CAPÍTULO 1 #2
Varda no respondió. Estaba sentado junto a la ventana, con un cuaderno cerrado sobre las rodillas —no tomaba notas durante las primeras observaciones; escribir obligaba a convertir demasiado pronto una imagen en una explicación.
—¿Vio eso? —preguntó Eberhardt.
—Sí.
—Desapareció.
—Eso parece.
—Estaba dentro de una caja de cristal.
—Una cámara de seguridad.
—¿Cuál es la diferencia?
—Una caja impide entrar. Una cámara registra lo que ocurre. Confundir ambas cosas suele ser costoso.
Eberhardt volvió a mirar el televisor.
—Deben haber cortado la transmisión.
—No la cortaron.
—Entonces es un montaje.
—Tampoco.
Varda tomó el control remoto y retrocedió la emisión. La esfera reapareció. Avanzó cuadro por cuadro: un destello blanco cubrió la parte superior del cristal y, en el siguiente fotograma, El Meridiano ya no estaba. Volvió hacia atrás. Después otra vez.
Eberhardt se removió en el sillón.
—Creí que habíamos terminado con mi asunto.
—Terminamos.
—Entonces debería irme.
—Debería.
El hombre permaneció sentado.
Varda reprodujo la escena por tercera vez.
No observó la esfera: observó a quienes la rodeaban.
Un presidente que continuaba aplaudiendo.
Una mujer que giraba hacia su escolta. Un camarógrafo que corregía el enfoque.
La violonchelista que bajaba el arco antes de que nadie reaccionara.
Un agente que miraba el pedestal, no el espacio vacío.
—¿Cómo lo hicieron?
Varda no respondió. Reprodujo la grabación por cuarta vez.
El empresario se levantó.
—¿Señor Varda?
León detuvo la imagen un instante antes del destello. El Meridiano seguía allí, y sobre la superficie negra del pedestal aparecía una sombra circular demasiado definida para pertenecer a la esfera.
Varda se acercó al televisor.
—Interesante.
—¿Qué cosa?
—La sombra.
—No veo ninguna sombra.
—Por eso es interesante.
Aumentó el contraste. La imagen perdió calidad, pero la marca circular permaneció: no estaba debajo de la esfera, sino más atrás, como si la luz encontrara una forma que las cámaras no alcanzaban a mostrar. León avanzó un fotograma. El destello. Otro. Vacío. El aplauso seguía sonando.
—¿Usted sabe qué pasó?
—Todavía no.
—Pero tiene una idea.
Varda dejó el control remoto sobre la mesa.
—Las ideas son el modo más elegante de arruinar una observación.
La puerta de la habitación se abrió. Una empleada del hotel entró empujando un carro con café, y se detuvo al descubrir a los dos hombres frente al televisor.
—Disculpen. Me indicaron que podía pasar.
Varda no miró su rostro. Observó los zapatos negros, el pequeño roce en el talón izquierdo, la posición de las manos sobre el carro.
—Usted no trajo el desayuno esta mañana.
La mujer frunció el ceño.
—No, señor.
—Pero utiliza los zapatos de quien lo hizo.
Eberhardt giró hacia ella. La empleada bajó la vista.
—Somos del mismo número. Los cambiamos porque los míos se mojaron.
—No —dijo Varda—. Los cambió porque los suyos tienen una suela distinta y la obligaban a cojear. Estos pertenecen a una persona más pesada. El desgaste está desplazado hacia fuera.
La mujer pareció no saber si estaba siendo acusada de algo.
—Puedo llevarme el café.
—Déjelo.
Ella colocó la bandeja y salió con rapidez. Eberhardt lo observó.
—¿Por qué hizo eso?
—¿Qué cosa?
—Asustarla.
—No estaba asustada.
—Parecía asustada.
—Estaba avergonzada. No es lo mismo.
Varda volvió a la pantalla. El empresario se acercó a la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—¿Va a aceptar el caso?
—Nadie me lo ofreció.
—Se lo ofrecerán.
—Probablemente.
—¿Y entonces?
León observó el pedestal vacío.
—Diré que no.
Eberhardt sonrió, como si hubiera descubierto una contradicción.
—No parece capaz de apartar los ojos.
—Eso no significa que quiera trabajar para quienes lo perdieron.
—Pensé que le gustaban los casos imposibles.
Varda lo miró por primera vez desde que comenzó la transmisión.
No recordaba con precisión su rostro; podría reconocerlo por la voz, por el perfume amaderado, por la forma de girar el anillo matrimonial cuando mentía, pero si lo encontrara en otro lugar, vestido de manera distinta y en silencio, quizá pasaría junto a él sin detenerse.
—No existen los casos imposibles. Solo las explicaciones construidas antes de mirar.
Eberhardt abrió la puerta.
—Enviaré el pago.
—Ya lo hizo.
El hombre revisó su teléfono.
—No.
—Su asistente lo hizo hace cuarenta minutos. Desde una cuenta de la empresa que usted afirmó no utilizar para asuntos personales.
