CAPÍTULO 67
─A esta alturas es posible que Ibis y Sekmis ya hayan empezado a investigar dónde nos escondemos ─advirtió Pantera cuando todos se reunieron a cenar juntos por última vez, antes de la despedida de Atti y Lorick─.
Mi refugio está protegido, pero solo es cuestión de tiempo.
No podemos permanecer aquí mucho más. Recordad que esto solo acaba de comenzar.
Ahora tenemos que ocultarnos de Nabor y de su ejército hasta que encontremos al tercer nawal .
─Y, ¿qué propones? ─preguntó Halcón─. Son adivinas del imperio, para ellas será como coser y cantar. A poco que consulten los arcanos, darán con nuestro paradero.
─No solo eso ─aportó Atti─, aunque el Gran Laurel ha sido destruido, sé que almacenan su veneno en frascos, seguramente haya más en el palacio de Nabor. Cuando lo beben, su percepción se vuelve todavía más clara. Son capaces de ver casi todo lo que quieren.
Nilo y Lorick se hallaban cabizbajos, pensando alguna solución, hasta que, finalmente, Elkerael habló poco convencido:
─Existe un modo para los nawales . Yo me vi obligado a hacerlo conmigo mismo para evitar a Nabor.
Borré casi por completo mi nombre y mi identidad de la memoria de cada lugar y de cada persona que en algún momento se cruzó en mi camino, podría hacer igual con todos vosotros. Pero no sin consecuencias, claro está.
─¿Qué consecuencias son esas, maestro? ─le preguntó Halcón. Elkerael se encogió de hombros.
─Si declaráis ante el Cosmos que ya no existís, os tomará la palabra.
Pasaremos inadvertidos para los oráculos del imperio, pero es muy posible que ninguno de los que estamos aquí volvamos a recordar nuestros nombres, quizás ni siquiera nos reconozcamos al vernos pasado un tiempo.
O quizás sí, no sé. En ocasiones son las almas las que se reconocen. ..
Atti sintió una angustia profunda al conocer las condiciones de esa magia.
Podría olvidar el nombre y el rostro de Halcón, pero jamás olvidaría cuánto lo amaba.
Sería una condena buscar eternamente al amor de su vida sintiendo que existió en algún momento y en algún lugar sin encontrarlo nunca más…
¿Se reconocerían su alma y la de Halcón?
¿Acaso no lo habían hecho ya la primera vez que se vieron, en el altozano?
Ninguno dijo nada. Al parecer, todos sentían exactamente lo mismo que Attaegina.
─Puede que exista otra manera ─resolvió Pantera, dudosa─.
Es un ritual. Bueno, a mí me ha funcionado bien hasta ahora.
Ibis y Sekmis jamás me encontraron desde que me escapé.
Y creo que es por algo que hice. Aprendí esa técnica leyendo algunos códices reservados del templo. Mirad: quiero que veáis esto.
Pantera se quitó la tiara delante de todos. En el espacio que quedaba entre sus dos cejas, justo donde solía llevar un cristal tallado que la embellecía, su piel estaba marcada por una mancha gris que parecía la marca de una quemadura.
─ Esta parte del rostro se conoce como Tercer Ojo.
Todos lo poseemos, aunque las adivinas aprendemos a usarlo para potenciar nuestra intuición.
Sin embargo, se trata de un arma de doble filo porque otras adivinas pueden acceder a vosotros a través de él.
Para que no pudieran rastrearme, tuve que cerrarlo.
Atti recordó la manera en que Ibis y Sekmis se colocaban un dedo justo en esa parte del rostro cuando querían leerle los pensamientos o adivinar en ella.
Entonces comprendió por qué siempre llevaban cubierto el entrecejo con joyas.
Ellas conocían los poderes del Tercer Ojo y se cuidaban bien de proteger los suyos.
─Utilizarán todas sus artimañas para encontrarnos ─continuó explicando Pantera─. Pero si hacéis como yo, confundiremos a sus oráculos.
Nilo emitió un chasquido de fastidio y se cruzó de brazos.
─Entonces, ¿nos tienes que quemar la frente? ─protestó. Pantera lo miró asombrada.
─Nilo, ¿me vas a decir que te da miedo?
─¡No me da miedo! Pero…
─No hay tiempo que perder ─los interrumpió Halcón─. Si nos encuentran, estamos muertos. Así que, venga. Yo, el primero.
Pantera los llevó a la sala en donde hacía las curas y preparaba los brebajes.
Prendió en el fuego ceremonial el extremo de una astilla de olivo y, uno por uno y comenzando por Halcón, les hizo una ligera quemadura sobre la piel del entrecejo al tiempo que recitaba un largo decreto en voz baja.
Cuando llegó el turno de Elkerael, se detuvo.
