El Meridiano CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Una esfera desapareció dentro de una cámara invulnerable, una señal desconocida tomó el control de sus pantallas y alguien ordenó limpiar el piso cuatro minutos antes. Si todavía confía en las reglas, señor Stein, quizá debería investigarse a usted mismo.

El rostro del funcionario no cambió. Pero su mano derecha se cerró dentro del bolsillo del abrigo.

—La orden de limpieza no es información pública.

—Ahora entiendo por qué la están ocultando.

—Nadie la oculta.

—Entonces ¿por qué no estaba en el informe principal?

Stein miró a Mara. Ella no bajó la vista.

—La instrucción fue automática —dijo él—. Un error generado por la programación del evento.

—¿Qué evento?

—La ceremonia.

—Las ceremonias no limpian pisos antes de que se ensucien.

Stein apoyó una tarjeta contra el lector. Las puertas se abrieron.

—Encontrará que no todo lo inusual es importante.

Varda entró.

—Y usted encontrará que esa frase suele pronunciarla la persona que necesita decidir qué debemos ignorar.

El salón principal ya no se parecía al escenario de una celebración.

Las mesas habían sido desplazadas hacia las paredes.

Las flores permanecían abandonadas en jarrones, algunas aplastadas por el movimiento de los agentes.

Había tazas a medio beber, auriculares de traducción, carpetas abiertas y una copa rota bajo una silla.

La cámara Orfeo continuaba en el centro; la iluminación ceremonial había sido reemplazada por focos blancos, y cables, instrumentos y pantallas la rodeaban como si un equipo médico intentara mantenerla con vida. El pedestal estaba vacío.

León se detuvo en la entrada. No miró inmediatamente la cámara. Observó el salón: las puertas, la altura del techo, los sectores ocupados por las delegaciones, las posiciones de los músicos, las cámaras de televisión, los espacios que habían quedado libres alrededor del escenario.

Mara esperó a su lado.

—¿Qué ve?

—Demasiadas cosas.

—Eso no suena propio de usted.

—Lo difícil nunca es encontrar detalles. Es decidir cuáles fueron colocados para que los encontremos.

Una mujer descendió del escenario. Elise Moreau llevaba el cabello recogido de cualquier manera y los anteojos apoyados sobre la cabeza; su traje estaba arrugado. Había envejecido varias horas desde la ceremonia.

—Usted no puede estar aquí —dijo.

—Buenas noches, doctora Moreau.

—La última vez que lo vi, hizo clausurar durante seis meses un laboratorio en Viena.

—Durante cinco.

—Perdimos otro mes revalidando los permisos.

—Entonces fueron seis.

Moreau miró a Mara.

—¿Quién autorizó esto?

—Todos y nadie —respondió Varda—. Por eso resultó tan rápido.

La doctora volvió hacia él.

—No toque la cámara.

—Ya me lo dijeron.

—No interfiera con los sensores.

—También.

—No interrogue a mi equipo sin mi presencia.

—Eso no.

—Acabo de decírselo.

—Pero nadie más lo había hecho.

Moreau cerró los ojos un instante.

—¿Qué necesita?

—El registro completo de Orfeo.

—Está siendo copiado.

—El original.

—No puede salir del sistema.

—No he dicho que quiera sacarlo.

—Tendrá una terminal supervisada.

—También necesito las imágenes de las doce horas anteriores al robo.

—Las cámaras del salón están incluidas.

—No hablo de las cámaras del salón.

Moreau lo miró con cansancio.

—¿De cuáles habla?

—Pasillos, depósitos, cocinas, accesos técnicos, montacargas, salas de electricidad y conductos de mantenimiento.

—Eso son miles de horas.

—Entonces deberían haber comenzado antes.

—Señor Varda, hay equipos completos revisando ese material.

—Equipos que buscan personas entrando donde no debían. Yo quiero saber quién estaba donde tenía permiso para estar.

La doctora señaló la cámara.

—Nadie abrió Orfeo.

—Eso parece.

—No hubo pérdida de presión.

—Eso registra.

—Ninguna persona entró en la cámara.

—Probablemente.

Moreau endureció la expresión.

—¿Está aquí para ayudar o para repetir que no confía en nada?

Varda se acercó al pedestal, sin cruzar la línea marcada en el suelo.

—Confiar es una decisión. Observar es un método.

Examinó el cristal. No había fisuras; los reflejos de los focos cortaban la superficie en líneas nítidas. Dentro de la cámara, el aire parecía inmóvil.

—¿Por qué sigue registrando el peso?

Moreau tardó una fracción de segundo.

—Ya no.

—Durante cuánto tiempo lo hizo.

—Veintitrés minutos después de la desaparición.

—¿Exactamente el peso de la esfera?

—Sí.

—¿Y después?

—La lectura cayó a cero durante el reinicio.

—¿Reiniciaron el sistema?

—Era necesario comprobar si el sensor estaba bloqueado.

—Destruyeron la continuidad del registro.

—Guardamos una copia.

—No es lo mismo.

—No teníamos la ventaja de saber qué decisión criticaría usted una hora después.

León se agachó junto a la línea de seguridad. En el suelo había una diferencia casi imperceptible entre dos sectores del mármol: una zona reflejaba la luz con mayor nitidez.

—¿Quién limpió aquí?

Moreau miró hacia Stein, que permanecía detrás de ellos.

—Un equipo de mantenimiento —respondió ella.

—¿Después del robo?

—Sí.

Mara intervino.

—La orden fue emitida antes.

Moreau no pareció sorprendida.

