CAPÍTULO 2
LA ORDEN ANTERIOR
León Varda ocupó el asiento trasero, junto a una ventanilla que vibraba con cada corrección del rotor.
No preguntó quién había autorizado el vuelo, cuánto costaba ni cuál de los cuatro gobiernos que solicitaban su presencia asumiría la responsabilidad si la aeronave se precipitaba sobre el lago Lemán.
Mara Sanz se sentó frente a él. Entre ambos había una mesa plegable, dos auriculares de comunicación y una carpeta azul que ella no había abierto desde que abandonaron el hotel.
Varda observó la carpeta.
—¿Cuántas páginas?
Mara miró hacia abajo.
—Treinta y dos.
—Cuarenta y una.
Ella no reaccionó.
—¿Quiere contar las hojas?
—No hace falta.
—Entonces supongo que acaba de deducirlo por el grosor del lomo.
—No.
—¿Por el peso?
—Tampoco.
Mara esperó. Varda señaló el borde inferior de la carpeta.
—La página treinta y dos fue impresa en otro equipo. El corte es más claro. Después agregaron nueve hojas.
Mara pasó el pulgar sobre el borde.
—No veo ninguna diferencia.
—La siente.
Ella retiró la mano.
—¿Qué cree que contienen esas nueve páginas?
—La razón por la que no quería que abriera la carpeta delante de usted.
El ruido de las hélices llenó el silencio. Mara tomó la carpeta y la dejó sobre la mesa.
—Todo lo que sabemos hasta ahora.
—No saben nada.
—Sabemos que El Meridiano desapareció dentro de una cámara cerrada.
—Eso es lo que vieron.
—Sabemos que no hubo apertura del cristal, pérdida de presión ni acceso no autorizado.
—Eso es lo que registró la máquina.
—Sabemos que la transmisión fue intervenida.
—Eso es lo que alguien quiso que supieran.
Mara se quitó uno de los guantes. Tenía una cicatriz delgada junto al pulgar derecho; Varda la miró apenas un instante.
—¿Siempre responde corrigiendo la pregunta?
—Solo cuando la pregunta contiene una respuesta disfrazada.
—Entonces formule usted una mejor.
León contempló las luces dispersas bajo el helicóptero.
—¿Quién decidió que el robo ocurrió a las 20:17?
—La esfera desapareció a esa hora.
—No le pregunté cuándo desapareció. ¿Cuándo fue vista por última vez fuera de la cámara?
—Hace doce días.
—¿Quién verificó que el objeto de esta noche fuera el mismo?
—Especialistas de cinco países.
—¿Juntos?
—Cada equipo comprobó un aspecto distinto.
—Entonces nadie.
Mara abrió la carpeta. Las primeras páginas contenían fotografías de la ceremonia, planos del salón, lecturas del sistema Orfeo y una lista preliminar de personas presentes.
—La composición superficial fue analizada —dijo—. El peso coincidía. El identificador criptográfico era correcto.
—Un pasaporte auténtico no vuelve auténtico a quien lo utiliza.
—¿Cree que mostraron una réplica?
—Creo que todavía no debo creer nada.
Mara pasó varias páginas.
—La esfera fue transportada desde Bruselas bajo custodia internacional. Permaneció sellada hasta el ensayo final.
—¿El mismo ensayo durante el que la cámara quedó opaca?
Los ojos de Mara se detuvieron en él.
—¿Cómo sabe eso?
—Está en las nueve páginas.
—No las leyó.
—No.
—Entonces ¿cómo...?
—Las primeras treinta y dos fueron preparadas para informar. Las últimas nueve, para justificar. Solo se justifican las anomalías.
Mara cerró la carpeta.
—Setenta y un segundos.
—¿Qué ocurrió durante ellos?
—Calibración térmica.
—Eso explica por qué no podían verla. No explica qué ocurrió.
—Las lecturas permanecieron normales.
—Excepto por una variación de masa.
Mara no dijo nada. León levantó los ojos.
—Un gramo.
La expresión de ella cambió apenas. No sorpresa. Confirmación.
—¿Quién se lo contó?
—Usted.
—No mencioné ninguna variación.
—Cuando dije que las páginas añadidas contenían una anomalía, miró el borde superior derecho de la carpeta: hay una fotografía con un gráfico.
Después, al mencionar el ensayo, apretó el índice contra la tapa.
La anomalía fue pequeña, técnica y difícil de explicar.
Peso, presión o temperatura. La presión habría activado una alerta.
La temperatura era precisamente el objeto del ensayo. Quedaba el peso.
Mara lo observó varios segundos.
—¿Y el gramo?
—Adiviné.
—No le creo.
—Hace bien.
El helicóptero comenzó a descender. A lo lejos, Ginebra brillaba alrededor del lago como una arquitectura construida con líneas de luz.
Desde aquella altura, la ciudad parecía ordenada: las carreteras trazaban curvas limpias, los edificios públicos formaban bloques regulares, las embarcaciones permanecían quietas junto a la costa.
Varda sabía que el orden era un efecto de la distancia.
Todo sistema parecía coherente cuando se lo miraba desde suficientemente lejos.
—Hay algo más —dijo Mara.
—Siempre.
—El salón continúa sellado. Ninguna de las personas presentes pudo salir hasta completar una primera identificación.
—¿Cuántas?
—Seiscientas treinta y cuatro.
—¿Incluye al personal de seguridad?
—Sí.
—¿Músicos?