─Pero… Usted no lo necesita. Usted es un nawal maestro, yo no soy digna de…
─Habla menos y hazme lo mismo que al resto ─respondió Elkerael con una sonrisa divertida. Pantera, un poco más convencida, golpeó suavemente el Tercer Ojo del nawal con la brasa. Elkerael ni siquiera sintió dolor─. ¿Has visto? No era para tanto.
Después, la adivina de los acantilados dio a todos un poco de ungüento para las quemaduras.
─En tres días la piel habrá sanado, y esta ligera marca nos volverá invisibles a Nabor.
Sin embargo, no olvidéis que Molok funciona de otra manera ─advirtió─.
Y me refiero en especial a ti, Attaegina.
Recuerda que Molok reconocerá tu olor a millas de distancia.
Así que intenta permanecer siempre alejada de las aguas y del mar.
Atti asintió con la cabeza. Pantera tenía razón: ese monstruo no entendía de oráculos, pero conocía el sabor de los ángeles. Se estremeció solo de recordarlo y trató de borrar de su memoria las imágenes de la mandíbula de ese diablo. Supuso que tendría pesadillas durante meses...
Había llegado el momento de marcharse. Pantera había preparado una poción para Lorick y para Atti que, aseguraba, los mantendría despiertos toda la noche, suficiente tiempo como para abandonar Teff al resguardo de la oscuridad. Sabía fuerte y picante y les ardía en la garganta.
─Hay una barcaza nada más bajar a la playa. Cogedla. Remad hasta que perdáis de vista el faro y atracadnada más veáis las cuevas. Nilo os guiará hasta ese lugar. Luego, tendréis que continuar solos.
Attaegina, que había perdido hasta sus zapatos en el templo, recibió con gratitud una bolsa de manos de la adivina en donde encontró algo de ropa y, también, la prometida túnica tostada.
─No me quedaba tranquila si no te la regalaba ─le dijo Pantera─, así lucirás tu feminidad cuando ya estéis lejos de Teff y puedas quitarte el disfraz de hombre.
También le había preparado algunas plantas medicinales secas, frascos diminutos llenos de elixires muy útiles, pan ácimo y un hermoso peine de caoba.
Tenían todo listo para marcharse. Atti se despidió de Pantera y de Elkerael. Por último se acercó a Halcón, que se levantó haciendo un gran esfuerzo para no perder el equilibrio.
─Cúbrete el rostro, parecerás un nómada ─le dijo el nawal .
Y tomando un pedazo de tela cuadrado que Nilo le había prestado se lo colocó a Atti sobre la cabeza y parte del rostro al modo en que lo llevaban sus gentes, los torug .
Cuando terminó, vio que Atti tenía losojos húmedos. Se los enjugó con dulzura.
─Procura que nadie te vea la cara o caerá rendido a tus pies ─le susurró─. Ah, y dile a Lorick que él también se cubra la cabeza. Pero que lo haga él solo, ¿vale?
Atti sonrió triste mientras lo miraba por última vez.
«Te quiero», leyó en los labios de Halcón. Y ella le respondió, también silenciosa. Sus almas ya sabían. No necesitaban hablar.
Llegó el turno de Lorick. Halcón le tendió la mano y el nórdico se la estrechó, esta vez sin reticencias. Como habría hecho con cualquier buen amigo.
─Cuida de ella ─le pidió el nawal .
─Siempre .
Cuando Lorick y Atti llegaron a la playa de las cuevas, Nilo les mostró el camino por donde debían continuar.
─Saldréis de la ciudad sin tener que atravesar las murallas. De todas formas, llevad cuidado. Habrá más vigilancia que de costumbre.
─Gracias Nilo ─le dijo Atti.
Y lo besó en la mejilla. La luz de la luna menguante se reflejó en su colmillo de oro cuando se giró para alejarse de ellos, rumbo al refugio en los acantilados. Y Atti y Lorick continuaron sin detenerse, extremando la prudencia y en absoluto silencio.
Poco después pasaron cerca del Rey de la Parra, el cortijo en donde habían dejado a Eclipse semanas atrás.
Lorick entró en las cuadras con máxima discreción mientras Atti hacía guardia en la puerta.
El nórdico dejó un puñado de oro en la caballeriza para pagar su deuda y después manejó al bériko con la promesa de un puñado de algarrobas para que se mostraracolaborativo.
Y con la fortuna de su parte, se alejaron de Teff sin detenerse ni un momento y viajaron durante toda la noche y parte del día siguiente hasta alcanzar los secos caminos que conducían a Bérika.
Evidentemente, se desplazaron campo a través para evitar las rutas de pastores, por donde los soldados de Nabor podrían darles caza más fácilmente.
Y tras varias jornadas de camino, cuando Atti rezaba por no volver a encontrarse con las alimañas del valle, transitando una zona de altura divisaron a lo lejos la Gran Cañada y, muy cerca, la modesta Caliza.
Ambos se quedaron mirando en silencio la aldea en la que habían crecido. Todo parecía seguir igual por allí, aunque ya se había recogido la primera cosecha y en los trigales solo había balas de paja.
