CAPÍTULO 68 #2
Attaegina empezó a sentirse cada vez más violenta. ¿Qué tenían que opinar ellos sobre sus decisiones y las de Lorick? La Matriarca quiso continuar hablando, pero Atti no se lo permitió:
─Si se refiere a los problemas de su clan, yo no tengo la obligación de resolverlos.
Titania se molestó por su interrupción, pero no dijo nada.
No parecía de esas mujeres viscerales que defendían sus causas en el momento, sino de aquellas otras que se tomaban su tiempo para cocinar a fuego lento sus venganzas personales.
En su lugar, Oberón tomó la palabra, como si se sintiera responsable de la poca cordialidad de Atti:
─Attaegina, creo que no te estás enterando bien de lo que te dice la Matriarca. Y que yo sepa, el problema sí que tiene que ver contigo. De hecho, te estamos evitando muchos problemas al acogerte aquí.
─¿Por qué?
─¿Eres consciente de que tu estancia en Heimkel pone en peligro a toda mi gente? ─intervino de nuevo Titania, más adusta que antes─. Nabor sabrá tarde o temprano que te estamos escondiendo, o bien vendrá su ejército a buscarte o enviará a su calamar gigante.
─Entonces, me marcharé hoy mismo ─le espetó Atti dispuesta a levantarse de la mesa. La mano fornida de Oberón la detuvo.
─Attaegina, tranquila ─le dijo en tono conciliador─. Nadie quiere que te vayas. Solo queremos ayudarte. Y, si colaboras, tal vez lleguemos a un acuerdo.
─Está bien, ¿cuál es el acuerdo?
Titania tomó de nuevo la palabra:
─Tú destruiste el Templo del Laurel. Conoces los puntos débiles de Molok. Lorick nos ha contado cómo sucedió: con una simple trenza conseguiste enfrentarlo a su propio amo. Estoy segura de que las dos juntas podemos tramar una estrategia para atraer a esa bestia hasta aquí.
─Atraerlo... ¿Y luego? ¿Me ayudará el Clan del Salmón a destruir a ese diablo?
Titania y Oberón intercambiaron una mirada de desaprobación. Esa chica de Caliza era más terca que la peor de sus cabras...
─Es el Clan del Salmón el que necesita a Molok en este momento de la historia, Attaegina. No podemos consentir que Nabor XIII continúe expandiendo su imperio. Es un peligro para todos.
─¿Y Molok no os parece lo bastante peligroso? ─se enfureció Atti─. ¡No tenéis ni idea! No sabéis lo que esa bestia es capaz de hacer. Es pactar con un diablo, su hambre es insaciable. ¡Pondréis a todo vuestro clan en peligro!
A Titania no le gustó su respuesta. Estaba acostumbrada a la docilidad de todos los miembros de su gran familia, y a esas alturas de la conversación era obvio que Attaegina no iba a ceder. Por si acaso, le dio una última oportunidad:
─Attaegina, eres una chica ángel. Es muy difícil encontrar a seres como tú en Nueva Pangea, sucede muy de vez en cuando. Ponte de nuestro lado y ayúdanos a ganar esta guerra para someter a Nabor y a su imperio.
─ Ya he oído suficiente, voy a hablar con Lorick y…
─Él no quiere verte ─anunció Oberón de repente. Attaegina se quedó sin palabras. Oberón continuó─: Has agotado la paciencia de mi hijo, se ha desvivido para conseguir que le concedieras tu mano. Lorick está cansado, Atti, cansado de ti y de tu tozudez.
─¡Eso yo no me lo creo!
─Lorick te ha vendido, querida ─intervino Titania sin perder la calma─.
¿Por qué crees, si no, que ha preferido no cenar contigo?
Al fin y al cabo, es uno de los nuestros.
Si perteneces al clan, has de servir al clan.
Y la traición está prohibida. Pero Lorick se ha cubierto de gloria en el último momento trayéndonos sin necesidad de ningún forcejeo a la chica ángel que busca Nabor.
Le compensaré con oro y con un cargo honorífico en el consejo. Ha hecho un buen trabajo.
Attaegina no creía las palabras de Oberón ni de la anciana. Ella conocía bien a Lorick, lo había amado tiempo atrás y sabía que era incapaz de hacer algo tan ruin. Pero estaba tan confundida que ni siquiera se resistió cuando Oberón la entregó a los colmillos y le dijo:
─Tú no vas a salir de aquí.
Por segunda vez en su vida la arrastraban como si fuera una fugitiva, como si hubiese cometido el peor de los crímenes, mientras la multitud acudía de nuevo a mirar en tanto que unos murmuraban y otros sencillamente callaban.
Y entre todas esas caras curiosas, a través del vocerío y por encima de los muchos dedos que la señalaban, Atti vio a Lorick girado de espaldas a ella.
Era él, sin duda, habría reconocido en cualquier lugar la forma de su espalda y su cabellera plata, pero ahora iba vestido como los miembros del clan, con una piel tosca y parda por encima de lo hombros.
─¡Lorick! ─gritó─. ¡Lorick! ¡Mírame si todavía te atreves!
Su voz aquietó todas las demás retumbando entre los muros del caserón como un trueno que promete una tormenta furiosa.
Entonces Lorick se dio la vuelta y sus ojos glaciales sostuvieron a los de Atti.
«No parece él», pensó. Nunca lo había visto así, tan frío, impenetrable, tan indiferente.
Como si fuera de piedra. Por un instante se quedó sin palabras tratando de comprender quién era ese desconocido y dónde estaba el joven que se había jugado la vida por sacarla de los tentáculos de Molok.
─¡Lorick, te aborrezco! ¡Traidor! ¡Mentiroso! ¡Aborrezco el día en que te conocí!
Durante unos segundos Atti albergó la esperanza de provocar en él alguna reacción, de captar en su expresión un gesto de arrepentimiento, de culpa o, como poco, de compasión.
Pero el nórdico continuó entero, como una pared de roca fría que nada ni nadie pudiera traspasar.
Ni siquiera un ángel. Cuando los colmillos tiraron de nuevo de sus brazos para llevársela, Attaegina lo miró por última vez mientras el jaleo se devolvía al lugar.
Y aunque habría querido arrojarle una profunda expresión de odio, de lo único que fue capaz fue de llorar por el dolor de la traición.
Lorick volvió a darle la espalda y se marchó caminando tranquilo, como si nunca la hubiera besado.
Como si nunca la hubiera querido. Como si jamás la hubiese conocido.