—La orden fue generada antes. La limpieza se realizó después.

—¿Cuánto después?

—Tres minutos.

—¿Mientras el salón estaba sellado?

—Había restos de cristal cerca de la primera fila.

León señaló la copa rota bajo una silla.

—Esa sigue allí.

—No era esa.

—¿Quién indicó el sector exacto?

—El sistema de mantenimiento.

—Otra vez el sistema.

Stein se acercó.

—Había un protocolo programado para restaurar el escenario después de la ceremonia.

—La ceremonia no había terminado.

—El evento fue interrumpido.

—La orden se emitió cuatro minutos antes de la interrupción.

—Por un error de sincronización.

Varda caminó alrededor de la línea, observando el suelo. La zona limpiada formaba una curva irregular desde el borde del escenario hasta una puerta lateral. No era el recorrido de un empleado retirando una copa rota.

Era un trayecto.

—¿Qué producto utilizaron?

Moreau buscó a uno de los técnicos.

—Solución neutra para mármol.

—Marca.

—No lo sé.

—¿Dónde está el equipo?

—Fue retirado.

—¿Por qué?

—Porque no pertenece al laboratorio.

—¿Quiénes limpiaron?

—Dos empleados del edificio.

—Nombres.

Moreau consultó una tableta.

—Henri Masson y Luca Ferri.

—¿Dónde están?

Nadie respondió. Varda levantó la vista.

—No aparecen en el registro de salida —dijo Stein.

—¿Continúan dentro?

—No fueron localizados.

Mara dio un paso hacia él.

—Dijo que nadie había abandonado el edificio.

—Nadie registrado.

—¿Los empleados no estaban acreditados?

—Las identificaciones eran válidas.

—¿Entonces?

Stein mantuvo la voz serena.

—Henri Masson murió hace cuatro años. Luca Ferri está ingresado en una residencia geriátrica de Lausana.

El salón pareció volverse más silencioso. Varda observó la curva brillante sobre el mármol.

—Dos hombres inexistentes recibieron una orden emitida antes del robo, entraron después y limpiaron un camino específico mientras seiscientas personas permanecían encerradas.

Moreau se quitó los anteojos.

—Las cámaras no muestran sus rostros con claridad. Llevaban uniformes, gorras y mascarillas.

—¿Qué retiraron?

—Nada visible.

—No le pregunté qué vieron retirar.

—No faltaba ningún objeto del salón.

—Salvo El Meridiano.

Stein negó lentamente.

—La cámara permaneció sellada durante la limpieza.

—No limpiaban para sacar la esfera.

—Entonces ¿para qué?

Varda volvió a agacharse y acercó el rostro al mármol, sin tocar la superficie. La luz revelaba pequeñas marcas semicirculares junto a la base del pedestal; algunas habían sido borradas parcialmente, otras permanecían fuera de la zona limpiada.

—Necesito una lámpara rasante.

Moreau hizo una seña. Un técnico le entregó un dispositivo portátil. Varda apagó el foco más cercano y proyectó la luz casi paralela al suelo.

Las marcas aparecieron. Pequeños arcos, separados a intervalos regulares.

Mara se agachó junto a él.

—¿Ruedas?

—No.

—¿Un carro?

—Las ruedas dejan líneas paralelas.

León desplazó la luz. Los arcos continuaban hacia la puerta lateral.

—Son apoyos alternados.

—No entiendo.

—Algo pesado fue trasladado mediante una plataforma de patas retráctiles. Levanta una sección, desplaza la otra, vuelve a apoyar. Como un animal muy lento.

Moreau se acercó.

—El pedestal no se movió.

Varda iluminó la base.

—No durante la ceremonia.

—Está anclado.

—Ahora.

La doctora observó las marcas.

—El montaje se realizó ayer. Esas huellas pueden ser del equipo de instalación.

—Entonces ¿por qué alguien necesitó borrarlas esta noche?

Moreau no respondió. Varda siguió la trayectoria hasta la puerta lateral. El panel estaba cerrado.

—¿Adónde conduce?

—A un pasillo técnico —dijo Stein.

—Ábralo.

—Está bajo control policial.

—Entonces no debería tener miedo.

Stein apoyó su tarjeta. El lector emitió un tono negativo. Lo intentó otra vez.

Acceso denegado.

Por primera vez, algo parecido a la irritación cruzó su rostro. Moreau probó con su credencial: el resultado fue el mismo.

—¿Quién bloqueó la puerta? —preguntó Mara.

Un técnico revisó la consola.

—No está bloqueada.

—Acabamos de comprobar que sí.

—El sistema dice que está abierta.

Varda observó el panel.

—No es la puerta que está cerrada.

—¿Qué significa eso? —preguntó Moreau.

Él señaló el marco.

—El lector acepta las credenciales. El mecanismo no recibe la orden.

—¿Un corte de comunicación?

—No. Una sustitución.

León introdujo la punta de una tarjeta de papel entre el marco y el panel. La cubierta cedió unos milímetros. Detrás del lector oficial había un segundo dispositivo, más pequeño, conectado con cables del mismo color que los originales.

Moreau palideció.

—Eso no estaba ayer.

—Sí estaba.

—Yo supervisé el control.

—Supervisó aquello que el control estaba diseñado para mostrarle.

Mara miró el dispositivo.

—¿Puede abrirla?

—No desde aquí.

—¿Por qué bloquear una puerta que conduce a un pasillo vacío?

Varda recorrió con la vista las huellas del suelo.

—Porque ya no está vacío.