─¿Recuerdas la última fiesta de la cosecha, antes de irte? ─le preguntó Atti─. Parece que hayan pasado cien años. Creta ganó a todos los muchachos en las pruebas de puntería .
Lorick no varió demasiado la frialdad de su expresión, aunque un atisbo de añoranza impregnó su rostro.
─Horneaste trenzas de pan para todos los niños ─respondió.
─Sí, trenzas...
Como por instinto Atti se llevó las manos al cabello, ahora corto. Aún no se había acostumbrado.
─El pelo crece ─le dijo Lorick. En el fondo, a pesar de su gélido carácter, reparaba en esos detalles. Sabía que el cabello representaba mucho para Attaegina. Esa trenza simbolizaba su fuerza, con ella había destruido el Templo del Laurel.
─Todo esto empezó con una trenza, Lorick. ¿Ves el altozano? Allí te esperé, para entregártela.
─Ya... Y Halcón se me adelantó.
─Necesito pedirte perdón.
Lorick le hizo un gesto para que no siguiera y, al contrario de lo que Atti esperaba, no mostró resentimiento alguno. Estaba tranquilo.
─No hay nada que perdonar. Halcón, tú y yo... ─Se encogió de hombros─. Ha sido difícil para los tres. Pero ya está. Hay cosas que podemos elegir y otras que no.
Rebuscó en un bolsillo y extrajo la perla del Príncipe. Pantera se la había devuelto. Atti casi se había olvidado de esa joya y, al verla de nuevo, se puso nerviosa.
─La conseguí para ti, Attaegina. Es tuya. Y esta vez no te pido nada a cambio. Acéptala como el regalo de un buen amigo.
Atti observó la perla brillando a la luz del día. Era, probablemente, el tesoro más valioso que vería en su vida. Pero no le pertenecía. Con suma dulzura, cerró los dedos de Lorick en torno a la perla y negó con la cabeza.
─Nunca fue mía, Lorick. No sería justo. Creo que esa perla te escogió a ti, si no, ¿cómo es que nadie en cientos de años logró pescar a esa bestia hasta que tú apareciste?
─Pero.. .
─En serio, quédatela. Intuyo que algún día te servirá para algo importante.
Lorick, sin discutirle, se la volvió a guardar.
Justo en ese momento, Attaegina comprobaba que su gema de cristal continuaba oculta bajo su ropa.
O, mejor dicho, la de Halcón. Se había acostumbrado a llevar la del nawal , así que ambos decidieron que siguieran intercambiadas.
Su candor anaranjado le recordaba a él, a sus ojos penetrantes. ..
─Atti, tú sabes que te he querido mucho, ¿verdad?
Eso sí que no se lo esperaba. Lorick no solía hablar de sentimientos, era demasiado tímido... Antes de que ella pudiese responder, continuó:
─No hace falta que digas nada. Ya he aceptado lo de Halcón. Pero aún necesito tiempo para olvidarte.
─Claro... ─respondió ella, aliviada al fin─. Pero yo también necesito algo, Lorick.
Lorick la miró, intrigado.
─Que nunca, nunca dejes de ser mi amigo.
En los finos labios del nórdico se intuyó una sonrisa. Era su manera de expresar que estaba de acuerdo. Serían amigos, sí, para siempre. Después de todo lo que habían vivido juntos, no se podía ignorar que también a ellos dos, por algún motivo que desconocían, el Cosmos los había mantenido unidos.
No volvieron a hablar de ese asunto y, cuando se detuvieron para cenar y descansar, Atti le contó la experiencia que había vivido durante su encierro en el templo.
Lorick, de tanto en tanto, le relataba alguna hazaña sobre sus días como pescador a bordo del Príncipe y bajo el mandato del viejo Basaj.
Durante los días que siguieron percibieron un cambio significativo en el clima. El sol de un verano ya avanzado se ponía cada día con mayor antelación, y a medida que se aproximaban a las Tierras Verdes, el aire se sentía más fresco y en las noches agradecíandormir cerca de las ascuas .
Entre tanto, el paisaje se sumergió en una gama de verdes profundos.
Atti no podía evitar recordar a Epona por cada paso que daba, por cada bosque que cruzaban.
La imaginaba descalza, caminando entre los helechos sin casi tocar el suelo, etérea y silenciosa como los líquenes.
Bordearon lagos y vadearon ríos generosos, y la llovizna no les dio apenas tregua hasta que llegaron a la región más fría de Nueva Pangea.
─Antes de que anochezca entraremos en Heimkel, la ciudadela de mis ancestros, los del Clan del Salmón ─anunció Lorick.
En cuestión de horas, las brumas habían ocupado todo el lugar apenas dejándoles ver qué había diez pasos por delante.
Cabalgaron muy despacio, en silencio total y absoluto.
Y como profecía cumplida, cuando la noche empezó a cernirse sobre ellos, el olor a leña y a carne asada procedente del interior de la fortaleza de Heimkelles dio la bienvenida.