—Sí.
—¿Periodistas?
—Sí.
—¿Quienes recibieron la orden de limpiar el piso?
Mara volvió a quedarse inmóvil. Varda inclinó la cabeza.
—Esa no estaba en las nueve páginas.
—No.
—Entonces acaba de confirmarme que existió.
La agente miró hacia la cabina.
—Todavía no se sabe si tiene relación.
—Una orden de limpieza en la escena de un robo siempre tiene relación. Aunque solo sea con la estupidez.
—Fue emitida minutos después de la desaparición.
—No.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque si hubiese sido posterior, no estaría intentando restarle importancia antes de que yo la mencionara.
Mara sostuvo su mirada.
—Cuatro minutos antes.
El helicóptero tocó tierra. Varda no se movió.
—¿Antes del robo?
—A las 20:13.
—¿Quién la emitió?
—El sistema de mantenimiento del edificio.
—Los sistemas no emiten órdenes. Ejecutan decisiones.
—Aparece como una instrucción automática.
—Las decisiones más peligrosas suelen hacerlo.
Los recibió una fila de vehículos negros.
No había sirenas; no eran necesarias. La policía había cerrado varias avenidas y establecido un perímetro alrededor del Palacio de las Naciones, y aun así cientos de personas se acumulaban detrás de las barreras —periodistas, curiosos, manifestantes improvisados y turistas que sostenían sus teléfonos por encima de la cabeza, intentando capturar una imagen del edificio donde el mundo acababa de perder algo que casi nadie había visto antes.
Las pantallas instaladas en bares y comercios repetían la desaparición una y otra vez: la esfera, el destello, el vacío, el símbolo, 72:00:00.
En algunos canales, especialistas en seguridad hablaban de hologramas; en otros, antiguos agentes aseguraban que el ladrón debía encontrarse todavía dentro.
Un economista explicaba que no existían motivos para temer consecuencias financieras mientras, debajo de su rostro, una franja roja informaba que los mercados de futuros acumulaban pérdidas.
Mara y Varda viajaban en el segundo vehículo. Un agente francés conducía; otro ocupaba el asiento delantero y recibía mensajes por tres dispositivos distintos.
—Hay rumores de evacuación —dijo Mara.
—No son rumores.
—El edificio sigue cerrado.
—No me refiero al edificio.
Ella lo miró.
—¿A qué se refiere?
—Dos bancos privados están moviendo personal fuera de Ginebra.
El vehículo gris que nos siguió desde el aeropuerto pertenece a una empresa de transporte diplomático.
Lleva cuatro pasajeros, pero las suspensiones traseras indican que está cargado.
Documentos, servidores o metales. Algo que no quieren conservar en la ciudad.
Mara buscó el vehículo por la luneta.
—Podría ser una medida de precaución.
—El miedo siempre se presenta como precaución cuando lleva corbata.
El Palacio apareció detrás de los árboles. Las banderas seguían alineadas frente al edificio, inmóviles bajo las luces de seguridad. La entrada principal estaba rodeada de agentes armados; equipos de televisión transmitían desde la distancia permitida. El convoy ingresó por un acceso lateral.
Antes de bajar, Mara apoyó una mano sobre la puerta.
—Hay algo que necesita saber.
—Otra cosa que no estaba en la carpeta.
—El hombre que coordina la investigación se llama Conrad Stein.
—Lo conozco.
—Él también lo conoce a usted.
—La diferencia es que yo no finjo que eso me alegra.
—Tiene autoridad para expulsarlo del edificio.
—Entonces disfrutará de la experiencia.
Mara abrió la puerta.
—No lo subestime.
Varda descendió.
—Nunca subestimo a las personas que logran evitar aparecer en los organigramas.
El aire nocturno olía a humedad, combustible y césped recién cortado.
Un hombre los esperaba bajo la marquesina.
Conrad Stein tenía sesenta y un años, el cabello gris recortado con precisión y un abrigo oscuro que parecía no haber sido afectado por la lluvia.
No llevaba credenciales visibles; tampoco necesitaba exhibirlas.
Los agentes a su alrededor modificaban la postura cuando él se acercaba.
—Señor Varda —dijo. Su voz era cálida, medida y ligeramente más baja de lo necesario.
León no respondió al saludo. Observó los zapatos de Stein: negros, hechos a mano, sin una sola gota de barro pese a que el camino lateral estaba húmedo. Había llegado por el acceso cubierto. O alguien había limpiado sus zapatos antes de recibirlos.
—Ha pasado mucho tiempo —continuó Stein.
—No el suficiente.
El hombre sonrió.
—Su reputación no exagera su cortesía.
—La suya exagera sus funciones.
Mara se interpuso antes de que la conversación pudiera endurecerse.
—Necesitamos entrar al salón.
Stein la miró.
—La inspección técnica está en curso.
—Por eso estamos aquí.
—El señor Varda no forma parte de la investigación oficial.
—Cuatro gobiernos solicitaron su presencia.
—Cinco gobiernos solicitaron que ninguna persona ajena a los equipos acreditados tocara la cámara.
Varda pasó junto a ellos.
—Entonces será mejor que no la toque.
Stein lo siguió.
—La doctora Moreau dirige el análisis. Le dará acceso limitado a los registros.
—Acceso limitado es una forma burocrática de decir acceso inútil.
—Es una forma jurídica de decir que todavía existen reglas.
Varda se detuvo frente a las puertas interiores.