El Meridiano CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

—La esfera auténtica estuvo dentro del pedestal durante doce días.

—Quizá.

—Y esta noche...

—Esta noche hicieron desaparecer la copia.

Mara miró hacia el salón.

—Entonces El Meridiano todavía estaba dentro de la base cuando se cerraron las puertas.

León no contestó. La expresión de Moreau cambió.

—El pedestal.

—¿Qué ocurre con él? —preguntó Mara.

La doctora salió del corredor y corrió hacia el escenario. Los demás la siguieron. Orfeo continuaba iluminada, el cristal intacto, la base negra en el centro. Moreau subió los escalones y examinó la consola.

—El protocolo exige moverla.

—¿Cuándo? —preguntó Varda.

—Si existe riesgo de contaminación, explosivos o manipulación interna, la estructura completa debe trasladarse a una instalación aislada.

Stein tomó su teléfono.

—Suspendan cualquier movimiento del pedestal.

La persona al otro lado respondió algo. El rostro del funcionario perdió color.

—¿Cuándo?

Silencio.

—¿Quién lo autorizó?

Otra pausa. Stein bajó el teléfono.

Mara lo miró.

—¿Qué pasó?

—La cámara Orfeo fue desmontada hace diecisiete minutos.

Moreau giró hacia la base.

—Eso es imposible.

—Está en camino al centro de análisis.

Varda observó el espacio alrededor del pedestal. Los cables habían sido desconectados, los anclajes liberados. Las marcas semicirculares del suelo ya no parecían pertenecer al montaje del día anterior.

Eran una prueba. Un ensayo de la forma en que la estructura podía caminar sin ruedas.

—¿Quién autorizó el traslado? —preguntó Mara.

Stein consultó la pantalla de su teléfono.

—Seguridad suiza recibió una orden de la oficina francesa. Los franceses dicen que respondieron a una solicitud británica. Los británicos tienen una validación firmada por el laboratorio. El laboratorio afirma que la orden se generó desde el protocolo automático.

—Responsabilidad circular —dijo Varda.

Moreau miró la base vacía.

—Pero el pedestal está ahí.

León se acercó. Por primera vez cruzó la línea de seguridad. Apoyó dos dedos sobre la superficie negra. No hubo alarma. Golpeó una vez.

El sonido fue hueco.

Moreau abrió la consola inferior. Dentro solo había cables cortados y una estructura liviana de aluminio.

Varda se incorporó.

—No es el pedestal.

Mara miró la réplica vacía.

—¿Lo cambiaron?

—Durante la limpieza.

—Pero la cámara estaba encima.

—La cámara que todos observaban.

León miró la curva brillante sobre el mármol.

Los falsos empleados no habían borrado un trayecto: habían ocultado el intercambio.

Mientras cientos de agentes discutían, mientras las delegaciones exigían salir y todas las cámaras apuntaban al cristal vacío, alguien había desmontado la base auténtica y colocado una carcasa idéntica.

No habían sacado la esfera de Orfeo. Habían sacado Orfeo alrededor de la esfera.

Stein volvió a llamar.

—Intercepten el convoy.

La voz que respondió desde el teléfono era demasiado alta; todos alcanzaron a oírla.

—Señor, no hay ningún convoy.

Stein se quedó inmóvil.

—Repita.

—La orden de traslado fue cancelada hace doce minutos. El equipo llegó al punto de recogida, pero la estructura ya no estaba.

Varda cerró los ojos. No para pensar. Para escuchar. El salón lleno de radios, pasos y órdenes. El mundo entero buscando un objeto que creía desaparecido. Los gobiernos movilizándose. La seguridad obedeciendo. La investigación siguiendo una ruta preparada.

Abrió los ojos.

—No robaron El Meridiano durante la ceremonia.

Mara miró el pedestal falso.

—Lo robaron después.

—No.

—Acaba de decir que se llevaron la base.

—Se la entregamos.

Stein terminó la llamada.

—Cerraremos la ciudad.

Varda negó.

—Eso ya estaba previsto.

—Revisaremos cada vehículo.

—También.

—Aeropuertos, estaciones, fronteras.

—Por eso no saldrá de Ginebra como contrabando.

Stein se acercó.

—Entonces dígame cómo.

León observó las ciento noventa y tres banderas detrás del escenario.

—Con documentos oficiales.

—¿De qué país?

—De todos los necesarios.

Mara entendió antes que los demás.

—El traslado de una amenaza internacional recibe prioridad diplomática.

—No la esconden de los controles —dijo Varda—. La rodean de autorizaciones hasta que nadie se atreve a detenerla.

Moreau apoyó una mano sobre la cámara vacía.

—¿Dónde está ahora?

Varda miró el reloj de la cuenta regresiva en una de las pantallas auxiliares.

69:48:12.

Helena había necesitado menos de tres horas para conseguir que las autoridades hicieran exactamente aquello que ella esperaba.

—En el lugar al que nosotros decidimos llevarla —respondió.

Mara dio un paso hacia él.

—¿Y cuál es ese lugar?

León observó la fotografía del ensayo. La esfera auténtica había permanecido doce días dentro de la base. Después, el mundo había visto desaparecer una copia. La reacción había obligado a desmontar, trasladar y aislar la estructura.

La seguridad no había sido derrotada. Había obedecido.

—Todavía no lo sé —dijo—. Pero Nadir sí.

En ese momento, todos los teléfonos del salón vibraron. No sonaron. Vibraron una sola vez. En cada pantalla apareció el mismo mensaje:

GRACIAS POR AbrIR LA PUERTA.

Debajo, la cuenta regresiva continuó cayendo.

69:47:59.