipo verificó una propiedad distinta.

Mara habló en voz baja.

—La esfera de esta noche era falsa.

Varda negó.

—Eso es lo que quieren que concluyamos.

—La réplica acaba de plegarse delante de nosotros igual que la del salón.

—Sí.

—Entonces sabemos cómo desapareció.

—Sabemos cómo puede desaparecer una esfera hueca.

—¿Cuál es la diferencia?

León giró la fotografía.

—Todavía no sabemos cuándo colocaron la primera.

Stein había permanecido en silencio.

—El ensayo —dijo finalmente.

Varda lo miró. El funcionario no parecía sorprendido; parecía preocupado por haber llegado a la misma respuesta demasiado pronto.

—Setenta y un segundos de opacidad —continuó Stein—. Pudieron sustituirla entonces.

—No —dijo León.

—¿Por qué no?

—Porque la cámara no fue abierta.

—Podrían haber manipulado los registros.

—Demasiadas agencias, demasiados sistemas independientes. Alterarlos todos habría sido más difícil que robar la esfera.

Moreau apretó los dedos contra los anteojos.

—El sistema de contención.

Varda se volvió hacia ella.

—¿Qué dijo?

La doctora miró el suelo.

—Orfeo tiene un compartimiento inferior.

Stein dio un paso.

—Esa información es clasificada.

—La esfera ya no está —respondió Moreau—. La clasificación parece haber perdido eficacia.

Mara observó el pedestal a través de la puerta abierta.

—¿Un compartimiento dentro de la base?

—Para emergencias —explicó Moreau—. Si los sensores detectaban riesgo térmico, estructural o químico, la esfera podía descender sin abrir la cámara.

—¿Quién diseñó ese mecanismo? —preguntó Mara.

Moreau no respondió. Stein miró a Varda. León sostuvo su mirada.

Quince años atrás había dibujado el primer esquema sobre una servilleta en un restaurante vacío de Bruselas.

Helena había corregido el equilibrio magnético.

Tomás había preguntado qué ocurriría si alguien utilizaba el mecanismo no para proteger el objeto, sino para ocultarlo. Ninguno había respondido.

—Yo —dijo Varda.

Mara lo observó.

—¿Usted diseñó Orfeo?

—Diseñé la idea que alguien convirtió en Orfeo.

—¿Y no pensó que era importante mencionarlo?

—Hasta hace un minuto no sabía que la habían utilizado.

Stein se acercó.

—El sistema de contención no figura en los planos generales.

—Por eso funcionó.

—Solo seis personas conocían su existencia.

—Entonces ya redujo su lista de seiscientos sospechosos.

Moreau miró la fotografía.

—Si activaron el mecanismo durante el ensayo, la esfera real pudo descender al pedestal.

—Y una réplica subir en su lugar —completó Mara.

—El peso habría cambiado —dijo Stein.

—No si ambas pesaban lo mismo —respondió Varda.

—El pedestal completo habría aumentado su masa.

León lo miró.

—¿Lo pesaron después del ensayo?

Stein no respondió. Moreau bajó lentamente la vista.

—Pesamos el objeto suspendido.

—¿Y la estructura?

—No.

Varda devolvió la fotografía a la caja.

—Entonces alguien pudo esconder ocho kilos dentro de la base y dejar otros ocho arriba sin que ningún equipo considerara que debía sumar ambos.

Moreau parecía enferma.