Eberhardt cerró lentamente la mano alrededor del teléfono. Varda señaló el pasillo.
—También debería llamar a sus abogados. Los reguladores recibirán mi informe mañana a primera hora.
El empresario salió sin despedirse. León esperó a que el sonido de sus pasos desapareciera. Después sirvió café.
En la pantalla, las imágenes volvieron a comenzar: la ceremonia, los aplausos, el destello, el vacío.
Apagó el sonido y reprodujo la escena una quinta vez.
Esta vez observó la iluminación —una lámpara situada a la izquierda aumentaba su intensidad una fracción de segundo antes de que comenzaran los flashes; no era suficiente para que el público lo percibiera, pero sí para modificar el reflejo sobre el cristal.
Sexta reproducción: el técnico junto a la consola reaccionaba tarde.
Séptima: la violonchelista bajaba el arco antes de la desaparición.
Octava: uno de los agentes dirigía la mirada hacia la parte inferior del pedestal. No hacia la esfera. No hacia el público.
Hacia la base.
León dejó la taza.
—No se la llevaron.
La frase se perdió en la habitación vacía.
En el televisor apareció el mensaje de Nadir: el círculo atravesado por una línea vertical.
Varda se quedó inmóvil. Durante años había visto símbolos creados para intimidar, confundir o conferir importancia a personas que no la tenían.
Aquel era distinto. No intentaba representar una identidad.
Representaba una posición. Un punto debajo de otro.
La dirección opuesta a la que todos miraban.
La voz habló del Archivo Cero. Después apareció la palabra Génesis.
El café dejó de tener sabor.
Varda se acercó tanto a la pantalla que pudo ver la estructura de los píxeles. La palabra desapareció. El contador comenzó.
72:00:00.
71:59:59.
Su teléfono sonó. Número privado. No respondió. Volvió a sonar. Lo dejó sobre la mesa. A la tercera llamada, lo apagó.
En el pasillo, un ascensor se detuvo en el octavo piso.
Las puertas se abrieron. Una persona caminó hacia la habitación.
Varda escuchó el ritmo de los pasos —firmes, regulares, con una pausa casi imperceptible cada vez que la pierna izquierda recibía el peso.
No reconoció a la persona. Pero reconoció la lesión.
Alguien golpeó tres veces.
León no se movió.
—Señor Varda —dijo una mujer desde el otro lado—. Sé que está ahí.
Él observó el reloj de la cuenta regresiva.
71:57:43.
—También sabe que no pienso abrir.
—Cuatro gobiernos solicitan su presencia en Ginebra.
—Entonces pueden repartirse mi ausencia.
La mujer guardó silencio. Después deslizó algo por debajo de la puerta: una fotografía atravesó la alfombra y se detuvo junto a los zapatos de Varda.
Era una ampliación del instante anterior a la desaparición —la cámara Orfeo, El Meridiano, el pedestal— y, reflejada en el cristal, una forma que no figuraba en ninguna transmisión pública.
León recogió la imagen.
—¿De dónde obtuvo esto?
—Abra la puerta.
—Primero responda.
—Del único sistema que no fue intervenido.
Varda examinó la fotografía. En el reflejo aparecía una mujer situada fuera del encuadre principal, vestida de negro, el rostro oculto por la iluminación.
Pero no era el rostro lo que le interesaba.
Era su mano derecha: sostenía una carpeta contra el pecho y presionaba con el pulgar la última página, deformando el papel.
León había visto ese gesto antes. Mucho tiempo atrás, en laboratorios, aeropuertos y habitaciones donde tres personas creían estar construyendo algo capaz de sobrevivirlas.
Apretó la fotografía entre los dedos.
—La seguridad no fue derrotada, señor Varda.
León levantó la vista hacia la puerta.
—No.
—Obedeció.
Él observó por última vez el contador.
71:56:18.
Después abrió.
La mujer que esperaba al otro lado llevaba un traje gris, el cabello recogido y una identificación de Europol. Varda no intentó memorizar su cara. Miró sus zapatos. La rodilla izquierda. La respiración controlada. La forma en que mantenía una mano cerca del bolsillo interior de la chaqueta.
—Mara Sanz —dijo ella.
—Sé quién es.
Mara arqueó una ceja.
—Nunca nos vimos.
—Eso no significa que no sepa quién es.
Miró el televisor detrás de él, donde El Meridiano desaparecía otra vez.
—¿Sabe cómo lo hicieron?
Varda tomó su abrigo.
—No.
—¿Entonces por qué viene?
—Porque no robaron la esfera.
Mara lo observó durante un segundo.
—Todo el mundo acaba de verla desaparecer.
—Precisamente.
—¿Qué robaron entonces?
Varda salió al pasillo. Las puertas del ascensor continuaban abiertas, esperándolos.
—La atención de todos.
Entró sin mirar atrás.
En la habitación, el contador perdió otro segundo.
71:55:59.